Capítulo 5

A media tarde del domingo de carnaval, en el patio del Palacio Ducal, la tradicional ceremonia de la caza del toro estaba en pleno apogeo.

Marco Pisani, vestido con la toga de avogadore, había tomado asiento bajo los arcos de la galería y se entretenía observando el público selecto que ocupaba el graderío que habían erigido junto a la basílica. En primera fila estaba el viejo Dux, Francesco Loredan, luciendo los emblemas de la República y tocado con el cuerno ducal; sentado con los hombros curvados, parecía aburrirse.

Loredan era amigo de su padre y Marco sabía que había aceptado con cierta perplejidad el cargo superior del Estado, que lo obligaba a vivir en el Palacio Ducal y le confería unos poderes bastante limitados. No obstante, a pesar de tener muchos detractores era un fiel servidor de la Serenísima y desempeñaba sus funciones con la máxima dignidad.

Al igual que a Marco, al Dux tampoco le gustaba el bárbaro espectáculo que estaba teniendo lugar en la arena, donde unos criados con librea pinchaban y herían con unas largas picas a los ocho toros que el gremio de los Bechèri había ofrecido para la ocasión. Los toros iban saliendo de dos en dos y, al final un bechèr, un carnicero especializado, les cortaba la cabeza con la espada que empuñaba con las dos manos.

La multitud seguía entusiasmada el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos, en la plaza improvisada entre los dos brocales de pozo. Varios señores elegantes sentados en primera fila miraban fijamente la sangre que chorreaba de los pobres animales mientras se mordían los labios con nerviosismo. Varios magistrados contemplaban fascinados la escena. Los pórticos y las ventanas del Palacio estaban atestados de gente que voceaba y aplaudía esperando a que el bechèr asestase el golpe final.

Pisani se distrajo recordando la expedición de esa mañana. Mientras esperaba para interrogar a la hermana lega, había buscado a Nani y este le había hablado de Giusto y Giuseppa Gavosi, los cómplices de las fugas de sor Maria Angelica, que, en ese momento, no se encontraban allí. Marco había tenido que dejar una nota para la abadesa en la que le decía que quería verlos a la mañana siguiente, cuando tenía pensado volver para realizar el interrogatorio.

Por otra parte, la conversación con la hermana lega, Andreina Barbo, había sido decepcionante.

Se habían sentado en un pequeño cuarto adyacente a la portería. Huesuda, con una cara angulosa en la que, bajo unas cejas muy rubias, resaltaban unos ojos claros y maliciosos, la hermana Andreina tenía, a primera vista, un aire ambiguo.

—¿Su excelencia me ha hecho llamar? —le había preguntado haciendo una ligera reverencia.

—Supongo que sabrá, hermana, que he venido para investigar sobre la muerte de sor Maria Angelica.

—¡No sé nada! —La lega había tratado de atrincherarse tras un muro de reticencia—. Menudo golpe ha sido para mí… La echaré mucho de menos, nos queríamos mucho. A la señora le gustaba que le sirviera, eso es todo. —Mientras hablaba, Andreina se retorcía sin cesar las manos, que tenía apoyadas en el regazo.

—Usted estaba al corriente de la vida secreta, por decirlo de alguna manera, de sor Angelica. —Era una afirmación.

Barbo bajó los ojos. ¿Cómo podía negarlo?

—Bueno, sabía que de vez en cuando iba a Venecia a escondidas —reconoció al final.

—No solo lo sabía, usted la ayudaba en sus fugas nocturnas.

—Solo me pedía que le abriera la puerta que daba al canal.

—Y que entregara sus mensajes a Giuseppa —la acusó Pisani basándose en la información que había recibido— y que avisara a Giusto para que tuviera lista la barca y que contase que estaba enferma en su celda, en caso de que llegara tarde a las reuniones. ¿Por qué lo hacía?

—Mi familia es de Feltre, como los Muffoni, pero nosotros somos pobres —lloriqueó Andreina con los ojos brillantes—. Tomé los hábitos con sor Maria Angelica y su familia me pidió que, a partir de ese momento, le fuera fiel y cuidara de ella.

—Con eso no pretendían que la ayudara en sus fugas amorosas.

