10

Atrus?

Atrus alzó la vista del pupitre y miró a Gehn, que se encontraba en el otro extremo de la biblioteca.

—¿Sí, padre? —dijo; y dejó a un lado la pluma, con cuidado para no manchar de tinta el papel de copia.

—Ven conmigo.

Atrus se levantó indeciso, rodeó el estrado en el centro de la estancia y se acercó a su padre al pie de las escaleras.

Habían transcurrido dos semanas desde la expedición a la ciudad, y Atrus había comenzado a pensar que su padre había olvidado su promesa, pero ahora Gehn sonreía.

—¿Estás preparado, Atrus?

—¿Preparado, padre?

—Para comenzar tu obra. Es hora de que aprendas la Escritura.

Siguió a Gehn a una habitación grande pero extrañamente claustrofóbica. Al principio no entendió el porqué, pero luego se dio cuenta de que había sido excavada directamente en la roca circundante, y ésa era la razón, quizá, de que su techo fuera tan bajo; era una cueva dentro de una cueva.

Los libros atiborraban las paredes de piedra sin adornos y se amontonaban en el suelo y por todas partes, mientras que en el centro de la habitación se veía un gran escritorio iluminado por una lámpara de forma curiosa; era la única fuente de luz en aquel lugar de penumbra y ambiente enrarecido. Frente a la enorme mesa, había otra más pequeña que había sido despejada.

Gehn le mostró el camino y le hizo quedarse de pie a un lado mientras que él ocupaba su silla, abría uno de los cajones y sacaba una bandeja de metal con una gran pluma de ave y varios tinteros de color ámbar, de los que habían encontrado en su primera caza de libros.

Gehn puso la bandeja a un lado y cogió uno de los grandes libros encuadernados en piel y lo puso frente a sí —tenía la cubierta marrón manchada de blanco—, abriéndolo por la primera página.

Estaba en blanco.

Miró a Atrus, inmovilizando a su hijo con sus ojos claros.

—Llevas ya seis semanas aprendiendo a copiar una serie de palabras básicas D´ni y ya has descubierto lo compleja y hermosa que es esa escritura. Pero esos caracteres también significan algo, Atrus. Mucho más de lo que has entendido hasta ahora. Y no sólo en este mundo. Fueron desarrollados a lo largo de decenas de miles de años para una labor concreta; describir las Eras… crear otros mundos. No son como las palabras que tú y yo pronunciamos con indiferencia, ni pueden utilizarse de esa manera en los libros. La Escritura, la Escritura D´ni, no es sólo un Arte, es una ciencia. La ciencia de la precisa descripción.

Miró la página en blanco.

—Cuando comenzamos, no hay nada. Está… sin crear. Pero en cuanto se escribe la primera palabra, en cuanto el primer carácter queda acabado, cuando se ha hecho el último trazo en la página, entonces se establece un nexo con ese mundo recién creado, se establece un puente.

Atrus arrugó la frente.

—Pero ¿adónde lleva ese puente?

—A cualquier parte —respondió Gehn, mirándole mientras le quitaba la tapa al tintero de cristal ambarino—. Los D´ni lo llamaban Terokh Jeruth, el gran árbol de la probabilidad.

Atrus se rió.

—¡Suena a cosa de magia!

—Y eso es. Pero tú y yo somos D´ni, por lo que compartiré un secreto contigo. No somos personas corrientes, Atrus, ¡somos dioses!

—¿Dioses? —Atrus miró a su padre con perplejidad.

—Sí —prosiguió Gehn con fervor, los ojos iluminados con una pasión que Atrus no le había visto jamás—. Los hombres corrientes no hacen más que soñar y despertar. Nosotros, sin embargo, podemos vivir nuestros sueños. Dentro de unos límites, unos límites que las mejores mentes D´ni definieron cuidadosamente a lo largo de los milenios, podemos crear cualquier cosa que visualicemos. Utilizamos las palabras para conjurar mundos.

Atrus se había quedado con la boca abierta.

—Vamos, podría enseñarte mundos tan ricos, de detalles tan vividos que te entrarían ganas de reventar de admiración ante sus hacedores. ¡Mundos de tal esplendor y magnificencia que harían que este maravilloso mundo nuestro pareciera ordinario!

