Matt

Aterrizo de bruces en el interior de una habitación de la Ciudadela que parece más bien una floristería. Varios arco iris cruzan el techo. Mientras los miro, el olor de las flores me irrita la nariz y estornudo.

Veo una mano que desciende hacia mí y me agarro a ella. Es Ethan, que me ayuda a levantarme con expresión de disculpa.

—Creía que te había enseñado a aterrizar.

—Pues no recuerdo haber recibido instrucciones al respecto.

—¡Oh, lo siento!

—Olvídalo. Tengo la piel dura.

—Eres más tolerante que tu hermana. Ella me chillaba e increpaba cuando fallaba en sus aterrizajes.

Niego con la cabeza.

—No me extraña. Isabel está obsesionada con demostrar su habilidad para permanecer sobre sus pies.

Arkarian se materializa ante nosotros y observa el aire fragante y los arco iris que se mueven sobre nuestras cabezas.

—No había visto la Ciudadela tan feliz desde mi regreso del Inframundo.

—Lo dices como si la Ciudadela sintiera emociones. ¿Acaso este lugar no es sólo un edificio?

—Es mucho más que eso, Matt. Fue diseñado por un Inmortal, y reestructurado y perfeccionado por otro. Cuando hablo de que tiene emociones me refiero a los seres que viven aquí y forman parte de ella, como los ladrillos y la argamasa de sus paredes. Pero no nos distraigamos de lo que estáis a punto de hacer.

Con la mano recorre el alto respaldo de cuero blanco de una de las tres sillas que hay en la sala. Luego se sienta y nos invita a Ethan y a mí a que lo imitemos.

—Adoptaréis las identidades de dos científicos —explica—. Tú, Ethan, serás el botánico Henry Robins, y tú, Matt, el astrónomo Edward Cowers. Estas dos personas no existen en la realidad, pero hemos creado una reputación para vosotros. El astrónomo oficial del Endeavour, Charles Green, tiene muchísimo interés en conocerte, Matt. Posee un talento especial para calcular las distancias en el mar, guiándose sólo por la posición de la luna y las estrellas. No hay muchos científicos de su época que puedan hacerlo. Está impaciente por hablar contigo de instrumentos de navegación.

—Pero ¿cómo voy a resultar convincente? No sé nada de navegación.

Arkarian le lanza una mirada a Ethan, salpicando mi memoria con el polvo del conocimiento. Agito una mano para hacerle saber que recuerdo la explicación de Ethan, pero probablemente él ya ha leído mis pensamientos. Después de todo este tiempo de entrenamiento, aún no sé cómo cerrar mis pensamientos a los Videntes. No lo consigo.

Arkarian continúa con sus instrucciones.

—Os mostrarán el barco y os presentarán a varios miembros destacados de la tripulación. Debéis procurar enteraros de todo lo que ha ocurrido en el barco en las últimas horas. En el breve plazo en que el Endeavour ha estado fondeado en Plymouth, dieciocho hombres han desertado de la embarcación, pero el capitán los ha sustituido por otros. Joseph Banks, el científico y aventurero, llegará justo antes que vosotros, acompañado de su amigo, un médico suizo llamado Daniel Solander. Aparte de esos dos caballeros, en esas últimas veinticuatro horas no debería haberse producido ningún cambio más entre los miembros de la tripulación. ¿Me seguís?

Espera a que asintamos antes de continuar.

—Sobre todo, recordad que debéis abandonar el barco antes de que salga del puerto. Puedo haceros volver de cualquier parte, incluso del mar, pero si sois vistos por la tripulación cuando zarpe, tendréis que quedaros a bordo hasta que toque tierra, y no podéis permitir que esto suceda, pues el barco tardará meses en volver a fondear.

—Entendido —dice Ethan—. Tenemos que hacer el trabajo y largarnos.

Cuando Arkarian nos deja solos, Ethan me lleva por unas escaleras que desaparecen a medida que avanzo por ellas.

—¿Por qué pasa esto? —no puedo evitar preguntar.

