Capítulo 11
SITUADO a orillas del Gran Canal, frente a Cannaregio, el barrio de Santa Croce era una de las zonas de Venecia que Marco prefería. Con las primeras luces del alba, la góndola se deslizaba silenciosa por los canales, de los que emergían casas modestas de dos pisos que, de cuando en cuando, se abrían en un campo, alrededor de un pozo, o en una calle, que terminaba con un pequeño atraque. La ciudad parecía desierta y el olor del mar, el leve chapoteo del agua, el resplandor que los primeros rayos de sol arrancaban a las olas, transportaban al avogadore a una dimensión intemporal y serena, en la que habría permanecido para siempre. Venecia flotaba en el agua como una rêverie, un lugar más onírico que real.
El campo de San Giacomo dall’Orio aún estaba dormido y en silencio. Amplio y armónico, en él se exhibían los tres elegantes cuerpos semicirculares del ábside de la iglesia, una de las más antiguas y sugestivas de Venecia, y la severa fachada del palacio del Colegio de Médicos, donde lo esperaba el doctor Valentini.
Acudió a abrirle Gasparetto, el joven ayudante del médico, alto y delgado, vestido con una bata blanca, a cuyas espaldas apareció de inmediato la figura menuda y rechoncha de Guido, que sonreía de oreja a oreja.
—Qué valiente eres, Marco —dijo a modo de saludo—. Por lo general, tus compañeros mandan a un secretario a las autopsias que, dos veces de cada tres, no resiste más de cinco minutos. Ven, vamos a beber un café.
Abandonaron el vestíbulo, que unía el campo con la puerta de agua que daba al canal, y fueron a una pequeña sala donde Gasparetto entró enseguida con una bandeja y un plato de galletas aún calientes.
También Valentini llevaba una bata.
—No es una rareza —explicó a Pisani, que lo miraba con curiosidad—. Sé que mis compañeros hacen las autopsias con la velada y cubiertos de encajes. Sí, en época de carnaval, en algunos palacios lo convierten incluso en un espectáculo para el público, una costumbre horrenda, que revela una abominable falta de respeto por la muerte. Además, los que han estudiado medicina deberían saber que muchas enfermedades son contagiosas y que algunos cuerpos enfermos emanan unos corpúsculos minúsculos, invisibles al ojo humano, que en el siglo XVI el gran médico veronés Gerolamo Fracastoro denominó seminaria. En su opinión, estos pasan de un cuerpo a otro transmitiendo las enfermedades, si bien en aquella época los médicos preferían culpar a los miasmas del aire o al pecado original. ¿Ves esas marcas de viruela? —preguntó señalando su piel picada—. Cuando era niño, mis dos hermanos y yo la contrajimos al mismo tiempo. Uno de mis hermanos murió. Nos contagiamos unos a otros. En la actualidad, están investigando la enfermedad y no tardarán en encontrar un remedio.
Calló para mordisquear una galleta.
—Prueba una, Marco, Adalgisa acaba de sacarlas del horno. —Enseguida volvió a adoptar de nuevo un aire doctoral—: Pero, hace unos ochenta años —prosiguió en tono solemne, como si estuviera impartiendo una lección—, Van Leeuwenhoek, el comerciante de telas y genial fabricante de lentes del que ya te he hablado, vio en el microscopio los seminaria de los que hablaba Fracastoro. Se trata de unos seres minúsculos a los que él denominó animacula, que, precisamente, pueden pasar de un cuerpo a otro. —Movió dos dedos en el antebrazo de Marco para remedar el siniestro asalto de los seres invisibles—. Es un terreno aún inexplorado que me fascina. Además, ya sabes que la muerte conlleva el desagradable fenómeno de la descomposición, que puede perjudicar a los vivos. Así pues, todo lo relativo a la muerte y la enfermedad debe tratarse con una higiene absoluta. Pero ahora comencemos.
