Rochelle

El señor Carter nos deja en mitad de ese patio dorado que ya nos resulta familiar, en el interior de los muros del palacio de Atenas. Es de noche y sopla un aire cálido. Detrás de nosotros, los pájaros cantan una melodía de notas claras y agudas. Me doy la vuelta para ver qué especie es capaz de crear un sonido tan puro y sin embargo tan triste. Aun cuando sus voces son las más dulces que he oído nunca, su visión me pilla desprevenido y su inefable hermosura me deja sin aliento.

Isabel se me acerca. Sus ojos también están clavados en una pareja de pájaros del amor, posados el uno junto al otro en una jaula con barrotes de madera de olivo.

—¿Alguna vez habías visto algo tan exquisito?

—Nunca —murmuro.

Ethan se me acerca.

—¿Qué estás mirando? —A continuación se fija—. ¡Oh! ¿Son de verdad?

—Parecen bastante reales —replica Isabel en el momento en que la pareja entona otra melodía melancólica.

Siento el impulso de coger la percha con las manos. Tengo la impresión de que, si lo hiciera, podría «sentir» sus almas. El impulso es tan intenso que no puedo resistirlo, y comienzo a quitarme los guantes.

Alguien chista a mi espalda. Doy un respingo y el corazón comienza a palpitarme. Es lady Arabella. Vuelvo a ponerme los guantes. Se acerca y se coloca a nuestra espalda, observando la jaula.

—Veo que has encontrado mis pájaros.

—¿Son vuestros? —pregunta Isabel—. No sabía que teníais pájaros, milady.

—Los encontré hace poco —dice—. ¿O debería decir que ellos me encontraron a mí? ¿No son unas criaturas hermosas?

Los tres asentimos, e Isabel pregunta:

—Sus plumas, ¿son de oro de verdad?

—Eso parece.

—¿Y sus ojos? —pregunto—. ¿Son diamantes auténticos?

—Diamantes rosas, los más raros del universo.

Lady Arabella apenas es capaz de contener su entusiasmo por esas mascotas recién halladas.

—Tengo que mantenerlos encerrados por su propio bien. Cuando vinieron hasta mí, estaban malheridos y no podían volar.

Isabel suelta un grito ahogado.

—¿Quién podría causar daño a unas criaturas tan hermosas?

Lady Arabella se queda mirando los pájaros, asombrada.

—Nunca se sabe, querida.

—¿Queréis que intente curarlos, milady? —propone Isabel.

Lady Arabella le lanza una mirada de sorpresa y dice en voz baja:

—Tu oferta es generosa, pero los pájaros ya se están curando bajo mi cuidado. Confían en mí.

Ethan se queda callado, estudiando los pájaros con leve ceño.

Lady Arabella se da cuenta.

—¿No te gustan, Ethan?

—Son increíbles, milady. Es sólo que nunca había visto antes nada parecido. —Y antes de que cierre sus pensamientos, algunos desobedientes se escapan a su control. «¡Al menos, no en este mundo! ¿De dónde los habéis sacado, entonces?»

Le piso el pie y vuelve la cabeza hacia mí. Se da cuenta de que lo he oído, y por tanto es muy probable que lady Arabella también. Mira a Ethan unos momentos, y sus pestañas recubiertas de hielo se agitan inquietas. Por fin sonríe, y me invade una sensación de alivio. Esta misión va a ser complicada. Tenemos que vigilar todos nuestros pensamientos. Sólo llevamos aquí un par de minutos y a Ethan ya le cuesta lograrlo.

De repente aparece lord Penbarin.

—¡Ah, estáis aquí! —Al principio pienso que se refiere a lady Arabella, pero me doy cuenta de que se refiere a nosotros

tres—. Lorian requiere vuestra presencia. Ahora. En sus habitaciones privadas.

Una fría oleada de miedo recorre todo mi sistema nervioso. Pero Matt ya nos advirtió. Aquí, y en cualquier parte, pocas cosas le pasan por alto a Lorian. Nuestra tarea —buscar la llave y descubrir al traidor— será casi imposible de llevar a cabo. Pero al menos vamos a intentarlo. Cualquier cosa que descubramos podría ayudarnos.

Mientras lord Penbarin nos guía por unos amplios pasillos, le doy un tironcito a Ethan.

—Sería una buena idea que no entraras a los aposentos de Lorian.