—Por seguridad —explica Ethan—. Así no dejamos rastro de por dónde venimos ni de por dónde salimos.

Llegamos a una habitación de paredes forradas de tela. A medida que avanzamos junto a ellas, nuestras ropas se transforman y, cuando me miro en uno de los muchos espejos, no puedo creer lo que veo. Llevo unas calzas blancas y unos zapatos negros ajustados con grandes hebillas de plata. Me pongo de lado y meneo la cabeza al ver la altura de los tacones. Recorro mi cuerpo con la mirada y veo una camisa blanca con volantes y mangas holgadas, remetida en unos pantalones negros muy ajustados que me llegan hasta media pantorrilla. Sobre la camisa llevo un chaleco marrón y una casaca descolorida.

Estoy ridículo.

—¿De verdad espera que llevemos este atuendo? —Le echo una mirada a Ethan. Sus ropas son del mismo estilo que las mías, pero no se le ve incómodo—. ¿Se parecen estas ropas lo bastante a las de esos científicos para que no descubran que somos unos impostores?

—Son auténticas —explica Ethan, alisándose el chaleco—. Estas casacas estaban de moda en mil setecientos sesenta y ocho. ¿No os ha enseñado esa época de la historia el señor Carter?

—Yo no estudio historia.

—Todo el mundo tiene que estudiar historia en los primeros años.

—Bueno, pues no recuerdo haber aprendido nada de eso.

—Da igual —dice Ethan, arrastrándome hasta el centro de la habitación—. Tal vez necesites una dosis extra de polvo del conocimiento.

Una fina capa de polvo cae del techo y se va posando sobre nosotros; al instante me siento cómodo con la indumentaria, pero, aún más extraño, me doy cuenta de que poseo un inmenso conocimiento del universo, de la posición de las estrellas y las constelaciones. Me viene a la mente la imagen de un sextante, y de algún modo sé que ese instrumento ha reemplazado al cuadrante, pues mide las altitudes y los ángulos con mayor exactitud.

Después de sacudirme con la mano parte del polvo extra que tengo en la cabeza y los hombros, Ethan me guía a otra

habitación situada en un nivel inferior. Vuelven a aparecer los colores del arco iris, sólo que ahora en tonos pastel más apagados, y el aroma de las flores es más sutil. Tengo la sensación de que la Ciudadela no sólo es feliz, sino amable conmigo.

Se abre una puerta en la pared de enfrente, y Ethan me instruye acerca de cómo caer y aterrizar sobre los pies. Me asomo y veo el muelle donde está fondeado el Endeavour. No hay duda de que allí abajo hay mucha actividad. Es de día, pero el cielo está nublado y hay poca luz.

—¿Qué ves? —pregunta Ethan.

Me encojo ligeramente de hombros.

—Todo. El barco, la tripulación, sacos, aparejos, toneles, barriles de todas las formas y tamaños que están subiendo a bordo. Hay un ambiente muy bullicioso allí abajo, y de una de las tabernas llega música.

Me escruta, ceñudo.

—¿Pasa algo?

—No. Nada. Es sólo que normalmente los principiantes no ven con tanta claridad. —Sin dejar de mirarme, me indica que salte—. Tú primero. Yo te seguiré.

Respiro hondo, intentando no pensar en lo que me espera.

Aterrizo sobre los pies en un tranquilo y oscuro callejón. Oigo un golpe detrás de mí, me giro y veo a Ethan, que me da una palmadita en la espalda.

—Lo has hecho muy bien. Venga, vamos.

Salimos a una calle adoquinada, y tenemos que esquivar a un marinero que lleva una hamaca a la espalda.

—Perdonen, caballeros —dice—. ¿Se dirigen al Endeavour? -Ethan asiente y el marinero añade—: Estamos esperando a que el viento cambie. —Levanta la hamaca—. Hoy me he agenciado una cama. Al capitán le gusta tener el barco en orden.

Ethan se quita el gorro a modo de saludo.

—Nos veremos a bordo.

