Prólogo
Han acordado encontrarse en un monasterio abandonado que se alza en lo alto de un acantilado de Atos. Lathenia, conocida como la Diosa del Caos desde que comenzara su lucha por el poder, es la primera en llegar. La acompañan su leal soldado Marduke y el fiel mago Keziah. Las reglas son sencillas: nada de armas y sólo dos aliados por bando. El encuentro, promovido por Lorian, ha sido concertado para hablar de paz, para que hermano y hermana lleguen a un acuerdo que impida que la batalla final mencionada en las profecías destruya la vida en la Tierra como se la conoce.
Es una noche oscura y sopla una fuerte ventisca. Lorian aparece al pie de las escaleras que conducen al monasterio, seguido por dos miembros del Tribunal —lord Penbarin y lady Arabella— y una tercera figura.
Envueltos en gruesas capas de abrigo, el Inmortal y sus acompañantes suben lentamente los doscientos setenta y dos resbaladizos peldaños de roca helada, uno tras otro.
Lord Penbarin camina deprisa pero con precaución para ponerse a la altura de Lorian.
—No puedo apartar de mi mente la sospecha, mi señor, de que este encuentro no es sólo lo que vuestra hermana y vos nos habéis hecho creer —dice, y sus ojos se dirigen de manera significativa al tercer miembro de la comitiva.
Lorian se vuelve de repente, y sus tres acompañantes se detienen y levantan la mirada.
—Y vos, lord Penbarin, os mostráis demasiado cínico, como siempre.
Éste esboza una leve sonrisa, pues sabe que Lorian dice la verdad.
Entrecerrando los ojos por el viento, que lanza con renovada fuerza nieve a su cara, Lorian dirige la mirada más allá de lord Penbarin, hacia el tercer miembro de su séquito, con un gesto de asentimiento y una sonrisa irónica.
—¿Será muy largo este encuentro, milord? —pregunta lady Arabella.
Lorian vuelve la mirada hacia la dama. Aunque el rostro de la mujer permanece oculto bajo la sombra de su honda capucha, el Inmortal no puede apartar los ojos de ella. Lady Arabella alza la cabeza, y Lorian se reprocha por millonésima vez en mil años haber logrado mantener la fuerza de voluntad para seguir careciendo de género. Se está hartando de la tarea; ha hecho muchos sacrificios para poder gobernar sin prejuicios ni parcialidad.
Por fin llegan ante la puerta del monasterio. Hecha con madera de ciprés, siglos de abandono la han reducido a unas pocas tablas oscuras y medio podridas. Chirría al abrirse. Numerosos criados, contratados especialmente para la ocasión, reciben al respetado grupo. Una vez dentro, un aire cálido los envuelve. Sólo Lorian, a quien no afectan ni el frío ni el calor, parece indiferente al cambio.
A su izquierda, una escalera de losas de piedra que traza una amplia curva les hace levantar los ojos hasta el nivel superior, donde está Lathenia, mirándolos. Lorian asiente con la cabeza. Sus mentes se encuentran y colisionan, y sigue una especie de feroz saludo. Lathenia desciende, arrastrando su vestido blanco por los escalones. La faja púrpura que le ciñe la cintura resalta su estrecho talle, mientras sus largos dedos se deslizan elegantes por el pasamanos.
Marduke y Keziah la siguen a una distancia prudencial. Su Señora es el centro, el motivo del encuentro. Después de todo, ellos no son más que sus humildes servidores, como ella suele recordarles a menudo.
—Hermano —dice, deteniéndose ante Lorian—. ¿O tal vez, ya que no eres ni hombre ni mujer, debería llamarte de otra manera? —Lanza una fugaz mirada a lady Arabella, pero el movimiento es tan rápido que nadie lo advierte.
Lorian lo desestima con un breve gesto de la mano.
—Como es obvio que te cuesta comprender el concepto de imparcialidad a causa de tu género —responde—, puedes referirte a mí en masculino, puesto que, para su propia comodidad, he permitido a los otros que lo hagan.
—Qué lástima —dice Lathenia con una risita—. Me habría encantado llamarte Ello.
Lorian la mira con fijeza. Lathenia es la primera en apartar la mirada, que se posa primero en lord Penbarin y luego, fugazmente, en lady Arabella. Aunque es imposible no ver que su hermano ha traído consigo a una tercera persona, ignora la presencia de ese huésped no invitado... por ahora.
—Ha pasado mucho tiempo, milord, milady.
—Es una lástima que tengamos que vernos —ironiza lord Penbarin.
