Capítulo 16

—¿ESTE es el resultado de la expedición? —gruñó Pisani enfurecido al capitán de los esbirros, Giandomenico Brusìn.

Era el viernes 23 de marzo, casi mediodía, y el avogadore acababa de entrar en la sala de interrogatorios de las prisiones nuevas seguido de su secretario, Tiralli.

La escena era tragicómica: Brusìn, con los ojos clavados en el suelo y el bigote mustio, estaba de pie, al lado de la mesa en la que había esparcido un batiburrillo de objetos que parecían sacados de un basurero. Al fondo de la sala, en el rincón más oscuro, tres figuras con las manos atadas se mantenían muy juntas para darse ánimos. Se trataba de un viejo, con la pierna izquierda de madera a partir de la rodilla, y de dos mujeres, una mayor y otra muy joven, las dos en avanzado estado de gestación.

—¿Esto es todo lo que habéis encontrado en la guarida que los albaneses tienen en el Lido? —proseguía Pisani rabioso—. ¡Mando quince esbirros y se les escapan todos!

—Excelencia —balbuceó Brusìn—, puedo explicarle… —Entretanto, maldecía su suerte, que lo obligaba a enfrentarse una y otra vez con el iracundo avogadore.

—¿Qué hay que explicar? —Marco se había puesto morado de rabia—. ¡Debíais capturar una banda de albaneses y me habéis traído a un cojo y dos mujeres embarazadas! ¿Y esta basura? —Rebuscó entre los objetos que había encima de la mesa—. Varios vestidos sucios, dos puñales oxidados, un arcabuz sin cañón, un candelabro de plata, unos cuantos abanicos rotos, tres máscaras de Polichinela y cinco bolsas de monedas vacías. Ah, me olvidaba de las muletas del viejo. ¿Este es el botín que habéis recuperado? —No obstante, mientras hurgaba en el bolsillo de una chaqueta andrajosa, encontró un luis de oro y lo sacó, lo observó atentamente y luego lo dejó bien a la vista encima de la mesa.

Los tres albaneses, el hombre, vestido con una camisa blanca y un chaleco carmesí, y las mujeres, envueltas en unos chales oscuros, reculaban cada vez más, como si quisieran que se los tragase el muro.

Brusìn hizo acopio de valor y se defendió:

—Excelencia, cuando llegamos ya no había nadie, por eso solo capturamos a estos tres. Dicen que los demás se marcharon anoche en un barco, rumbo a Chioggia, y que no saben cuándo volverán.

—Cuéntame lo que hicisteis —inquirió, por fin, Pisani, ya más sereno.

Brusìn habló mientras Tiralli anotaba lo que decía. Acompañado de sus guardias, había amarrado en Malamocco cuando aún estaba oscuro. Habían recorrido el sendero que se dirigía hacia el interior de la isla. Habían tenido dificultades desde el primer momento, debido al terreno accidentado de la zona, donde las cañas y las zonas cenagosas se alternaban con otras áridas y con prados en los que había que abrirse paso entre matas de escabiosa y aster.

Marco conocía bien el lugar, ya que solía ir a merendar allí con su primera mujer en los calurosos días de verano. El paisaje tenía un encanto extraño: a pesar de que el lugar no quedaba muy lejos de la ciudad, parecía estar en el confín del mundo. Olía a hierba, a pinos y a mar y, al amanecer, los ruiseñores y los escribanos se desgañitaban como si compitieran por señalar su presencia, mientras las garzas y los avetorillos alzaban el vuelo haciendo crujir las cañas.

Sintió cierta melancolía al recordar cuando Virginia y él, tras atravesar el bosque de chopos y el pinar, salían a la playa del mar Adriático y se divertían corriendo por la arena blanquísima y fina, salpicados por las olas que se abatían fragorosas sobre el litoral, coronadas de espuma.

—Debíamos caminar en silencio —proseguía, entretanto, Brusìn—, para que los albaneses, que podían estar haciendo guardia en cualquier sitio, no sospecharan nada. Por fin, después de trepar por una serie de dunas, divisamos la guarida en el margen del pinar.

