Capítulo 6
—GIUSTO, debes de conocer a ese hombre, seguro que lo has visto alguna vez.
Marco Pisani, sombrío e irritado, en presencia de Daniele y de su secretario, Jacopo Tiralli, estaba interrogando al barquero Gavosi y a su mujer en la sala adyacente a la portería del convento de las agustinas. Esa mañana habían llegado muy pronto a Murano para inspeccionar la celda de sor Maria Angelica y para tomar declaración a varios testigos.
Gavosi era un hombre robusto, aún joven, con la frente estrecha, las cejas tupidas y unas manos fuertes de campesino.
—Excelencia —dijo en tono defensivo—, yo no estaba con ellos.
Acompañaba a la señora y la esperaba en la barca.
—¡No me hagas perder la paciencia, Giusto! —estalló Pisani—. Sabemos que la señora y su… acompañante iban al teatro, al Ridotto, a fiestas. Supongo que alguna vez los llevarías en barca.
Acorralado, a Giusto no le quedó más remedio que ceder.
—Sí, los acompañé, pero solo dos o tres veces. Preferían alquilar una góndola. En la ciudad llaman menos la atención que la caorlina del convento y nadie sabía quiénes eran. A pesar de que no dudaba de mi silencio, la señora se avergonzaba un poco de que la viera con vestidos de noche y en compañía de un hombre.
—¿Y el señor qué tipo era? ¿Hablaste con él alguna vez?
—Un joven atractivo, alto —admitió Giusto frunciendo el ceño, como si tratara de exprimir la memoria—. Hablaba como nosotros, sí, no como un extranjero, era veneciano, vaya. Además, cuando los llevaba con la barca siempre estaba oscuro. Pero ahora, ¿qué sucederá conmigo? —concluyó, preocupado.
Su mujer, Giuseppa, vestida con propiedad y con la cara apergaminada antes de tiempo, escuchaba sentada al lado de su marido retorciendo con las manos el pañuelo con el que, de vez en cuando, se enjugaba los ojos.
—¡No, si al final nosotros, los más desgraciados, pagaremos por todos! —protestó—. Excelencia, ¿no puede mediar con el prelado?
—¿Por qué debería hacerlo? —Pisani la fulminó con la mirada mientras Daniele contenía a duras penas una sonrisa—. Si no me equivoco, siempre os han pagado muy bien.
Había llegado la hora de registrar la celda. Precedidos por la hermana portera, Pisani, Zen y Tiralli recorrieron un tramo del elegante pórtico que rodeaba el claustro hasta llegar a la escalera del dormitorio. El monasterio parecía una colmena dormida, pero los tres percibieron los signos de una férvida actividad subterránea. Al otro lado de los parterres, de un salón de la planta baja, que debía de ser el refectorio, les llegaba un ruido de vajilla, mientras que de la cocina emanaba un agradable aroma a azúcar caramelizado y a frìtole: las monjas cocineras estaban preparando los dulces para la recepción vespertina.
Marco caminaba con rapidez, mientras Daniele miraba alrededor con curiosidad y Tiralli no apartaba los ojos del suelo, como si no quisiera violar ese lugar sagrado ni siquiera con la mirada.
El largo y amplio pasillo del primer piso, al que se abrían las puertas de las celdas, iluminado por los ventanales que daban al claustro, estaba desierto y en él reinaba un silencio absoluto. No obstante, detrás de algunas puertas entornadas se intuían presencias curiosas y en las ventanas de los entresuelos se veían las cortinas un poco descorridas. En las pequeñas capillas abiertas, que interrumpían de cuando en cuando la sucesión de celdas, vieron un libro apenas ojeado y un pañuelo de encaje olvidado: sus propietarias debían haberse marchado corriendo al oír la campana que avisaba de la visita de extraños.
Andreina Barbo, la hermana lega, esperaba a los huéspedes delante de la celda. Cuando llegaron se puso de pie, abrió la puerta, se acercó al gran crucifijo antiguo que colgaba de la pared del fondo y se puso de rodillas piadosamente.
La celda de sor Maria Angelica era amplia y lujosa. El suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra oriental y en un rincón se veía una cama con dosel preparada para la noche con ropa de cama bordada, como si estuviera esperando a la inquilina que no iba a volver. En un cómodo sillón, delante de la chimenea, había un pequeño bastidor redondo con el bordado incompleto de un ramo de flores. Debajo de la ventana, que daba al pasillo del dormitorio, había un elegante escritorio francés con varios libros y un plato de galletas encima.
