Matt
La Ciudadela se desmorona, un ladrillo tras otro, el vidrio y el mármol. Los supervivientes se han ido con mi padre, que los recibirá con los brazos abiertos. Su trabajo aquí ha acabado. Se han ganado el descanso. Otra explosión brilla en la atmósfera cuando más fragmentos de la Ciudadela llueven sobre la montaña.
Miro alrededor, buscando caras. Faltan algunos miembros del Tribunal, pero sabemos que el rey Ricardo ha ido a Atenas a liberar a lady Arabella. ¡Cómo me equivoqué al acusarla! Lorian dice que también él la trató injustamente.
—Algo que pretendo enmendar la próxima vez que nos veamos —ha explicado antes.
En cuanto a los demás miembros del Tribunal, lady Devine y muchos de sus soldados también han ido a Atenas para ser tratados en la sala de curación. La reina Brystianne, lord Samartyne y lord Penbarin hacen recuento de los soldados que les quedan. Shaun y Dillon se unen a ellos. Sin contar al señor Carter, todavía no sabemos nada de seis de los nuestros. ¿Dónde están Ethan y Neriah? Lo último que supimos fue que habían huido de la sala de control con los demás miembros del Tribunal y los soldados. Al parecer, nadie los ha visto desde entonces.
Otra explosión rasga el aire cuando la Ciudadela acaba de desmoronarse. Es el laberinto, la parte de la Ciudadela que Lorian y yo nos hemos asegurado de que se destruyera en último lugar. Pero no hay rastro de mi hermana, ni de Rochelle, Arkarian y Jimmy, que en aquel momento estaban allí. Lo único que podemos hacer es esperar, y confiar en que hayan podido escapar. Pero a medida que pasan los segundos y el polvo comienza a posarse cuando el último ladrillo cae del cielo, todos comenzamos a preocuparnos.
Shaun es el primero en perder los nervios.
—¡Debe de haber algo que podamos hacer! ¡Alguna manera de localizarlos!
Busco alguna señal de sus pensamientos, impulsando mi mente hacia los restos que hay en el suelo y en la atmósfera. Nada.
Dillon frunce el semblante y corre hacia un extraño objeto que cae del cielo.
—¿Qué es eso? —Coge el objeto y nos lo trae.
Es un cinturón de cuero negro. Lo levanta ante nosotros para que lo identifiquemos.
Shaun niega con la cabeza.
—No lo reconozco. No creo que sea de Jimmy ni de Arkarian.
Lo cojo, y me llega una poderosa descarga de pensamientos de Rochelle, que me permite saber dónde están. Echo a correr en dirección sur.
—¿Dónde vas? —grita Dillon detrás de mí.
—Ya llegan. Y van a darse un buen costalazo.
Los cuatro aterrizan en un círculo muy pequeño. Cuando comienzan a levantarse, Rochelle se pone los guantes rápidamente.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Eso creo —dice asintiendo con la cabeza.
Isabel es la siguiente. Se arrastra hasta Arkarian para comprobar si está herido. Éste le asegura que se encuentra bien, e Isabel se acerca a Jimmy.
—¿Tienes algo roto?
—El tobillo.
—No te muevas. —Le pone la mano en la pierna y comienza a curarlo inmediatamente.
Lorian me habla en sus pensamientos. Me hace saber que se halla en lo alto de la colina y que deberíamos ir sin dilación.
—¿Todos los demás están bien? —se interesa Isabel.
—Por desgracia, no todos han llegado aún —dice Shaun con un temblor en la voz.
Rochelle tiene algunas preguntas, pero se percata de que aún me estoy comunicando con Lorian, cuyos pensamientos me hacen fruncir el entrecejo con gesto de preocupación. Rochelle me toca el brazo.
—¿Qué ocurre?
—Lathenia aguarda con su ejército en la colina.
—¡Dios mío! —exclama Dillon—. Pero si acabamos de destruir todo su ejército. ¿Qué otras sorpresas nos reserva?
Con ese sombrío pensamiento nos encaminamos hacia lo alto de la colina, donde la silueta de Lorian se yergue como una sombra anhelante al sol de la tarde. Cuando nos acercamos, se vuelve hacia nosotros. Sus ojos reflejan una rabia feroz. Al ver a Arkarian, suaviza un momento su expresión, pero rápidamente vuelve a endurecerse. En mi interior, el corazón comienza a palpitarme con un ruido sordo. ¿Qué nos aguarda ahora? Y entonces comprendo la expresión de Lorian. ¡Ethan y Neriah han sido capturados! Lathenia ha debido de sorprenderlos en medio de todo ese torbellino cuando la Ciudadela caía. Ahora son sus prisioneros, y los tiene encerrados en unas jaulas suspendidas a gran altura del suelo que chisporrotean con verdes destellos eléctricos.
