Capítulo 20
—¡YO NO vuelvo a ir a casa de esa! ¡Que se peine sola! Acepté ir, a pesar ser domingo, le hice un recogido digno de una señora, pero ella luego lo deshizo y tuvo el valor de decirme que no sé hacer rizos.
Fuera de su local, que se encontraba en la calle del Ànzolo, entre la ruga de los Speziali y el campo de las Beccarìe, el peluquero agitaba en el aire un par de tijeras mientras desahogaba su frustración con su joven ayudante. De cuando en cuando, lanzaba miradas amenazadoras a las ventanas del primer piso.
Marco y Daniele comprendieron que habían llegado a su destino.
—Disculpe —inquirió Zen—, ¿vive aquí una joven albanesa?
—¿Una joven? —El peluquero se rio sarcásticamente ajustándose su peluca castaña, que se le había torcido durante el desahogo de cólera. Era de mediana edad y de aspecto remilgado—. ¡Joven! Mejor llamarla cortesana, fulana, puta. Se cree la nueva Vittoria Colonna, pero es evidente que acaba de bajar del monte. ¡Es tan caprichosa como una mona! Ni siquiera sabe lo que quiere. Sí, vive aquí, en el primer piso, pero si quieren un consejo… —dijo antes de callar un instante para escrutar a los dos señores tan distinguidos—, ¡no pierdan de vista la bolsa de monedas, esa sabe cómo gastarlas!
Riéndose, Marco y Daniele llegaron al rellano. La puerta estaba abierta. Al otro lado se veía una antesala revestida de lacas y espejos y en las habitaciones interiores se oía una melodía de baile, que alguien estaba tocando en una espineta.
—¡No, no, señorita! —La música se interrumpió—. La inclinación del minueto es leve, así.
—¿Y yo qué he hecho? —replicó una aguda voz femenina—. ¡Me he inclinado más porque me sale mejor!
—Usted, señorita, debe aprender los movimientos correctos, no debe inventárselos. —La voz masculina sonaba ahora exasperada.
—Basta por hoy —concluyó la joven—. Estoy esperando a que venga el sastre para las pruebas y, además, estoy cansada.
Al cabo de unos segundos, Zen y Pisani vieron a un hombrecito, vestido con una velada negra y una camisa bordada, el maestro de baile, cruzando iracundo la antesala con el sombrero en una mano. Cuando se disponían a entrar en el apartamento, oyeron de nuevo la voz de la joven.
—¡Bernardo! ¿Dónde te has metido? ¡Nunca estás aquí cuando te necesito!
Los dos amigos, testigos involuntarios, pues nadie había advertido aún su presencia, se dispusieron de nuevo a escuchar. Bernardo debía de ser el orfebre Dolfìn.
—Perdona, mi querida Rosa. —Dolfìn tenía una agradable voz de barítono—. Estaba descansando en la habitación. ¿Me has llamado?
—Sí, sí. ¡Te exijo una explicación! —El tono de Rosa era ahora duro—. Esta mañana te dije que me dejaras dinero para pagar al sastre y ahora veo que el cofre está vacío.
—Pero, querida, hoy es domingo —se disculpó el hombre—. ¿Dónde quieres que encuentre dinero un domingo?
—Domingo, martes, viernes… —canturreó la joven en tono burlón—. Cuando hay que pagar, todo son dificultades. Eso significa que tendré que echar un vistazo fuera —amenazó.
Marco miró a su amigo.
—Ven, saquemos a ese desgraciado del apuro —dijo avanzando hacia el interior.
La casa era lujosa y pretenciosa: estucos y dorados por todas partes, lámparas de Murano, un precioso jarrón chino apoyado sobre una base de plata encima de una mesa y, colgados en las paredes, grandes cuadros de caza de pintores bastante mediocres.
El salón era una estancia amplia y estaba abarrotada de sofás y sillones.
La puerta estaba abierta y Pisani entró después de haber dado unos discretos golpes en el marco.