—Estoy a su disposición, excelencia —murmuró Andreina dirigiéndose a Pisani mientras lo escrutaba de pies a cabeza con sus ojos pequeños y muy claros, coronados por unas cejas rubias. Estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando—. La celda está tal y como la señora la dejó la última noche. —Ahogó un sollozo en el pañuelo—. ¡Cómo estarán sus hermanos, pobres! —Suspiró—. Sé que la abadesa les ha escrito, vendrán en cuanto puedan.
A pesar de su expresión esquiva, su dolor parecía sincero.
—¿La quería mucho? —preguntó Pisani.
—Era una mujer generosa —recordó Andreina—. Incluso demasiado. Era imposible no quererla. Pero ella… —Calló para enjugarse las lágrimas— se sentía siempre culpable, se atormentaba. Si pecó, aunque no soy quién para juzgarla, si lo hizo, fue por la continua necesidad de amor que tenía. He perdido a una hermana, una madre, una amiga.
—No me diga que no le pagaba sus favores.
—¡Claro que sí! Demasiado, incluso. Pero yo quería ayudarla y no sabía cómo. Habría podido negarme, regañarla, pero era débil, siempre he obedecido a los Muffoni. He pensado mucho en estas horas, sé que parte de la culpa es mía y si el prelado de las monjas me encierra en una celda, expiaré mis pecados. Pero cuando volvía la veía tan feliz… —Volvió la cabeza hacia el crucifijo y se arrodilló de nuevo recitando una oración.
—Bien. —Marco miró alrededor con atención—. Daniele, tú registra los muebles y, tú, Jacopo, pide a la hermana Barbo que te describa con todo detalle las joyas de sor Maria Angelica, las que se ponía cuando iba a Venecia y han desaparecido. Tendremos que preguntar por ellas a los receptadores. Yo me ocuparé de la correspondencia.
Se pusieron manos a la obra. Zen rebuscó en el armario, que contenía varios hábitos negros y los griñones blancos de la orden, pero también un par de enaguas bordadas, dos chales de lana y batas de seda. El arcón que había a los pies de la cama contenía un ajuar de fina ropa blanca. En el pequeño armario antiguo de dos puertas había una serie de vasos tallados de gran valor y unas cuantas botellas de buen vino.
—De vez en cuando las monjas se reúnen para charlar y beben un sorbo —justificó Andreina alargando el cuello. Se había sentado en un pequeño sofá y le estaba describiendo a Tiralli las joyas robadas.
Marco, en cambio, hojeaba la correspondencia de sor Maria Angelica: montones de cartas que llenaban los cajones del escritorio, en buena parte enviadas por sus hermanos. Describían su vida en Feltre, informaban a la hermana monja de los asuntos familiares, del nacimiento de sus hijos, de las generosas sumas de dinero que le enviaban. Nada revelador.
De repente, el cajón central llamó su atención, porque parecía más corto que los demás. Lo sacó por completo y vio que en el fondo del hueco había una puerta con cerradura.
—Daniele —exclamó—, tú, que sabes forzar puertas, ayúdame a abrir esta.
—¿Estás insinuando que usurpo el oficio a mis clientes? —preguntó Zen soltando una de sus francas risotadas, que sonó extraña en ese lugar de silencio—. En cualquier caso, es cierto: el miserable que entraba en las casas vacías para saquearlas al que defendí me enseñó cómo se abren las puertas sin llave.
Sacó un par de ganzúas de un bolsillo y trajinó alrededor de la minúscula cerradura. Esta saltó en unos segundos dejando a la vista un escondite secreto. Los dos hombres se miraron sonriendo: ¿ya habían resuelto el caso?, ¿iban a conocer por fin la identidad del misterioso F.M.?
De hecho, en el hueco, amontonadas entre un collar de perlas, un saquito de monedas de oro y varios pendientes, había unas cuantas notas. Daniele leyó la primera: «Angelica, amor mío, acudiré a la cita como me has pedido. F.».
El joven era parco en palabras. Había otros mensajes del mismo tenor fechados en los meses precedentes. Uno más interesante rezaba: «¿Cómo puedo agradecer tu ayuda, amor mío? He podido pagar mis deudas y mis acreedores se han tranquilizado. Sabré recompensarte con mi afecto. ¡Pero tú debes prohibirme que juegue! Tu F.».
En una de las notas encontraron, por fin, más información: «Angelica, mi dulce señora, ¿cómo puedo expresarte mi amor? Gracias a ti pude llamar al médico y el niño ahora está bien. Su madre no deja de llorar aliviada y yo no puedo revelarle el nombre del ángel que nos ha ayudado».
De manera que el joven estaba casado y tenía un hijo pequeño, además, estaba sin blanca y era un jugador empedernido. Poca cosa, pero al menos era un inicio.