Lathenia encoge los hombros, indicio de que el insulto le ha llegado. Su cara sigue siendo una estoica máscara de indiferencia. Mira de manera significativa al tercer partidario de su hermano. Como si hubiera recibido una orden, la figura encapuchada da un paso al frente. Lo primero que observa Lathenia son sus ojos azules y penetrantes. En el extremo de su espina dorsal se inicia un temblor que se transmite a cada vértebra mientras percibe con claridad que el hombre que hay delante de ella es alguien importante. Un miembro del Tribunal, sin duda. Pero no lo reconoce. Clava una fría mirada en su hermano, esforzándose por ocultar su sorpresa e interés, aunque sin conseguirlo.
—¡Acordamos sólo dos aliados! ¿Quién es este... intruso?
Lorian mantiene bien oculta su satisfacción ante la reacción de su hermana. Es exactamente lo que esperaba. Hace una seña a la figura encapuchada para que se adelante.
—Te presento al que fue el rey Ricardo II de Inglaterra. —Lorian espera a que su hermana lo asimile y luego añade—: Ahora es el nuevo rey Ricardo... de Verdemar.
Lathenia retrocede un paso.
—¿Verdemar tiene rey? —dice sorprendida.
Lorian no responde. No le hace falta. Todos los presentes comprenden que, ahora que Verdemar tiene rey, el Tribunal está completo y el poder de la Guardia será más fuerte que nunca.
—Milady... —El rey Ricardo hace una profunda reverencia ante la abatida diosa—. Sentía una gran curiosidad por conoceros. Espero que con el tiempo reforcemos este conocimiento.
Se sostienen la mirada unos segundos interminables mientras Lathenia intenta ordenar sus pensamientos. La presencia del rey la ha afectado a muchos niveles. Lorian se
siente pletórico, mientras Marduke, consciente del repentino interés de su Señora por ese desconocido, suelta un bufido por la nariz, similar al hocico de un cerdo. Físicamente deformado por su anterior experiencia en el Reino Medio, Marduke ya no goza del favor de Lathenia.
El sonido de desagrado de Marduke es suficiente para sobresaltar los sentidos de Lathenia. Aunque le cuesta disimular sus emociones, suspira aparentando desinterés.
—Ya lo veremos, milord. —Y, levantando el mentón, se dirige con aire ofendido hacia la puerta, dejando tras de sí una atmósfera tensa.
Los criados acompañan a los miembros del Tribunal a una gran sala de muros de piedra e iluminada con cientos de velas. En el centro hay una mesa de cristal con siete taburetes traídos del palacio de Lathenia para la ocasión.
Lorian observa los siete taburetes, pero no dice nada. ¡No podían saber lo del rey Ricardo, eso está claro! Pero nada de lo que hace su hermana debería sorprenderle.
Los siete se sientan en torno a la mesa, Lathenia y Lorian cara a cara. El silencio se prolonga unos momentos y Ricardo, como nuevo miembro del Tribunal, se pregunta si se están comunicando sin que él lo sepa, algo que le consta que es perfectamente posible. Preferiría que no lo hicieran. Sería una arrogancia por su parte. Después de todo, ¿qué otra cosa hacen allí los demás sino ser testigos de esa reunión? Lorian lo mira con ceño. Al instante, el rey lamenta esos pensamientos tan francos. Pero Lorian distiende la mirada y le dirige un gesto de asentimiento casi imperceptible.
—Tenéis toda la razón, milord.
El rey emite un suave gruñido como respuesta, prometiendo que a partir de ahora procurará refrenar sus pensamientos. Aún le queda mucho por aprender.
—Estaba pensando —dice Lorian mirándolo aún— en qué dirían mis padres si vivieran.
—¡Bah! —Lathenia hace un gesto despectivo con la mano—. Y yo estaba pensando en cómo es que mi hermano se ha vuelto tan melancólico últimamente. Un signo de debilidad que encuentro divertido.
—Recuerda, Lathenia, que sólo un Inmortal puede matar a otro Inmortal.
Sus ojos plateados emiten un oscuro destello mientras tamborilea la mesa con sus largos dedos. Luego dice:
—¿Me estás amenazando, hermano?
A Lorian parece divertirlo su tono dramático. Sus padres se amaron y lucharon de una manera tan intensa que acabaron matándose mutuamente en un momento de ardiente pasión.
—¿Crees que la muerte de nuestros padres me resulta divertida?
Lathenia no responde enseguida, y algo en su silencio pone en alerta a Lorian.
—¿Sabes algo que yo ignore de la muerte de nuestros padres?
—No. Tú también estabas presente.