Andreina entrelazó las manos. Sabía que, en caso de que se abriera un proceso ante el prelado de las monjas, la castigarían encerrándola en su celda, pero ¿cómo podía engañar a ese atractivo avogadore que parecía saber todo de antemano? Debía hablar y confiar en la clemencia de las autoridades.

—Sor Maria Angelica fue una monja ejemplar durante muchos años —dijo—, pero después le sucedió algo…

A continuación, reveló a Pisani las inquietudes de la monja, sus relaciones sentimentales, la doble vida que llevaba en el apartamento de la calle de la Madonna, la gran cantidad de ducados que en los últimos tiempos daba a su joven amante.

—¿Quién era? —Esta era la respuesta que el avogadore buscaba por encima de todo.

—Nunca lo he sabido —contestó la hermana lega—. Sobre eso era muy reservada. Solo me dijo que era noble y pobre.

—Si Giuseppa Gavosi le llevaba los mensajes, debe de saber quién es y dónde vive, no me puedo creer que no se lo dijera.

—¡No, la pobre sor Maria Angelica era muy astuta! —La hermana lega bajó la voz y acercó la cara a la de Marco, que la apartó de forma instintiva—. Escuche lo que había tramado: cuando debía comunicarse con su… con ese joven, sellaba el mensaje donde figuraba la dirección y lo metía en un segundo sobre. Giuseppa debía entregárselo a un furlàn. Este solo podía abrir el pliego y leer la dirección después de que Giuseppa se hubiera marchado.

«Nadie tiene la habilidad de una mujer enamorada para guardar los secretos», pensó Marco.

—¿Y cómo le respondía ese joven? —preguntó.

—Para él era más fácil: enviaba el mensaje, siempre a través de un furlàn, a Giuseppa Gavosi aquí, a Murano, ella sabía que debía entregármelo para que se lo diera a sor Maria Angelica.

«Un sistema hermético», consideró Marco. Además, difícilmente podrían saber algo más de los furlàn, los mozos friulanos que deambulaban por Venecia y se ganaban la vida haciendo de mensajeros. Eran muchos, era difícil que recordaran las direcciones y, por si fuera poco, cambiaban continuamente. Al cabo de varios meses de servicio regresaban a sus pueblos y eran sustituidos por otros.

La lega estaba diciendo la verdad. El amante misterioso con las iniciales F.M. aún no tenía nombre. La única esperanza que le quedaba era encontrar algún indicio en la celda de la monja.

—¿Sor Angelica conservó esas cartas? —le preguntó.

—¿Quién sabe? —respondió la lega suspirando—. Sor Maria Angelica no me dejaba curiosear en sus cosas, por descontado.

Quedaba un último detalle. Marco había metido una mano en un bolsillo y había sacado el medallón de oro con los extraños símbolos.

—¿Lo conoce? ¿Era de sor Maria Angelica?

Andreina lo examinó con atención.

—Es la primera vez que lo veo —dijo—. No era una de sus joyas.

—¿Dónde las guardaba?

—En su celda, escondidas en alguna parte, pero a veces se las llevaba a Venecia, cuando iba a alguna fiesta.

Era importante registrar la celda, pero debía esperar al día siguiente. Ese día lo esperaba una ceremonia oficial. Nunca como ese año se le había hecho tan largo el carnaval. Ni le había parecido tan inútil.

 

El aplauso de la multitud, excitada por la decapitación de un toro, sacó un instante a Marco de sus cavilaciones. Decidió que al día siguiente examinaría la celda. Quién sabe, quizá hallara un mensaje con el nombre del amante.

Había que encontrar a ese hombre lo antes posible. Era el único que, sin duda, había estado en el apartamento la noche entre el viernes y el sábado. El sombrero que había olvidado en él lo acusaba.

Pero ¿qué motivo podía tener el misterioso F.M. para matar a la que, hasta entonces, había sido su gallina de los huevos de oro? El homicidio podía haber sido cometido por una de las numerosas bandas de ladrones vagabundos que acudían a la ciudad en carnaval para hacerse con un buen botín. No obstante, de haber sido así, ¿cómo podían saber que en esa casa de apariencia modesta había objetos valiosos y dinero? Además, ¿cómo habían entrado estando como estaba la puerta cerrada con llave?