La joven estaba medio desnuda, junto a la ventana, embutida en un corsé que dejaba a la vista el pecho, mientras la enagua transparente dejaba entrever las formas perfectas de su cuerpo. Su belleza era singular: el óvalo de porcelana donde se abrían unos ojos grandes y verdes estaba enmarcado por una cabellera pelirroja que parecía iluminar el ambiente. Delante de ella, con la cabeza gacha, Bernardo Dolfìn sufría en silencio la bronca.
Cuando los dos amigos entraron, se volvieron hacia la puerta.
—¿Y vosotros quiénes sois? —les preguntó la mujer con malos modos—. ¿Quién os ha dado permiso para entrar en mi casa, como si fuerais unos ladrones? ¡Ahora mismo llamaré a los esbirros!
—Siéntate, Daniele —dijo Marco dejándose de cumplidos, señalando un sofá y tomando asiento a su vez.
—Pero ¡bueno! —dijo la joven en tono desabrido—. ¿Cómo os atrevéis?
¡Bernardo, échalos o llamo a la guardia!
—Yo en su lugar no lo haría —dijo riéndose Marco, que, al oír el nombre de Rosa y ver la cabellera pelirroja, había atado varios cabos en un abrir y cerrar de ojos—. Soy el avogadore Pisani y mi amigo es el abogado Zen. Hemos venido a hablar con el señor Dolfìn y contigo. Si no me equivoco, te llamas Rosa Sekerus —afirmó.
—Sí, pero… —Rosa se había quedado sin aliento.
—¿Hace mucho que no ves a tu familia?
—¿Cómo se atreve a tutearme? ¡Usted no sabe quién soy yo! ¡He estudiado con las monjas! —soltó de nuevo.
—Sí —la interrumpió Daniele—, en la calle de las Carampane. Procura bajar la voz cuando hables con nosotros. Y, ahora, veamos, ¿has oído lo que te ha preguntado el avogadore? —insistió—. ¿Hace mucho que no ves a tu familia?
Dolfìn asistía a la conversación angustiado. Le dolía ver que la trataban de esa forma.
—No los he vuelto a ver desde que me marché —dijo Rosa en voz baja.
—¿Sabes que están en Venecia y que te han buscado por todas partes? —le dijo Pisani.
—¿Cómo están? —preguntó la joven con una punta de ansiedad en la voz, la primera manifestación de sentimiento.
—Diría que bien —contestó Marco en tono sarcástico—. Están en las prisiones nuevas, podrás verlos pronto —añadió a modo de velada amenaza—. Y ahora sal de aquí, debemos hablar con el señor Dolfìn.
Rosa enrojeció de rabia, pero, como no era estúpida, no dijo una palabra. Salió furibunda y después se oyó un portazo a lo lejos.
Dolfìn era un hombre atractivo de unos cuarenta años, alto, esbelto, elegantemente vestido con una velada de color grisáceo encima de un chaleco marrón. No obstante, en sus ojos se leía que estaba triste y que algo lo atormentaba.
—Sé por qué me buscan —dijo en voz baja, sentándose delante de los dos amigos—. Por la muerte del notario Comese.
Marco y Daniele se miraron, acto seguido, Marco dijo:
—Sabemos que usted lo amenazó.
—Sí, delante de su secretario. Un delito anunciado. ¿Le parece posible, excelencia? —Su tono era sosegado, casi de resignación.
—Todo es posible cuando se pierde la cabeza.
—Dentro de ciertos límites, excelencia. Sé cómo murió el notario, en Venecia no se habla de otra cosa. Nadie mata de esa manera, a menos que tenga alma de asesino. Y yo soy un hombre de carácter débil, pero no soy asesino.
—¿Dónde estaba el viernes por la mañana?
—En mi casa, en la calle del Paradiso, cerca de mi tienda, que ahora está cerrada. Había peleado con Rosa y ella me había echado de su casa. No me vio nadie, no tengo ninguna coartada.
Daniele parecía intrigado.
