Capítulo 22
MIENTRAS manejaba con habilidad la góndola de su amo en dirección al Palacio Ducal, Nani cantaba una barcarola con su bonita voz de tenor.
A Pisani lo fascinaba siempre el espectáculo que ofrecía el Gran Canal, abarrotado de embarcaciones de todos los tamaños. Entre las góndolas en que viajaban señoras elegantes, nobles, altos funcionarios que, como él se dirigían a los despachos de la República, ricos mercaderes o viajeros extranjeros, se abrían paso a duras penas sanpierote abarrotadas de mercancías, finas caorline, ágiles sandalini y peote imponentes, que iban camino de Rialto.
A lo lejos, entre la isla de San Giorgio y la riva de los Schiavoni, se veían ondear las velas de los navíos de línea y las galeras amarradas en la cuenca de San Marcos.
Todo un espectáculo de paz, opulencia y serenidad. No obstante, Pisani no conseguía apartar de su mente los acontecimientos del día anterior.
El hallazgo del tarro de veneno y de la joya de sor Maria Angelica en San Zanipolo había dado al traste con las teorías que había intentado elaborar, no sin cierta dificultad. Con todo, aún le quedaban algunas certezas: los medallones de oro, el hecho de que los delitos siempre se habían cometido en viernes y en las inmediaciones de la iglesia demostraban, sin duda, que las muertes de la monja, del fraile y del notario estaban relacionadas. Solo quedaba por averiguar a quién pertenecía la mano homicida.
Varios indicios importantes apuntaban a la inquietante hipótesis de que el origen de los crímenes estaba en el monasterio. Incluso sin dar peso al descubrimiento del veneno y de la joya que, como le había hecho notar Valentini, podía tener una explicación inocente, el diario de fray Bartolomeo seguía preocupando a Marco.
No se expresaba como un visionario y sus observaciones sobre los extraños movimientos de los novicios, sobre su comportamiento anómalo, parecían indicar que estos eran protagonistas de un complot, de un proyecto capaz de turbarlos y exaltarlos, de una misión secreta.
Quizá habían descubierto que el pobre fray Bartolomeo los espiaba y por eso lo habían matado, pero ¿por qué lo había hecho una joven? Además, ¿qué relación podía existir entre la conspiración de los novicios y los homicidios? ¿Qué motivo podían tener unos jóvenes, casi unos críos, que apenas salían del monasterio o, al menos, no a la luz del sol, para urdir unos crímenes tan espantosos? ¿Quizá alguien los había inducido a hacerlo, los había dirigido en la sombra?
Marco sentía que estaba a un paso de la verdad, pero, mientras atracaban delante del Palacio, se preguntó cómo iba a poder investigar en el monasterio. Sin un indicio concreto entre las manos, no le quedaba más remedio que irrumpir en él, interrogar a los monjes, registrar las salas comunes y las celdas. Aun así, debía intentarlo. Pediría a Daniele que lo acompañara y se presentaría oficialmente en el convento con los esbirros.
De esta forma, a mediodía, dos caorline de la Avogarìa atracaron en el embarcadero de puente Cavallo. Daniele y Zen bajaron de una de ellas, mientras los cuatro esbirros, entre los que se encontraba el capitán Brusìn, se quedaron a bordo, ya que la policía no podía acceder a los lugares sagrados.
Los dos amigos recorrieron el camino, ya familiar, y entraron en la iglesia. Un coro estaba interpretando un canto gregoriano, que resonaba en las bóvedas. Lo siguieron hasta llegar a la suntuosa capilla del Rosario, que se abría en la nave izquierda. Unos cuarenta monjes, vestidos con la capa negra sobre el escapulario blanco, estaban de pie detrás de los bancos sobre los que se veían unos grandes libros abiertos y cantaban un himno a la Virgen dirigidos por un maestro cantor.
Los amigos se retiraron de puntillas y fueron a la sacristía, donde se presentaron al padre portero.