Con su paso saltarín, guio a Marco por el vestíbulo, en dirección a una puerta por la que se accedía al teatro anatómico. Tres filas de bancos de madera se iban reduciendo de forma gradual a medida que se acercaban al espacio oval que había en el centro, donde, encima de una mesa de mármol, yacía el cuerpo del pobre padre Bartolomeo, piadosamente tapado con una tela en las partes íntimas.
En la sala hacía frío y las ventanas estaban abiertas en la zona superior, para que circulara el aire. En las paredes se alternaban estanterías abarrotadas de libros y grandes ilustraciones anatómicas de las diferentes partes del cuerpo. En una repisa, al alcance de la mano, había una botella de licor y varios vasos.
Valentini y Gasparetto se acercaron a la mesa y se pusieron unos guantes de tela encerada, los instrumentos estaban alineados en un banco próximo. Marco tomó asiento en primera fila.
—Nunca he visto un cirujano con guantes —observó el avogadore.
—Pues todos deberían usarlos —aseveró Guido poniéndose las gafas—. Cuando estudiaba en París, mientras realizaba una autopsia, uno de mis compañeros se hirió de forma accidental en una mano con el bisturí con el que acababa de abrir un cadáver. En unos días la mano se le hinchó de forma espantosa, no pudieron hacer nada, el pobre murió en poco tiempo, víctima de unos tormentos atroces. No sé cuál fue la causa de la muerte, pero, sin duda, tuvo que ver con el hecho de haber estado en contacto con el cadáver, así que, desde entonces, tomo mis precauciones.
Valentini examinó para empezar el aspecto exterior del cuerpo, que aún estaba contraído en la rigidez cadavérica.
—Ves —explicaba entretanto—, murió hace unas doce horas. Dado el frío que hace, la rigidez tardará aún un día en desaparecer, pero nosotros queremos comprender cuanto antes la causa de su muerte, así que procederemos como podamos. Mira —exclamó después señalando a Marco las partes del cuerpo que estaban en contacto con la mesa—. Estas manchas oscuras son las manchas hipostáticas, donde la sangre se acumula cuando el corazón ya no la empuja por las arterias. Pero en este caso tienen un color rojo cereza inusual y eso es ya un indicio sospechoso.
Gasparetto abrió la boca del muerto con un fórceps y Guido examinó las mucosas internas.
—También aquí —explicó— veo algo extraño. Percibo un fuerte olor a almendras amargas y la mucosa parece congestionada. Incluso la lengua está roja e hinchada. Veamos el interior.
Gasparetto le tendió un grueso cuchillo de carnicero, afilado y puntiagudo, y Guido abrió con habilidad el cuello cortándolo en sentido longitudinal. A continuación, realizó dos cortes más profundos que, desde la garganta, se abrían formando un triángulo desde los lados del esternón hasta los costados y se unían después con una línea horizontal a la altura de la cintura.
Valentini trabajaba con rapidez y energía. La frente, surcada de arrugas, revelaba una gran concentración. Se interrumpió un instante para que Gasparetto limpiara con un paño el fluido que iba saliendo poco a poco del cuerpo y, después, inclinando la hoja del cuchillo, arrancó el panículo adiposo de la musculatura y de los órganos que había debajo.
—Al bueno del fraile le gustaba comer —comentó mirando a Marco de través—. Observa qué capa consistente de grasa tenía. Si no tengo cuidado con la cocina de Adalgisa, acabaré igual que él —concluyó sonriendo.
Una vez abierto el esternón, Gasparetto cortó con unas grandes tijeras los cartílagos de las costillas y los arrancó. También él manejaba los instrumentos con la seguridad que es fruto de la costumbre.
Valentini apartó los tejidos del cuello dejando a la vista la tráquea, que cortó en sentido longitudinal. De ella salió un chorro de líquido, que el ayudante se apresuró a limpiar. Los tejidos parecían congestionados, tan hinchados de sangre de color rojo cereza, que impedían la vista y el paso del aire. Debajo, el esófago también estaba muy hinchado.