Tal y como les habían dicho, era una casa miserable de pescadores, medio en ruinas, rodeada de huertos. Un entramado de cañas hacía las veces de tejado. Escondidos tras unos arbustos, Bruìn y sus hombres habían vigilado la casa un buen rato. No había nadie haciendo guardia, por lo visto, todos estaban durmiendo.

Se habían acercado en silencio, mientras los halcones y los busardos ratoneros chillaban en el cielo con los primeros rayos de sol. No les había costado nada abrir la puerta, pero en la casa solo habían encontrado al viejo y a las mujeres durmiendo en unos jergones y se habían entregado sin oponer resistencia. Cuando los habían interrogado, habían referido, en un veneciano forzado, que sus compañeros se habían marchado la noche anterior.

Brusìn había registrado la casa medio en ruinas, pero, salvo algún que otro utensilio de cocina y unos cuantos andrajos, lo único que habían encontrado era lo que se veía sobre la mesa.

—Si son ladrones —añadió el capitán—, no parece que les vaya muy bien.

Marco exhaló un suspiro.

—¿Cómo se llama? —preguntó dirigiéndose al viejo—. Brusìn, diles que se sienten y desátalos, ¿no ves que apenas pueden tenerse en pie? Dales algo de beber y devuelve las muletas al viejo.

Tras sentarse en una silla, el viejo alzó la cabeza y, con una expresión de dignidad ofendida, dijo:

—Me llamo Pavle Sekerus. Ellas son mi mujer Delvina y mi nuera Phrosine. Dentro de nada niños, por eso no trabajar. Hombres y mujeres marchados a Chioggia, para ganar pan construyendo casas. Nosotros no ladrones, nosotros príncipes en nuestro pueblo.

Tiralli escribía de forma frenética, a tal punto que la pluma chirriaba al deslizarse por el papel, pero en ese momento tuvo que detenerse para pedir a los albaneses que repitieran sus nombres, que resultaban muy duros para unos oídos acostumbrados a la dulzura del habla veneciana.

—¿A qué pueblo te refieres? —preguntó Pisani intrigado.

Los tres desgraciados no parecían, desde luego, unos príncipes. Apenas las desataron, las mujeres se cubrieron la cabeza con el borde de un chal y se frotaron las muñecas. Miraban alrededor con desconfianza mientras bebían a pequeños sorbos.

—Nosotros príncipes de montañas, de la gran tribu Haina —prosiguió el viejo, que tenía la cara tan apergaminada como una corteza de árbol—. En nuestro pueblo nosotros vestir trajes bonitos, capas de terciopelo, puñales de plata. Nosotros ser cristianos, nosotros recibir a vuestros misioneros, que enseñan a leer y escribir. Pero los turcos nos atormentan, así que nosotros escapar aquí sin nada y tenemos que trabajar. Nuestras mujeres cultivan huertos y crían gallinas y cabras.

Marco conocía las dificultades que padecían los albaneses cristianos que vivían en el interior, pero también sabía que se dedicaban a robar. Les enseñó la moneda de oro.

—¿Y esta? ¿La ganasteis con las gallinas?

El viejo sacudió la cabeza, visiblemente apurado.

—No —admitió—. Pero por carnaval nuestras mujeres pedir limosna y algunas señoras muy generosas después de ganar en el juego.

—¿No será, en cambio, que hace una semana robasteis a un fraile dominico que se dirigía a su convento con una bolsa llena de monedas como esta?

Phrosine, la mujer más joven, terció:

—¿Nosotros robar a un fraile? ¡Jamás! —exclamó haciéndose la señal de la cruz—. ¡No querer ir al infierno!

—Sobre todo porque el fraile murió a causa de un poderoso veneno —le explicó Pisani.

El viejo perdió los estribos.

—Nuestros hombres no matan —afirmó enfurruñado—. Y si matan, matan como hombres, con la cimitarra o el puñal. Veneno cosa de señores y mujeres, no de príncipes guerreros.

Marco levantó una máscara de Polichinela con la punta de los dedos.

