Capítulo 24
—ENTRA, Marco, y siéntate a mi lado.
El Dux Francesco Loredan estaba sentado al escritorio de la sala Grimani, su predilecta para las reuniones privadas, y sonreía con aire afable.
Pisani miró fugazmente el patio del Palacio Ducal, que, a esa hora de la mañana, era un hormigueo de empleados, magistrados y postulantes, y se sentó.
—Tengo que comunicarle cosas de suma importancia, príncipe —dijo—, y necesito su consejo.
Loredan lo escrutó intrigado.
—Pero ¿qué lío organizaste anteayer en el monasterio de San Giovanni e Paolo? En Venecia no se habla de otra cosa. ¿Es cierto que te llevaste a todos los novicios y que los encerraste en la cárcel con el viceprior? Ya sabes que Messer Grando es incapaz de tener la boca cerrada y va contando por ahí que están acusados de tres homicidios, a pesar de que ayer, durante el interrogatorio, se declararon inocentes.
—La verdad, príncipe —dijo Marco—, las cosas no son exactamente así. No me cabe la menor duda de que esos muchachos son culpables, pero no puedo acusarlos formalmente porque el verdadero responsable los indujo a ello y debo obligarlo a asumir su culpa antes de dar por cerrado el caso.
—¿De quién se trata?
Marco se revolvió en la silla.
—Del prior Ceconi.
—Ahora entiendo por qué he recibido una protesta formal del patriarca en la que me pide que te aparte del caso —murmuró Loredan—. Me ha escrito también que, pisoteando todos los principios del sagrado respeto que se debe a las cosas de la Iglesia, entraste varias veces en el monasterio y sustrajiste objetos preciosos. Además, ignorando el derecho de asilo, obligaste a los novicios a seguirte hasta las prisiones nuevas, donde, con métodos brutales, les atribuiste unos crímenes que ellos niegan haber cometido.
Marco no pudo contener una carcajada.
—¡Ah, estos curas! Son maestros manipulando la verdad. Reconozco el estilo del padre Ceconi en la carta del patriarca.
A continuación, contó a Loredan lo que había sucedido después de la muerte de sor Maria Angelica.
El Dux lo escuchaba con suma atención.
—Lo que me acabas de contar es espantoso —comentó, por fin—. Recordaré al patriarca que el derecho de asilo no incluye los homicidios. Pero ¿qué piensas hacer?
—Después de estar en el monasterio, pensaba que el inductor de los novicios podía ser el prior o el viceprior. El padre Vianoli no parece tener una personalidad carismática, pero no hay que olvidar que el cofre con los objetos preciosos estaba en su celda. Por eso pensé en pedir información sobre él, bueno, para ser más exacto, el doctor Valentini se ocupó de eso.
El Dux lo interrumpió.
—¿Se refiere al director del Instituto de Anatomopatología de San Giacomo dall’Orio? Una persona controvertida, creo.
—Exacto, es un médico con una cultura excepcional. Claro que, además, es librepensador. Pero ¿dónde sino en Venecia los librepensadores pueden ser libres de pensar?
Loredan se rio.
—¿Qué información recibió a través de sus misteriosos canales?
—Misteriosos, pero fiables. De Vianoli ya sabemos todo, es decir, que no hay nada que saber. Nació en Venecia. en el seno de una familia de banqueros. Manifestó muy pronto su vocación por el claustro y su familia no le puso impedimentos, porque un hermano mayor se ocupaba ya de los negocios y Vianoli había manifestado desde muy pronto un carácter débil. Era, y sigue siendo, un magnífico ejecutor, pero nunca será un líder. Estuvo varios años en un monasterio de Padua, luego se trasladó a San Zanipolo. No creo que sea el siniestro artífice de los delitos ni el jefe de la secta, además, no deja de repetir que jamás notó nada.
—¿Y Ceconi?