Gehn se rió, luego alzó el tintero para que Atrus lo viera. Dentro de las paredes cristalinas, gruesas y amarillas del recipiente había un fino líquido negro.

—¿Qué es lo que ves, Atrus?

Atrus miró a su padre a los ojos, sorprendido por un instante ante aquel eco de las acostumbradas palabras de Anna.

—¿Tinta?

—Sí… pero no una tinta cualquiera. Posee poderes especiales que la tinta corriente no tiene. Lo mismo ocurre con las páginas de este libro. Están hechas de un papel especial, cuya fórmula fue mantenida en secreto por la Cofradía.

—¿Y la pluma? —preguntó Atrus, señalándola—. ¿También es especial?

Gehn sonrió.

—No. La pluma es una pluma corriente. Sin embargo, si cualquier otra persona intentara hacer lo que estamos a punto de hacer, cualquiera, se entiende, que no tuviera sangre D´ni, fracasaría. Resultaría imposible.

Gehn se encaró con la página, dejó el tintero, mojó en él la punta metálica de la pluma, alzó ésta sobre la página y comenzó a escribir.

Lentamente, un carácter D´ni —la palabra «isla», observó Atrus— comenzó a cobrar forma, su intensa negrura casi parecía grabada al fuego por la pluma sobre la pura superficie blanca.

Gehn escribió otra docena de caracteres en la página, luego levantó la pluma y miró a Atrus.

—¿Ya está? —preguntó Atrus, sorprendido de que no hubiera ocurrido nada más. Había esperado fuegos de artificio o que se abrieran los cielos—. ¿Has hecho una nueva Era?

Gehn se echó a reír.

—Existe, sí… pero por el momento es muy rudimentaria. Hace falta mucho trabajo para crear una Era. Hay que seguir una serie de fórmulas especiales, obedecer leyes precisas. Como dije, no es simplemente un Arte, es una ciencia; la ciencia de la precisa descripción.

Hizo un gesto hacia el libro abierto.

—Por el momento, no he hecho más que esbozar los elementos más esenciales de mi nuevo mundo. Por delante queda una ingente cantidad de duro trabajo. Hay que describir cada aspecto de la Era, cada nuevo elemento debe encajar. Pero eso no es todo.

Gehn cogió otro libro, mucho más pequeño, de un montón que tenía al lado y se lo mostró a Atrus.

—Una vez completa una Era, uno siempre debe, siempre, hacer un Libro Nexo.

Atrus cogió el librito y lo abrió, dándose cuenta enseguida de las pocas páginas que tenía. Todas estaban en blanco.

—Sí —prosiguió Gehn—. Siempre que viajes a una Era recién escrita debes llevar siempre un Libro Nexo. Si no lo haces, quedarías atrapado allí, sin posibilidad de regresar.

Atrus miró a su padre con los ojos muy abiertos.

—Pero ¿qué es lo que contiene uno de esos Libros Nexo?

Gehn volvió a coger el libro.

—Cada Libro Nexo se refiere a uno de los libros descriptivos grandes; a uno en concreto. Podría decirse que contiene la esencia del libro grande; ciertas frases y palabras que lo unen a ese libro y a ningún otro. Pero eso no es todo. Para que un Libro Nexo funcione, debe incluir también una descripción exacta del lugar con el que uno quiere conectar en esa Era concreta, lo que se consigue escribiendo un símbolo D´ni especial, un Garo-hertee. Sí, y un Libro Nexo debe ser escrito en la Era y en el lugar con el que se quiere que conecte. Y así, en cierto sentido, un Libro Nexo es un sustituto de trabajo de un libro descriptivo.

Atrus pensó un instante y luego preguntó:

—¿Y sólo puede haber un Libro Nexo para cada libro descriptivo?

—Desde luego que no —dijo Gehn, encantado con la comprensión de su hijo. Luego, dejando el librito sobre el montón, añadió—: Pueden hacerse cuantos Libros Nexo se deseen. Pero siempre hay que hacer uno como mínimo. Ésa es la primera regla. Una que no debes olvidar.