—¿Y esta? ¿Os invitaron a una fiesta de carnaval?

La mujer mayor tomó la palabra:

—Carnaval en Venecia también en las plazas y las calles, no solo en palacios. Nuestros jóvenes derecho a divertirse y bailar como los demás. Así que muchas veces con máscaras.

—Para robar mejor —apuntó Marco.

Con todo, el avogadore se sentía perplejo. Los luises de oro y las máscaras, que aparecían también en las visiones de Chiara, eran lo único que comprometía a los albaneses. Porque en la casa medio en ruinas no había ni rastro de mezclas venenosas ni de joyas. Quizá esos tres desgraciados fueran de verdad príncipes en sus montañas, pero, en ese momento, parecían unos muertos de hambre, unos ladrones de gallinas, como mucho, unos carteristas. Costaba imaginar que fueran miembros de una banda capaz de asesinar para hacerse con un botín.

—Por el momento, enciérralos en una celda —ordenó a Brusìn—, pero que los traten bien, sobre todo a las mujeres, que pueden dar a luz en cualquier momento. Si eso llega a suceder, quiero que las asista un médico. —Marco siempre temía los peligros del parto—. Pero tú debes ir lo antes posible con tus hombres a Chioggia, a buscar al resto de la familia. Que el viejo te diga cuántos son. Quiero interrogar a esos Sekerus lo antes posible.

Mientras salía para cumplir las órdenes del avogadore, Brusìn se cruzó con el jefe de la guardia de las prisiones nuevas, el hombre entraba en ese momento.

—Traigo un mensaje urgente para usted, excelencia —exclamó el recién llegado dirigiéndose a Pisani y le tendió un pliego sellado.

Marco lo abrió, era de Daniele Zen.

«Ven enseguida, por favor, y trae a Jacopo Tiralli. Yo ya he avisado a Guido. Ha sucedido una tragedia, estoy destrozado. ¡Corre, te lo ruego! Te espero en la calle Barbaria delle Tole, en el palacio del notario Comese, enfrente del Ospedaletto».

Daniele nunca se había mostrado tan alterado. Además del texto, la caligrafía, apresurada y desordenada, revelaba un gran nerviosismo. ¿Qué podía haber ocurrido? Zen no perdía la calma por menudencias. No había tiempo que perder.

 

Marco desembarcó de la góndola en el rio de los Mendicanti, en el muelle que quedaba a un lado del puente Cavallo, delante de la estatua de Colleoni. El cielo estaba gris y una llovizna de primavera mojaba el adoquinado. En el amplio campo de la iglesia de San Zanipolo los vendedores ambulantes de pollos, utensilios de cocina y géneros de mercería estaban guardando sus mercancías; dos mujeres regateaban por un corte de tela.

Delante de la escuela grande de San Marco, un gato grande y atigrado comía con parsimonia los restos de un pescado.

Seguido de Jacopo, Pisani rodeó la basílica y embocó la calle Barbaria delle Tole. Pasó por delante de un par de puertas abiertas por las que se entreveían los depósitos de madera a los que la calle debía su nombre y llegó a la pequeña iglesia de Santa Maria dei Derelitti, llamada Ospedaletto, cuya fachada estaba cubierta de mascarones, cariátides y cabezas leoninas.

La casa que estaba enfrente era una vieja construcción de dos pisos, cuya buhardilla había conocido mejores tiempos. La puerta que daba a la calle estaba abierta, otra conducía a un patio oscuro y vacío, donde se encontraba la escalera que llevaba al piso de arriba, en tanto que la puertecita que había a la izquierda comunicaba con los locales de la planta baja.

—Entre, excelencia, el doctor Valentini lo está esperando.

Era Bastiano, el gondolero de Zen, que acababa de salir a recibirlo por la puerta pequeña. Parecía muy turbado y hablaba en voz baja.

Marco entró inquieto en una sala grande con las ventanas cerradas, únicamente iluminada por una lámpara de aceite.

Entrevió de espaldas la figura del médico, que, con otra lámpara en la mano, observaba el contenido de una caja fuerte grande y claveteada situada en un rincón de la sala.