—El prior es un fanático. En una ocasión escuché uno de sus sermones dominicales y es estremecedor. No obstante, arrastra a la gente. Nuestros escépticos conciudadanos lo escuchaban boquiabiertos. Tiene una inteligencia refinada y un gran dominio de sus impulsos. En el monasterio ha impuesto una disciplina férrea, ha restablecido la regla original. Imagínese, príncipe, que lo oí afirmar que el padre Bartolomeo se merecía el infierno por haber bebido chocolate durante la Cuaresma. Además, es exorcista: asistí escondido a una ceremonia que ofició para sanar a un joven, víctima del mal caduco, en presencia de los demás novicios.
—¡Por Dios! —soltó sin querer Loredan—. Justo el tipo de fanatismos que el papa Lambertini no puede soportar. Y, ahora, ¿qué piensas hacer?
—Estamos esperando una respuesta de Conegliano. El doctor Valentini ha escrito a uno de sus amigos médicos, un tal Maffeo Girardo.
—Masón.
—Masón, sí, pero muy cercano a los ambientes eclesiásticos de la ciudad. Según parece, es amigo íntimo del obispo. El doctor Girardo debería poder darnos información sobre Ceconi, sobre los años que transcurrió en Conegliano, sobre el motivo de su traslado. Y si esta información confirma lo que intuimos, tendré que arrestarlo y procesarlo.
Loredan se rascó la barbilla.
—El problema será sacarlo del convento. Será difícil que un personaje como el que me has descrito te siga por propia voluntad y no puedes recurrir a la fuerza en un lugar sagrado.
Marco exhaló un suspiro.
—Lo sé —admitió—, pero tengo que conseguirlo como sea.
—Lo están esperando —lo informó Jacopo Tiralli mientras, tras volver de la sala Grimani, Marco se disponía a entrar en su despacho.
Pisani abrió la puerta y vio, sentados a la mesa, a Guido y Daniele, acompañados de un señor distinguido con la nariz larga y el pelo entrecano y recogido en la nuca, vestido con una velada de color musgo y una camisa bordada recién planchada.
Valentini le salió al encuentro.
—Tengo una agradable sorpresa para ti, Marco. Te presento al doctor Girardo.
El médico se levantó e hizo una cortés reverencia.
—En lugar de escribir, pensó que era mejor venir personalmente.
—La carta de Guido me inquietó —explicó Girardo—. Conocí bien a Vincenzo Ceconi y pensé que si Guido me pedía información sobre él debía de tratarse de un asunto muy grave. De manera que, a pesar de que no me gusta cabalgar, me puse en camino cuando aún era de noche en compañía de mi criado y aquí me tienen.
—Apareció en mi casa mientras estaba desayunando —prosiguió Guido—. Le di el tiempo justo de darse un baño caliente, alquilé una caorlina de cuatro remadores para adelantar, pasé a recoger a Daniele y vinimos corriendo al Palacio.
El doctor Girardo parecía, en efecto, muy cansado: tenía ojeras y estaba pálido. Marco pensó que, si había estado dispuesto a viajar a Venecia de noche, afrontando los peligros de unos caminos accidentados e inseguros, la razón debía de ser muy grave.
—Se lo agradezco de todo corazón. —Le sonrió—. Supongo que le habrán puesto al corriente de los hechos mientras esperaba.
—El abogado Zen me los ha referido, sí. —respondió—. Ha sucedido justo lo que se temía en los ambientes eclesiásticos de Conegliano. Todos saben que soy librepensador, pero cuando estalló el caso, el obispo me pidió consejo, porque mis estudios sobre la locura eran famosos.
—Así que se trata de eso —comentó Marco ensombreciéndose—. Cuénteme.
El doctor Girardo le contó que, hacía unos cuatro años, el obispo de Conegliano lo había llamado inesperadamente. Quería hablarle del monasterio de dominicos en el que se instruían una decena de novicios. La regla nunca había sido férrea en él, de manera que los jóvenes podían regresar a sus casas casi todas las semanas. Sin embargo, hacía tiempo que sus familias habían notado cosas extrañas: los jóvenes parecían ausentes, distraídos. Se comportaban como si sus padres y hermanos fueran sus enemigos. A veces estaban agotados, daba la impresión de que la fuerza de voluntad era lo único que los arrastraba. En otras ocasiones, miraban como si estuvieran alucinados.
