15
Gehn llevaba ya una hora sentado en silencio ante su escritorio, sordo a los ruegos de Atrus, dando chupadas a su pipa con la mirada perdida.
—Tienes que hacer algo —insistió Atrus—. ¡Tienes que hacerlo! ¡Están agonizando!
Nada. Ni siquiera un parpadeo.
Atrus hizo un gesto de dolor; se esforzaba en no imaginar el sufrimiento en la Trigésimo Séptima Era, intentaba no pensar en la anciana y en la chica, pero le resultaba imposible.
Miró a Gehn. Era la primera vez que veía aquella faceta de su padre; aquella indecisión. Aquella horrible indiferencia.
—¿Es que no vas a ayudarles, padre? ¿No vas a hacerlo?
Nada.
Algo se despertó en su interior. Se acercó al escritorio y se inclinó, con la intención de coger el libro.
—Si no vas a hacerlo, déjame…
Gehn le cogió la mano y se la apretó con fuerza. Miró a Atrus a los ojos, con expresión dura.
—¿Tú?
Era lo primero que decía Gehn en mucho tiempo.
Atrus se soltó.
—Se están muriendo —dijo por enésima vez—. Tenemos que ayudarles. Podríamos hacer cambios.
Gehn soltó una risa desolada.
—¿Cambios?
—Para arreglar las cosas.
Gehn sostuvo su mirada durante unos instantes, luego miró en otra dirección.
Atrus volvió a ver la imagen en su mente, el agua derramándose del borde de la gran plataforma rocosa mientras ésta se alzaba y se alzaba sobre un cojín de lava ardiente.
—Así que de eso se trata, ¿verdad? —dijo, mirando con furia a su padre—. ¿No eres capaz de arreglarlo?
Gehn se enderezó y miró a Atrus, recuperada parte de su antigua arrogancia.
—¿He dicho eso?
Gehn miró iracundo un instante más a su hijo, luego abrió el libro de la Trigésimo Séptima Era, cogió la pluma, la mojó en el tintero y procedió a tachar las últimas anotaciones del libro, utilizando el símbolo de negación D´ni.
—Ya está —dijo y le pasó el libro a Atrus—. Ya lo he arreglado.
Atrus lo miró, aturdido.
Gehn hizo un gesto en dirección al libro.
—¿Bien? ¿No quieres comprobarlo por ti mismo?
Casi le había dado demasiado miedo pedirlo.
—¿Puedo?
—Es lo que querías, ¿no?
Atrus asintió.
—Ve entonces. Pero intenta no tardar demasiado. ¡Ya he perdido bastante tiempo con esos ingratos!
El aire de la caverna olía a rancio, pero no más que en otras ocasiones en que había ido allí. Lo importante era que ya no se percibía el horrible hedor del azufre. Aquella normalidad era una buena señal.
«Ya está —oyó decir a su padre, al tiempo que le entregaba el libro—. Ya lo he arreglado».
Bueno, ahora lo sabría.
Atrus salió de la cueva y se detuvo sobre los cantos rodados, contemplando la pendiente, aspirando el aire limpio y fresco.
¡Era cierto! ¡Gehn lo había arreglado! Había agua en la laguna y verde hierba en las laderas. Oía el canto de los pájaros y el ruido del viento en los árboles cercanos. Allá abajo, la aldea parecía tranquila, y los isleños se dedicaban a sus quehaceres con normalidad.
Se echó a reír, saltó y corrió, ansioso por preguntarle a Salar qué había pasado exactamente durante su ausencia, qué cambios había presenciado; pero al rodear el montecillo se paró en seco, perturbado por lo que veían sus ojos.
Corrió hasta la cresta y se paró, respirando entrecortadamente mientras miraba al otro lado del puerto. Las embarcaciones estaban allí, amarradas en un semicírculo cerrado, igual que antes, y también estaba el puente, pero ¿y más allá?
Soltó un grito ahogado, y su teoría se vio confirmada en un momento. La cabaña de reunión había desaparecido, y la tienda. En su lugar se veía un grupo de chozas, iguales a las que había a este lado del puente.
Oyó un ruido a su espalda, se volvió y se encontró con Koena; le sorprendió ver al hombre vestido como un aldeano más.
—¿Koena?
El hombre se puso tenso al escuchar la palabra y agarró con más fuerza el grueso garrote de madera que portaba Su rostro denotaba temor.
—¿Qué ocurre? —preguntó Atrus sorprendido.