—Pero ¿qué pasa si alteras la Era? ¿Qué pasa si decides escribir más cosas en el libro descriptivo? ¿Dejaría de funcionar el Libro Nexo?

—No. Si se cambia el libro descriptivo, entonces todos los Libros Nexo relacionados con él se conectarán al mundo cambiado.

Los ojos de Atrus brillaron, al imaginarlo, dándose cuenta entonces de lo compleja y poderosa que era aquella Escritura.

—Parece… ¡asombroso!

—Sí —dijo Gehn, mirando a Atrus con unos ojos que resultaban divinos y sabios más allá de las edades humanas— Oh, lo es, Atrus. Lo es.

Aquella noche, Atrus decidió que hablaría con su padre, para recordarle que casi había llegado el momento de regresar para ver a Anna.

Animado por el buen humor de Gehn durante la cena, Atrus esperó hasta que hubo encendido su pipa y se arrellanara en su silla en la esquina de la cocina antes de abordar el tema.

—¿Padre?

Gehn estiró las piernas y se miró las botas, acariciando en su regazo la pipa que brillaba suavemente.

—¿Sí?

—¿Cuándo regresaremos?

Gehn le miró lánguidamente.

—¿Regresaremos? ¿Adónde?

—A la grieta.

Sorprendentemente, Gehn se echó a reír.

—¿Allí? ¿Quieres volver allí?

—Sí —dijo Atrus en voz baja—. Dijiste…

—Dije que lo intentaría. Dij…

Gehn se enderezó en la silla, dejó la pipa a un lado y se inclinó hacia Atrus.

—Dije eso para que tu abuela se quedara tranquila. Nunca tuve intención… —Se encogió de hombros y luego volvió a hablar—. Mira, Atrus, tardaríamos cuatro o cinco días como mínimo para llegar hasta allí y otros tres o cuatro en regresar. ¿Y para qué?

—Bueno, ¿no podrías escribir un libro de la grieta y traerla a ella aquí?

—¿Y cómo se podría escribir semejante libro? Este mundo ya ha sido creado.

—¿Y no podrías escribir un libro Nexo…?

Atrus se calló, al darse cuenta de que, naturalmente, no podía hacerlo. Tendría que estar en la grieta para escribir ese libro Nexo.

Gehn le observó y vio que comprendía, luego habló en voz baja:

—Quizá debería haberte dicho que no puedes conectar con otro lugar de la Era en la que estás. Es imposible.

Atrus permaneció en silencio un instante. luego dijo:

—Pero dijiste que me llevarías de vuelta.

—¡Oh, Atrus, madura de una vez! Allí no hay nada.

Atrus bajó la mirada.

—Pero me lo prometiste. Dijiste…

Gehn se levantó.

—Sencillamente, no tengo tiempo, e incluso si lo tuviera, difícilmente lo malgastaría en ir allí. Ese lugar es un pozo, Atrus. Literalmente. Además, esa mujer es venenosa. ¿Todavía no lo has comprendido? Tenía que separarte de ella.

—Estás equivocado —dijo Atrus en tono tranquilo.

Pero Gehn se limitó a sacudir la cabeza y señaló la silla.

—Siéntate. Te contaré una historia. Luego puedes decirme si estoy equivocado o no.

Atrus se sentó, pero seguía resentido y enfadado y no quiso mirar a su padre a los ojos.

—Hace casi treinta años, cuando yo no era más que un niño de cuatro años, hubo una guerra. La inició un joven llamado Veovis. Era el hijo de un noble, y único heredero de una poderosa hacienda. Con el tiempo habría llegado a ser miembro del Consejo regente, un legislador. Pero no se contentaba con lo que tenía, ni con la promesa de lo que llegaría a ser. Veovis profanó la ley D´ni. Abusó de su posición privilegiada.

—¿De qué manera?