Valentini oyó lo pasos de los recién llegados y se volvió. Al moverse Pisani pudo ver una escena aterradora: un cuerpo humano grotesco ocupaba el interior del mueble, retorcido en una pose innatural.

Marco se acercó al cadáver y lo observó sin decir una palabra: se trataba de un hombre joven, vestido de negro, acurrucado en posición fetal, como si alguien lo hubiera metido a la fuerza en la caja de caudales, tenía la cara tumefacta y los ojos abiertos y un viejo pañuelo negro atado al cuello.

No obstante, lo más extraño eran los diez lingotes de oro que brillaban con descaro en la oscuridad, apilados al fondo del mueble, como si estuvieran sosteniendo el cuerpo.

—Dios mío —exclamó el avogadore.

Debido a su trabajo, no era, desde luego, el primer cadáver con el que tropezaba, pero la escena, la penumbra, el escarnio que suponía haber embutido el cuerpo en un espacio tan angosto, el horror que se leía en los ojos, aún abiertos, resultaban muy macabras, incluso para una persona acostumbrada a ese tipo de situaciones.

—Pero ¿quién es? —preguntó a Valentini.

—Por lo visto es el notario Antonio Comese —explicó el doctor—. Estoy tratando de determinar la hora de la muerte.

—Pero ¿qué tiene que ver Daniele con todo esto? —preguntó Marco preocupado—. ¿Dónde está?

Valentini sacudió la cabeza.

—Sé lo mismo que tú —respondió—. Daniele me escribió que debía venir enseguida y llegué hace un rato. Está arriba, con la mujer del notario, casi no lo he visto.

Marco empezaba a reponerse del estupor y miró alrededor. La sala era, a todas luces, el despacho del notario. Debajo de una ventana había una mesa vieja y grande llena de legajos. Dos paredes estaban cubiertas por unas librerías abarrotadas de carpetas y libros antiguos; la tapicería que decoraba las otras dos estaba tan desgarrada que ni siquiera los severos retratos de unos personajes ataviados con trajes antiguos, de otros siglos, conseguían ocultar las huellas de dejadez. En el suelo que rodeaba la caja fuerte se amontonaban los papeles, como si alguien hubiese vaciado a toda prisa el mueble y solo hubiera dejado dentro los lingotes de oro.

—Pero ¿qué ha pasado?

—Solo te puedo responder como médico —contestó Valentini—. El rigor mortis se inició hace unas horas, de manera que, dada la temperatura de la sala, diría que la muerte se produjo, más o menos, a las seis de esta mañana. La víctima fue estrangulada con el pañuelo que todavía tiene en el cuello, después la metieron a la fuerza en la caja fuerte y la cerraron. Según parece, su mujer lo descubrió hace casi una hora, extrañada al ver que no subía a comer. La señora está con Zen, ellos te dirán más.

—¿Qué hace Daniele aquí?

—Sobre eso me reservo la opinión —declaró Valentini mirando a Marco con un brillo malicioso en sus ojos oscuros—. Prefiero que te lo cuenten ellos.

—Bastiano —ordenó Pisani antes de subir—, quédate en la puerta y no dejes entrar a nadie, mejor dicho, que cierren la puerta que da a la calle. Abre las ventanas altas, por las que no se puede ver el interior de la casa. Tú, en cambio, Jacopo —añadió dirigiéndose al secretario—, ya sabes lo que debes hacer. Dibuja con todo detalle la escena del crimen para que luego puedan llevarse el cadáver.

Agarrando un cuaderno, Tiralli suspiró y se dispuso a llevar a cabo esa tarea que tan poco le gustaba.

 

Marco notó que, a pesar de pertenecer a un notario, la casa era bastante miserable. En la escalera de piedra no se veía un solo adorno; aunque estaban como los chorros del oro, las habitaciones del primer piso, que daban a la calle, solo estaban decoradas con sofás desgastados y muebles imponentes del siglo anterior, que, a pesar de estar pulidos con esmero, necesitaban, a todas luces, una buena restauración. Además, las chimeneas estaban apagadas.