—Alabado sea el Señor, padre Ottone —lo saludó Marco—. Tenemos que ver enseguida al prior.
El viceprior Vianoli salió a su encuentro en el claustro, procedente de un aula. Estaba pálido y respiraba con dificultad, su grácil figura parecía agarrotada. Era evidente que todas esas visitas lo turbaban.
—¿Otra vez aquí? —se le escapó—. Disculpe, excelencia —dijo corrigiendo el tiro—. ¿Qué desea?
—¿Dónde está el prior? —preguntó Pisani en un tono que no admitía objeciones.
Vianoli sacudió la cabeza, parecía aliviado.
—No está en el monasterio. Sus deberes lo han llevado a las tierras del interior, a visitar algunas de nuestras fincas. Si no les importa, pueden volver mañana.
—En ese caso, nos acompañará usted, padre. —Marco se alegraba de la ausencia de Ceconi, ya que, de haber estado allí, habrían tenido que sufrir uno de sus arranques de ira—. Tenemos que visitar el dormitorio de los monjes.
—¿Quieren ver otra vez la celda del padre Bartolomeo?
—No, la suya, para empezar. Llévenos a ella.
Enfilaron la escalinata de Longhena y embocaron de nuevo el solemne pasillo de San Domenico. Vianoli se detuvo titubeante delante de la tercera puerta que se abría a la derecha.
—Abra —le ordenó el avogadore.
Vianoli sacó de un bolsillo la llave y la giró en la cerradura. La puerta se abrió con un ligero chirrido. Entraron en una celda tan austera como la de fray Bartolomeo. A los pies de la cama había un viejo baúl.
Daniele se acercó a él y lo abrió. Contenía varios libros y ropa blanca. Entre las sábanas, sin embargo, vio un cofre metálico reforzado con tachuelas. Lo sacó.
—¿Qué es esto?
El viceprior dio un paso hacia delante e hizo amago de quitar el cofre a Zen de la mano.
—No puede abrirlo —dijo sin poder contenerse—. El prior informará al obispo. ¡No están autorizados!
Daniele sujetó con fuerza el cofre.
—Deme la llave —lo intimó.
—No la tengo —protestó Vianoli—. No es mío. Ni siquiera sé qué hay dentro. Me lo dio Ceconi para que lo guardara. La llave la tiene él.
—Ya sabes lo que debes hacer, Daniele —dijo Marco riéndose.
Zen sacó las herramientas que siempre llevaba consigo y se puso manos a la obra. Al cabo de unos minutos, en medio de un silencio absoluto, la tapa del cofre saltó. Contenía dos bolsas pequeñas de piel.
Los dos amigos las vaciaron en la cama. De la primera salió una cascada de joyas: perlas, agujas en forma de medialuna, pendientes, todas las joyas de sor Maria Angelica que había descrito la hermana lega que la asistía. De la segunda, que debía contener el botín del despacho del notario, salieron unos ducados de oro y plata envueltos, una bolsa de piedras preciosas y varias joyas de escaso valor, quizá las prendas de unos préstamos sin importancia.
En la celda seguía reinando un silencio profundo, solo se oía gorjear a los pájaros en el claustro.
Pisani fue el primero en reaccionar.
—¿Y bien? —preguntó al viceprior.
Vianoli se había quedado paralizado, mudo.
—No sabía nada —dijo—, es la primera vez que veo estas cosas. Pero ¿de dónde salen? ¿Por qué me las dio el prior?
—Son la prueba de cargo —le explicó Zen recogiendo los objetos y metiéndose después el cofre debajo del brazo—. Mejor dicho, de dos delitos, y usted los guardaba en su celda, aunque trate de culpar al prior. Ahora acompáñenos al dormitorio de los novicios.
Sin fuerzas ya para protestar, Vianoli los guio por una escalera angosta, que llevaba al entresuelo. La sala contenía una decena de camas, al fondo destacaba un altar improvisado en un viejo aparador.