—¿Cómo es posible que usted, que parece un hombre culto, con una profesión que lo lleva a relacionarse con personas de alto nivel, se haya dejado cautivar así por una cría que se vendía por cuatro perras?
—Ya la han visto. —Dolfìn sonrió con amargura—. Su belleza es turbadora. Cuando entró en mi tienda, hace unos seis meses, comprendí enseguida qué tipo de mujer era, pero era tan joven…, parecía indefensa, inocente. No conozco a las mujeres, siempre he vivido con mi madre, que murió el año pasado. He tenido alguna que otra aventura, pero cosas sin importancia, jamás me había enamorado.
Daba la impresión de que le aliviaba recordar su historia delante de aquellos dos desconocidos que parecían dispuestos a comprenderlo. Calló y sacó de un aparador una botella de Vernaccia, que sirvió a sus huéspedes.
Retomó el relato en tono nostálgico.
—Me enamoré de ella nada más verla. Soñaba con redimirla, quería que viviera conmigo, que fuera mi esposa. Estaba convencido de que la mala suerte la había llevado por ese camino y de que, en realidad, ella deseaba abandonarlo. —Se rio de sí mismo, compadecido—. Al principio, parecía que era así. Rosa dejó la calle de las Carampane, vino a vivir conmigo, daba la impresión de ser feliz. Pero enseguida empezó a pretender más, quería una casa que le perteneciera por completo, una casa de lujo. —Señaló el salón trazando un círculo con una mano—. Y aquí dejé, como mínimo, la mitad de mis ahorros. Después se hizo un guardarropa digno de una aristócrata, saqueó mi tienda y se quedó con las mejores joyas, por último, decidió convertirse en una verdadera señora: lecciones de danza, de francés, de música. Y fiestas, teatros, restaurantes elegantes. Solo en carnaval se gastó una fortuna en bailes y vestidos. No tardé en verme en la miseria.
—Y fue a pedir dinero a Comese.
—No solo a él. Tengo deudas por todas partes. Al principio era fácil, sabían quién era yo, tenía buena reputación. Pero apenas ganaba algo, Rosa se lo gastaba y ahora nadie está dispuesto a prestarme dinero.
—¿La sigue queriendo? —preguntó Marco.
—¡No sé vivir sin ella, cuando no la veo tengo la impresión de que el sol deja de brillar! Y, sin embargo, sé que me engaña. —Dolfìn inclinó la cabeza, se avergonzaba, pero al mismo tiempo quería liberarse de su tormento, desahogarse con alguien—. Desde que me quedé sin dinero, ella va a buscarlo a otra parte. Algunas noches no vuelve a casa, a veces veo que lleva joyas nuevas. —Se sujetó la cabeza con las manos—. Muchas veces pienso en acabar con todo. Si usted, excelencia, me condena a muerte por el homicidio del notario, me habrá ayudado a resolver mis problemas.
Marco sonrió.
—La justicia no funciona así. ¿De manera que usted declara que no volvió a ver al notario después de la noche en que lo amenazó? —le preguntó mirándolo fijamente a los ojos.
—Así es —respondió Dolfìn sosteniendo su mirada—. No volví a verlo desde ese momento.
—No obstante, dígame una cosa. ¿Sabe algo de este objeto? —Marco sacó de un bolsillo uno de los medallones con símbolos misteriosos que habían aparecido en los cadáveres.
Dolfìn lo giró entre las manos y lo examinó con atención.
—Es la primera vez que lo veo —afirmó—. Con todo, me parece un objeto bastante tosco, obra de un aficionado, no de un maestro orfebre, desde luego. En cuanto a los símbolos, no sé qué decir, no sé qué significan.
—¿Me está diciendo que este medallón no lo fundió un artesano del oficio?
—Por supuesto que no. —Dolfìn parecía ahora seguro: sabía el terreno que pisaba—. ¿Ve como el grabado no es preciso, avogadore? Quien lo hizo no tenía las herramientas apropiadas. ¿Y los bordes desflecados? El molde no estaba rematado. Mire aquí: se ve incluso la marca de las pinzas con las que lo sacaron del molde.
