Capítulo 7
PISANI no estaba preparado para el tipo de hombre que, a última hora de la tarde, Zen introdujo en su despacho del Palacio Ducal. Se había imaginado un médico austero, vestido con un traje negro y una gran peluca, pero, trotando por el pasillo, siguiendo a duras penas el paso de Daniele, vio un hombrecillo un tanto gordo, ataviado con una velada de color amarillo canario, bordada con hilos dorados, que llevaba en la mano una gruesa bolsa de cuero desgastada por los años.
—Es un honor, excelencia —dijo haciendo una reverencia.
Marco sintió que unos ojos brillantes y penetrantes lo escrutaban desde debajo de unas cejas tupidas, que destacaban en una cara de tez olivácea y picada de viruela. En su boca carnosa se dibujaba una sonrisa de benévola ironía.
Los dos hombres se miraron y se agradaron.
—He realizado la tarea que me encargó, excelencia —le comunicó Guido Valentini sentándose sin más cumplido al lado de Zen—. Una historia terrible. Encontrará todo en mi informe.
—Adelánteme lo esencial, doctor. ¿Por qué dice que es una historia terrible?
Valentini suspiró.
—Apenas sé lo que sucedió. Daniele… —Lanzó una mirada al abogado, que sonreía con aire socarrón— no quiso contármelo para que no influyera en mi trabajo. Solo he examinado por fuera el cadáver y me ha parecido suficiente. —Adoptó un tono profesional—. Se trata de una mujer de unos cuarenta y cinco años, en buen estado de salud, de clase social alta.
—¿Cómo lo ha deducido? —preguntó, intrigado, Pisani.
—No es difícil: tiene las manos cuidadas, propias una mujer que nunca ha trabajado. Además, usaba con regularidad cremas de belleza en la cara y calzaba buenos zapatos. No tiene el esqueleto deformado por trabajos pesados. No obstante, he descubierto callos en las rodillas y unas ligeras cicatrices alrededor de la cintura. Diría que es una religiosa que usaba el cilicio. No era virgen, pero tampoco dio a luz.
—¿Qué te dije? —Daniele sonrió mirando a su amigo.
—Es magnífico —se complació Marco—. Pero hablemos de las causas de la muerte. —Extendió delante de Valentini los dibujos de la escena del crimen—. La encontramos así.
El médico se puso las gafas y examinó los folios.
—Es justo lo que pensaba —murmuró entretanto—. La golpearon aquí y aquí, pero solo una de las heridas fue mortal. Debió de morir en unos minutos, desangrada. Y los asesinos se apresuraron a escapar sin dejar rastro. Estas las hicieron poco después —Señaló las huellas de botas que desaparecían en la escalera—. ¿Ve, excelencia? Su dibujante ha anotado que se veían con dificultad, eso es porque la sangre que pisó el hombre que las calzaba había empezado a coagularse.
—¡Es increíble! —lo interrumpió Marco—. Es como si hubiera asistido al homicidio. Pero ¿cómo consigue reconstruirlo todo con tanta precisión? Además, ¿por qué habla de asesinos en plural? ¿No fue un hombre solo?
Valentini se inclinó hacia el escritorio. Sonreía, a todas luces halagado en su amor propio.
—La ciencia está haciendo progresos enormes en esta época. Basta con estar al día. Gracias al inglés Harvey, que fue el primero que la describió, y a Van Leeuwenhoek, un científico holandés que murió hace treinta años y que se ganaba la vida comerciando con telas, sabemos cómo circula la sangre en el cuerpo alimentando los tejidos y también la velocidad de coagulación. La herida mortal fue esta, la de la garganta. Por aquí pasa un vaso sanguíneo que lleva la sangre al cerebro y que, cuando se corta, hace que esta salga a chorros y salpique al autor de la herida, a menos que este se aparte enseguida. Así pues, la herida de la garganta fue la última. Si se la hubiera hecho el hombre que llevaba las botas, las huellas de sangre serían muy claras.
—En ese caso, ¿quién cometió el asesinato?
Marco y Daniele pendían de sus labios.