—¿Usshua umma immuni? —preguntó Koena y su hostilidad resultó inconfundible.
Atrus parpadeó. ¿Qué era aquel idioma? Entonces se dio cuenta de que corría peligro y alzó las manos, indicando que no tenía malas intenciones.
—Soy yo, Koena. Atrus. ¿No me reconoces?
—¿Usshua ilila umawa? —preguntó el nativo asustado, mientras blandía su garrote.
Atrus meneó la cabeza, como si quisiera despejarse. ¿Qué es lo que iba mal? ¿Por qué era todo tan diferente? Por instinto se volvió hacia la caverna, pero se paró al darse cuenta de que allí no habría libro Nexo. Buscó con ansiedad en su bolsillo y se calmó. Su copia del libro Nexo estaba allí.
Koena seguía mirándole, con los ojos entrecerrados. Pero, claro, no era Koena, o al menos no era el Koena que él conocía, porque su padre nunca había estado allí para convertirlo en su acólito. «No —pensó Atrus—, y tampoco he estado yo». Porque aquélla no era la Trigésimo Séptima Era; o al menos no era la misma Era que su padre había «creado» y en la que él, Atrus, había vivido; era otro mundo, parecido —tan parecido que resultaba terriblemente familiar— pero al mismo tiempo un lugar distinto.
La cabeza le daba vueltas, como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. «Estoy en otro universo, en otra Era; una que mi padre ha hecho existir».
«No —se dijo a sí mismo reflexionando—, eso no es correcto. Mi padre no creó esto; esto siempre ha estado aquí, esperando sencillamente a que nosotros estableciéramos el nexo».
Una Era en la que conocía a todo el mundo y nadie le conocía. Asintió para sí, entendiendo lo ocurrido. Las correcciones de su padre en el Libro les habían llevado de vuelta al tronco principal del gran árbol de las posibilidades y de allí a una rama diferente.
Atrus echó un último vistazo a la Era. Luego, sabiendo que no era bien recibido, se dio la vuelta y corrió hacia la cueva donde, una vez que se hubiera marchado, nadie encontraría su Libro Nexo.
Mientras Atrus estaba ausente, Gehn había encendido el fuego y se había hundido en el sillón junto a la chimenea. Allí le encontró Atrus, repantigado, con la pipa tirada en el suelo. Tenía la boca abierta y se encontraba en un estado de estupor.
Gehn no estaba dormido, o si lo estaba era un sueño espasmódico, porque sus párpados se agitaban y de vez en cuando musitaba algo y soltaba un pequeño gruñido.
Al mirarle, Atrus se sintió traicionado y enfadado. Gehn había dicho que iba a arreglarlo, pero no lo había hecho. Aquel otro mundo, la auténtica Trigésimo Séptima Era, había sido destruida o, al menos, el nexo con ella. Y todo eso era culpa de Gehn, porque no entendía lo que estaba haciendo. De pie ante su padre, Atrus sintió un profundo desprecio.
—¡Despierta! —gritó, se inclinó sobre Gehn y lo sacudió—. ¡Tengo que hablar contigo!
Por un instante creyó que no había conseguido despertar a Gehn. Pero cuando iba a sacudirle de nuevo, Gehn apartó su mano.
—¡Déjame en paz! —gruñó—. Vete… ¡Ve a tu cuarto, chico, y déjame en paz!
—¡No! —dijo Atrus en tono desafiante—. ¡No lo haré! No hasta que esto quede aclarado.
El ojo izquierdo de Gehn se abrió. En la comisura de su boca se dibujó una especie de sonrisa sarcástica.
—¿Aclarado?
—Tenemos que hablar —dijo Atrus, manteniéndose firme en su propósito, decidido a no permitir que esta vez su padre le despreciara o le intimidara.
—¿Hablar? —La risa de Gehn era burlona—. ¿De qué podríamos hablar tú y yo?
—Quiero hablar acerca del Arte. Acerca de lo que es. De lo que es realmente.
Gehn le miró con desdén, se enderezó en el sillón y recogió su pipa.
—Ve a dormir y deja de decir tonterías. ¿Qué sabrás tú del Arte?
—Lo suficiente para saber que estás equivocado, padre. ¡Qué tus Eras son inestables porque nunca has comprendido lo que haces!
Atrus sólo había tenido una intuición de que la mayoría de los mundos de Gehn eran inestables, pero parecía haber dado en el clavo con aquel comentario, porque Gehn se echó hacia delante, mostrando una repentina palidez mortal en su rostro.