—Interesante —terció Daniele—, pero díganos otra cosa más…
Un golpe enérgico en la puerta lo interrumpió.
—Disculpen —dijo Dolfìn mientras se levantaba.
Volvió al cabo de unos minutos seguido de un señor anciano, vestido con un traje oscuro, que iba a la cabeza de un grupo de tres jóvenes cargados, cada uno, con una cesta rebosante de encajes y sedas variopintos.
—Es el sastre, ha venido para la prueba —explicó.
Acto seguido, se encaminó hacia las habitaciones donde se había refugiado Rosa.
—¿Qué me estaba diciendo? —preguntó a Daniele cuando volvió a su sitio.
El abogado carraspeó.
—Usted tiene una clientela selecta —dijo dando un rodeo.
—Tenía.
—Seguro que trabajó para los procuradores de San Marcos y, supongo, para las familias más importantes de la ciudad.
Dolfìn no era un ingenuo.
—¿Por qué le interesa mi clientela? ¿Qué tiene que ver con la muerte del notario? ¿Adónde quiere ir a parar?
Pisani tomó las riendas de la conversación.
—Seré franco —dijo—. No solo encontramos este medallón en el cuerpo del notario, sino que, además, en los lugares donde se cometieron otros dos homicidios, aparecieron otros idénticos.
—De manera que, dado que son objetos de oro y que yo soy orfebre, sospecha que soy el asesino avogadore Pisani, pero ¿qué motivo podría tener para firmar mis delitos? Por si fuera poco, con una chapuza que solo humilla mi profesionalidad.
Marco pensó que Dolfìn era un hombre singular. Capaz de dejarse enredar por una furcia de tres al cuarto, por muy hermosa que fuera, pero a la vez dueño de unas dotes de intuición y de una lucidez mental notables. A menos que estuviera jugando con fuego a sangre fría.
—Seré más concreto —prosiguió Marco—. ¿Los Barbaro di San Vidal son clientes suyos?
—He realizado para ellos varias joyas, sí —admitió Dolfìn—, pero no entiendo qué tienen que ver con los delitos. Creo que todos están bien.
—Usted, sin embargo, iba a menudo al palacio, conocía a los criados.
Dolfìn se encogió de hombros.
—Si es lo que quiere saber, sí.
—¿Conocía a fray Bartolomeo Grioni, un dominico del convento de San Giovanni e Paolo?
El orfebre reflexionó unos segundos.
—No, creo que no —dijo por fin—. Me confundo con esos religiosos, todos van vestidos iguales, pero creo que nunca he oído ese nombre. ¡Un momento! —Frunció el ceño—. ¿Se refiere al fraile que fue envenenado hace diez días con una taza de chocolate?
«Bendita Venecia», pensó Marco. Era imposible mantener una noticia en secreto.
—Exacto —asintió.
A pesar de la situación apurada en que se encontraba, Dolfìn se echó a reír.
—Y, según usted, ¿también lo maté yo?
—No he dicho eso —se disculpó Marco—. Estamos intentando relacionar los indicios que tenemos, eso es todo. Ya veremos adónde nos llevan. Una última pregunta: ¿vendió joyas a una señora en la calle de la Madonna, cerca de San Zanipolo?
Una vez más, Dolfìn se quedó atónito.
—Se refiere a sor Maria Angelica, del convento de Murano, la monja que encontraron muerta el último sábado de carnaval.
—Exacto. Pero, dígame, ¿a qué se debe que esté tan bien informado sobre asuntos que son más bien confidenciales? Creía que nadie sabía nada de esa historia.
—Excelencia —contestó el orfebre—, mi tienda está en la calle de los Orèsi, a un paso del Banco Giro. A pesar de que ya no me prestan dinero, tengo muchos amigos banqueros. Y el oficio de banquero consiste precisamente en estar al corriente de todo lo que sucede, porque todo puede estar relacionado con su trabajo. Luego, en el café, conversan entre ellos y siempre se han fiado de mi discreción. Pero, respondiendo a su pregunta, le diré que sor Maria Angelica era una buena clienta.