—Sus crímenes fueron horribles, innombrables. Fue un cáncer que debía ser extirpado de la cultura D´ni. Al final, le atraparon y, a pesar de la intercesión de su padre, fue juzgado ante los cinco Grandes Señores. Durante más de veinte días, los testigos prestaron declaración. Por último, los Cinco dieron su veredicto. Veovis sería encarcelado. Sería encerrado en un lugar del que nunca escaparía. Pero antes de que pudiera cumplirse la decisión de los Cinco, varios de los jóvenes amigos de Veovis le ayudaron a escapar de D´ni.

Durante seis meses, nada se supo de Veovis, y se dio por supuesto que el problema se había resuelto por sí solo. Pero entonces comenzaron a correr rumores. Rumores de que Veovis había adoptado un nuevo nombre y que se le podía ver en las tabernas de la ciudad inferior, provocando el descontento contra la facción gobernante.

»Al principio, nada se hizo. Los rumores no son más que rumores, se decía. Pero entonces se sucedieron una serie de incidentes. En una de las Cofradías fue apuñalado uno de los funcionarios superiores. Una bomba estalló en una de las principales fábricas de tinta. Un libro fue profanado.

Atrus arrugó la frente, sin comprender, pero su padre tenía la mirada perdida, llevado por sus recuerdos.

—Tras este último incidente, se convocó una reunión del Consejo. Por fin, decidieron actuar. Pero ya era demasiado tarde. Era cierto que Veovis había estado en la ciudad inferior. Más aún, había estado sembrando el malestar entre las clases inferiores. Lo que ninguno de los miembros del Consejo regente podía saber, sin embargo, era lo profundo que era ese descontento, ni qué nervio a flor de piel había tocado Veovis. Sólo dos días después de la reunión del Consejo surgieron serios disturbios en uno de los distritos de la ciudad inferior. Antes del toque de queda, aquella noche, toda la ciudad inferior era un caos y el populacho vagaba por las calles, mutilando o matando a quien osara oponérsele.

Gehn se interrumpió y miró a Atrus.

—Como he dicho, yo no era más que un niño. Estaba en una de las grandes casas de las Cofradías en los barrios altos. Mi hogar estaba a varios kilómetros de distancia, en un gran peñasco de roca que podía ver desde una de las ventanas del refectorio. Recuerdo que permanecí allí toda la tarde, mientras el rugido del populacho y los terribles gritos de los agonizantes nos llegaban desde abajo, preguntándome si aquél era el fin. Fue un instante terrible, empeorado por el temor que sentía por mi familia. En las casas de la Cofradía estábamos a salvo, naturalmente. A los primeros síntomas de problemas, el Consejo había cerrado las puertas de acceso a la ciudad alta y había triplicado la guardia. Pero muchas de las haciendas exteriores perecieron así, víctimas de sus propios criados, de hombres y mujeres en los que habían confiado toda su vida.

—Pasaron seis semanas enteras hasta que el último de los rebeldes fue sojuzgado y Veovis capturado cuando intentaba escapar por los túneles inferiores.

»Esta vez, cuando los Cinco se reunieron, su decisión fue unánime. Veovis debía morir. Sería ejecutado allí, en las escaleras de la Gran Biblioteca.

Gehn desvió la mirada; estaba claro que le apenaba lo que venía a continuación, pero prosiguió.

—Era una sabia decisión. Pero antes de que pudiera ser ratificada y aprobada como ley, se presentó un último testigo, que pidió permiso para hablar en defensa del joven.

«Ti´ana», pensó Atrus, recordando lo que le había contado Anna.

Gehn se interrumpió una vez más, la mirada perdida.

—Ese testigo era una mujer, Ti´ana.

Atrus abrió la boca, anhelando acabar la historia —para demostrar a su padre lo que sabía—, pero Gehn no pareció darse cuenta de su presencia. Siguió hablando, llevado por la historia, con una repentina amargura en el tono de voz.

—Ti´ana era muy respetada por los Cinco y la dejaron hablar. En su opinión, el peligro había pasado. Veovis había hecho lo peor y D´ni había sobrevivido. Aún más, argumentó, si no hubiera sido Veovis, algún otro agitador habría hecho actuar al populacho, porque el descontento no provenía de un hombre solo, sino de toda una clase. Dadas las circunstancias, dijo ella, con una elocuencia que convenció a los venerables señores, la decisión del Consejo no debía llevarse a cabo.