—Sí. Los vi a cada uno con un cuchillo clavado en la garganta del otro. Pero yo llegué cuando ya habían muerto, y tú ya estabas allí.
—Había llegado un segundo antes que tú.
—En un segundo de tiempo inmortal pueden pasar muchas cosas —replica él con tono acusador.
Lathenia se pone a la defensiva y decide cambiar de tema.
—Te estoy escuchando, cuando soy yo quien debería hacer las preguntas, preguntas acerca de nuestro hermano. Eres más artero de lo que haces creer a tus partidarios. —Su mirada pasa de un miembro del Tribunal al otro—. La verdad es que no lo conocéis. No es el honorable Lorian en quien confiáis. ¡Asesinó a su propio hermano! —Vuelve la vista hacia Lorian—. Dartemis no suponía para ti ninguna amenaza. ¡Yo era la amenaza! ¿Por qué entonces destruiste a un niño inocente?
Lorian recuerda que Dartemis jamás fue un «niño inocente», sino el menor y más poderoso de los tres hermanos, a quien tuvo que enviar al otro mundo por la propia seguridad del chico. Un mundo en el que hoy sigue muy vivo. Un mundo en el que ni siquiera su codiciosa hermana es capaz de advertir que hay vida. Y allí es donde permanecerá, donde seguirá fortaleciendo sus poderes: un señor, un mago y mucho más.
Lorian recuerda el día en que vio a su hermano practicando la magia: una magia muy poderosa e inusual. Entonces supo que Lathenia, con los talentos de Dartemis a su alcance, acabaría siendo demasiado poderosa.
Pero en este momento hay una cuestión más acuciante: la pacífica resolución del conflicto.
Permitiendo que este último pensamiento penetre en las mentes de todos los presentes, la atención de éstos vuelve a centrarse rápidamente. Lathenia se muestra desdeñosa con esa idea.
—¿Qué te pasa? Estás más melancólico de lo que creía. Si no te conociera, diría que te has permitido enamorarte.
Esas palabras encolerizan a Lorian.
—¡No soy tan estúpido como para dejar que la sola idea del amor interfiera en mi discernimiento!
Hay un silencio, y Lathenia se da cuenta de que debe reprimirse para no volver los ojos hacia lady Arabella.
La sala se llena de emociones. Lady Arabella baja la vista y examina las venas azul clarísimo que surcan la pálida piel de sus manos, mientras lord Penbarin mira desde el otro lado de la mesa como si viera a todas esas personas por primera vez.
Es la voz ronca y gutural de Marduke la que disipa el cargado ambiente.
—Esta reunión es una pérdida de tiempo. Aquí no va a resolverse nada. Nada se resuelve nunca sin guerra. Así es como funciona el universo.
Lorian pregunta:
—¿Dice la verdad Marduke, hermana? ¿No hay esperanza de que reine la paz entre nosotros?
Lathenia clava la mirada en su hermano.
—Sólo puede haber paz si hay justicia, y tú gobiernas por ausencia de otros candidatos.
—¿Debo recordarte que, de nosotros tres, yo nací primero?
—¡Eso es lo que tú dices! —contraataca Lathenia—. ¡Pero debería haber sido yo!
Con los ojos encendidos de ira y el cuerpo rígido de rabia, Lathenia salta de su taburete.
—Marduke tiene razón. Este encuentro es absurdo. Sólo la fuerza me dará la justicia. ¡El control de todos los reinos debería ser mío, y lo conseguiré!
—Hermana —replica Lorian con tranquilidad—, ninguno de nosotros controla los reinos. Los humanos se gobiernan a sí mismos. Poseen libre albedrío y eligen su propio destino. Y mientras sigan siendo mortales, nosotros sólo somos sus custodios.
—Eso cambiará.
Lorian tensa los hombros y se pone en pie. En torno a la sala, todos los ojos pasan de un dios colérico al otro.
—No puedes cambiar lo que no puede ser de otra manera —dice Lorian entre dientes—. Marduke habla de cómo funciona el universo, pero yo hablo de cómo funciona la vida.
—Mi ambición es comunicar los reinos —explica Lathenia—. Y lo conseguiré.
—Pero eso sería desastroso. —Lorian está horrorizado—. Los humanos se... transformarían. Toda su existencia correría el riesgo de verse dominada por los seres que no tienen alma. Lo inconcebible se haría realidad, y con el tiempo se difuminaría la línea entre la mortalidad y la muerte.
El silencio de Lathenia revela a Lorian la profunda determinación de su hermana. Y por primera vez en su larga vida, aletea en su interior un asomo de auténtico miedo, que rápidamente se transforma en cólera. Con una voz suave, susurrada, que hace que a lord Penbarin se le erice el vello de la nuca, Lorian dice:
—No puedes hacer eso.