El último mensaje aclaraba algo más. Estaba fechado el viernes 9 de marzo, el día en que había muerto la monja, y, escrito de forma apresurada, rezaba: «¡Necesito volver a verte cuanto antes! A ser posible, esta noche a la hora de siempre».
—De manera que fue él —exclamó Daniele—. La atrajo al apartamento y luego la mató. Por lo demás, todos hemos visto las huellas de unas botas ensangrentadas que iban del dormitorio a la puerta de la casa.
Marco giraba el mensaje entre las manos.
—Así que sor Maria Angelica fue a la calle de la Madonna a petición de su amante. Según se deduce de los mensajes, entre ellos no había hostilidad. Pero si la hizo ir allí para matarla, estamos ante un delito premeditado, no un arranque debido a una pelea repentina. ¿Por qué sor Maria Angelica era un peligro para este hombre? Tenemos que encontrarlo, Daniele.
Mientras pasaban por delante de la iglesia, en dirección al muelle, Pisani y sus compañeros vieron a un grupo de personas pobremente vestidas que, procedentes de los locales de servicio, rodeaban el edificio. Un par de mujeres envueltas en chales caminaban llevando de la mano unos niños que correteaban tras ellas. Cada una portaba una pesada cesta. Tres hombres avanzaban cargados con sacos de harina. Cerraba la comitiva un sacerdote anciano abrigado con una capa rasgada de la que asomaba una olla humeante.
—Qué extraño es el mundo —comentó Marco—. En el locutorio las monjas ofrecen exquisiteces a los señores, mientras los sacerdotes pobres y viejos mendigan en las cocinas un poco de comida.
—También en la Iglesia hay desigualdades sociales —asintió Daniele—. Este es un monasterio rico, pero en muchos apenas tienen qué comer. Por no hablar de las parroquias rurales, donde los curas comparten la vida miserable de los campesinos. Ese sacerdote debe de ser uno de los que no pueden permitirse un ama de llaves y se ven obligados a implorar comida a las monjas.
En el camino de vuelta, Tiralli enseñó a Pisani la lista de joyas que habían desaparecido. Incluso había dibujado algunas, ayudado por la hermana Andreina. Sor Maria Angelica no se privaba de nada. Había dos broches de diamantes, uno era una medialuna y otro una estrella, un collar de perlas grandes, un anillo en forma de flor con amatistas, colgantes de perlas y rubíes y un magnífico pectoral, esto es, un colgante en forma de lazo, de estilo Sévignè, que se utilizaba para marcar el escote y que llegaba, como una cascada de piedras preciosas, hasta la cintura. El de sor Maria Angelica estaba compuesto de rubíes alternados con perlas en forma de lágrima; incluso en el sencillo boceto se veía que era una auténtica obra de arte.
Nani remaba con todas sus fuerzas para calentarse, pensando que no le divertía nada investigar en los monasterios. A pesar de ser un simple gondolero, había estudiado con los padres escolapios y sabía incluso latín. Así pues, le gustaba participar en las investigaciones porque sabía relacionarse y no solo como mano de obra. En el silencio de la laguna, había oído los razonamientos de su amo, de manera que, inclinándose hacia la cabina, le propuso:
—Si le parece bien, paròn, puedo visitar a los receptadores para ver si encuentro las joyas.
—Buena idea, Nani —le respondió Marco—, pero tendrás que esperar al Miércoles de Ceniza, porque ahora las tiendas están cerradas.
—Pero ¿sabes adónde ir? —terció Daniele—. ¿Conoces alguno?
—Déjeme a mí, abogado.
La habilidad de Nani para introducirse en todo tipo de ambientes era legendaria. Sin duda, encontraría la manera de entrar en el mundo de los receptadores sin levantar sospechas.
La góndola recorrió el rio de los Mendicanti y atracó delante de la iglesia de San Giovanni e Paolo, San Zanipolo, como la llamaban con afecto los venecianos. Tiralli desembarcó después de que sus amigos lo animaran a divertirse y a disfrutar del carnaval. En el campo ya abarrotado, los vendedores de vino caliente, frìtole y pescado frito seguían trabajando, en tanto que los mascareri, los artesanos que fabricaban las máscaras, liquidaban las últimas bautte. Algunos bottinerì barrían el adoquinado y preparaban el campo para la tradicional partida de bochas. Un grupo de acordeonistas tocaba alegres arias de los valles del Trentino.
—Mi amigo Guido Valentini habrá vuelto ya —dijo Daniele—. Déjame en Rialto, desde allí llegaré enseguida a su casa. Como te he dicho, vive en el campo San Giacomo, encima del teatro anatómico, del que es director. Le explicaré todo y lo llevaré al hospicio de los Mendicanti para que examine el cadáver. Luego nos veremos en el Palacio Ducal.