—¡Te equivocas! —siseó Gehn—. No eres más que un muchacho. ¿Qué sabes tú?
—¡Sé que no comprendes el Todo!
Gehn soltó una risa atronadora.
—Y piensas que tú tienes todas las respuestas, ¿eh, chico?
Atrus se inclinó sobre la mesa, decidido a desafiar a su padre.
—Algunas sí. Pero no son las que tú querrías escuchar. Prefieres seguir como estás, dando tumbos por las Eras, copiando de los libros una frase aquí y otra allá, como si pudieras acertar por casualidad.
Gehn había ido apretando cada vez con más fuerza los brazos del sillón; de pronto, se levantó en un estallido de ira. Atrus retrocedió y Gehn le gritó a la cara, escupiendo con furia.
—¡Cómo te atreves a criticarme! ¡A mí, que te he enseñado todo lo que sabes! ¡Yo, que te traje aquí, sacándote de aquella grieta dejada de la mano de Dios y que te eduqué! ¡Cómo eres capaz de comenzar a pensar siquiera que tienes las respuestas!
Con el dedo índice, golpeó con fuerza a Atrus en el pecho.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto, eh, chico? ¿Tres años? ¿Tres y medio? ¿Y cuánto llevo yo estudiando el Arte? ¡Treinta años! Desde que tenía cuatro.
Gehn emitió un sonido de asco.
—Te crees que lo sabes todo porque conseguiste hacer una miserable Era, ¡pero no es así, chico! No sabes ni por dónde se empieza. Verás…
Gehn le dio la espalda y se acercó al escritorio. Para consternación de Atrus, cogió su libro y lo abrió. Durante unos instantes, leyó en silencio.
—Esta frase de aquí… mira lo innecesariamente florida que es… así es como escribe un novato. Le falta fuerza. Le falta economía en la expresión.
Cogió la pluma y la mojó en el tintero.
Atrus lo contempló horrorizado, sabiendo lo que iba a pasar, pero sin creerse todavía que su padre fuera a atreverse a tocar su Era.
Pero Gehn parecía haberse olvidado de su presencia. Se sentó ante el escritorio, tomó el libro y comenzó a borrar símbolos aquí y allá, utilizando la negación D´ni, simplificando las frases que Atrus había tardado tanto en perfeccionar; frases que, como Atrus sabía a partir de sus largas lecturas de los antiguos textos D´ni, eran la manera perfecta de describir las cosas que quería que hubiera en su mundo.
—Por favor… —suplicó Atrus—. Hay una razón para todas esas palabras. ¡Tienen que estar ahí!
—¿En qué libro encontraste esto? —preguntó Gehn, retocando otra de sus frases—. ¿Esta tontería de las flores azules?
—No estaba en ningún libro…
—¡Ridículo! —dijo Gehn, sin apenas disimular su desprecio—. Tonterías y frivolidades, ¡eso es lo que son! ¡Esto es una exageración, y nada más! ¡Hay demasiados detalles inútiles!
Y sin añadir palabra, Gehn procedió a tachar la sección que hablaba de las flores.
—¡No! —gritó Atrus y dio un paso hacia el escritorio.
Gehn le lanzó una iracunda mirada y habló en tono severo.
—¡Cállate y deja que me concentre!
Atrus bajó la cabeza y gimió, pero Gehn no pareció darse cuenta del sufrimiento de su hijo. Pasó la página, soltó una risita, como si hubiera descubierto algo tan ridículo que solo mereciera desprecio.
—Y esto… —dijo, mojando la pluma en el tintero una vez más, para borrar uno tras otro los símbolos cuidadosamente caligrafiados—. No sirve, chico. Esta descripción… ¡es superflua!
—Por favor… —dijo Atrus, acercándose otro paso—. Déjalo estar. Por favor, padre. Te lo ruego…
Pero nada iba a detener a Gehn.
—Oh, no, y esto tampoco sirve. Tendrá que desaparecer. Quiero decir…
Gehn alzó de pronto la mirada!, y la risa se esfumó de su rostro.
—¿Me entiendes con claridad ahora?
Atrus tragó saliva.
—¿Padre?
La mirada de Gehn era gélida. Atrus nunca lo había visto así.
—Debes comprender una cosa, Atrus: que no comprendes. Al menos, todavía no. Y que no tienes las respuestas. Podrías creer tenerlas, pero estás equivocado. No se pueden aprender los secretos de los D´ni de la noche a la mañana. Sencillamente, es imposible.
Atrus permaneció callado, soportando la mirada de su padre.