Me lanza una hosca mirada.

—¿Por qué? —Y entonces advierte que estoy leyéndole los pensamientos, y, como siempre, se enfada—. ¿Es que no puedes quedarte fuera de mi cabeza?

—No lo hago a propósito —intento defenderme.

—¿Acaso no eres capaz de controlar tus poderes?

—¡Por supuesto que sí! ¡Pero proyectas tus pensamientos con tanta intensidad que es como si me lanzaras pelotas de tenis a la cabeza!

—¡No me des ideas!

—No debería poder leértelos. Ya sabes, Ethan, que es peligroso.

—A lo mejor es que no puedo evitarlo —dice, bajando la voz.

Yo también procuro hablar en voz baja.

—Eso es lo que pretendo decirte.

Lord Penbarin mira brevemente alrededor, pero por suerte decide no hacer caso de nuestra discusión. Sin embargo, Isabel quiere saber qué pasa. Y aunque últimamente no he oído ninguno de sus pensamientos, decido hacer una comprobación.

—¿Consigues proteger tus pensamientos últimamente?

Suelta una risita burlona.

—Cuando comienzas a salir con un Vidente de la Verdad, aprendes muy deprisa a dominar esa habilidad. —Mira a Ethan y añade en un susurro—: A lo mejor deberías intentarlo.

Siento cómo me sonrojo ante su sugerencia. Los Videntes no somos muchos. Arkarian es uno, Marduke otro. Ahora Matt también lo es, y todos los miembros del Tribunal.

Llegamos ante unas puertas magníficamente labradas, con relieves de oro y plata. Lord Penbarin gira el pomo de una y la abre hacia dentro.

—Lorian quiere veros a los tres. Y más vale que tengáis una buena razón para haber venido sin invitación ni ser anunciados.

Bueno, eso resuelve la cuestión de si Ethan debería quedarse fuera o no. Entramos uno tras otro.

Accedemos a una serie de salas en distintos niveles, separadas por arcos de mármol y barandillas de alabastro. Las paredes son casi todas blancas, pero las lámparas, que arden aquí y allá en unos soportes, proyectan un resplandor dorado. De las ventanas cuelgan cortinas oscuras con cuerdas trenzadas de las que cuelgan borlas. Algunas están descorridas. El mobiliario es austero pero elegante. En el centro de la primera sala hay una mesa de piedra blanca, rodeada de sillas a juego de respaldo alto. Al otro lado de un arco se ve una pequeña habitación con sofás de gruesos cojines también blancos.

Comienzo a preguntarme dónde está Lorian, cuando lo veo dirigirse hacia nosotros. Viste una túnica blanca que llega hasta el suelo, con unos adornos plateados en torno al cuello y las mangas que le hacen parecer aún más alto de lo que es. Arkarian me lo presentó una vez durante mi terapia de readaptación, pero entonces llevaba una capa y tenía el rostro prácticamente oculto. El pelo plateado le cae por encima de los hombros, mientras que su piel pálida y luminiscente brilla suavemente alrededor de sus ojos, que son de un violeta intenso.

Hace un gesto con la mano y aparecen tres altos taburetes rematados por cojines de terciopelo rojo. No sé qué piensan Ethan e Isabel, pero yo doy gracias de que haya venido. De pronto las piernas me flaquean.

Lorian sigue de pie, y me resulta difícil mirarlo a la cara desde tan cerca. Lo rodea un aura fría y furiosa. Isabel me lanza una mirada de preocupación. Repaso atentamente las razones que nos han llevado a su presencia.

—Primero decidme por qué la primera reunión con Matt como líder estuvo rodeada de una pantalla protectora —pregunta Lorian.

Los tres nos quedamos sin habla. No esperábamos esta pregunta. Insto a Ethan a que controle sus pensamientos. Se

produce un silencio incómodo, y los tres nos agitamos nerviosos bajo la intensa observación de los ojos violeta del Inmortal. Al final consigo decir:

—Fue idea de Matt.

Isabel me lanza una mirada de advertencia, probablemente preguntándose qué pretendo con esa respuesta.

Procuro explicarlo quitándole importancia.

—Sólo estaba probando uno de sus nuevos poderes.