—Al menos tres o cuatro personas. ¿Saben por qué? He medido la profundidad y la anchura de las heridas con mis instrumentos. Son diferentes y fueron realizadas con cuatro armas distintas. Las dos de la espalda las hicieron con una hoja corta, de no más de diez centímetros, pero muy afilada y ancha. Penetró unos tres o cuatro centímetros en el cuerpo. Los bordes son limpios. La herida en la ingle, en cambio, fue realizada con una especie de punzón: apenas penetró en la carne. En el torso utilizaron un estilete largo y afilado, pero el atacante no debe de entender mucho de armas, porque las heridas son superficiales. O puede que la víctima se defendiera, eso explicaría el corte de la mano. No puedo decir mucho sobre el arma que cortó la carótida, porque esa arteria es superficial y, por tanto, cualquier cuchillo la puede alcanzar, pero, como produjo un desgarro, podría ser uno de cocina corriente y moliente.
—Lo felicito —prorrumpió Marco—. No he visto a nadie tan exhaustivo como usted, doctor. Creo que el futuro de la anatomopatología está en manos de los cirujanos. Los médicos físicos que se forman en la actualidad en las escuelas sin tocar los cuerpos se privan de la posibilidad de comprender las verdaderas causas de la muerte de una víctima.
—Lo más grave —lo interrumpió Valentini frunciendo el ceño y alzando la voz— es que tampoco comprenden las enfermedades de los vivos. Yo estudié cirugía en París y fue una experiencia fundamental, pero las cosas más importantes las estoy aprendiendo en Padua, en la escuela de Morgagni. —Al mencionar al maestro se exaltó—. Es el mejor médico vivo y, además, es originario de Forlì, una ciudad próxima a Bolonia, que, como ya sabe, es también mi ciudad natal. Morgagni ha descubierto que las enfermedades no están causadas por la alteración de los humores, como se creía hasta hace poco tiempo, sino por afecciones de los órganos, y lo demuestra con las autopsias que realiza en su teatro anatómico.
—Estuve una vez allí —terció Daniele—. Esos teatros están tan abarrotados como los espectáculos de ópera, pero no tuve valor para entrar y presenciar la autopsia.
Valentini sacudió la cabeza.
—El cuerpo humano no da miedo, al contrario, su perfección es fascinante. Gracias a las autopsias, Morgagni ha demostrado que basta con que una pequeña parte de este se altere para causar una enfermedad. Además, como es un gran anatomopatólogo, me ha enseñado las técnicas forenses.
Pisani se levantó y sirvió a sus huéspedes unos vasos de ratafia.
—Aunque me gustaría volver a hablar con usted de esos temas, ahora volvamos al asunto que nos ocupa, doctor. ¿De manera que, en su opinión, son cuatro asesinos?
—No es seguro, avogadore Pisani, no es seguro. Tenemos seis heridas, así que podría tratarse también de seis personas y que algunas de ellas llevaran armas similares. Sin embargo, excluyo que fuera un hombre solo, porque, de haber sido así, habría tenido que cambiar cuatro veces de arma. —La idea le pareció divertida y sonrió.
—De manera que nuestro misterioso F.M. queda descartado —concluyó Daniele.
—¡Ni hablar! —protestó Marco—. Quizá F.M. pagó a unos sicarios y luego fue a examinar su trabajo. Seguimos tanteando en la oscuridad —añadió—. Tenemos que encontrar a ese hombre como sea.
—Si me lo permites, puedo intentar averiguar algo sobre el reloj que dejó en prenda en el Ridotto —dijo Zen—. Daré una vuelta por los locales nocturnos, quizá alguien sepa quién es su dueño.
—Ojalá sea así —respondió Marco tendiéndole la joya.
El carnaval de 1753 había llegado a su fin. La noche del martes, Marco había llevado a su novia al teatro San Luca para ver la última representación de la temporada: la comedia La posadera, de Carlo Goldoni. Había sido todo un éxito y Chiara, que se había metido en la piel de la protagonista, Mirandolina, interpretada por la actriz Maddalena Marliani, había aplaudido entusiasmada.
Durante el descanso, mientras reponían fuerzas en el palco con vino y pasteles, había aparecido el autor, Carlo Goldoni, buen amigo de la familia Pisani, y luego había visto con la pareja el último acto. Al finalizar la obra, mientras aplaudía al dramaturgo, el público había podido admirar a la novia del avogadore, que, a pesar de no ser noble de nacimiento, poseía una elegancia innata, esa noche resaltada por el magnífico vestido de estilo Andrieenne, adornado con una capa que arrancaba en unos suaves pliegues en los hombros y formaba una especie de cola corta. Era de seda, de lunares de varios colores, como el traje de Arlequín.