—No me sermonees, hermano. —Lathenia levanta una mano y con uno de sus largos dedos señala la estrecha abertura del techo—. Esto es lo que pienso de tu talante conciliador.
El techo comienza a rajarse, y grandes fragmentos de piedra y ladrillo salen volando hacia el cielo. Con otro gesto de la mano, el techo desaparece completamente arrastrado por la furiosa ventisca.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Lorian con un destello de preocupación en sus ojos violeta.
Lathenia no responde. Levanta la cara hacia arriba, hacia la ventisca. Entre el retumbar de rayos y truenos, las espesas nubes comienzan a girar y dispersarse. En pocos segundos acaba la tormenta, dejando paso a un cielo en el que titilan millones de estrellas.
Pero Lathenia no ha terminado, y Lorian lo sabe. Los ojos de éste siguen anclados en el brillante cielo nocturno. Una explosión de luz, seguida de un siseo, se transforma rápidamente en un silbido desgarrador. Los mortales se tiran al suelo un segundo antes de que un fragmento de roca desprendida estalle sobre sus cabezas.
Lady Arabella suelta un chillido y se precipita debajo de la mesa, junto al rey Ricardo.
Lorian no se mueve, pero el poder que emana es tangible. Levanta la vista, concentrándola en una estrella azul que brilla intensamente en el cielo lejano.
—Oh, oh —comenta lord Penbarin—. Quedaos en el suelo y no os entrometáis. Esto podría ponerse intere...
Antes de que acabe, una luz cegadora se lanza hacia ellos, acompañada de un gemido agudo que casi ensordece a los miembros del Tribunal. La estrella se hace añicos en el cielo, rociando la sala de luz, calor y escombros candentes.
Los criados salen precipitadamente del monasterio, tapándose los oídos y gimoteando por el derrumbarse de los cielos. Como hormigas, huyen lejos del acantilado todo lo deprisa que pueden.
Al cabo de unos minutos, la tierra se ve rociada con la más brillante lluvia de meteoros que haya presenciado nunca el ser humano. Uno explota tan cerca que todo el acantilado se estremece, y un muro del monasterio se desmorona. Lorian mira a su hermana, disgustado.
—¿Es que no respetas más vida que la tuya?
Lathenia se encoge de hombros.
Otro meteoro cruza velozmente el cielo hasta estrellarse en un lugar lejano.
—¡Ése ha caído en Angel Falls! —Lorian mira furioso a su hermana.
—¿De verdad? ¿Es que te da miedo perder unos cuantos soldaditos?
—¿Acaso no piensas en tus propios soldados que viven allí?
—Puedo arriesgar unos cuantos por ver morir a tu élite.
Lorian se la queda mirando un momento en silencio, disgustado.
—Estás yendo demasiado lejos.
—Debes saber una cosa, hermano mío: siempre iré más lejos que tú.
Lorian calla, y todos los que se habían escondido debajo de la mesa asoman la cabeza para ver qué planea hacer. Sin moverse, cierra los ojos. Lady Arabella mira hacia el otro lado de la mesa, donde está lord Penbarin. Nunca ha visto a su señor tan concentrado, ni tan furioso. Lord Penbarin se encoge levemente de hombros, y ve cómo su Amo y Señor comienza a ponerse incandescente de dentro hacia fuera, entre leves temblores.
Lathenia vuelve los ojos hacia su anciano y leal Mago. Ni siquiera Keziah, que ha vivido muchísimos años, ha visto nunca nada parecido. Niega con la cabeza.
—No sé, alteza.
—Hermano —dice Lathenia—. ¿Qué pretendes?
Finalmente, la luz que emerge del cuerpo de Lorian comienza a apagarse, disminuyen sus temblores y se calma. Es obvio que, sea lo que sea lo que estaba haciendo, se ha acabado. Algunos miran al cielo, pero lord Penbarin no aparta la mirada de su señor. Poco a poco, Lorian vuelve en sí. Abre los ojos y encuentra los de lord Penbarin. Con la mente le enseña lo que ha hecho, y lord Penbarin se queda casi sin aliento. Por un instante se pregunta qué precio habrá tenido que pagar su señor, pero ahora ya está hecho: ya sólo queda atenerse a las consecuencias.
Lady Arabella mira a lord Penbarin pidiendo una respuesta. Este, temiendo que la Diosa lo oiga, le envía tan sólo el hilo de un pensamiento: «Los Elegidos.»