Lorian me mira fijamente, y percibo cómo escudriña mi cerebro. De repente tengo que cerrar los ojos y concentrarme en el sencillo acto de llevar aire a mis pulmones. Comienzo a temblar y me siento mareada y confusa. A lo lejos, oigo a Ethan exclamar:

—¡Milord, ahora es uno de los Elegidos!

El mareo comienza a disiparse, pero aún me siento desorientada, como si cayera. Golpeo contra el suelo secamente. Isabel e Ethan me ayudan a volver a mi taburete.

—¿Qué ha pasado?

—Todo va bien. Ya ha pasado —dice Ethan.

Cuando levanto la vista, veo que disminuye el resplandor de Lorian.

—No has sido Iniciada.

—No, milord.

—¿Cómo se explica esa demora?

Ethan le dice:

—Arkarian ha estado muy ocupado. Estoy seguro de que se pondrá a ello en cuanto regrese.

Pero Lorian aún no parece satisfecho, y por un momento pierdo la concentración. La cabeza aún me da vueltas debido a la conexión con Lorian de hace unos momentos, y mis pensamientos salen a trompicones. «¡Porque no confían en mí!»

¡Oh, estupendo! Siento la cabeza como si me fuera a estallar, y tan pesada que he de llevarme la mano a la frente para mantenerla erguida. El dolor se hace insoportable. Y encima, una cálida energía comienza a filtrarse en mi mente. Levanto los ojos para ver a Lorian de pie, delante de mí, con su mano flotando en el aire. Siento el impulso de cerrar los ojos, y al hacerlo, unas suaves pulsaciones recorren todo mi cuerpo. Se acaban en un segundo, y Lorian retrocede. Levanto los ojos y me doy cuenta de que todo ha pasado, y se me ha ido el dolor de cabeza. Ahora me inunda una sensación de bienestar, de satisfacción, y, aún más extraño, la sensación de ser aceptada.

—Serás Iniciada mañana al alba —dice Lorian. Luego se vuelve hacia Ethan—: En ausencia de Arkarian, ¿actuarás en su nombre y presentarás a Rochelle al Tribunal para que reciba sus dones y obtenga la aprobación del Tribunal?

—Claro, milord.

—Entonces no hay más que hablar. Y ahora dime qué estáis haciendo aquí.

Ethan responde:

—Hemos venido a informar a nuestro rey de la situación en Verdemar. Han pasado muchas cosas, como sin duda él ya sabe. —Y añade—: Personalmente, señor, estoy impaciente por volver a ver al rey Ricardo.

Lorian agacha la cabeza, y sus ojos parpadean hasta cerrarse un segundo.

—Y así debe ser, Ethan. Lord Penbarin te espera fuera Te llevará al Ala Norte, donde te encontrarás con tu Rey. Poneos cómodos mientras estáis aquí. Esta noche el palacio es vuestro para que lo recorráis a vuestro antojo.

Una vez hemos salido de los aposentos de Lorian, lord Penbarin nos observa atentamente. Pero las cosas no podrían haber ido mejor. ¡Tenemos el permiso de Lorian para buscar por donde queramos! Intento no pensar en lo que sucederá mañana al alba. Isabel me toca el brazo y se me forma en la cara un gesto de preocupación.

—No te preocupes por la Iniciación. Recuerdo que en la mía estaba tan nerviosa, que tenía las piernas como de gelatina. Pero todo fue bien. Y ya conoces a lady Arabella...

—Y tú me conoces a mí —añade lord Penbarin con un destello de humor en los ojos. Me mira un momento y pone un dedo delante de sus labios rojos—. Hum, ¿qué don podría concederte? ¿Alguna sugerencia, Ethan?

Lord Penbarin se lo está pasando en grande con nosotros Isabel ríe, pero Ethan se lo toma en serio.

—¿Por qué me lo preguntáis, milord?

Los ojos de lord Penbarin pasan de Ethan a mí y de nuevo a Ethan. Finalmente aparta la mirada y murmura:

—Pensaba que era obvio.

Por suerte, deja de hablarse del asunto, y unos minutos después estamos ante otra alta doble puerta. Antes de que nos dé tiempo a llamar, el rey Ricardo en persona abre. Aun que no es exactamente alto, su larga túnica hace que lo parezca. Tiene buen aspecto, y desde luego está bastante alegre

Saluda a lord Penbarin con una sonrisa, y nos indica que entremos. Cuando ve a Ethan, le da un cordial abrazo.