El caso había estallado cuando el padre de un novicio de trece años, intuyendo que su hijo había pasado la noche rezando, en lugar de durmiendo en la cama, había visto marcas de azotes en su cuerpo. Era un hombre sencillo, pero con sentido común, de forma que no había aceptado la explicación de su hijo, quien le había asegurado que Dios quería que se flagelase. Avisó a las demás familias y juntos habían ido a ver al obispo.
—De esta forma, me encargaron oficialmente que averiguara lo que estaba sucediendo en el monasterio —continuó el doctor Girardo—. Enseguida comprendí que los novicios pasaban demasiado tiempo con su maestro, que era, ni más ni menos, el padre Ceconi. Asistí a varias de sus clases, el padre los adoctrinaba sobre la necesidad de esforzarse para lograr la purificación, los animaba a ayunar y a mortificarse para recibir la iluminación, les instilaba el concepto de que la salvación de la humanidad estaba en sus manos. En pocas palabras, los estaba transformando en una secta.
Girardo se sirvió un vaso de agua de una jarra y bebió varios sorbos para aplacar la sed.
—Intenté hablar con el padre Ceconi. Al principio fue razonable, cordial. Me explicó que nunca es demasiado pronto para inclinar las mentes jóvenes hacia el bien y añadió que pretendía que lo obedecieran por completo. Pero «¿para qué?», pregunté. Su respuesta me aterrorizó: «Para extirpar el mal del mundo». Mientras hablaba en sus ojos brillaba una luz siniestra. «¿Qué piensa hacer?», insistí. Ceconi alzó los brazos al cielo y me fulminó con sus ojos de hielo. «Muy sencillo. Matar a los pecadores. ¡Sus cuerpos destrozados serán una advertencia para las almas débiles!», exclamó. Después añadió: «¡Dios me ha confiado la misión de limpiar la Cristiandad de depravados, materialistas, soberbios y yo debo preparar sus milicias!».
Los presentes habían enmudecido.
Guido rompió, por fin, el silencio:
—¿Y a nadie se le ocurrió encerrarlo?
—A decir verdad —contestó Girardo—, no había cometido ningún delito, solo era demasiado duro con sus discípulos. Hablé sobre ello con el obispo y le insinué que, quizá, Ceconi padecía algún trastorno mental, pero, el prelado, claro está, tuvo miedo del escándalo que podía estallar si aquello llegaba a saberse. Así pues, le sugerí que lo destinara a algún hospicio de monjes viejos, perdido en la montaña, donde no pudiera hacer daño a nadie, pero, quién sabe por qué, el obispo aprovechó al vuelo la ocasión para trasladarlo a Venecia y aquí consiguió que lo eligieran prior en poco tiempo.
—Pero usted, doctor, ¿supo qué métodos usaba Ceconi para coartar la voluntad de los jóvenes? —le preguntó Pisani.
—Sí, pero mucho tiempo después —explicó el médico—. Me dijeron que, cuando trasladaron a su maestro, los novicios estuvieron unas semanas desorientados, no hablaban con nadie, se negaban a abrirse. Tres abandonaron la vida monástica y renunciaron a tomar los votos. Uno de ellos quiso hablar conmigo al cabo de unos meses y entonces me contó su experiencia. El padre Ceconi los había convencido de que eran una milicia elegida por el Señor. Les había prohibido el contacto con las demás personas, incluidos sus familiares, a todos los describía como pecadores impuros. Además, los sometía a horas y horas de ejercicios espirituales, sobre todo de noche, para agotarlos y debilitar su voluntad. A veces exaltaba a uno de ellos delante de sus compañeros, diciéndoles que debían comportarse como él, otras los reprendía con dureza sin decirles la razón. Confusos, desconcertados, los jóvenes acabaron dependiendo por completo de su carisma.
—Supongo que hizo lo mismo con los novicios de San Zanipolo —masculló Marco—, solo que allí tuvo tiempo de poner en práctica sus propósitos dementes.