—¿Lo vas a ayudar a hacer la autopsia? —Marco sonrió, sabedor de cuánto repugnaban a su amigo ese tipo de actividades.
—Ni hablar —contestó Daniele riéndose—. Le presentaré a los médicos del hospicio, que quizá conozca ya, y luego lo esperaré en un café. Espero que sea suficiente un examen externo de las heridas, porque, si es necesario hacer la autopsia, tardará. ¿Qué has pensado hacer al final con el cuerpo?
—He ordenado que esta noche vengan a recogerlo con la barca del monasterio. Será su último viaje. Las monjas se encargarán del funeral. Estoy deseando que termine el carnaval para ponerme a trabajar como Dios manda. Es un milagro que, tres días después de los hechos, aún no haya circulado el rumor.
—Esperemos que Valentini pueda ponernos sobre la pista —replicó Zen.
—¿Tan bueno es?
—Tiene fama de ser original, pero no hay nadie más preparado que él.
Nani remaba por la maraña de canales que llevaban a Rialto sin perder una palabra de la conversación.
Guido Valentini había nacido en 1708 en Bolonia, en el corazón del dominio pontificio, en el seno de una familia de acaudalados comerciantes. Había realizado estudios humanísticos en el colegio de los jesuitas y se había licenciado en Medicina en Bolonia, tras lo cual se había convertido en médico físico, es decir, habilitado para el ejercicio teórico de la profesión.
Con todo, Valentini no era un hombre que se contentara con facilidad: quería examinar a sus enfermos con las manos, palparlos y, si era necesario, operarlos. De esta forma, apenas supo que en París había abierto sus puertas la primera escuela de cirugía para los médicos que querían desvincularse de los aficionados que practicaban sangrías y aplicaban tratamientos sin la menor noción teórica, viajó allí. Al volver a Bolonia bajo el ala protectora del cardenal Prospero Lambertini, había fundado en esta ciudad del valle del Po una escuela de cirugía y había ejercido con éxito la profesión.
Pero algo debía de haberle ocurrido cuando en 1740, año en que Lambertini había sido elegido papa con el nombre de Benedicto XIV, se había marchado de Bolonia para instalarse en Padua y convertirse en un seguidor del anatomopatólogo Giovan Battista Morgagni.
En ese momento ejercía en Venecia las tres profesiones, medicina, cirugía y anatomopatología, y seguía manteniéndose en contacto con Padua y con su ilustre maestro.
—Además —concluyó Zen bajando la voz—, se dice que frecuenta los ambientes masones. Dado el tipo de hombre que es, no me sorprendería.
Mientras Nani conducía la góndola por el Gran Canal, desde Rialto al Palacio Ducal, Pisani, que se había quedado solo, se abandonó a uno de sus ataques de melancolía. El carnaval lo irritaba siempre, más de lo que quería reconocer. A pesar de que comprendía que la Serenísima necesitaba el dinero que los extranjeros gastaban a manos llenas en esos días, consideraba que era un derroche de sedas y encajes, comidas exquisitas, vinos caros, perfumes, joyas, oropeles con los que muchos de sus conciudadanos no hacían sino acelerar la ruina económica.
Pero, además, Marco odiaba el carnaval por otra razón más íntima y dolorosa. En esos días, el recuerdo de Virginia lo asaltaba con frecuencia y de forma inesperada. Rememoraba con nostalgia la ingenuidad infantil con la que había vivido su primer carnaval en Venecia, las risas y la alegría que la iluminaban. Virginia, un fantasma que volvía evocado por el simple recuerdo de un gesto: el parpadeo de sus largas pestañas, trémulas sobre sus ojos oscuros, la dulzura con la que le acariciaba la frente y disipaba sus preocupaciones.
Cuando había muerto, Marco se había sentido amputado, aspirado por un remolino vacío, sin asideros. No había vuelto a ser el mismo. Para poder seguir adelante había erigido una barrera alrededor de su corazón, había dominado los sentimientos, porque había comprendido que todo en la vida es precario y que no podía volver a sufrir de esa manera.
Había sido necesaria una maga para derribar sus defensas: la dulce, guapa y misteriosa Chiara, dueña del don que le permitía ver más allá de los sentidos, de intuir lo invisible, de presentir el futuro. Chiara, que sabía aliviar con sus hierbas el sufrimiento de la gente y que diseñaba y realizaba magníficas piezas de seda codiciadas en toda Europa. Chiara, a la que quería más que a sí mismo, la mujer que le había alegrado de nuevo la vida.