—¡Por fin volvemos a vernos!

—¿Cómo estáis, señor?

El rey Ricardo ríe, echando la cabeza atrás.

—Estupendamente, muchacho. —Hace un gesto con la mano, mostrándonos el lujo que lo rodea—. Mucho mejor que en esa repugnante cárcel de la que me rescatasteis.

Ethan no puede borrar la sonrisa de su cara. Parecen dos buenos amigos que se encuentran tras años de separación.

El rey Ricardo se vuelve hacia Isabel y la abraza.

—Mí querida lady Madeline...

—Me llamo Isabel, señor —le recuerda ésta. Madeline fue el nombre que ella utilizó cuando lo vio en el pasado. Lo recuerdo, yo estaba allí. Fui yo quien le puso veneno en la copa.

—¡Claro, por supuesto! —exclama el rey Ricardo—. Debo decir que estás más encantadora que nunca. —El rey se vuelve hacia mí, dándose cuenta de que soy una Vidente. Se pone un poco a la defensiva. Es una reacción natural. A nadie le gusta exhibir sus pensamientos íntimos—. ¿Y a quién tenemos aquí?

Lord Penbarin me presenta.

—Ésta es Rochelle Thallimar, que será Iniciada al alba. Es una de los Elegidos.

El rey Ricardo asiente.

—Bienvenida, querida. —Me estrecha las manos y, aunque llevo guantes, percibe su poder. Sus ojos se demoran un minuto en los míos, estudiándome, pero no dice nada. Me invade cierta desazón, pero enseguida suelta mis manos y la sensación se evapora como si nunca hubiera existido.

Lord Penbarin se excusa y, en cuanto se marcha, la actitud del rey Ricardo cambia completamente. Sus ojos ya no tienen esa expresión risueña. Ha comprendido la gravedad del motivo de nuestra visita.

—¿Pido que os traigan comida, o vamos directamente al grano?

—Necesitamos vuestra ayuda, señor —dice Ethan.

Sin vacilar, contesta:

—Entonces la tendréis. Dime, ¿qué puedo hacer?

—Bueno, podríais enseñarnos el lugar.

—¿El palacio?

—Sí, señor. De arriba abajo.

—Eso podría llevarnos toda la noche.

—Entonces más vale que empecemos.

Confiando en nosotros de una manera incondicional, el rey Ricardo inicia nuestro periplo. Yo, sin que nadie se dé cuenta, me quito los guantes y los guardo en el bolsillo por si me los he de sacar a toda prisa. Atravesamos muchas habitaciones, incluyendo las alcobas de los lores y las damas, y las dependencias del servicio, sin que nadie se moleste por ello. Sólo el rey Ricardo sería capaz de hacer todo esto de una manera tan agradable. Es obvio que se trata de un diplomático avezado y muy apreciado por todos.

Mientras estamos en todas esas habitaciones, Isabel y Ethan distraen a sus ocupantes dándoles conversación para que yo pueda hacer mi trabajo: tocando, sin llamar la atención, las paredes, los suelos, los muebles, todo lo que pueda albergar un panel secreto, una puerta o cavidad. Sólo he de colocar la mano sobre los muros para sentir, para «ver», lo que hay dentro o detrás.

Cuando acabamos el registro, el amanecer es ya inminente y aún no hemos encontrado nada. Salimos al patio. Lady Arabella está allí, limpiando la jaula, vaciando la bandeja de comida, quitando las heces del suelo y cambiando el agua. Me resulta raro que ella se ocupe de eso, pero naturalmente no digo nada. A lo mejor es que no confía en nadie más que en sí misma para realizar ese trabajo.

Mientras pienso en todo eso, me pongo los guantes. Lady Arabella se da cuenta y se queda inmóvil.

—¿Por qué no llevabas puestos los guantes? ¿Cuándo te los has quitado? —Su voz es más áspera de lo que recordaba, y me pilla por sorpresa. Se da cuenta y la suaviza—: No pretendía alarmarte, querida, pero creía haberte advertido que debías llevarlos siempre.

Busco rápidamente una explicación.

—Me aprietan un poco, milady. De vez en cuando me gusta estirar los dedos.

Medita un momento sobre mis palabras.

—Hablaré con Arkarian para ver qué puede hacer. De momento tendrás que aguantarte. Pero ahora será mejor que te des prisa. —Señala el alba naciente—. Aún debes cambiarte.