—Por desgracia, avogadore Pisani —dijo el médico—, Ceconi vive en un mundo de locura, lo peor es que sabe ocultarlo, por eso es tan peligroso.
—Es cierto. Siempre se mostraba disponible, en ocasiones me pareció incluso amable, exceptuando el arranque de ira que tuvo a propósito del padre Bartolomeo. Además, anteayer, supo contenerse de forma milagrosa mientras yo me llevaba a sus novicios. Con todo, nos miraba como alucinado.
—Tenga mucho cuidado, avogadore Pisani —le advirtió Girardo—. Su locura puede estallar en cualquier momento. Téngalo en cuenta cuando deba enfrentarse de nuevo a él.
De nada servía retrasarlo más. Había que entregar al padre Ceconi a la justicia y Marco sabía que le correspondía esa tarea. Mientras atravesaba a pie el campo Santa Maria Formosa y recorría las calles Trevisana y Bressana, tuvo la impresión de que una fuerza invisible lo atraía de nuevo hacia el monasterio. «Me llama —pensaba Marco—, yo también siento su carisma, pero yo no tengo miedo y sé cómo obligarlo a que me siga».
Empujó la pesada puerta de madera y entró en la iglesia de San Giovanni e Paolo. En la penumbra, tuvo la impresión de que, en el templo, delante del altar, habían extendido una alfombra blanca y negra. Tardó un poco de tiempo en comprender que todos los monjes de San Zanipolo estaban tumbados, inmóviles, en el mármol del suelo, del que se elevaba un rumor de oraciones.
En la portería solo estaba el padre Pietro, el viejo fraile farmacéutico. No pareció sorprenderse de verlo.
—El prior Ceconi lo espera en la farmacia —murmuró—. Ya conoce el camino.
Los claustros estaban desiertos, solo los pájaros se habían dado cita en el borde del pozo. En las despensas y en la cocina tampoco había nadie. En el fogón, un caldero abandonado hervía borboteando.
El huerto parecía adormecido bajo el sol de la tarde, Pisani lo recorrió con cierto temor. No le esperaba una tarea fácil, pero no podía delegarla en nadie.
La puerta de la farmacia estaba entornada. A pesar de saber que el prior lo estaba esperando, Marco titubeó.
—Soy el avogadore Pisani —dijo.
Los postigos de la ventana estaban cerrados y dentro estaba oscuro. Solo se veía el haz de rayos de sol que se filtraba por el tragaluz, formando una aureola alrededor de la cabeza del prior, que estaba sentado al lado de la chimenea.
—Lo estaba esperando, Pisani —dijo en voz baja—. Es la hora de la verdad.
Ceconi había optado por ir directo al grano.
—Exacto, prior. He venido para ayudarlo a pagar la deuda que tiene con la justicia —explicó Marco.
—¿Qué justicia? —El prior se puso en pie con gesto solemne, se arrebujó en la capa y se tapó la cabeza con la capucha. Echó a andar en la sombra.
—Tratándose de un homicidio, la justicia humana y la divina coinciden.
Ceconi respondió con una risotada sarcástica.
—No blasfeme, Pisani. Usted es un pobre hombre que ha tomado partido por los débiles, los viciosos, los esclavos de la carne.
—Usted desprecia a Dios, creador de la carne, padre —le recordó Pisani.
La luz procedente del techo solo iluminaba un pedazo de suelo, de forma que la figura de Ceconi se confundía con las paredes. Su voz le llegaba en la oscuridad.
—La única justicia es la divina y quien mata a los pecadores contribuye a realizar el plan divino.
—Usted desvaría, Ceconi. Debería saber que los pecadores tienen derecho a arrepentirse hasta el último minuto que Dios les concede. ¡Dios! —gritó Marco a las sombras que los rodeaban—. No un loco fanático como usted, que mortifica la carne en aras de un plan criminal.
—La carne debe mortificarse —dijo en tono amenazador la voz del prior desde el fondo de la sala. Ceconi había encontrado una linterna y la encendió con un pedernal—. Debe aniquilarse para que surja el espíritu, para que las almas elegidas triunfen.