Más tarde, Marco y Chiara habían acudido a la plaza donde se había reunido toda Venecia.
La luz ondeante de las antorchas que había colocadas a lo largo de los pórticos de las procuradurías reverberaba al ritmo de las guitarras y las mandolinas en las máscaras deformes, las caras arrugadas de las gnaghe, los diablos con capa de color escarlata, los griegos, dálmatas, levantinos o las divinidades báquicas con coronas.
Subido a un taburete pegado a una columna, un charlatán se desgañitaba alabando los prodigios del medicamento contenido en un pequeño tarro, capaz de curar la hidropesía y la gota.
Una procesión de moros, tocados con turbantes y plumas, y de caballeros medievales, vestidos con capas cortas y unos voluminosos calzones, se abría paso con dificultad en la multitud, sujetando las antorchas por encima de sus cabezas, mientras caminaba en dirección a la orilla de la cuenca, donde se había erigido la torre de fuegos artificiales.
La cuenca de San Marcos parecía un cielo estrellado, era un palpitar de luces, una fiesta de colores que se reflejaban temblorosos en el agua.
Las grandes bissone, lujosamente adornadas con arcos de oro y plata, con velos, plumas y sedas, en un fantástico fluir de innumerables tonalidades, se habían congregado para celebrar la última noche de carnaval. Algunas representaban alegorías de los dioses paganos, con jóvenes medio desnudas bailando al son de las barcarolas; en otras se veían pequeños bosques floridos o se celebraban fiestas de disfraces, con personas vestidas de Arlequín, Polichinela, Doctor, Pantaleón, Brighella, Pierrot o Colombina. Y alrededor de las bissone hormigueaban las góndolas, las caorline o las piraguas, adornadas para la fiesta con guirnaldas y estandartes.
A una señal convenida, el ruido de la multitud, la música y los gritos de los vendedores, como por arte de magia, callaron de golpe y en el cielo se abrió paso con un silbido una flor de luz roja y morada, el primer cohete. Siguió una cascada de estrellas doradas, de más flores blancas, turquesas, de arcoíris de luz, seguidos de estallidos y acompañados por las exclamaciones de admiración de los centenares de cabezas inclinadas, con la nariz apuntando al cielo.
Cuando, a medianoche, se oyeron en la plaza los sombríos tañidos de las campanas de San Francesco della Vigna y los agudos de San Marcos en respuesta, la gente que se hallaba en la plaza empezó a diseminarse poco a poco, liberando el espacio que separaba las columnas de San Marco y San Teodoro. En ese punto se erigía el escenario donde se encontraba el muñeco gigante de Pantaleón, el símbolo del carnaval, que no tardaría en morir, protegido por los moros y los caballeros que habían llegado en procesión.
Un moro acercó la antorcha y el muñeco prendió alegremente y, a la vez que las llamas subían, la multitud entonó a coro el canto fúnebre:
«El va! El va! El carneval el va…».
Mientras Marco charlaba animadamente con Chiara, rodeado por la gente que iba despejando poco a poco la plaza, una mano se apoyó en su espalda.
—¡Qué placer, excelencia! ¡Usted también aquí!
Al volverse, Pisani se encontró cara a cara con el doctor Valentini, envuelto en una capa de color verde papagayo por la que asomaban unas medias bermejas.
Con ademán ceremonioso, el médico se quitó el tricornio, también de color verde brillante, y se inclinó para besar la mano de Chiara, a la vez que la miraba de pies a cabeza sonriendo. Sus ojos oscuros e irónicos se cruzaron con los de ella, de color azul aciano, que sostenían con firmeza la mirada. Una corriente de simpatía los unió de inmediato.
—El doctor Valentini —explicaba entretanto Pisani a su novia— es el director del Instituto de Anatomopatología de San Giacomo dall’Orio y nos está ayudando en el caso de la señora a la que mataron en el apartamento próximo a San Zanipolo.
—¿Por qué no nos sentamos en un café y tomamos algo caliente? —propuso Chiara, que quería saber más sobre aquel singular hombrecito—. Iba a pedírtelo, estoy muerta de frío.
—Buena idea —concordó Marco—. Si el doctor está libre, claro.
Valentini se arrebujó en la capa.
—Soy pájaro nocturno. Los acompañaré muy a gusto y, con su permiso, aprovecharé para contemplar a su hermosa dama, por descontado, con el espíritu con el que se admiran las obras de arte.