—Sea lo que sea lo que ingirió, tuvo tiempo de bajar por la garganta —consideró el médico—. Y se diría que también lo respiró, porque la tráquea presenta una hinchazón inusual. Murió asfixiado.
—Ya —asintió Marco, tapándose la boca y la nariz con un pañuelo perfumado—. Los testigos nos contaron que se llevó las manos a la garganta como si se estuviera ahogando.
—Eso confirma mis sospechas, pero profundicemos un poco.
Protegido por los guantes, Valentini manipuló el pecho del muerto hasta que pudo abrir un hueco y sacar el corazón.
—Ves, Marco —observó mostrándole el órgano—, el corazón está dilatado y apoyado en un lecho de grasa. Le habría dado problemas en unos años. —Lo dejó encima de la mesa y lo cortó con habilidad valiéndose de un pequeño bisturí—. Pero lo que nos interesa es el color negro azulado y la densidad de la sangre que queda en los ventrículos. Es veneno, no me cabe la menor duda. Pero ahora déjame examinar los pulmones.
También los pulmones presentaban un inusual estado de hinchazón y estaban encharcados de sangre.
—Sí, no me equivocaba —mascullaba Guido satisfecho mientras cortaba el tejido pulmonar—. Una ojeada más al intestino y termino. Pero ¿qué te pasa, Marco? Estás tan pálido como el muerto —exclamó señalando al cadáver.
De hecho, Pisani, que jamás había asistido a una autopsia tan detallada, empezaba a sentirse mareado y el olor nauseabundo que se había elevado del intestino abierto del fraile le había asestado el golpe de gracia.
Gasparetto se apresuró a darle el licor aromático de hierbas. Marco se lo tragó de un sorbo y recuperó enseguida el color.
—No tienes, lo que se dice, un bonito oficio, ¿sabes? —observó nada más reponerse, un poco avergonzado de su debilidad.
—Te equivocas —replicó Valentini lanzándole una mirada irónica, con un brillo perspicaz en los ojos—. ¿Tengo que ser yo, sospechoso de ateísmo y masonería, el que te recuerde que el cuerpo humano es la maravilla más lograda de Dios? Conocer a fondo el funcionamiento de los órganos, comprobar que cada detalle está concebido para formar la máquina perfecta que somos los seres humanos, es una forma de oración. El párroco de aquí al lado, que de vez en cuando se entretiene con un anticlerical como yo, me lo dice también.
Mientras charlaba, Guido había vuelto a meter los órganos en el cuerpo del fraile, que ahora debía coser Gasparetto.
—Mañana te enviaré el informe escrito —concluyó.
—Pero ¿no puedes decirme enseguida lo que piensas?
Valentini, que había llenado varios tarros con la sangre del muerto y con un pedazo de pulmón, admitió:
—Quiero pedir su opinión a un amigo, que, además de ser farmacéutico en Santa Fosca, es especialista en venenos, así podré ser más preciso. Pero, como veo que eres curioso, te adelantaré lo que pienso. Estoy casi seguro de que la muerte fue causada por un veneno, el fraile debió de ingerirlo poco antes, porque tiene las vías respiratorias y digestivas superiores alteradas. Así pues, la taza de chocolate queda señalada. En lo tocante a la naturaleza del veneno, diría que se puede excluir el arsénico que utilizaban los Borgia, llamado también agua tofana, porque tarda veinticuatro horas en causar la muerte y quema el intestino. Si hubiera sido aceite de vitriolo, la víctima lo habría olido y no se lo habría bebido. Para matar a alguien, es más seguro usar el vitriolo con un enema. En cambio, creo que se trata de un veneno tan común como poco conocido. Se extrae de los huesos de algunos frutos, como los melocotones, las cerezas y, sobre todo, las almendras amargas. Huele a almendra, como tú también notaste, y es amargo, pero en las bebidas se puede corregir con azúcar. Es ideal para mezclarlo con el chocolate, siempre y cuando no se hierva, porque, en ese caso, pierde su poder letal. Si la concentración es justa, y el que preparó el que estaba destinado al fraile sabía lo que hacía, mata en muy poco tiempo por asfixia y causa convulsiones. Se reconoce por el color rojo cereza del cuerpo y por la sangre negra coagulada en el corazón.