La linterna se agitaba al fondo de la sala iluminando la cara del prior.
Solo sus ojos brillaban debajo de la capucha.
—¿En qué triunfo confía el asesino de esos desgraciados? —preguntó Pisani en tono de mofa.
Una risa sarcástica alteró los rasgos del padre Ceconi.
—¿Qué triunfo? —exclamó—. El castigo divino que baja del cielo y abate a los pecadores, que son siete, como los pecados capitales, por última vez el Viernes Santo, el día en que murió Nuestro Señor. ¿Qué más podía ofrecer a Dios para que mi rebaño volviera a obedecer?
Marco hizo un esfuerzo para recuperar la calma. De nada servía razonar con un loco.
—Ahora, padre Ceconi, venga conmigo. Sus novicios y el padre Vianoli lo están esperando. Podrá exponer sus puntos de vista a nuestros funcionarios y discutir con ellos.
Se oyó otra carcajada siniestra.
—Ahora es usted el que desvaría, Pisani. No me presentaré al tribunal humano, al que no reconozco, pero usted sí pedirá clemencia a la justicia divina.
Marco sintió un escalofrío, como un funesto presagio.
Ceconi se había acercado a la puerta con una botella polvorienta, que contenía un líquido verdoso, en una mano.
—Usted, el peor de todos los pecadores, culpable de soberbia, por estar convencido de saber distinguir entre lo justo y lo injusto. ¡Usted, Pisani, debe morir!
Fue visto y no visto. El fraile tiró al suelo un chorro de líquido apestoso.
—Me lo regaló un fraile que venía de Oriente. Lo llaman aceite de piedra. Quema incluso en el agua.
Tras decir esto lanzó al suelo la linterna y el cristal de esta se rompió. Unas llamas altas salieron de ella y se deslizaron por la larga estela que había formado el líquido. Ceconi se precipitó hacia la puerta de la farmacia y la cerró con llave.
—¡Grita todo lo que quieras! —dijo mientras se alejaba—. Todo el monasterio está en la iglesia y rezará hasta esta noche.
Desde hacía unas horas, Chiara sentía que el corazón le latía en la garganta y que una mano fría lo apretaba. No lograba concentrarse.
Bajaba al taller, observaba los grandes telares en funcionamiento, entraba en su oficina, donde Costanza estaba despachando la correspondencia con los clientes, se sentaba a la mesa de dibujo y observaba el nuevo proyecto, que había dejado a medias, pero su mente estaba en otra parte. Tenía la fortísima impresión de que un peligro se cernía sobre ella, de que estaba a punto de ocurrir una desgracia.
Debía hacerlo otra vez, debía romper las barreras de lo sensible y desgarrar el velo del misterio.
Atenazada por el terror, se sentó delante de la chimenea del salón donde Marta acababa de encender la chimenea para vencer el frío de la noche inminente y contempló las llamas.
Enseguida se sintió sacudida por una fuerza oscura. En un abrir y cerrar de ojos le pareció que la habitación ardía a su alrededor. Vio pasar unos cuervos volando, los pájaros de la muerte, y oyó que una voz la llamaba:
«¡Chiara!». Era la voz de Marco, la voz parecía alejarse, sonaba cada vez más débil. Vio el muro de un jardín, un hilo de humo elevándose en el cielo y enseguida supo adónde debía ir y qué debía hacer.
Bajó al taller como una exhalación.
—¡Rápido! —gritó a los trabajadores—. El avogadore está en peligro. Sé dónde está. ¡Todos, rápido, vamos a las fondamenta nuove!
A pesar de que, con el pelo desgreñado y el vestido deshecho, parecía una loca, sus empleados no dudaron un segundo. Dejaron los telares y se apresuraron a seguirla. Sin entender tampoco una palabra, Costanza se unió al grupo tratando de sujetar a Chiara.
En las fondamenta Chiara alquiló todas las embarcaciones disponibles.