De pronto caigo en la cuenta de dónde me encuentro. Estoy a punto de conocer al capitán James Cook, el explorador que descubrió la costa este de Australia. Eso sí lo sé. Y también sé algo de su ocupación actual: es un joven capitán de la Armada de Su Majestad.

—¿Por qué fueron tan importantes los viajes de Cook?

Ethan está impaciente por explicarme lo que sabe.

—Sus viajes en busca del gran territorio del sur allanaron el camino a la colonización de Australia.

—Sí, eso lo sé.

—Bueno, sus viajes contribuyeron al conocimiento de la navegación e incluso de la geografía. Sus mediciones y mapas eran tan exactos que se siguieron utilizando durante más de cien años. Sus hombres no morían de escorbuto porque Cook los obligaba a seguir una dieta que incluía frutas y verduras, y fue el primer capitán que calculó las coordenadas geográficas con exactitud matemática. Cartografió todo el norte y el sur de Nueva Zelanda, así como la costa este de Australia.

Doblamos en una esquina y salimos al muelle. Veo el barco y me detengo a mirarlo. Es más grande de lo que imaginaba. Se oye el crujido del maderamen al mecerse y cuando el casco roza contra el muelle. Parece tan... real. Ethan me da un golpecito en el hombro, y señala con el dedo. Un hombre vestido con un estilo muy parecido al nuestro, pero de casaca rojo brillante, se nos acerca.

—Ustedes deben de ser Robins y Cowers. Bienvenidos al Endeavour.

Ethan nos presenta y el hombre nos estrecha la mano.

—Zacharias Hicks, teniente de navío. Por favor, suban a bordo. El capitán los espera.

Mientras nos muestra el barco, Hicks va soltando datos. Los marineros se apartan a nuestro paso.

—Mide ciento seis pies de popa a bauprés, y veintinueve pies y tres pulgadas en el bao. —A continuación nos explica para qué se usan algunas de las maromas y jarcias—. Tienen suerte de que aún estemos aquí. Si el viento sigue cambiando, zarparemos pronto.

El teniente nos enseña los veintidós cañones del Endeavour, y luego descendemos hasta la bien surtida bodega. Nos explica que zarparán con varias toneladas de carbón, madera de repuesto, toneles de alquitrán y brea, herramientas, telas para reparar las velas, cáñamo para las maromas y las jarcias, y suficientes víveres para la tripulación.

—Mil doscientos galones de cerveza, mil seiscientos galones de alcohol, cuatrocientas piezas de cerdo salado... —Mientras nos recita el resto de sus impresionantes provisiones, nos conduce hasta el alcázar, donde hace poco se han dispuesto seis pequeñas cabinas: una para el capitán, otra

para Charles Green, y el resto para Joseph Banks y sus hombres.

A continuación visitamos la cubierta inferior, donde viven, comen y duermen la mayoría de los hombres que emprenden este viaje de tres años. En ese momento está abarrotada de tripulantes que buscan un sitio donde colgar sus hamacas y colocar sus bártulos. Me pregunto cómo vamos a identificar entre tanta gente a los dos hombres que estamos buscando. Ethan debe de estar pensando lo mismo, pues sus ojos se fijan más en los rostros que en las dependencias del barco.

—¿Zarparán con la tripulación completa? —le pregunta al señor Hicks.

—Esta mañana hemos perdido a dos hombres —dice, mirándonos a los dos—. Si lo desean, hay sitio para ustedes. Estoy seguro de que el capitán estará encantado de tener a bordo a dos científicos de su calibre.

Seguramente Ethan está pensando en esos dos marinos que esta misma mañana abandonaron el barco. ¿No dijo Arkarian que la tripulación del barco no debería haber variado en las últimas veinticuatro horas? Pero Hicks al parecer habla en serio cuando nos propone zarpar con el Endeavour. Señalo a Ethan.

—Por desgracia no conseguimos acostumbrarnos al movimiento de la nave —dice, esbozando una amplia sonrisa.