Marco soltó una carcajada.
—Es más, yo también aprovecharé el encuentro para pedirle un favor. —Había recordado las palabras de Zen sobre Valentini y sobre su pertenencia a los círculos masónicos—. Usted y mi prometida pueden ir ya al Florian. Yo iré un momento al despacho y enseguida me reuniré con ustedes. Quiero enseñarle algo.
Cuando, al cabo de unos minutos, entró en el café abarrotado de gente, que se encontraba bajo las Procuradurías Nuevas, encontró a Chiara y a Valentini sentados a una mesa apartada, inmersos en una animada conversación. Pidieron un chocolate caliente y, con las tazas humeantes delante, Marco sacó de un bolsillo el amuleto de oro y se lo enseñó al médico.
—Lo encontramos cerca del cadáver —precisó—, pero, por lo visto, no formaba parte de las joyas de la señora. Podría haberlo dejado el asesino, mejor dicho, los asesinos.
Valentini sacó las gafas, las limpió con un borde del mantel y se las puso en vilo sobre la nariz.
—Ya… Es un objeto extraño. Jamás había visto estos símbolos. Por este lado parece el dibujo de un ojo grabado. —Volvió el medallón—. Y en este hay seis circunferencias concéntricas. —Clavó sus ojos brillantes en la cara de Marco, a la vez que una sonrisa se dibujaba en sus labios carnosos—. Sé por qué me lo ha enseñado. Cree que es un símbolo masón y que yo podría conocerlo, sé que se rumorea que frecuento esos círculos.
—Nunca me permitiría… —lo interrumpió Marco.
—Permítaselo, permítaselo. —Su sonrisa irónica se había acentuado—. Los masones solo son unos señores un poco instruidos que se divierten hablando de cosas que los superan e inventando complicadas ceremonias. Es lo único que hacen, no harían daño a una mosca, no digamos descuartizar monjas. Más que un símbolo masón —prosiguió girando el objeto en las manos—, estos signos me recuerdan a la Cábala. —Dejó el objeto encima de la mesa para llevarse a los labios la taza de chocolate—. En cualquier caso, preguntaré por ahí —concluyó.
Chiara agarró el medallón y acercó la llama del candelabro que había en el centro de la mesa para observarlo mejor. La lengua de fuego, que se reflejaba en el espejo de la pared, empezó a ondear de repente, a agitarse, a doblarse, como vencida por una ráfaga de viento. La mirada de la joven se detuvo, vidriosa, su mano temblaba.
Valentini hizo amago de inclinarse hacia ella, pero Marco se lo impidió con un gesto y sacudió la cabeza. En el local nadie les prestaba atención.
Chiara miró fijamente la llama unos minutos, con expresión ausente, fascinada por algo que solo ella podía ver. Había palidecido, sus labios se movían, su mano apretaba de forma espasmódica el medallón, su frente se había fruncido en una expresión de profunda concentración. Pasado un largo rato, volvió en sí.
—Te ha vuelto a pasar —afirmó Marco apresurándose a meterse de nuevo la joya en el bolsillo.
—Sí…, ha sido un instante.
—El medallón.
—Y la llama de la vela, pero no sé si lo que he visto te puede servir.
—¿Qué has visto?
—Una chimenea encendida y unas máscaras bailando delante de ella.
Eran cinco, seis, todos iban vestidos de Polichinela, con el traje blanco y la máscara negra. Bailaban, se reían, y algo brillaba en sus manos. Después, todo se tiñó de negro, como si un muro se hubiera erigido ante mis ojos.
Chiara exhaló un suspiro y se tapó la cara con las manos.
Valentini había presenciado la escena atónito, sin atreverse a interrumpirla. Después, dado que la joven se había repuesto, murmuró:
—Usted es vidente, una de esas raras criaturas que tienen el don de ver el más allá.
La joven alzó la cabeza. Estaba recuperando el color.
—Así que crees… —susurró dirigiéndose a Valentini como si fuera un viejo amigo—. Eres médico y, sin embargo, crees…
Guido tomó una mano de ella entre las suyas. Estaba helada.