En el primer piso no había nadie, así que Marco embocó el tramo de escalera que llevaba al siguiente. Al fondo del pasillo vio una puerta abierta por la que se oían unas voces y se dirigió allí.

Al llegar al umbral, se quedó estupefacto: en el centro de una habitación tan blanca como la de los conventos, había un catre anticuado en el que yacía una joven espléndida, con una melena negra extendida sobre la almohada, que sollozaba en silencio. Daniele Zen estaba sentado a la cabecera y le sujetaba una mano, a la vez que le susurraba palabras de consuelo. Al ver a su amigo se levantó.

—Vuelvo enseguida, Costanza —murmuró con dulzura a la mujer—. Este es el avogadore Pisani, le he pedido que viniera. Él se ocupará de todo.

La joven sonrió con aire cansado.

—Gracias —murmuró en voz baja e intrigante—. ¡Cuántas molestias te doy!

—No digas eso, querida —replicó Daniele—. Hiciste bien en llamarme. Voy a decir a Gegia que venga para cuidarte.

—¿Quieres explicarme qué pasa? —Al ver que su amigo estaba bien, Marco se había animado y ahora se moría de curiosidad.

—¡Un momento! —Daniele subió corriendo la escalera que llevaba a la buhardilla y bajó con una campesina de aire tosco—. Haz compañía a la señora —le ordenó—. Y llámame si se encuentra mal.

La joven se apresuró a entrar en el dormitorio de la esposa del notario.

Daniele guio a Marco al piso de abajo, a un salón gélido que daba a la fachada del Ospedaletto. Las tapicerías, viejas y desgastadas, estaban mojadas a causa de la humedad.

—¡Es ella! —exclamó en tono solemne a la vez que se sentaba.

—¿Quién?

—Ella, ella, Costanza, ¡la mujer a la que quiero!

El semblante de Daniele tenía una extraña expresión, si bien parecía turbado por la emoción, sus ojos azules resplandecían.

—¿Y es, mejor dicho, era la esposa del notario Comese?

—Exacto. Ahora es su viuda —precisó Daniele.

—No me parece que la cosa te duela mucho… —observó Marco.

—Sería un hipócrita si fingiera que me duele, pero estoy preocupado por ella, encontró el cadáver, lo vio en ese estado y está destrozada.

—¿Y si lo hubiera matado ella? —preguntó Marco, como si estuviera pensando en voz alta.

—¿Cómo se te puede ocurrir algo así? —se escandalizó Daniele—. ¿De verdad piensas que una mujer puede cometer un asesinato semejante?

—Disculpa, es pura deformación profesional. Pero ¿ella lo quería?

Daniele se levantó de un salto iracundo.

—¿Cómo puedes pensar que esa maravilla de mujer podía querer a un hombrecillo avaro y mezquino como ese, además de jorobado? Se casó con él porque su familia, que está sin blanca, a pesar de ser noble, la obligó. Para conseguir su mano, él se comprometió a mantener a sus padres, pero, con lo rico que era, no se puede decir que se esforzara mucho.

—No parece que estemos en casa de un rico —observó Marco mirando alrededor. La lluvia insistente contribuía a entristecer aún más el ambiente.

Daniele sonrió.

—No te dejes engañar por las apariencias. El notario Comese era muy rico, solo que le gustaba más contar el dinero que gastarlo.

—Siendo así, ¿por qué no pediste su mano? —lo provocó Marco.

—La conocí demasiado tarde, cuando ya estaba casada. Un día apareció en mi despacho para entregarme los documentos de un cliente de su marido. Fue un flechazo para los dos. Nos vimos varias veces en los cafés, un día incluso dimos un paseo por la Giudecca, pero Costanza no es mujer de amantes, jamás me he atrevido a tocarla. Así pues, decidimos sacrificarnos, ella siguió con su miserable vida y yo, como sabes, intenté olvidarla. Y ahora estamos aquí.

—¿Qué ha sucedido hoy?