Isabel me tira del brazo, un tanto excitada.

- Vamos a ver la túnica que han elegido para ti.

—¿Qué?

—Las novicias normalmente van de blanco —me explica—. De hecho, yo llevé una túnica blanca en mi Iniciación, pero, por suerte, me dieron una faja azul. Eso me otorgaba una posición superior a las novicias normales.

Llegamos a las habitaciones que nos han asignado y encontramos una túnica de un morado intenso extendida sobre la cama, con una faja dorada al lado. Isabel se queda boquiabierta y pasa la mano por la tela de terciopelo.

—¡Oh! —Llama a Ethan—. ¡Mira esto! ¿Qué significa?

Aunque estoy de acuerdo en que es una bonita prenda, no sé por qué Isabel le da tanta importancia. Llega Ethan y desliza varias veces los dedos por la faja.

—La faja dorada es el mayor honor de la Guardia.

Me lanza una mirada y sus pensamientos se catapultan en mi cabeza. Se está preguntando qué he hecho para merecerlo.

También Isabel parece perpleja, pero controla sus pensamientos.

—¿Qué me dices de la túnica morada?

Ethan retrocede un poco. Se da la vuelta y hace un gran esfuerzo para controlar sus pensamientos. Lo sabe, pero no quiere decirlo.

—¿Qué significa? —pregunta Isabel.

Me lanza una mirada ceñuda que me provoca la sensación de que algo terrible ocurre.

—¿Cómo voy a saberlo yo? —dice Ethan—. Deberías preguntárselo a Arkarian.

Isabel capta la extraña vibración que llega de él y deja la cuestión. Pero sus reacciones sólo consiguen que yo quiera saber más. Comienzan a moverse de un lado a otro como si esa conversación nunca hubiera tenido lugar. Tiro del brazo de Ethan.

—Espera. Dime lo que sabes.

—¡Nada! —me espeta, apartando la mirada.

—Dímelo, Ethan, o escudriñaré tus pensamientos hasta que te arranque la información junto con la mitad de tu cerebro.

En sus ojos aparece un destello de irritación.

Lo único que sé es que el morado representa la lealtad.

Me doy cuenta de que hay más.

—Sigue.

A regañadientes, añade:

—Una lealtad tan fuerte que quien luce ese color es probable que... dé su vida por la causa.

—El color del martirio —murmuro. ¿Es eso lo que Lorian detectó en mí cuando me escudriñó la mente ayer por la noche? Y ahora que lo pienso, ese verso de la Profecía que supuestamente tiene que ver conmigo habla de la victoria y la muerte. ¿Cómo era? «Pero, atención, dos últimos guerreros provocarán dolor, así como satisfacción. De la desconfianza uno saldrá bien librado; el otro, imbuido de maldad. El uno resultará vencedor, y el otro vencido al encontrar la muerte.»

Llaman a la puerta y entra Penbarin para comunicarnos que ha llegado el momento. Ethan sale de la habitación y yo me pongo la túnica, intentando apartar de mi mente esa desconcertante idea de la muerte. Isabel me ayuda a ceñirme la faja, luego la capa haciendo juego, y finalmente me cubre la cabeza con la capucha.

—No te preocupes por lo que haya dicho Ethan —me tranquiliza—. Todo eso del martirio podría estar equivocado. En él es algo frecuente.

Intento sonreír y me relajo un poco, pero sólo un poco. Se me hace difícil eliminar de mis pensamientos la perspectiva de morir, sea por la causa que sea.

—Al principio Ethan pensaba que era mi alma gemela... —prosigue Isabel— cuando era Arkarian.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes quién es tu alma gemela?

Se encoge de hombros.

—Lo único que sé es que Arkarian dijo que todos encontramos nuestra alma gemela al menos una vez en la vida. Reconocerla es cosa de cada uno, y de ello depende encontrar el amor verdadero.

Qué idea tan triste. No obstante, este pensamiento pasa a un segundo plano cuando abrimos la puerta y nos encontramos a Ethan discutiendo con lord Penbarin.

—Pero ¿quién la ha escogido? —exige saber Ethan.

—Eso no puedo reve...

Advierten nuestra presencia y se interrumpen. Lord Penbarin asiente con la cabeza al vernos, mientras que Ethan simplemente se me queda mirando boquiabierto.