Pero Ethan y Neriah no son las únicas armas que Lathenia ha traído a esta batalla final. Detrás de las jaulas, formados en hileras zigzagueantes que se pierden en el horizonte, se ve un ejército de demonios inquietos que gruñen, resoplan y dan patadas en el suelo. Los hay a cientos, quizá incluso a miles. En la primera fila distingo a uno que me llama especialmente la atención. Es su líder. Es a él a quien habré de vigilar, con quien tendré que enfrentarme.
A mi lado, oigo a los demás que ahogan un grito y se lamentan. Lord Penbarin sacude la cabeza, incrédulo, y la reina Brystianne se aprieta la tela que le rodea el cuello. Ambos están impresionados.
Shaun no puede apartar los ojos de su hijo. —¿Cómo ha ocurrido?
Rochelle intenta consolarlo.
—Los devolveremos al lugar de donde han salido.
Dentro de mí crece un fuego. Me dispongo a adelantar a Lorian, pero me detiene poniéndome la mano en el pecho.
—Conserva la calma. Recuerda ahora, más que nunca, las habilidades que tu padre te enseñó.
—¡Mataré a la Diosa y a todos los de su ejército!
—¡Yo me encargaré de eso! —exclama en voz baja—. Ya he pagado un precio demasiado alto por no haberlo hecho antes. Haber utilizado a esos dos como rehenes será su perdición. Ha ido demasiado lejos.
Isabel se acerca a mí, y sus ojos pasan de Ethan a Neriah repetidamente.
—Les han golpeado. Ethan tiene algunas costillas rotas y apenas puede respirar. Neriah también tiene heridas, pero se está curando sola.
Dirijo la mirada a Neriah, y nuestros ojos se encuentran. Siento que me recorre su dolor cuando me dirige sus pensamientos. «Las jaulas están electrificadas. Nada puede atravesarlas. El plan de Lathenia es llevarnos con ella. Primero tienes que salvar a Ethan. Lo conoces de toda la vida. Su madre no puede perder otro hijo, y... yo estaré contigo, no importa en qué mundo me vea obligada a vivir.»
«¡No! Tienes que escucharme...»
Lorian se vuelve y dice:
—Vigila tus pensamientos. Mi hermana los oye. Mira su sonrisa.
Lorian tiene razón. La sonrisa de Lathenia es artera e incluso... exultante. Quiere obligarme a cometer un error, a que me deje dominar por mis emociones. Y a su derecha, Marduke permanece vigilante. De vez en cuando desvía la mirada hacia donde está su hija, y no puedo por menos que preguntarme: ¿cómo es posible que un padre haga eso? De pronto suelta un bufido y le sale volando baba de su hocico de cerdo. He ahí su respuesta.
Mis ojos se desvían hacia el demonio que hay a su lado. En una mano sostiene una cadena; en la otra, un hacha. Se me queda mirando, y mientras me sostiene la mirada, levanta las dos armas y suelta un gruñido. Su mensaje es claro. Busco en mi interior una respiración serena.
Shaun me toca el brazo por detrás, haciéndome dar un respingo.
—¿Por qué mi hijo no utiliza sus alas y huye de la jaula?
—A lo mejor no puede —dice Dillon—. No tiene muy buen aspecto.
—No dejará que Neriah muera sola —añade Rochelle.
Tiene razón. A veces he tachado a Ethan de indigno. Cuánto me equivocaba.
Isabel suspira.
—He podido curarlos, así que al menos ahora podrán respirar mejor. Mira, Ethan está cerrando los ojos. Creo que está tramando algo.
Busco en sus pensamientos. Están ocupados, muy ocupados. Me retiro para no interferir en lo que tiene planeado. Sin
apartar los ojos de Ethan, me vuelvo ligeramente hacia quienes me rodean.
—Preparad vuestras armas y esperad mi señal. Jimmy, apunta a la retaguardia. Isabel, ocúpate de los del medio. Arkarian, tú irás allí donde se te necesite.
Isabel me da un codazo.
—Pon a Rochelle a mi lado.
—¿Por qué? —le espeta Rochelle, que la ha oído.