—¿Sabía que era monja?
—Lo supuse por el aire misterioso, por ciertos comportamientos, pero no era asunto mío. Iba a verla por la tarde, cuando me citaba mandándome un mensaje. Tenía muy buen gusto.
Marco rebuscó en un bolsillo y extrajo el dibujo del pectoral de perlas y rubíes.
—¿Lo hizo usted? —preguntó.
Dolfìn se limitó a echar un vistazo al folio.
—Sí, lo hice yo, es más, es una de mis obras maestras. No me diga que se ha perdido.
—Lo robaron.
—¿Y cree que lo robé yo? ¿Por eso habría matado también a la pobre Maria Angelica? —En su tono había una punta de sarcasmo.
Marco se puso en pie y Daniele lo imitó.
—No corra tanto, querido Dolfìn —advirtió al orfebre—. Por ahora solo hemos conversado un poco y la información que nos ha dado es muy valiosa.
El orfebre parecía preocupado.
—¿Qué piensa hacer? ¿No me va a arrestar?
—Por ahora no tengo ningún motivo para hacerlo —respondió Marco—. Siga mi consejo: váyase a su casa y deje que la bella Rosa se ocupe de los proveedores. No tardaremos en llamarlo.
La cena de Rosetta había sido, como siempre, sabrosa y, al terminar, Marco y Chiara, acompañados de Daniele y de Guido Valentini, fueron a beber el café al despacho que Pisani tenía en su casa, donde se sentaron alrededor del escritorio iluminado por dos candelabros. Platone se había acomodado en un estante alto, desde el que lanzaba miradas suspicaces a Chiara, siempre celoso de ella.
Valentini rompió el silencio.
—Analicemos los hechos. Gracias a la intrepidez de Nani ahora tenemos elementos suficientes como para estar seguros de que los tres delitos están relacionados. En primer lugar, todos se produjeron en viernes, en segundo lugar, en todos aparecieron los extraños medallones y, en tercero, tuvieron lugar en las inmediaciones de San Zanipolo.
—No obstante —terció Marco—, la forma de cometerlos fue muy distinta.
—Es cierto —corroboró Daniele—. Es evidente que no se trata de un único asesino que repite el mismo esquema. En este caso hay varias personas implicadas.
—Los asesinos de la monja eran, al menos, cuatro y podrían haber sido incluso seis —prosiguió Valentini—. Y para dejar en ese estado al notario era necesaria más de una persona.
Chiara se levantó y se acercó a Platone para acariciarlo. El gato se retrajo, pero después pareció relajarse con las caricias de la joven y empezó incluso a ronronear.
—Una cosa es segura —apuntó ella—. Todos estos elementos, sobre todo el medallón, son una especie de firma. Los asesinos quieren decirnos algo.
—O, quizá, desafiarnos —completó Marco—. Ahora disponemos de un nuevo elemento: los albaneses. A primera vista me parecieron unos desgraciados, capaces, como mucho, de robar de vez en cuando, pero nunca se sabe. Además, Rosa, la que ha dejado sin blanca al pobre Dolfìn, es su hermana.
—No solo eso —añadió Daniele—. No debemos olvidar que todos los delitos fueron acompañados de un robo importante, ya fueran joyas o dinero. Quizá con ese montaje solo pretendían ocultar un banal latrocinio.
Marco se quedó pensativo.
—Supongamos que el orfebre sea la conexión entre los albaneses y las víctimas —aventuró después—. Él mismo me dijo que siempre está bien informado gracias a las personas que conoce en el Banco Giro de Rialto. Es más, en nuestro caso, podría tener informaciones directas: entregó personalmente las joyas a la monja y conocía de sobra su valor. A propósito, ayer envié de nuevo a Nani a ver al receptador y, por lo visto, aún no han aparecido en el mercado clandestino. Era previsible que el notario guardase el dinero en la caja fuerte y Dolfìn sabía dónde estaba el despacho.