Daniele retrocedió con la mente al momento en que su vida había dado un vuelco.

—Estaba en mi despacho con un cliente cuando llegó su doncella, Gegia, ya la has visto, con una nota en la que Costanza me pedía que viniera lo antes posible a su casa. Corrí hasta aquí y al llegar vi esa escena espantosa en el despacho. Ella estaba histérica, pero aun así logró contarme que a mediodía su marido no había subido a comer y que ella había bajado entonces a la planta baja, donde había encontrado todo patas arriba y los documentos tirados por el suelo. La caja fuerte estaba cerrada, pero ella sabía dónde estaba la llave de reserva. Así pues, presintiendo lo peor, la abrió y luego se desmayó. El resto ya lo sabes.

—No será un caso sencillo —consideró Pisani—. Hiciste bien en llamar a Valentini. La muerte de un notario conlleva siempre un sinfín de problemas. Habrá que tranquilizar a los clientes que depositaron aquí sus secretos, ordenar los documentos y confiarlos a otro profesional. ¿Tenía hijos?

—No. Comese tenía treinta y nueve años, se casó hace seis con Costanza, que fue su primera mujer. Por suerte, el matrimonio fue estéril.

—¿Qué se decía de él en su círculo?

Daniele rebuscó en un mueble y sacó una botella donde aún quedaban dos dedos de Vernaccia. Sirvió el vino en los vasos y volvió a sentarse.

—Aquí hace un frío insoportable —comentó dando un sorbo—. Veamos, Comese no tenía buena fama. Era preciso y competente, eso sí. Además, procedía de una familia de notarios, supongo que habrás visto los retratos que hay en su despacho, pero se rumoreaba que se aprovechaba de su posición para enriquecerse.

—¿A qué te refieres?

—Si se enteraba de que uno de sus clientes estaba en un apuro, se ofrecía para comprarle un terreno o una casa a precio de usurero. Además, por lo visto, prestaba dinero a escondidas a intereses desorbitados. Luego, si un desgraciado no conseguía pagarle, no dudaba en adueñarse de sus bienes.

—¡Lo que se dice una buena persona! —ironizó Marco.

—No solo eso: reestructuraba las casas de las que se apoderaba y luego alquilaba los apartamentos a un precio exorbitante a cortesanas, jugadores profesionales o extranjeros de dudosa reputación dispuestos a pagar lo que fuera. Construyó un pequeño imperio inmobiliario en Venecia y en las tierras del interior.

—Será difícil averiguar quién lo asesinó. La persona que vació la caja fuerte quizá quería destruir algún documento comprometedor y tuvo tiempo de sobra para encontrarlo. Pero ahora vamos, bajemos a ver si Jacopo ha terminado de dibujar.

Daniele vaciló.

—¿Y Costanza? No podemos dejarla sola en ese estado.

—Ya he pensado en eso, diré a Nani que traiga a Chiara. Ya sabes cómo es, enseguida la pondrá bajo su protección, la acogerá en su casa y se harán amigas, no te quepa la menor duda.

Zen parecía aliviado.

—Es una idea estupenda, la mejor que se te podía ocurrir. Costanza no puede contar con su familia. Según me ha parecido entender, son unos egoístas, que la usaron como moneda de cambio.

 

La luz gris que entraba por los ventanales había ensombrecido aún más el despacho del notario Comese, situado en la planta baja. Gasparetto había llegado y estaba sacando el cadáver de la caja de caudales con la ayuda de Valentini.

—Eso es, doctor. Sujétele la cabeza y yo lo agarraré por los pies.

Daniele se apresuró a vaciar un arcón.

—Pueden dejarlo aquí encima —sugirió—. Hay bastante luz para examinar el cadáver.

Mientras el cuerpo salía de la caja fuerte, se oyó un golpe sordo y un tintineo. Un objeto pequeño había caído de la mano del muerto.

Daniele se inclinó para recogerlo, lo escrutó y se lo enseñó en silencio a los demás: era un medallón de oro que tenía grabados en un lado dos semicircunferencias cruzadas, en el revés había seis circunferencias concéntricas.