Hicks prosigue con la visita, hasta que al final llegamos a un camarote situado en la popa del barco, de cuyo techo cuelgan unos faroles que añaden una luz extra, aun cuando es de día y en el cielo se están abriendo claros.

Es aquí donde nos encontramos con el capitán Cook y Joseph Banks. El capitán nos estrecha la mano y nos presenta a los dos científicos. Banks entabla enseguida conversación con Ethan, mientras el astrónomo, Charles Green, parece en extremo impaciente por transmitirme sus conocimientos.

Nos sirven una comida ligera. Se respira una atmósfera de aventura a medida que el viento arrecia. Ethan se acerca a mí.

—Voy a ver qué puedo averiguar por ahí. No pierdas de vista al capitán.

Pero éste, que desea zarpar cuanto antes, nos explica que tiene cosas que hacer en cubierta y amablemente le sugiere a su colega, el señor Green, que me enseñe su equipo matemático antes de que yo abandone el barco. Así pues, no me queda más remedio que acompañar a Green a lo que denominan «el Gran Camarote», una habitación con escritorios y sillas de madera, que será compartida por el capitán, los científicos y sus acompañantes. Me pregunto qué debe de sentir uno después de casi tres años a bordo, y si el capitán habría emprendido con tanto entusiasmo el viaje de haber sabido cuánto iba a durar. Lo dudo. Parece tranquilo, como si estuviera en su casa.

Una vez que Charles Green me ha enseñado sus instrumentos, voy en busca del capitán Cook. Lo encuentro en cubierta impartiendo órdenes a un par de marineros que suben por los flechastes y avanzan por las vergas para desplegar la vela mayor. Hicks me ve.

—¿Aún sigue aquí, amigo mío?

—Estaba echando un último vistazo antes de abandonar el navío.

—Más le vale andarse con cuidado o acabará zarpando con nosotros.

Cuando Hicks se aleja, Ethan se me acerca corriendo.

—Esto no me gusta nada.

—¿El qué? Yo no he visto nada raro.

—Lo de esos dos desertores.

—¿Y qué crees que eso significa?

—Significa que la Orden ya ha hecho su trabajo.

—Pero... —Mis ojos se desplazan hacia el capitán Cook, que se encuentra al timón, observando a dos marineros que están en las crucetas echando los juanetes al viento— no parece que corra ningún peligro.

—Precisamente por eso.

—No lo entiendo.

—Van a volar el barco, Matt.

Me quedo mirando a Ethan.

—¿Qué?

—Sí. Con toda la carga y la tripulación. Para hacer el mayor daño posible. ¿No te das cuenta? Lathenia no pretende aniquilar sólo al capitán Cook. Destruyendo el Endeavour, se asegura de que el viaje quedará cancelado.

¡Caramba, es cierto!

—¡El Endeavour está a punto de zarpar!

Ethan levanta la mirada mientras los marineros manejan las maromas y las guindalezas.

—Sí, lo sé.

—¿Qué hacemos, entonces?

—Ahora nos irían bien las manos de Rochelle. Sólo tendría que pasarlas por la madera para encontrar los explosivos.

—Bueno, pero no está aquí. ¿Alguna otra idea? —No quería hablarle con tanta brusquedad—. Lo siento.

—No te preocupes. Encontraremos una solución.

¿Dónde pueden haber colocado el explosivo esos dos «marineros»?

—Supongo que habrán subido a bordo e ido directamente...

—¡A la zona que les han asignado en la cubierta inferior! —Me da un golpecito en el pecho con el dorso de la mano—. ¡Eres un genio!

Bajamos procurando no llamar la atención. Aún hay mucha actividad, pero, asombrosamente, la mayor parte del equipaje de la tripulación ya está guardada. Ethan ve a un marinero con el que antes ha charlado.

—Esos dos hombres que saltaron esta mañana, imagino que no has visto dónde colocaron su equipaje...

El marinero señala la parte más alejada de la popa y suelta una risita.

—Ahí, en ese rincón. Un lugar bonito y acogedor. —Sonríe. Cuando nos alejamos nos grita—: Eh, el barco está a punto de zarpar.