—¡Rápido, rápido! —gritaba—. ¡Vamos a San Zanipolo! ¡Daré doble recompensa al que llegue antes!
Una fila de góndolas, sandolini y caorline, con las dos mujeres y los veinte trabajadores a bordo, voló hasta su destino por las aguas de la laguna, movida por los remos.
—¡Aquí no! —ordenó Chiara, que estaba en la barca que abría la fila cuando llegaron al rio de los Mendicanti—. Atracaremos detrás de la basílica.
—Parecía que una fuerza superior la guiaba, que nadie iba a poder detenerla.
Pegado a la pared del fondo de la farmacia, Marco se ahogaba. El fuego devoraba la sala, el avogadore oía cómo estallaban los cristales, cómo caían al suelo los tarros cuando las llamas consumían los viejos estantes. Había encontrado una jarra de agua cerca de la chimenea y se la había echado encima, luego había mojado también un pañuelo y se había tapado la boca con él, pero el humo era cada vez más denso.
Nadie sabía que estaba allí, nadie iría a salvarlo. Marco no se hacía ilusiones: cuando las llamas superaran el muro que rodeaba el huerto, sería demasiado tarde para él.
Manteniéndose alejado del fuego, llegó a duras penas a la puerta: estaba cerrada con llave. Había probado ya con la ventana, que estaba protegida por unas robustas rejas y por los postigos, cerrados por fuera.
No podía morir así, como una rata, ahora que la vida había vuelto a sonreírle. ¿Por qué Chiara no oía su llamada? ¿Por qué no lograba alcanzarla con su pensamiento?
Se ovilló en el rincón más apartado del fuego y se tapó la cabeza con la velada empapada de agua.
—¡Chiara! —imploró.
—¡Rápido, rápido!
A la cabeza de los suyos, Chiara había llegado al muro que rodeaba el huerto del convento. Marco estaba allí, estaba segura. Debían tirar abajo la puerta.
—Maso, rápido —gritó—. Ve con Gigio al depósito de leña de Barbaria delle Tole y volved con un tronco. ¡Rápido!
Los jóvenes volvieron al cabo de unos minutos. Alrededor del tronco que hacía las veces de ariete se formó una cadena humana. Al tercer intento la puerta cedió y Chiara y los suyos corrieron hacia la puerta de la farmacia, por la que salía ya el humo.
Riéndose como un loco, el padre Ceconi atravesó el huerto, las cocinas y el segundo claustro y enfiló a toda prisa la escalinata de San Domenico. Cruzó el amplio pasillo del primer piso gritando: «¡Dios lo desea!», abrió una pequeña puerta, que nunca se utilizaba y embocó una escalera de servicio.
Salió a la estrecha pasarela que había en el interior de la basílica, a la altura de las vidrieras del presbiterio. A sus pies, los frailes seguían postrados en el suelo, rezando. Nadie lo vio.
El prior la recorrió hasta llegar a la primera vidriera. Vaciló un momento. Volvió a gritar a todo pulmón: «¡Dios lo desea!».
Ante la mirada atónita de los monjes, que habían levantado la cabeza al oír su voz, alzó los brazos en ademán de oración y echó la cabeza hacia detrás para mirar hacia arriba.
Sin embargo, como si la mano de Dios lo hubiera golpeado desde lo alto, perdió el equilibrio. Braceó, buscó un agarradero, no lo encontró, tropezó con la barandilla baja, cayó al vacío y, tras volar como un gran pájaro blanco y negro, se estrelló contra el suelo.
Maso forzó la puerta de la farmacia, la abrió y retrocedió, empujado por la densa nube de humo. Lo siguieron Gegio y Luca, tapándose la nariz con un pañuelo, mientras los demás combatían contra las llamas con sus delantales de trabajo.
Sacaron a Pisani en brazos, medio inconsciente. Chiara y Costanza lo sentaron, apoyándole la espalda en el borde del pozo, lo ayudaron a expeler el humo de los pulmones y le limpiaron la cara.
—Lo sabía. —Marco sonrió, por fin, tras recuperar el aliento—. Sabía que me oirías, Chiara.