—Creo, Chiara. No es la primera vez que asisto a un fenómeno de clarividencia. Claro que muchos piensan que los videntes son unos estafadores, como vuestro Giacomo Casanova, que se dedica a las prácticas ocultas con el único objetivo de vaciar el bolsillo a esos ingenuos del senador Bragadin y sus amigos. —A continuación, se dirigió a Marco sin darse cuenta de que también le estaba tuteando—. ¿Sabes? En Bolonia conocí un gran vidente y era sacerdote. Tenía sus visiones durante el sueño y, cuando se despertaba, describía las escenas como si hubiera estado presente en ellas. También tenía premoniciones y gracias a ellas se evitaron varios crímenes.
—¿El Santo Oficio no lo perseguía? —objetó Marco.
—A decir verdad, excelencia…
—Llámame Marco, ya que ahora compartimos el secreto de Chiara.
—Me siento honrado. Bueno, pues Marco, en efecto, la Iglesia persigue a los laicos que, dotados de poderes verdaderos o presuntos, se atribuyen capacidades superiores a las suyas en la investigación de los misterios sobrenaturales. En el pasado se ha manchado incluso las manos con torturas y asesinatos. Sin embargo, las bibliotecas eclesiásticas contienen todo el saber de los antiguos, desde las adivinaciones de egipcios y caldeos a las prácticas para entrar en contacto con los difuntos. Y entre los eclesiásticos hay eruditos que estudian estos fenómenos guardándose mucho de divulgarlos. Piensa que, a mi amigo, el sacerdote, lo consultaban a menudo también sobre asuntos políticos. Por aquel entonces era cardenal de Bolonia Prospero Lambertini, hoy en día papa, un hombre muy inteligente y tolerante, que jamás habría permitido que se persiguieran delitos de este tipo, a menos que alteraran el orden público. Pero ¿cómo se manifiestan en ti las visiones, Chiara? —inquirió.
Ella exhaló un suspiro.
—Pueden ser repentinas. Noto como si un remolino me hubiera aspirado y, de buenas a primeras, estoy en otro lugar, veo cosas que no siempre entiendo. En otras ocasiones, como ahora, las provoca la proximidad, el hecho de tocar un objeto relacionado con un acontecimiento dramático. A menudo me concentro mirando una llama, entonces desaparece lo que me rodea y empiezo a sentir un remolino de piezas de mosaico que, de repente, componen imágenes. A veces oigo voces, sonidos, otras veo escenas en movimiento. Es como si los acontecimientos dejaran tras de sí una estela que a veces logro percibir. También he tenido premoniciones y, cuando no sabes a quién dirigirte para evitar una desgracia, pueden ser terribles.
Valentini asintió con la cabeza.
—Lo sé, el don es una carga. Es la historia de Casandra, pero tú no estás sola.
Marco se entrometió.
—Yo le creo y temo que le suceda algo malo. Pero Chiara no solo tiene visiones, además, en su casa, tiene un laboratorio donde prepara antiguos remedios a base de hierbas para combatir las enfermedades. Muchas personas recurren a ella.
—Y hacen bien —comentó Guido—, dado que, para remediar cualquier molestia, la mayoría de los médicos aún utilizan casi exclusivamente las sangrías y los purgantes, ¡que con frecuencia debilitan e incluso aceleran la muerte de los pacientes! A la farmacología aún le queda mucho camino por recorrer. —Alzó los ojos al cielo—. Pero yo, Chiara… —Sonrió a la joven—. Sí, me encantaría que un día me enseñaras tu laboratorio.
—Pero tú eres médico —objetó ella—. Mis remedios te parecerán ridículos. Son recetas que las mujeres de mi familia se han ido pasando una generación tras otra, todas hemos sido un poco brujas. Mi abuela materna me confió sus secretos antes de morir. Lo único que hago es seguir sus instrucciones.
—Si me confías tus secretos, me harás muy feliz. Por desgracia, en los últimos tiempos, la medicina erudita ha retrocedido respecto al saber antiguo. En cirugía, por ejemplo, los romanos eran mucho más hábiles que nosotros y su farmacopea fue conservada y transmitida por las clases populares, mientras que en las universidades se enseñaba filosofía.
—Pero yo solo soy una mujer —alegó Chiara tratando soslayarlo—. ¿Qué te puedo enseñar a ti, que eres un científico y has estudiado en la universidad?
—No te subestimes —replicó Guido—. El saber popular que te transmitió tu abuela es fruto de siglos de observaciones y experimentos. A veces puede parecer ingenuo, pegado a la superstición, pero a menudo resulta pertinente.
Marco los escuchaba y pensó que el científico, que creía en las visiones paranormales y se interesaba por la medicina popular, era una persona extraordinaria.