—Vaya, vaya —murmura lord Penbarin—. Ahora que ya estás preparada, querida, se lo haré saber al Tribunal. —Se

vuelve, le lanza una hosca mirada a Ethan y se aleja aprisa, llevándose a Isabel.

—Arkarian sentirá haberse perdido todo esto —dice Ethan.

Quiero que me cuente por qué discutía con lord Penbarin, pero mis nervios sienten la presión de la inminente Iniciación. Decido que prefiero no saberlo. Las palabras de Ethan hacen que la Iniciación parezca un momento trascendental; las manos empiezan a temblarme. Me aseguro de llevar puestos los guantes e introduzco las manos en dos aberturas laterales de la larga capa.

Unos minutos después llegamos a la Sala del Tribunal, y Ethan respira hondo.

—¿Estás preparada?

—Ni por asomo —digo con sinceridad—. Tengo tanto miedo que siento náuseas. Y creo que voy a vomitar.

—No pasará nada —intenta tranquilizarme—. Sólo se trata de una ceremonia de bienvenida.

—Soy una traidora, Ethan. Fui miembro de la Orden y me volví en contra de los míos.

Le asoma un gesto de indignación, y el azul de sus ojos se vuelve frío y duro.

—¡Tú nunca has pertenecido a la Orden! Ni ahora ni antes, ¿entiendes?

—¡Por supuesto que no! No quería decir eso. —Me mira en silencio—. Pero es un estigma del que no puedo librarme. Lo veo en la mirada de los demás. Todo el mundo conoce mi historia. Y por eso no confían en mí.

—Lo único que pasa es que estás nerviosa, Rochelle. Todo son imaginaciones tuyas.

—Soy una Vidente, Ethan.

Por un momento levanta la vista al techo.

—Arkarian confía en ti. Y bueno, ya te he dicho que yo también.

Sus palabras me consuelan. No sabe cuánto. Miro su cara mientras sus ojos se apartan del techo y se clavan en los míos. Me resulta imposible apartar la mirada de él. Algo sucede entre nosotros, algo que no sé cómo llamar, pero que es tan real como mi mano o mi corazón.

Detrás de nosotros se abren unas puertas, que nos hacen saber que ya no estamos solos y Ethan me lleva del brazo al centro de la sala.

—Nobles damas y caballeros —anuncia, al tiempo que se inclina en una reverencia ante nuestro rey, que está sentado a la derecha de lord Penbarin—, reyes y reinas, permítanme que les presente al octavo Iniciado de los Elegidos. Se llama Rochelle Thallimar.

Sigue una salva de aplausos. En la sala hay más gente. Veo a Isabel y a un grupo de desconocidos que están sentados a un lado. Detrás de mí aparece un taburete y tomo asiento. Ethan se aleja del círculo para sentarse al lado de Isabel y le aprieta la mano como si de pronto estuviera nervioso. Intento no pensar en el motivo; ya tengo bastante con mis propios nervios.

Lorian se pone en pie y todo el mundo le dirige la mirada. Levanta las manos hacia mí y después abarca el círculo de diez personas que lo rodea.

Un murmullo recorre la sala. Al parecer, éste no es el procedimiento normal. Lorian acalla las voces con una severa mirada. Cuando todos se han calmado, se me acerca y posa las manos en mi cabeza.

—Rochelle Thallimar, ¿juras lealtad a la Guardia y a su causa?

—Sí, milord.

—Mi regalo es que se entrelacen tus poderes de Vidente y tus poderes del tacto, y que a partir de este momento no sólo seas capaz de oír los pensamientos de los demás, sino, a través de tus manos, de conocer también sus lealtades.

Los murmullos se intensifican, y Ethan regresa al círculo.

—¡Milord! Por favor, dejadme decir algo.

Lorian baja las manos y suspira, como si esperara la reacción de Ethan y no obstante la temiera.

—Puedes hablar.

—Este regalo es muy generoso, pero también... peligroso.

—Es posible, pero ahora estamos todos en peligro, Ethan. Una habilidad como esta... —... es una sentencia de muerte.

Lorian se queda callado. Ethan prosigue. —Todos sabemos que hay un traidor entre nosotros. Con este don le estáis concediendo a Rochelle la habilidad de identificarlo. Si el traidor se halla en esta sala, Rochelle será asesinada antes de que abandone el palacio, y lo sabe. Milord...