Niego con la cabeza levemente, lo suficiente para que Isabel sepa que tendré cubierta a Rochelle y para zanjar el tema.
—Simplemente se me ocurrió que trabajamos bien juntas —explica Isabel sin convicción, pues no quiere alarmar a Rochelle. Ya ha sufrido bastante en las últimas horas; no queremos que tenga más motivo de preocupación.
Rápidamente acabo de dar las últimas instrucciones.
—Shaun, tú y Dillon destruid las primeras filas.
—Recuérdalo, Matt —dice Lorian—, Lathenia es mía.
Aunque me encantaría enfrentarme personalmente con esa Inmortal, hay tanta pasión en la voz de mi tío que no me atrevo a discutir.
—Y yo ¿qué hago? —me pregunta Rochelle.
—Una vez me liberaste de las cadenas de Marduke, y ahora quiero que hagas lo mismo por Ethan y Neriah. Y en cuanto los hayas soltado, ven a primera línea y lucha a mi lado.
—¿Puedo recuperar mi cuchillo?
—Tu cuchillo no cortará esas jaulas electrificadas.
—No, lo quiero para luchar contra los demonios.
Me la quedo mirando un momento. ¿Otra vez con lo mismo?
—Tu cuchillo no te servirá contra esas criaturas. Deberás utilizar las manos.
Lanza un vistazo a esas bestias y le recorre un escalofrío.
—Pero, Matt, no sabes lo brutales que son. El señor Carter les tenía verdadero terror.
—Yo lucharé a tu lado. ¿Entendido?
Lorian me hace saber que algo ocurre. Justo ante nuestros ojos, Ethan y Neriah comienzan a disiparse. Al cabo de unos segundos los dos han desaparecido.
—¿Qué está pasando aquí? —exclama Lathenia, introduciendo repetidas veces la espada en la jaula de Ethan. Saltan chispas y la electricidad chisporrotea. Toda la jaula vibra con
el impacto. Ahora le toca el turno a la jaula de Neriah. Y de nuevo, nada—. ¡Marduke! ¿Dónde han ido? ¿Has hecho algo para liberarlos?
Este reivindica su inocencia, y la momentánea confusión de ambos me indica que es el momento de actuar. Debemos aprovecharnos de esta ventaja. ¿Quién sabe cuánto durará la increíble ilusión de Ethan? Levanto la mano y la dejo caer.
—¡Ahora!
Jimmy lanza sus granadas hacia la retaguardia, sembrando el caos. Marduke ordena a los demonios que ataquen. Éstos gruñen, resoplan y dan patadas al suelo, y a continuación, armados con sus hachas, espadas y cadenas, cargan contra nosotros.
Espero no haber infravalorado a esas bestias. Son completamente distintos de los carrizos y de cualquier otra criatura con que nos hayamos enfrentado hasta ahora. Tan sólo su olor es suficiente para dejarnos fuera de combate.
Shaun lucha contra dos demonios al mismo tiempo. De repente aparecen el rey Ricardo y lady Arabella. Tendré que disculparme con ella, pero ahora no es el momento. Lady Ara-bella mira alrededor, buscando a alguien, y yo señalo colina abajo.
—Está por ahí, milady, cubriendo el flanco norte.
Ella asiente y se pone en marcha, mientras el rey desenvaina su espada y ayuda a Shaun.
Yo entablo combate con el líder de los demonios. Sin perder un instante, me lanza su cadena con increíble destreza y se apodera de mi hacha. Dirijo mentalmente todo mi poder a mis dedos, y en la misma fracción de segundo lo proyecto hacia él. Una luz azul parpadea en el espacio que nos separa, y el demonio sale despedido hacia atrás. Cuando da con sus huesos contra el suelo emite un gruñido, y aunque en su vientre hay ahora un gran agujero, consigue ponerse en pie. De inmediato se abalanza de nuevo sobre mí, embistiéndome con la cabeza contra el pecho. Retrocede y vuelve a embestirme, blandiendo su cadena y mi hacha con una fuerza inhumana. Lo agarro del brazo para recuperar mi arma, pero él, con la mano libre, me azota la espalda con la cadena. Siento el dolor una y otra vez. Ahora soy yo quien gruñe. Intento apresarle el otro brazo, pero es inteligente y me esquiva. Tan sólo con su peso me empuja y me tumba de espaldas en el
suelo. Intuyendo la victoria, me aprisiona el cuello con la rodilla, cortándome el suministro de aire. Utilizaría mi poder para quitármelo de encima, pero me cuesta respirar. De repente levanta el hacha sobre mi cráneo. Aún resollando, la observo mientras baja.