—¿Has examinado el hábito? —recordó Marco.
—No he encontrado nada especial: nuestro fraile era friolero, llevaba calzones de lana. En el bolsillo solo había un breviario y una corona del rosario. Los he puesto aparte.
—Si has terminado, ordenaré que el lunes por la mañana lleven el cadáver y los efectos personales al monasterio. ¿No tenía ningún amuleto como el de sor Maria Angelica?
Valentini le lanzó una mirada penetrante.
—¿Estás tratando de relacionar las dos muertes? No, no tenía ningún amuleto en las manos ni en la ropa, pero eso no significa que no estén relacionadas.
—No tenemos ningún indicio. —Marco sacudió la cabeza—. Hoy hablaré de este asunto con el Dux. Si alguien se está dedicando a matar religiosos, tenemos un problema con la Iglesia. El papa acabará excomulgándonos, cosa que siempre constituye un problema en las relaciones diplomáticas.
Valentini sonrió con benevolencia, a la vez que cabeceaba.
—Te equivocas, Marco, el papa Benedicto XIV es un hombre inteligente y no va buscando pretextos para perjudicar al prójimo. Además, somos buenos amigos.
—¿Eres amigo del papa? —Ese hombre era una fuente de sorpresas.
—Ya sabes que fundamos juntos la Escuela de Cirugía de Bolonia, pero antes ya éramos amigos íntimos. Al papa Lambertini no le gusta rodearse de aduladores, sino de gente que diga lo que piensa, y yo, como puedes imaginar, siempre lo he hecho.
Cuando Pisani volvió a respirar el aire límpido del campo de San Giacomo era casi mediodía y un pálido sol parecía anticipar la primavera. Respiró a pleno pulmón y subió a su góndola, que Nani no había perdido de vista, a pesar de que se había entretenido jugando a las bochas en un rincón del campo en compañía de varios vecinos jóvenes.
Cuando desembarcó delante del Palacio Ducal, aún faltaba tiempo para la audiencia con el Dux, de manera que se encaminó hacia las Mercerie para comer algo en Menegazzo.
Mientras saboreaba un plato de folpetti, pulpo en salsa con polenta, sintió que le tocaban un hombro.
—Siéntate, Daniele —dijo sin siquiera volverse—. Cuéntame cómo te ha ido con la familia del padre Bartolomeo.
—Es buena gente. —El abogado Zen se quitó el sombrero descubriendo su cabellera rubia. Iba vestido con su habitual elegancia—. Fueron a buscarte al Palacio y Jacopo les dijo que vinieran a mi despacho. Les conté una excusa para justificar tu ausencia, no quería que supieran que, en ese momento, estabas viendo cómo despedazaban a su hermano.
—¿Cómo son?
Zen se sentó delante de él y pidió un plato de pinchos o cichéti.
—El padre Bartolomeo tenía un hermano, Gerolamo, y una hermana, Ida. Gente entrada en años. Salen adelante gracias a una tienda de telas y viven en el barrio de San Marco, detrás del campo Santo Stefano, encima del establecimiento. No sé si estaban más conmocionados o sorprendidos, no acababan de creerse que su hermano hubiera muerto así, de repente, lo atribuyeron a una enfermedad, y yo, al principio, no los contradije demasiado, me limité a decirles que estábamos verificándolo.