Cabía también la posibilidad de que alguien se hubiera enterado de la doble vida de sor Maria Angelica, de que la hubiera estado chantajeando y de que esta se hubiera negado a seguir pagando. Pero ¿por qué matarla? Muerta dejaba de ser una fuente de ingresos. En pocas palabras, un bonito misterio y, para mayor inri, en el mundo eclesiástico.

Pisani debía esperar a que terminase el carnaval para informar al Consejo de los Diez y al tribunal de la furlàn del desgraciado suceso, que iba a afectar a las relaciones, siempre delicadas, entre el Estado y la Iglesia.

No obstante, pensaba hablar también con el Dux, cuya rectitud y agudeza apreciaba.

 

Marco vivía en el barrio de Dorsoduro, en un armonioso palacete con jardín que daba al rio San Vìo, casi donde este desembocaba en el Gran Canal.

Era la casa donde, hacía mucho tiempo, había vivido con la hermosa Virginia, pero su esposa había fallecido demasiado pronto con el niño que acababa de dar a luz. Marco había llorado a su mujer durante doce años hasta que, perdida ya toda esperanza, Chiara había aparecido en su vida. La dulce, luminosa y mágica Chiara, que, a pesar de que lo quería, se negaba a casarse con él, al menos por el momento. Chiara se sentía orgullosa de su independencia, le gustaba su trabajo, adoraba las telas de seda de colores que salían de su taller y, además, se sentía responsable de sus empleados.

Marco empujó la cancela que daba a la calle y divisó, junto al brocal del pozo, a una figura grotesca, envuelta en harapos femeninos, que luchaba con la gran cesta que llevaba colgada de un brazo, de la que salían maullidos y ronroneos.

—¡Nani! —exclamó—. ¿Qué demonios estás haciendo?

—¡Quiere llevarse a Platone, paròn! —Rosetta, el ama de llaves, salió corriendo de la casa blandiendo amenazadoramente un rodillo de cocina.

Resignado, Nani dejó la cesta en el suelo y un gato enorme y gris salió de ella furibundo y se refugió en lo alto de la escalera para observar la escena mientras se lamía el pelo encrespado.

—Voy a ir a una fiesta de disfraces, amo —masculló Nani—. Me he vestido de vieja mendiga y ya sabe que las gnaghe llevan siempre una cesta con un gato colgada del brazo.

—¿Quieres llevar a Platone por Venecia en pleno carnaval, con esta confusión? —El avogadore Pisani estaba rojo de rabia—. Sabes que, como mínimo, puede perderse entre la gente, ¡eso si no le sucede algo peor!

Marco estaba muy encariñado con Platone, que debía su filosófico nombre a la actitud meditabunda que mostraba en la biblioteca de su amo, mientras este trabajaba.

—No le habría permitido que se lo llevara —terció Rosetta—. Aunque hubiera tenido que molerlo a palos. —Levantó el rodillo de cocina por encima de la cabeza de Nani, que se inclinó instintivamente.

Mientras el joven se marchaba, Marco subió a sus aposentos, en el segundo piso. Debía asistir a una velada mundana, una de esas fiestas a las que se había negado a ir durante años; el problema era que Chiara, cuyo padre había fallecido hacía tiempo, al ser soltera, no podía ir sola a esas celebraciones y ahora se divertía como una niña en los bailes y las recepciones.

Daniele Zen, soltero impenitente al que muchas familias venecianas con hijas en edad casadera deseaban como yerno, se encargaba de organizar las salidas. De esta forma, por primera vez en su vida, a sus treinta y cinco años, Marco aparecía con regularidad en público.

Esa noche lo esperaba un baile en el teatro Grimani, en San Giovanni Crisostomo, y se había resignado a la idea de vestirse como marcaba la etiqueta. Eligió una camisa de encaje, unas medias de seda blancas, unos pantalones y un chaleco bordado de su guardarropa. Encima se puso una velada de damasco azul bordada con hilos de oro y, por una vez, se encasquetó la peluca blanca que debía lucirse en sociedad.