Sin hacerle caso, comenzamos a hurgar, buscando alguna cavidad entre las cajas y demás enseres. Sobre nuestras cabezas se oye un ruido sordo: es el viento, que infla las velas. A continuación notamos un crujido de maderas y la embarcación da un bandazo.

Ethan me mira con unos ojos como platos.

—¡Tenemos que darnos prisa!

Comenzamos a buscar frenéticamente, arrojando bártulos a nuestro alrededor, dejándolo todo desordenado.

—¡No está aquí!

—¡Pues tiene que estar!

Seguimos buscando, pero no encontramos nada.

—Tal vez se trata de un error. A lo mejor Arkarian se equivoca y no va a pasar nada.

—Chitón —dice Ethan—. No pronuncies su nombre hasta que estemos listos para irnos. Y créeme, no se trata de un error.

Una sensación de desánimo me revuelve las tripas cuando el barco comienza a alejarse del muelle, entre los chillidos agudos de las gaviotas que echan a volar.

—¡En el camarote!

—¿Qué? —pregunta Ethan.

Comienzo a moverme con una idea que cobra forma en mi cabeza.

—Si quisieran causar el mayor daño posible y asegurarse de que aniquilaban al capitán Cook y sus más preciadas pertenencias, entonces lo lógico sería que colocaran los explosivos debajo del Gran Camarote, donde guardan todo el equipo científico.

—No recuerdo haberlo visto.

Pero yo sí. En algún lugar en medio del barco. Ethan entra conmigo en el camarote, y a los pocos segundos veo que arranca el extremo de un tablón del suelo sospechosamente suelto. Lo fuerza con una palanqueta y enseguida aparecen los explosivos: seis gruesos cartuchos atados con una cuerda.

—Es dinamita —murmura—. La Orden no entiende de reglas.

—¿Qué quieres decir?

Levanta la mirada un momento.

—La dinamita aún no ha sido inventada. —Se percata de que en el centro hay un reloj—. Mira esto. ¡Va a explotar dentro de tres minutos!

—Tenemos que librarnos de él.

—Sí. —Da un tirón, pero no se mueve—. Lo primero es lo primero.

—Tienes razón.

Actuando con cautela, Ethan sujeta la bomba mientras yo intento cortar las correas que la mantienen atada. Se me hace una eternidad; el tictac del reloj suena cada vez más fuerte en mis oídos. Cuando finalmente lo logramos ha pasado mucho tiempo. ¡Ya sólo nos quedan quince segundos!

—El tiempo justo para tirar este juguete al agua —dice Ethan con una calma asombrosa, considerando que lleva en la mano un montón de explosivos.

Pero al parecer no es nuestro día, pues en ese momento aparece Hicks, seguido de dos marineros.

—¡Eh! ¿Qué estáis haciendo aquí? Me parece que no os traéis nada bueno entre manos, ¿eh? Dios santo, ¿qué es eso que lleváis?

Ethan me mira y sacude con la cabeza.

—¡No hay tiempo para explicarlo, señor! —grita—. ¡Déjenos pasar!

Pero nadie se aparta.

—De aquí no se va nadie. ¡No con eso! Ya me parecía a mí que estabais tramando algo. —Hicks ordena a los que le acompañan—: ¡Encerradlos!

Le echo un vistazo al reloj que hay en el centro de la bomba, con el corazón encogido. Cinco segundos.

—¿Qué hacemos?

—Tendremos que llevárnosla con nosotros.

Cuatro...

—¿La bomba? ¡Pero va a estallar! Y estos tres nos verán desaparecer.

Tres...

—Ahora no podemos preocuparnos por eso. Es un riesgo que hemos de correr —explica Ethan.

Dos...

Y añade rápidamente:

—Si no nos vamos, la bomba matará a todos los que están en el Endeavour, y los dos moriremos en el pasado. No podemos correr ese riesgo.

Uno...

Sin ser consciente de lo que hago, le quito a Ethan la bomba de las manos y grito:

—¡Arkarian!