Gehn llegó al final de las escaleras, pasó al segundo saliente y, mirando a su hijo, exhaló un profundo suspiro.

—Y así se hizo, Atrus. Veovis fue encerrado en su prisión. La prisión de la que no podría escapar.

Gehn hizo una pausa, sin apartar los ojos de Atrus.

—Ocurrió tres días más tarde. Habían estado vigilándolo, claro está, por la mañana y por la noche, pero en la noche del tercer día, el guardia que fue a verle no regresó. Se enviaron dos más y cuando regresaron, fue con la noticia de que la prisión estaba vacía. No había rastro de Veovis ni del guardia.

Deberían haberse dado cuenta de que algo iba muy mal, pero no habían aprendido la lección. Y cuando Veovis no volvió a aparecer, supusieron que todo estaba bien, que había huido ¿quién sabía adónde?, y que no le volverían a ver nunca más. Pero Veovis era un joven vengativo que había visto sus esperanzas truncadas dos veces en un mismo año. Sólo un estúpido podría pensar que se limitaría a marcharse y lamerse las heridas. Sólo un estúpido…

Atrus parpadeó, sorprendido por la súbita ira que denotaba la voz de su padre.

—Y así fue que Veovis regresó. Y esta vez no fue acompañado por una muchedumbre sucia e incontrolada, sino a la cabeza de una pequeña pero bien adiestrada fuerza de fanáticos que sólo tenían una cosa en mente: destruir D ni. Ti´ana estaba equivocada, ¿lo ves? El peligro no había desaparecido, ni Veovis había hecho todo el mal del que era capaz.

—Pero ella no podía saber eso, ¿no?

—¿No? —Gehn sacudió la cabeza, con una expresión de profunda decepción en su rostro—. Aquella mujer era una estúpida entrometida. Y mi padre no fue menos estúpido al hacerle caso.

—¿Tu padre?

—Sí —dijo Gehn; anduvo por el saliente y se quedó contemplando el paisaje en ruinas—. ¿O es que eso tampoco te lo ha contado ella?

—¿Ella?

—Anna. Tu abuela.

—No… no comprendo. ¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

Gehn se rió sin ningún humor.

—¿Todavía no lo ves?

—¿No veo qué?

Ahora Gehn se volvió y le miró otra vez, con expresión dura.

—Que ella era Ti´ana. Arma, quiero decir. Ése era su nombre D´ni, el que le dio mi padre, tu abuelo, cuando se casó con ella.

Atrus se quedó mirándole, con cara de espanto.

—No. No. No es posible. Me lo habría dicho.

—Es cierto —dijo Gehn con amargura—. Sus palabras lo destruyeron… su intromisión. Todo se habría solucionado, acabado. Veovis habría muerto, la amenaza habría sido superada, pero no… ella tuvo que interferir. No pudo evitarlo. ¡Cómo si siempre hubiera sabido lo que más convenía! Nunca quiso escuchar. ¡Nunca!

Atrus sacudió la cabeza, incapaz de creérselo.

—¿Te habló alguna vez de mí, Atrus? ¿Lo hizo? ¡No! ¡Claro que no! Así que hazte la pregunta: ¿qué más dejó de contarte?

—¡Pero no pudo ser ella! —balbució, incapaz de contenerse—. ¡No pudo ser!

—¿No? —Por un instante, Gehn le miró como si fuera un espécimen bajo el microscopio—. No deberías permitir que los sentimientos te cegaran, Atrus. Vivimos en un mundo muy duro y los sentimientos pueden matar igual que lo hace una roca al caer. Esa lección nunca la aprendió tu abuela. Y por eso mismo no puedo permitir que vuelvas con ella. Por tu propio bien.

Atrus permaneció callado un instante, mirándose las manos entrelazadas en el regazo. Luego habló otra vez, en un tono más tranquilo, sin la desafiante convicción de unos minutos antes.

—Anna fue buena conmigo. Me cuidó, se preocupó de que no pasara hambre. Sí, y también me enseñó.