—Exacto, pero nosotros sabemos que hay una mujer involucrada en su muerte y que esta estuvo causada, casi seguro, como me dijo hace poco Valentini, por un potente veneno. ¿Has averiguado algo sobre la vida privada de fray Bartolomeo?
Daniele sonrió mientras bebía un sorbo de vino.
—Fue muy embarazoso. Gerolamo me contó que el pobre siempre había sido muy estudioso y obediente: el padre Bartolomeo era el intelectual de la familia. La hermana lo interrumpió para añadir que, hace quince años, Dios lo iluminó y entró en el convento, donde siguió los cursos del seminario y después se ordenó sacerdote. Está muy orgullosa de él. Le pregunté si nunca se había arrepentido, si había tenido alguna tentación… Ella se ruborizó. «Pero ¿qué dice, abogado? ¡Estamos hablando de un santo!», exclamó en tono de reproche. Yo tuve la osadía de replicar: «Pero incluso los santos, a veces…». Y ella se apresuró a responder: «¡Mi hermano, no!». Por suerte, Gerolamo intervino y, con los ojos brillantes, aseguró que pocos frailes eran tan alegres y bonachones como Bartolomeo, que solo pensaba en Dios. «En todo caso, tenía otras debilidades», añadió. Entonces me explicó que a su hermano le gustaba la buena comida y que, cuando volvía a casa, hacía siempre los honores a la cocina de Ida. Luego, como no es tonto, me preguntó por qué había hecho esas insinuaciones y tuve que decirle que sospechábamos que, quizá, lo habían envenenado. Se quedaron de piedra. «¿Quién ha sido? ¡Si jamás hizo daño a una mosca!», preguntó su hermana. En fin, ha sido penoso y no he sacado nada en claro.
El café Menegazzo se estaba llenando de parroquianos, entre los cuales había muchos conocidos, así que, a pesar de que no iban a poder mantener la muerte del fraile en secreto, era mejor que no siguieran hablando del caso en público.
—Cuando veas al párroco de los Santi Apostoli —murmuró Marco al oído de su amigo—, trata de averiguar si nuestro fraile conocía a sor Maria Angelica. Nunca se sabe, no debemos desechar ninguna pista. —Acto seguido, se despidieron con un abrazo.
Francesco Loredan, el centésimo decimosexto Dux de Venecia, estaba leyendo una carta al lado de la ventana que daba al patio de la sala Grimani de su apartamento privado, situado en la planta noble del Palacio, cuando le anunciaron que Pisani había llegado. Se volvió y, al sonreír, su viejo rostro se llenó de arrugas, en contraste con la vivacidad de sus ojos, brillantes bajo sus cejas blancas.
—Serenísimo Príncipe… —Marco hizo una reverencia.
—Deja estar el Serenísimo, muchacho —dijo Loredan abrazándolo con afecto—. Si algo falta aquí es la serenidad.
El Dux era amigo de la familia Pisani y conocía a Marco desde que había nacido.
—¿Cómo están tus padres? —añadió—. Me han dicho que, por fin, estás prometido.
Marco se quedó estupefacto y por un momento temió que el Dux lo desaprobara.
—Sí —admitió—. He conocido a una mujer especial, aunque no es noble. Pero, usted, príncipe, ¿cómo se ha enterado?
—Por suerte, tu madre, que, dicho sea de paso, no ha perdido ni una pizca del encanto que tenía en su juventud, visita de vez en cuando a este pobre viejo solitario y su conversación consigue animarme. Está encantada con tu elección y yo también. ¿Temes que desapruebe que te cases con una mujer que trabaja? —El Dux esbozó una sonrisa—. La grandeza de nuestra ciudad se funda en el trabajo y, como ya sabes, antes de dedicarme por completo a la vida pública, yo también me dediqué, y con éxito, al comercio. En cuanto a la aristocracia, cuando os caséis, tu prometida se convertirá en noble, como tú. Pero ven, sentémonos —añadió mientras se dirigía a un elegante salón, decorado a la última moda.