Gehn suspiró y volvió a tomar la palabra.
—Me equivoqué contigo, Atrus, ¿no es cierto? Tienes algo de tu abuela… algo de testarudez… algo que te hace entrometido.
Atrus abrió la boca para decir algo, pero Gehn alzó la mano.
—¡Déjame terminar!
Atrus tragó saliva, luego dijo lo que había querido decir desde el principio, sin importarle si Gehn se iba a enfadar o no; tenia que decirlo o reventaría.
—Dijiste que habías arreglado la Trigésimo Séptima Era.
Gehn sonrió.
—Lo hice.
Atrus negó con la cabeza.
Gehn le miró a los ojos con calma.
—¿Sí…?
—Quiero decir que no es la misma. Oh, es la misma laguna y la misma aldea, incluso el aspecto de la gente. Pero no es la misma. No me reconocieron.
—Está arreglada.
—Pero mis amigos, Salar, Koena…
Gehn miró durante unos segundos la tapa del libro, luego lo cogió y se dirigió a la chimenea.
Atrus dio un pasó tras él.
—Déjame arreglarla. Déjame ayudarles.
Gehn le lanzó una mirada de desprecio y dio otro paso hacia el fuego.
—¿Padre?
Un músculo se estremeció bajo el ojo derecho de Gehn.
—Es un libro defectuoso.
—¡No!
Atrus intentó cruzar la habitación y detenerle, arrancarle el libro a la fuerza si era necesario, pero el escritorio se interponía entre ambos. Además, ya era demasiado tarde. Con un breve gesto, Gehn arrojó el libro a las llamas y se quedó mirando cómo sus páginas se agrietaban y se doblaban lentamente en los bordes, volviéndose negras, y cómo los símbolos ardían uno a uno, disolviéndose en la nada y en cenizas.
Atrus se quedó parado, horrorizado. Pero era demasiado tarde. El puente entre las Eras había sido destruido.
Bajo la luz azulada de la linterna, cada objeto de la habitación en calma parecía cristalizado en hielo; cada silla y armario, la enorme cama de madera, el escritorio. Por contraste, las sombras de la habitación eran negras, pero no de un negro corriente, sino muy intenso; la negrura vacía de la no existencia.
Para un ojo poco atento, podría parecer que nada en aquel lugar era real; que cada uno de los objetos atrapados en aquel resplandor frío e insensible era insustancial; la proyección de una deidad tenebrosa y maligna que, por un capricho momentáneo, hubiera arrancado las páginas del libro en el que todo aquello había estado escrito y, con la indiferencia de un dios, lo hubiera desterrado a las sombras.
Todo, sí, menos el joven que estaba sentado en un sillón, en el mismo centro, y en cuyos ojos tristes y claros se reflejaba la luz.
Atrus se recuperó poco a poco y miró a su alrededor. Las últimas horas eran un vacío; era un misterio dónde había estado y qué había hecho. Lo único que sabía es que, una vez más, estaba sentado en su habitación, con la linterna encendida y su diario abierto sobre el escritorio, junto a él. Miró y leyó lo que había escrito en la página de la izquierda.
«Mi padre está loco».
Al recordar, se estremeció, incapaz de creer lo que su padre había hecho. Pero el recuerdo había quedado grabado al fuego en la blancura de su mente. Si cerraba los ojos, veía las páginas carbonizándose lentamente, cada una alzada con delicadeza por las llamas, como si el fuego hubiera leído cada frase antes de consumirla.
«A menos, claro, que ese recuerdo sea falso y que yo, también, sea una de las «creaciones» de mi padre…»
Pero sabía, sin lugar a dudas, que no era así. La experiencia en la Trigésimo Séptima Era se lo había demostrado con total certeza. Gehn no era un dios. No era más que un hombre; un hombre débil y estúpido, irresponsable y engreído. Sí, y a pesar de todas sus fanfarronadas acerca de recuperar la grandeza de los D´ni, había olvidado precisamente aquello que hizo extraordinarios a los D´ni. El motivo por el cual su imperio había durado tanto tiempo. No era su poder, ni el hecho de que en tiempos gobernaran un millón de mundos; era su moderación, su asombrosa humildad.
Gehn decía que él, Atrus, no sabía nada, pero no era así. Había leído las historias de D´ni y había visto, en aquellas páginas, la larga pugna de los sabios D´ni para eliminar el aspecto más vil de su naturaleza; para inculcar en sus gentes las virtudes de la paciencia, la entrega y la humildad. Sí, y durante casi sesenta mil años lo habían conseguido. Hasta que llegó Veovis.