Se contempló en el espejo: no estaba mal, su estatura hacía resaltar el corte de las prendas, pero se sentía ridículo con todos esos encajes y rizos. Por suerte, podía ocultarse con la bautta, al menos en la calle.

Esperó en el salón a que llegara la barca de Zen, que había ido a recoger a Chiara. En carnaval era mejor no contar con Nani como gondolero, esos días el joven se pasaba los días corriendo detrás de las mujeres. Por si fuera poco, la máscara le permitía insinuarse también a las señoras aristocráticas ávidas de emociones.

 

El baile del teatro Grimani había concluido y la gente empezaba a dispersarse por las calles adyacentes.

Marco se volvió para contemplar la sala, ya casi vacía. El espectáculo era de una gran belleza. Una lámpara enorme, con los brazos dorados, iluminaba la platea; las sillas habían sido pegadas a la pared para liberar el espacio central, donde había tenido lugar el baile. Los cinco pisos de palcos, sostenidos por cariátides, estaban adornados con telas azules, y centenares de espejos reflejaban una luz propia de un acuario. En el profundo escenario, coronado por el gran escudo de los Grimani, estaba aún la gran mesa, ahora vacía, donde habían servido los pasteles y el vino para deleite de los bailarines necesitados de un reposo.

Marco había bailado, aunque con poco entusiasmo. Había brindado con amigos y conocidos y había comentado los acontecimientos del día; nadie sabía una palabra de la muerte de la monja. Aprovechando un momento de descanso en un palco apartado, había contado a Chiara y Zen la visita a Murano. Ahora, en plena noche, lo esperaba la última etapa de sus averiguaciones, de la que esperaba muy poco.

Se despidió de su amigo y de su novia y se dirigió al Ridotto.

El Ridotto, que había abierto sus puertas en 1638 con el fin de controlar el problema que suponía para la ciudad el juego de azar ilegal, se había convertido en la atracción principal de los nobles viciosos y de las damas ociosas. Atraía a jugadores de toda Europa y en sus mesas se dilapidaban enteras fortunas.

Era otro de los aspectos de Venecia que Marco consideraba un mal inevitable. De hecho, desde hacía varias décadas, la Serenísima se precipitaba hacia la ruina económica. Los grandes tráficos marítimos que en el pasado la habían convertido en una potencia marinera y comercial se habían desplazado hacia el Atlántico y el Mediterráneo estaba infestado de piratas sarracenos, que gozaban de la protección del imperio turco, cada vez más extenso. Los barcos mercantiles debían navegar en convoy en el Adriático, protegidos por fragatas, y su número se había reducido de manera drástica.

En consecuencia, la aristocracia veneciana, que en tiempos remotos se había enriquecido con el tráfico mercantil, se había visto sacudida como en un terremoto: muchas familias, al verse privadas del comercio, se habían arruinado y sus miembros, a pesar de conservar los privilegios nominales de su clase, vivían de recursos que se encontraban al margen de la sociedad. Solo se habían salvado y seguían siendo muy ricas las familias que, como los Pisani, habían invertido en tierras y cultivos en el interior, pero sus ingresos no eran suficientes para sostener el gasto público.

De esta forma, Venecia, una ciudad única por sus obras de arte, que ejercía una misteriosa fascinación, cuya sutil precariedad se veía acentuada por las aguas en las que se erigía, se veía ahora obligada a vivir de su belleza, como cualquier prostituta.

El interminable carnaval veneciano, con las fiestas en los palacios y teatros y el bullicio de sus calles, atraía a visitantes de toda Europa.

En cualquier caso, el mayor foco de atracción era el juego de azar. Siempre se había practicado de forma ilegal en las casas, los cafés y las trastiendas de las tabernas. Luego se había inaugurado el Ridotto, donde sí estaba permitido y gracias a ello el Estado obtenía una ganancia. El problema era que en él se arruinaban también muchos venecianos, para los que el juego era como una droga que los ayudaba a olvidar un futuro nada halagüeño. Por suerte, buena parte del dinero procedía de fuera de la ciudad y la Serenísima salía adelante gracias a él. También gracias a los extranjeros que, durante nueve meses al año, trabajaban en ella: mesoneros, cafeteros, sastres, bordadoras, cristaleros, el laborioso mundo de los artesanos venecianos, que producían las obras de arte que, después, viajaban por toda Europa.