Marco quería al viejo Dux, al que consideraba una especie de tío. Sabía que era el último miembro de su familia y que nunca se había casado. Los Loredan, que hasta hacía unos años poseían 76 casas en Venecia y seis mil propiedades en el interior, casi se habían arruinado para financiar la carrera de Francesco y su elección al trono. Además, el Dux era de gustos muy refinados, de manera que no escatimaba en gastos en cuanto a ropa y recepciones se refería y había decorado suntuosamente las pocas salas del Palacio donde su cargo lo había confinado de por vida. En consecuencia, se rumoreaba que, para hacer cuadrar las cuentas, estaba considerando la posibilidad de alquilar al embajador de Austria su fastuoso palacio del campo Santo Stefano, que se había quedado vacío.
—Pero tú no has venido para hablar de esas cosas, claro —prosiguió el Dux—. Hacía mucho tiempo que no te veía. Algo importante debe de haberte traído aquí.
—A decir verdad, príncipe, así es. Vendría más a menudo, pero no quiero robarle tiempo.
—¡Oh, mi tiempo! —Loredan suspiró alzando los ojos al magnífico techo de la sala, tallado y pintado de dorado y azul—. Ya sabes que mis detractores, que son muchos, se burlan de mí, me consideran un títere. Pero cuéntame.
Marco le contó el asesinato de sor Maria Angelica y la muerte de fray Bartolomeo, sin pasar por alto que los dos delitos eran premeditados y estaban tan bien urdidos que aún no sabían nada de los culpables.
Loredan lo dejó terminar.
—Algo sabía ya —admitió al final—, pero ¿por qué has querido hablar conmigo? Sabes que mi poder es limitado.
Marco esbozó una sonrisa.
—Su palabra, príncipe, cuenta mucho y conviene que usted sea informado antes que el resto de los magistrados. Se trata de dos actos criminales cometidos contra dos miembros de la Iglesia, un asunto de Estado, por tanto, dado que afectan a las relaciones entre la Serenísima y la Santa Sede. Y aún no sabemos si los dos delitos están relacionados ni si las víctimas fueron agredidas como ciudadanos o como miembros del clero.
Loredan lo interrumpió:
—De manera que temes que la Santa Sede provoque un incidente diplomático y quieres que el gobierno esté preparado para tomar las medidas adecuadas.
—Exacto —asintió Pisani—. Sabe mejor que yo hasta qué punto hemos tenido que defender nuestras prerrogativas de independencia.
De hecho, ya en los albores de su historia, Venecia siempre había sabido proteger su autonomía, especialmente un siglo atrás, en la época del gran teólogo Paolo Sarpi, quien había establecido el principio de la laicidad del gobierno. En la Europa católica, el rey de Francia era ungido con los santos óleos, el emperador era coronado desde hacía siglos por el papa y los obispos eran nombrados por Roma, pero los venecianos, a pesar de tener iglesias maravillosas y abarrotar las ceremonias religiosas, eran una República desde hacía mil años y elegían a su patriarca, que solo debía ir a Roma para someterse a una prueba proforma de teología. Por si fuera poco, hasta los párrocos eran elegidos por sus feligreses. Además, los religiosos sospechosos de ser autores de delitos comunes se sometían a la justicia civil y no a la de los tribunales eclesiásticos.
—Por eso es importante que el gobierno esté al corriente de mis movimientos —concluyó Marco—. Voy a tener que afrontar a eclesiásticos enfurecidos, porque me ocupo de asuntos que, en su opinión, deberían ser competencia de la Iglesia. Será difícil, incluso en el caso de que me limite a descubrir quién mató a los religiosos.
Loredan se puso de pie para despedirse de él.
—No temas, tienes nuestra aprobación —dijo sonriendo—. Ya conoces el dicho: «Primero somos venecianos, luego cristianos». Remueve la podredumbre, como sueles hacer, y tráeme la verdad.