¿Y qué iba a hacer ahora? ¿Qué opciones tenía? ¿Intentar regresar junto a Anna en la grieta? ¿O quizá debería buscar un escondite en la ciudad?
Fuera lo que fuese, tenía que ver a Gehn por última vez, para despedirse. Y para decirle, cara a cara, por qué tenía que marcharse.
Ese pensamiento le inquietaba Había crecido mucho durante el último año y, físicamente, era casi igual que su padre, pero Gehn seguía intimidándole.
Aun así, tenía que hacerlo. No podía huir sin más, con el rabo entre las piernas. Si lo hacía, la sombra de su padre siempre pesaría sobre él.
Salió y subió los pisos de aquella casa oscura e intrincada hasta llegar a la biblioteca, al pie de las escaleras que conducían al estudio de su padre. Arriba, en el rellano, la linterna seguía encendida, la puerta todavía estaba abierta, tal y como él las había dejado.
Subió, armándose de valor para hacer frente a la furia de su padre, a la risa burlona que le hacía sentirse otra vez como un niño pequeño.
Pero ya no era un «chico». Había crecido y superado la infancia. Y ahora tenía que conseguir que Gehn lo reconociera; debía obligarlo a admitirlo al menos una vez antes de que abandonara su casa.
Atrus se detuvo en el umbral, sorprendido al ver la habitación tan poco iluminada. El fuego se había apagado y la linterna sobre la mesa sólo despedía una tenue luz. De Gehn no se veía ni rastro.
Se volvió, cogió la linterna del rellano de su gancho y entró.
Había libros tirados por todas partes, como si hubieran sido víctimas de una ciega ira. Y el escritorio…
Atrus se acercó presuroso, dejó la linterna junto a la otra y buscó entre los libros apilados en el escritorio, pero no había ni rastro de su libro. Se volvió y miró con ansiedad a la chimenea, temiendo lo peor, y casi cayó encima de su padre.
Gehn estaba tirado en el suelo, detrás del escritorio, frente a la chimenea.
Atrus lo vio tan quieto que pensó por un momento que estaba muerto. Entonces advirtió un ligero movimiento de la mano derecha de Gehn y supo que aquello no era la muerte, sólo su falsa apariencia; una especie de estupor provocado por el abuso de la pipa.
La pipa estaba a un lado, el mármol de fuego brillaba débilmente en su cazoleta. Atrus se agachó, la cogió y olió la boquilla, arrugando la nariz con asco.
Estaba a punto de irse cuando vio, justo al lado de la mano extendida de su padre, el cuaderno de notas con la tapa de cuero curtido que Gehn siempre consultaba.
Durante un par de segundos se contuvo, con una fuerte sensación de culpabilidad; pero el impulso de saber lo que contenía el cuaderno le venció, lo cogió y se acercó a la luz de la linterna.
Respiró hondo para calmarse, abrió la primera página y leyó lo que en ella estaba escrito:
El Libro de Atrus…
Frunció el entrecejo. Vamos, eso era una equivocación. ¿No querría decir…? Pero entonces comprendió. No se refería a él. No era su caligrafía, ni la de Gehn. No, aquél era el cuaderno de notas de su abuelo. No era Atrus, hijo de Gehn, sino Atrus, padre de Gehn.
Siguió leyendo, luego se detuvo, y en ese instante el último lazo que le unía a su padre quedó roto. Se sentó lentamente en el sillón de Gehn y dejó escapar una amarga risa.
Había admirado a su padre, casi exaltándolo por su valentía, por su paciencia para encontrar un camino de vuelta a D´ni en la oscuridad de los túneles. Y ese camino siempre había estado indicado, allí, en el cuaderno de su abuelo. No había sido Gehn quien afrontó los peligros, sino el padre de Gehn.
Atrus cerró el cuaderno y lo apartó; miro luego la sombría figura tendida en el suelo a sus pies.
—¿Por qué no fuiste lo que yo quería que fueras? —preguntó en voz baja, atormentado por el peso de la desilusión que en ese momento sentía—. ¿Por que tenías que ser un hombre tan… tan mezquino?
Gehn soltó un gruñido y se movió, pero no despertó.
Atrus se apoyó en el respaldo y exhaló el aire tembloroso. Contempló la figura yacente de Gehn un instante más y luego sus ojos se clavaron en la linterna y cogió de nuevo el cuaderno de notas.