—¿Te enseñó? —La risa de Gehn resultaba hiriente—. ¿Qué te enseñó? ¿Cómo sobrevivir en una grieta? ¡Cómo comer polvo y soñar con la lluvia, estoy seguro!

—¡No! —aulló Atrus, dolido, confuso y enfadado; jamás había estado tan enfadado, aunque le resultaba difícil determinar con quién—. ¡Me enseñó más cosas de las que tú me has enseñado!

La risa de Gehn se extinguió. Se acercó hasta colocarse frente a Atrus y le miró fría y amenazadoramente.

—¿Qué has dicho?

Atrus bajó la mirada, intimidado por la presencia física de su padre.

—He dicho que me enseñó más cosas que tú.

Gehn le cogió la barbilla con la mano derecha y le obligó a mirarle a la cara.

—Dime, chico. ¿Qué te ha enseñado esa mujer que sirva para algo?

Atrus se libró de la mano de Gehn y echó la cabeza hacia atrás.

—Me enseñó D´ni, ¡eso es lo que me enseñó!

Gehn se rió y meneó la cabeza.

—¡Más bien creo que te enseñó a mentir!

Atrus miró a su padre a los ojos y luego habló despacio, con tranquilidad, en perfecto D´ni.

—Me enseñó lo que está bien y lo que hay que apreciar, esas verdades que no pueden alterarse ni cambiarse.

Lentamente, como la luz del sol que se derrama desde el horizonte al final del día, la sonrisa burlona desapareció del rostro de Gehn.

—¿Así que lo sabías? —dijo Gehn con frialdad— ¿Todo el tiempo? —Su rostro mostraba dureza, sus ojos eran fríos. Una vez más parecía haber algo peligroso, algo que daba miedo, en él—. Has estado sentado ahí todo el tiempo, ¿aparentando que no sabías? ¿Burlándote de mí?

—No —dijo Atrus, queriendo explicarse, pero Gehn no le escuchaba.

Cogió a Atrus con ambas manos, poniéndole en pie y sacudiéndolo.

—¡Niño mentiroso e ingrato! ¡Mereces que te lleve de vuelta para que te pudras en ese patético agujero! Ah, pero eso es lo que ella querría, ¿verdad? Y por eso mismo no volveremos. ¡Ni ahora ni nunca!

—¡Pero debemos volver! —gritó Atrus, horrorizado ante la idea—. ¡Estará preocupada! Cuando no sepa…

Gehn cogió a Atrus por el pescuezo y entre empujones y tirones le arrastró hasta su cuarto, le arrojó dentro, dio un portazo y cerró con llave.

—¡Espera! —gritó Atrus, incorporándose y lanzándose contra la puerta— ¡Padre! Por favor… ¡tienes que escucharme!

Pasaron tres días enteros y Gehn no regresó. Cuando por fin lo hizo, se anunció golpeando con fuerza en la puerta del cuarto de Atrus.

—¿Atrus?

Atrus estaba en su nicho de dormir en el gran armario, un lugar en el que se sentía más como en su lecho de casa, leyendo un libro D´ni, con una manzana a medio comer en una mano. Los repentinos golpes le sobresaltaron. Escondió la manzana y el libro, cerró rápidamente el armario y fue corriendo a la cama, metiéndose entre las sábanas de seda.

—¿Atrus? —Se escuchó de nuevo la voz de Gehn. Significativamente, ahora hablaba en D´ni— ¿Estás despierto? Tengo que hablar contigo.

Debería decirle que se marchara, pero la ira que había sentido al principio se había desvanecido. Además, quería saber qué tenía que decirle su padre acerca de su comportamiento.

—De acuerdo… —respondió con fingida indiferencia.

Oyó la llave girando en la cerradura. Un instante después, Gehn entró en la habitación. Parecía tremendamente cansado, los claros ojos enrojecidos por la falta de sueño, las ropas sin lavar; las mismas ropas que llevara la noche de la discusión con Atrus.

Atrus se sentó en la cama, apoyado en el enorme cabezal tallado y miró a Gehn, cuya silueta se recortaba en la media luz de la puerta.

—He estado pensando —dijo Atrus.

Gehn alzó una mano.