Sin pedir permiso, Daniele lo abrió y arrojó al suelo su contenido. A los dos amigos no los sorprendió demasiado ver salir de él varios disfraces de Polichinela, las correspondientes máscaras negras con el pico largo y un llamativo traje verde. Por último, una peluca pelirroja cayó rodando al suelo.
Marco se aproximó al mueble y rebuscó en el fondo. Sacó un voluminoso registro con el membrete del notario Comese impreso en oro en la cubierta. Lo abrió y echó un rápido vistazo a sus páginas.
—¿Sabes lo que tengo en la mano? —exclamó dirigiéndose a Daniele—. Es el libro de cuentas del notario. Si aún nos quedaba alguna duda, esto lo aclara todo. Pero ¿qué es esa bolsita? —añadió inclinándose de nuevo para mirar dentro del mueble. A continuación, se irguió sujetando en la mano una bolsa de seda verde. Aflojó la cinta y echó en la otra mano el contenido.
Cuatro medallones de oro con los habituales signos crípticos brillaron en su palma.
Los seis novicios habían recibido la orden de reunirse en el claustro, junto al padre Vianoli. Miraban alrededor asustados, pero ninguno se atrevía a preguntar nada. Por las ventanas de las celdas del primer piso se entreveían los perfiles de los monjes que asistían a la escena.
—Me llevo a los novicios —anunció Marco—. Hemos descubierto que poseían unos objetos que los señalan como culpables.
—No puede hacer eso, excelencia, el Derecho Canónico… —se opuso Vianoli—. Corresponde al prior interrogarlos y castigarlos, en caso de que al final se compruebe que son, de verdad, culpables.
Zen soltó una carcajada.
—No se moleste, padre. Sabe mejor que nosotros que en Venecia los delitos comunes son competencia de la justicia de la Serenísima. Estos jóvenes vendrán con nosotros. Se los acusa de robo y homicidio.
—Usted también será interrogado, padre —añadió Pisani—. Las joyas de sor Maria Angelica y del notario estaban en su celda, pero, dada su edad y el hábito que viste, no pasará la noche en prisión. No obstante, deberá presentarse mañana en el locutorio de las prisiones nuevas. Estoy seguro de que no tratará de huir y de que será puntual.
—¿Qué está pasando aquí? —Una voz atronadora lo interrumpió.
El padre Ceconi había regresado y, en un revoloteo de telas negras y blancas, se precipitó hacia el grupo con la cara contraída por la ira y un brazo levantado, como si se dispusiera a lanzar una maldición.
—Tranquilícese, padre —lo previno Pisani—. Vianoli le explicará todo.
Con voz trémula, el viceprior refirió escuetamente a su superior los hallazgos que se habían producido. Ceconi lo escuchaba con atención, en apariencia se había serenado, pero se notaba que estaba muy alterado y que se esforzaba por dominar la ira.
—Entiendo, avogadore Pisani —sentenció, al final—, que, por reprochable e incorrecta que sea, su incursión en mi monasterio ha obtenido unos resultados que su maldita justicia temporal no puede ignorar. Nuestro Señor defenderá a mis ovejas —continuó, recorriendo con la mirada a los novicios, que permanecían inmóviles, sin dejar de temblar—. Ahora, sin embargo, me gustaría hablar con ellos unos minutos en privado.
El avogadore asintió y el pequeño grupo se retiró a un aula próxima. Salieron al cabo de unos minutos. Los jóvenes tenían una luz nueva en la mirada, parecían mártires cristianos camino del sacrificio.
—Id con ellos, queridos —los saludó el prior—. Y no olvidéis que el Señor os protege —concluyó a la vez que lanzaba a Pisani una mirada de odio.
Marco escrutó los ojos de hielo de Ceconi preguntándose qué papel había jugado en los hechos. Le habría gustado arrestarlo también, pero ninguna de las pruebas lo acusaba de forma directa. Los simples indicios no eran suficientes para procesar a un dominico.