 

Cuando, protegido por la máscara, entró en el Ridotto, Marco fue embestido por una oleada de calor y de perfume entremezclado con exhalaciones corporales.

En las salas profusamente iluminadas, los grandes espejos multiplicaban la multitud silenciosa que ocupaba las mesas de juego. En las mesas de faro, bassetta o biribí se mezclaban caballeros ataviados con trajes elegantes de seda bordada, señoras de la aristocracia cargadas de joyas, cortesanas y viejas damas con vestidos consumidos, que habían conocido tiempos mejores.

Alguna que otra joven lucía un vestido de la Comedia del Arte, de Pantaleón o de Polichinela. En otros clientes las prendas revelaban la procedencia de Europa del Norte o de la lejana Rusia. Todos llevaban máscara, la bautta o la media, que solo tapaba los ojos. Algunas damas escondían la cara tras una moretta.

En la sala donde se servían los refrescos, Marco bebió una copa de vino fresco y a continuación pidió a un camarero que llamara al director, porque quería hablar con él. Guido Baldi, un viejo conocido del avogadore, no se hizo de esperar.

—Qué honor, excelencia —dijo con respeto—. Vamos a mi despacho.

Cuando entraron en la pequeña sala apartada, Pisani se quitó la máscara.

—A pesar de que la velada no es la más indicada, me trae aquí la investigación que llevo entre manos —explicó—. Estamos tratando de identificar a un hombre que podrían haber venido al casino varias veces en compañía de una mujer.

—De esos hay muchos —lo interrumpió Baldi abriendo los brazos con aire desconsolado— y todos van enmascarados.

—Sí, pero el hombre que estoy buscando es joven y puede que también sea noble. Solo sé sus iniciales: F.M. Quizá lo recuerde, porque la mujer, en cambio, es mucho más mayor que él y a veces llevaba un vestido extravagante, de damasco rojo y muy escotado.

Baldi trató de hacer memoria mientras retorcía el puño de encaje que sobresalía de la manga de su velada. Era un hombre de media edad que, a todas luces, se cuidaba mucho.

—Sí —dijo, por fin—. Creo que sé quiénes son, vienen de vez en cuando y se entretienen en la mesa de biribí. Él pierde la cabeza cuando juega, sigue la extracción de las bolas como si estuviera alucinado, y ella le da dinero cuando lo necesita.

—¿Sabe quiénes son?

—Por supuesto que no, pero… un momento. Hace un par de meses el joven perdió mucho y a la mujer se le acabó el dinero, de manera que, para poder seguir jugando, él entregó en prenda un bonito reloj. Aún debo de tenerlo por alguna parte. Cuando los jugadores sufren algún percance de este tipo, guardo los objetos, porque luego suelen querer recuperarlos. —Mientras hablaba rebuscó en un cajón secreto del escritorio—. Aquí está —exclamó al final, tendiendo a Marco un reloj de bolsillo finamente cincelado y esmaltado. En el revés se leían las iniciales F.M.

—Es él —dijo Marco animándose—. Me temo que voy a tener que tomar en préstamo el reloj hasta que termine la investigación. Pero, ahora dígame, querido Baldi, ¿ha visto esto alguna vez? —Pisani sacó del bolsillo el medallón que había encontrado debajo del cadáver de sor Maria Angelica y se lo enseñó al director.

Baldi examinó el objeto con atención. Había comprendido que Pisani estaba investigando sobre un delito y se tomaba el asunto con la debida seriedad.

—No —dijo, por fin—. No he visto nada así en mis mesas y, si alguna dama lo llevaba colgado al cuello, no lo recuerdo. Parece un símbolo masónico, supongo que habrá oído hablar de la sociedad secreta que se está expandiendo como una mancha de aceite. Pero ¿qué les ha pasado a esas personas? —preguntó sin poder contener la curiosidad por más tiempo.

Marco eludió la pregunta y se despidió de él ceremoniosamente.