En ese momento, el demonio chilla y arquea el brazo hacia atrás. Un látigo se le ha enroscado en el pecho, apartando su cuerpo de mí y dejando a la vista la figura de Arkarian, con su mata de pelo azul.
—¿Cómo es que esa bestia te estaba derrotando? —dice, tendiéndome la mano.
Me encojo de hombros y recupero mi hacha.
—Me ha dejado sin respiración.
Arkarian encuentra divertida mi respuesta.
—¿Así de fácil? Bueno, de todos modos, estabas perdiendo el tiempo con ese demonio, y te necesitan en otra parte. Lorian está luchando con Lathenia.
—¿Qué hay de Ethan y Neriah?
Señala con el dedo hacia las jaulas. Rochelle ha bajado la de Neriah, y está destruyendo la malla con sus manos. Neriah vuelve a estar visible, y casi libre, pero Marduke se ha dado cuenta, y Rochelle necesita más tiempo.
Cierro los ojos y encuentro mi centro interior. Sobre nuestras cabezas, unas nubes negras se congregan a mis órdenes, trayendo un fortísimo viento. Marduke se vuelve en la dirección del viento, y le golpea un rayo. Pero éste no procede del cielo, sino de la mano de su hija. Marduke exhala un lamento quejumbroso, y, cuando Neriah se acerca a su lado, suelta un bufido y desaparece.
Echo un vistazo en derredor. El campo de batalla es un revoltijo de demonios muertos. Nuestras armas son eficaces, y me alegra ver que Neriah ha sido capaz de esconder la suya mientras era prisionera de Lathenia. Espero que Ethan haya podido hacer lo mismo, pero, no sé por qué, lo dudo. Su arma era más difícil de esconder.
Nos atacan varios demonios más y, durante los minutos siguientes, Arkarian y yo nos dedicamos a rechazarlos. De repente Neriah está a mi lado, y utiliza su arma cuando sufrimos un nuevo ataque. Sonríe y mi espíritu se eleva.
Un chillido, totalmente distinto a cualquier otro que haya oído, desgarra el aire. Todos los humanos y todas las criaturas se detienen y miran a los dos Inmortales, que están enzarza-
dos en un combate puramente físico, blandiendo cada uno una espada y un cuchillo.
—Así que a esto hemos llegado, hermana. Debí haber acabado contigo cuando tuve oportunidad de hacerlo, en el vientre de nuestra madre.
Con los ojos echando chispas, Lathenia suelta un chillido y le lanza una estocada.
—¡Aja! Por fin admites haberme privado mediante engaños de mi primogenitura.
—No —replica Lorian, devolviendo el golpe—. Yo no te engañé, pues tú no estabas destinada a ser la primogénita.
—¿Qué estás diciendo?
—Iba a ser Dartemis.
—¡Mientes! El era el pequeño.
—Él siempre fue el más inteligente. Dejaba que riñéramos entre nosotros.
—¿Estás diciendo que no codiciaba el trono, aunque le perteneciera legítimamente?
—Es un dios de paz. Se limita a esperar a que llegue por sí solo a sus manos.
—Lo dices como si aún viviera.
—Eso es algo que nunca sabrás. —Y con esas palabras, desarma de una estocada a su hermana, y cuando Lathenia se queda mirando cómo su espada vuela por los aires, Lorian le hunde la suya en el pecho.
Por un segundo Lathenia se queda inmóvil, y luego baja unos ojos como platos hacia la espada que tiene incrustada entre las costillas.
—¿Tenías que matarme?
—Debía hacerlo. Tu muerte es la única solución.
Con una prolongada mirada de incredulidad, los ojos de Lathenia se cierran.
Lorian suspira y aparta la mirada, lo que es un error. Los ojos de Lathenia vuelven a abrirse de golpe y se incorpora a medias. Aún empuña la daga. Utilizando lo poco que le queda de su fuerza inmortal, la lanza con inusitada fuerza contra Lorian.
Este se vuelve al oír el sonido. Otro error.
—¡Padre! —exclama Arkarian.
La daga se clava en la garganta de Lorian. La rodea con las manos, pero la expresión de sus ojos revela que ya es consciente de su destino. Sabe, al igual que su hermana, que está a punto de morir.
Cae al suelo. Lady Arabella, Arkarian e Isabel corren hacia él, pero ya es demasiado tarde. Hermano y hermana han muerto.