Guiados por Marco y Daniele, que transportaban el cofre y el fardo de vestidos, los novicios salieron en cortejo del monasterio, atravesaron la iglesia, en la que aún se oía el canto gregoriano de los monjes, atravesaron el campo y embarcaron en las caorline de la Avogarìa bajo la mirada estupefacta de los esbirros.
—Tiene visita, excelencia —le dijo Jacopo con una sonrisa de complicidad.
Al abrir la puerta de su despacho, Marco tuvo la impresión de revivir por un instante la mañana del invierno anterior en que había conocido a Chiara. Como entonces, su novia estaba en pie delante de la ventana, resplandeciente con su vestido de flores doradas, mientras el sol formaba una aureola alrededor de su melena rubia. A su lado, la frágil figura de Costanza, vestida de negro, contrastaba de forma llamativa.
Al oír el chirrido de la puerta, las dos mujeres se volvieron y corrieron hacia él sonriendo. Marco les besó la mano y las invitó a sentarse.
—Qué bonita sorpresa —exclamó—. ¿A qué se debe?
Chiara parecía apurada.
—Bueno, Marco —dijo bajando los ojos de color aciano que lo hacían soñar—. Creo que tengo algo importante que decirte.
Pisani adoptó una expresión grave.
—Me preocupas. ¿Qué ha pasado?
Costanza terció:
—Nosotras estamos bien, no nos ha sucedido nada, pero Chiara ha descubierto algo.
Marco comprendió al vuelo.
—¡Has vuelto a hacerlo! —la regañó en tono seco—. Pero ¿no habías perdido el don?
Chiara sonrió.
—Eso pensaba, pero el otro día vino a verme una vecina desesperada, porque no encontraba el testamento de su marido.
—Podría haberlo perdido todo, sus cuñados querían apoderarse de la herencia —dijo Costanza cargando la mano.
—Y yo… lo encontré —continuó Chiara con una sonrisa irresistible.
—Chiara tiene un poder extraordinario —añadió su amiga—. Deberías haberla visto. Fue directa al lugar donde estaba escondido al documento, como si lo conociera desde siempre.
—Muy bien, pero supongo que no habéis venido para contarme la historia del testamento —supuso el avogadore.
Su novia bajó de nuevo la mirada mientras jugueteaba con un largo collar.
—Se trata de algo importante o que, al menos, podría serlo, pero sé que te vas a inquietar, así que quizá no deba decírtelo.
—Como prefieras, Chiara. —Marco esbozó una sonrisa—. Has despertado lo suficiente mi curiosidad. Prometo no regañarte.
—Anoche —empezó a contarle Chiara—, Daniele vino a vernos. Trajo flores, charlamos un poco, pero se veía a la legua que quería decirnos algo. Valentini había estado en su casa y le había contado la visita al convento de San Zanipolo y el hallazgo del tarro de veneno y del pectoral. Daniele también estaba sobrecogido y se preguntaba cómo os lo ibais a hacer para descubrir la verdad.
—Y tú, Chiara, pensaste en echarnos una mano —la acusó Marco— y volviste a intentarlo.
—Ya sabes que, por lo general, para concentrarme me basta la llama de una vela, contemplar las olas del mar o las nubes que pasan por el cielo, pero esta vez no lo conseguía, ya lo sabes. Solo veía unos Polichinelas, luego un muro negro se erigía ante mis ojos.
—El descubrimiento del testamento le hizo comprender que no había perdido el don —terció Costanza.
—Entonces —prosiguió Chiara—, recordé lo que decía mi abuela: no siempre se logra penetrar en el misterio durante el trance. Puede suceder que una personalidad más fuerte nos lo impida y que tengamos la impresión de estar frente a un muro.
—Eso era lo que veías después de los Polichinelas —comentó Marco.
—Exacto, pero hay una cosa que nunca te he contado.
Marco se ensombreció.