—A partir de ahora sólo hablaremos en D´ni.

Atrus comenzó otra vez, esta vez en D´ni.

—He estado pensando. Intentando ver las cosas desde tu punto de vista. Y creo que entiendo.

Gehn se acercó un poco más, intrigado.

—¿Y a qué conclusión has llegado?

Atrus vaciló, luego dijo:

—Creo que entiendo por qué sientes lo que sientes hacia Anna. Por qué la odias tanto.

Gehn se rió, sorprendido, pero con una extraña expresión de dolor en el rostro.

—No, Atrus. No la odio. Sería fácil si fuera tan sencillo. Pero sí que le echo la culpa. La culpo por lo que le hizo a D´ni. Y por abandonar aquí a mi padre, sabiendo que moriría.

—No veo la diferencia.

—¿No? —Gehn se acercó aún más, hasta quedar junto a él—. A veces me resulta difícil explicar lo que siento. Es mi madre y por lo tanto tiene que quererme. Es su deber. Vaya, si incluso lo vi en su mirada la última vez. Pero no le gusto. Para ser sincero, nunca le he gustado. —Sacudió la cabeza, y prosiguió—: Lo mismo ocurría con Veovis. Nunca le gustó. Pensaba que era odioso, mal educado y de mal carácter. Pero cuando llegó el momento, pensó que era su deber quererle; salvarle de sí mismo.

Gehn exhaló un profundo suspiro.

—Era una hipócrita. No actuó siguiendo lo que sabia que era la verdad. ¡Fue una debilidad que destruyó a una raza de dioses!

—Pero vosotros dos sobrevivisteis —dijo Atrus en voz baja—. Ella te salvó. Te sacó de D´ni.

—Sí —dijo Gehn, contemplando las sombras en el otro extremo de la habitación—. Hay días en que me pregunto por qué lo hizo. Hay días en que me pregunto si eso, también, fue otra debilidad. Si no hubiera sido mejor para los dos haber muerto allí y que todo acabara limpiamente. Tal y como están las cosas…

Atrus contempló a su padre durante el largo silencio que se produjo a continuación y le vio con claridad por primera vez. Había algo realmente admirable en el espíritu que le impulsaba, en la determinación de restaurar y recrear la cultura D´ni él solo. Admirable pero inútil.

—¿Así que puedo ir a ver a Anna?

Gehn ni siquiera le miró.

—No, Atrus. Estoy decidido. Sería demasiado perjudicial y no puedo permitirlo.

—Pero ella se preocupará si no regreso…

—¡Silencio, chico! ¡He dicho no y es que no! ¡No se hable más de esa cuestión! Enviaré a Rijus con una nota, para informar a tu abuela de que estás bien y explicarle por qué no puede volver a verte. Pero aparte de eso, no puedo permitir más contactos entre los dos.

Atrus bajó la mirada. Era como si su padre le hubiera dado una bofetada. ¿No volverla a ver? La idea le aterraba.

—En cuanto al asunto de tu engaño —prosiguió Gehn, al parecer sin darse cuenta de la gran sombra que se había adueñado del espíritu del joven—, tengo que decirte que he sufrido una gran decepción contigo, Atrus. Dicho esto, lo pasaré por alto esta vez. De hecho, puede suponer un gran beneficio a largo plazo. Desde luego me ahorrará mucho tiempo y trabajo, y significa también que podemos avanzar más rápido de lo que yo esperaba. Incluso es posible que puedas empezar un libro tuyo.

Atrus alzó la vista.

—¿Un libro?

—Sí. Pero debes prometerme algo.

Gehn se inclinó sobre él, con actitud fiera, intransigente.

—Debes prometerme que nunca, y digo nunca, volverás a poner en duda mi palabra o tramarás algo a mis espaldas. Esto debe quedar totalmente claro, Atrus. Aquí soy el Amo y mi palabra es ley.

Atrus miró a su padre, y en ese momento le conoció mejor que nunca antes; luego, dándose cuenta de que no tenía otra elección, bajó la cabeza.

—Lo prometo.

—Bien. Entonces ven y come algo. Supongo que estarás muerto de hambre.