—¿Y el dinero de fray Bartolomeo? —lo interrumpió Chiara.
—Sigamos con las hipótesis: Dolfìn iba a menudo a casa Barbaro, según nos ha confesado. Conocía a los criados, podría haberse enterado de algo gracias a un criado curioso.
Chiara no parecía muy convencida.
—¿Y habría organizado el envenenamiento en unas horas? Además, ¿dónde se supone que encontró a la joven?
—No olvides que Rosa es pelirroja —apuntó Daniele—. Podría ser la misteriosa joven.
—Pero ¿no decíais que el orfebre os había parecido un desgraciado incapaz de matar una mosca? —insistió Chiara—. Si os engañó de esa forma, debe de ser un actor consumado.
—Siendo así —Guido tomó la palabra—, supongamos que Rosa sonsacó la información a Dolfìn y luego se la pasó a sus hermanos, que después urdieron los delitos.
—En ese caso, la joven pelirroja también podría haber sido ella —continuó Daniele—. ¿Y el veneno?
—Quizá una de las mujeres albanesas sea experta en ese tipo de cosas —respondió Marco.
—Pero ¿los albaneses no estaban en Chioggia el viernes por la mañana? —replicó Chiara. Platone parecía extasiado con sus caricias.
—Eso es lo que dicen ellos —la contradijo Daniele—. Podrían haberse detenido en Venecia y haber ido luego a Chioggia. Al fin y al cabo, los guardias los encontraron el sábado por la noche.
—Suponiendo que hayan sido ellos, ¿dónde pueden haber escondido el dinero y las joyas?
—Los bosques de Malamocco están desiertos. No es difícil excavar un agujero o usar el tronco hueco de un árbol.
Marco tomó la palabra.
—Una cosa es, al menos, segura: un empleado del Palacio Ducal, Giovanni Pontani, pudo ver bien a la joven del café Miracoli, la envenenadora. Mañana mandaré llamar a Rosa Sekerus para que la vea. Así sabremos enseguida si era ella.
Chiara no estaba convencida.
—No tenemos verdaderas pruebas contra los albaneses.
—No olvides que encontramos las máscaras de Polichilena y un luis de oro —le recordó Daniele.
—Pero los tiempos no encajan —insistió ella—. Me refiero a la muerte de fray Bartolomeo. ¿Cómo es posible que, en pocas horas, un criado de casa Barbaro se enterara, espiando, de que el fraile tenía una bolsa de luises de oro, se lo dijera por casualidad a Dolfìn y este se lo contara a Rosa? ¿Y que luego Rosa organizara el envenenamiento con sus hermanos? Es demasiado complicado.
—Existe otra posibilidad —consideró Marco—. Dolfìn podría no ser un informador inocente, quizá también formaba parte de la banda. En el fondo, lo estamos desechando porque parece un buen hombre. Aunque lo negara, quizá el orfebre conociera a fray Bartolomeo: trabajaba para la basílica de San Marcos, podría haber hecho también algún trabajo para San Zanipolo. Si ese viernes se cruzó en la calle con fray Bartolomeo y este tuvo la ingenuidad de hablarle de la donación, los tiempos de ejecución habrían sido mucho más breves.
—¿Y los medallones? —Platone se restregaba en ese momento contra la espalda de Chiara.
—Una cortina de humo. Dolfìn insistió mucho en que son obra de un aficionado, pero podría haberlos realizado así para que no sospecháramos de él. Debemos volver al convento de San Zanipolo para comprobar si conocían a Dolfìn. Iré mañana.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Valentini—. Me gustaría mucho visitar el convento y la farmacia.
—Con mucho gusto —respondió Marco—, pero te advierto que a los monjes no les gusta dejar curiosear a los visitantes.
—Razón de más para intentarlo —dijo Valentini riéndose.