—En el almacén donde guardo las hierbas curativas, la habitación contigua a mi dormitorio, hay un espejo muy antiguo sobre un caballete, tapado con una tela negra. Una vieja alquimista, que no quería que cayera en malas manos después de su muerte, se lo regaló a una antepasada mía. No me preguntes por qué, pero este espejo da a quien lo interroga el poder de derribar las defensas y penetrar en el misterio. Es como si multiplicara la fuerza de los videntes, como si nos transportara a mundos lejanos y viéramos allí donde no llega el ojo humano.
—Pero ¿no te das cuenta de que todo eso es peligroso? —Marco no pudo contenerse.
—Me has prometido que no te inquietarías —le recordó Chiara—. Además, Costanza me ayudó y me dio el pañuelo con el que mataron a su marido.
Marco se puso morado.
—Si pillo al que lo olvidó en el despacho…
Chiara retomó la palabra:
—Entonces, Costanza y yo, a eso de mediodía, entramos en el laboratorio, apagué todas las luces menos una vela, destapé el espejo, me senté delante de él con el pañuelo en las manos y vacié la mente.
—El ambiente era extraño —prosiguió Costanza—. Parecía una sesión de espiritismo y daba la impresión de que iba a suceder algo. No obstante, sentía una extraña sensación de paz, como si el tiempo se hubiera detenido. Chiara escrutaba el espejo, pero parecía absorta en el vacío. De repente, se tensó y emitió un largo gemido. Tembló. Tendió una mano hacia delante y la dejó caer, parecía estar profundamente dormida.
—Tenía la impresión de que la superficie del espejo ondeaba, como si estuviera reflejando un paisaje de nubes —continuó Chiara—. Luego sentí que volaba. Estaba en un monasterio, entre dos claustros, delante de una escalinata que se abre entre las estatuas de la Virgen y de San Domenico. Por fin, la visión era nítida.
«La escalinata de San Domenico entre los claustros del monasterio de San Zanipolo», pensó Marco. Era un monasterio de frailes, de manera que Chiara no podía haberlo visto.
—Vi una figura borrosa, blanca, diáfana, que me invitaba a subir. En lo alto de la escalera se abría un largo pasillo con muchas puertas. La figura me señaló la tercera puerta a la derecha y entré en una celda monacal. Daniele y tú estabais allí. Os vi con toda claridad. La figura me señaló entonces un baúl que estaba a los pies de la cama.
—Chiara retorcía el pañuelo con las manos —terció Costanza—. Lanzó unos gemidos. La llama de la vela vacilaba, como agitada por el viento.
—Después, la figura diáfana me invitó a que la siguiera otra vez. Entré en una sala grande, donde había diez camas blancas. Daniele y tú también estabais allí. Esta vez, la figura me llevó al altar que había al fondo, lo rocé y el mueble se abrió enseguida, como un armario. Vi un fardo de paños blancos y unas máscaras de Polichinela. Luego… —Chiara se puso pálida al recordar—, salió rodando una peluca pelirroja.
En el despacho de Marco reinaba un profundo silencio. El avogadore estaba desconcertado: en su visión, Chiara había seguido a distancia y de forma simultánea los descubrimientos que habían realizado en el monasterio. Además, estaba asustado, su prometida había corrido un gran riesgo. Le agarró las manos mirándola a los ojos.
—Chiara —le imploró—, no vuelvas a hacerlo, te lo ruego. Tira ese espejo. Mientras siga en casa, no estaré tranquilo. No sabes lo que puede ocurrir a quienes desafían a lo desconocido. Viste perfectamente lo que me sucedió a mediodía, en el preciso momento en que estaba ocurriendo.
La joven sonrió con dulzura.
—No puedo tirarlo, amor mío, es un arma muy poderosa y podría caer en malas manos. Mi abuela me dijo que solo debía usarlo en casos excepcionales y siempre para hacer el bien. —Le acarició una mejilla—. No obstante, te prometo que no volveré a pedirle nada.