—Ah, pero si el traidor es identificado en esta sala, justo ahora, en esta reunión...

—¡Esto es ridículo! —gritan al mismo tiempo lord Penbarin y lord Samartyne. La reina Brystianne, a su lado, se levanta de su asiento, seguida de lord Alexandon, que parece igual de indignado.

El rey Ricardo se acerca al círculo.

—Milord, ¿me equivoco al suponer que sospecháis que uno de los miembros del Tribunal es un traidor?

—Ojala no fuera así —replica Lorian en tono cansino.

Ahora entiendo lo que se pretende de mí. Hay que encontrar al traidor, y si Lorian puede hacerlo a través de mí, no puedo negarme, nadie podría negarse.

—Su plan tiene un fallo importante, señor.

Todas las cabezas se vuelven al otro lado del círculo. Sir Syford se levanta de su taburete y se acerca a mí.

—Si la señorita Thallimar identificara a uno de nosotros, sería la palabra de un traidor contra la de otro.

De nuevo se oyen murmullos. Ethan se da media vuelta y lanza una mirada feroz a los miembros del Tribunal, que asienten con más firmeza. Niego con la cabeza en dirección a Isabel, y ésta tira de Ethan para hacerlo volver a su asiento.

Pero el más indignado es Lorian. Sus ojos pasan de un morado intenso a un azul oscurísimo, mientras su piel despide un asombroso resplandor dorado. Levanta una mano y todo el mundo respira hondo. Es como si todo lo que hay en la sala de repente se encogiera, incluido el aire. Lorian mantiene la mano levantada un momento más, incrementando la tensión.

—¿Es que ninguno de vosotros ha leído la Profecía? —Cita—: «La desconfianza causará discordia.»

—Lo haré —digo las palabras en voz baja, pero en medio del silencio se oyen claramente por toda la sala—. Conozco los riesgos, pero lo haré de buen grado.

—¡Rochelle! —exclama Ethan—. No sabes lo que dices.

Me vuelvo hacia él. Todos nos miran expectantes, pero eso no puede evitarse.

—Tengo que hacerlo —le digo.

—Cielo santo, ¿por qué?

—Ya los has oído, no confían en mí. Es una oportunidad para ganarme su confianza. Si puedo descubrir al traidor, la Guardia se verá beneficiada y todos sabrán que ya nada tengo que ver con la Diosa ni con Marduke.

—Pero es demasiado arriesgado.

—Estoy acostumbrada al riesgo. —Me vuelvo y miro a Lorian, y por primera vez consigo sostenerle la mirada. Sus ojos parecen derramarse a través de mí. Es una sensación agradable. Me pone las manos sobre la cabeza, sin tocarla, pero tan cerca que me agita los cabellos.

—Cierra los ojos.

Por un segundo siento una efímera duda, pero la aparto rápidamente. Esto es lo correcto. Marduke se equivocaba conmigo.

Un resplandor dorado se derrama de las manos de Lorian. Respiro hondo, exhalando despacio para calmar los nervios. Siento que el aire que me rodea sube de temperatura y me penetra a través de todos los poros de mi piel.

Cuando todo acaba, abro los ojos y veo que Lorian me mira fijamente.

—El don está completo.

Ethan suspira, abatido y preocupado. Por un instante me invade la duda. Bueno, ahora ya no puedo hacer nada.

Lorian explica lo que va a ocurrir.

—Todos los nobles, señores y señoras, te concederán un don. Una vez lo hayan hecho, se arrodillarán ante ti...

Unos murmullos de descontento hacen que Lorian calle unos instantes y levante la mirada. Cuando reemprende la explicación, se dirige al Círculo con voz autoritaria:

—Luego Rochelle pondrá la mano sobre vuestras cabezas y permaneceréis inmóviles hasta que ella diga lo contrario.

Ahora hay tal silencio que se oiría el ruido de una aguja que cayera al suelo.

—¿Quién será el primero? —La voz de Lorian vibra por toda la sala.

El rey Ricardo se pone en pie.

—Yo mismo. —No parece muy decidido. ¿Dónde está ahora su carácter jovial?—. En primer lugar, querida, te doy la bienvenida al Reino de Verdemar. —El rey levanta ambas manos y las posa sobre mi cabeza—. Te concedo el don de ver la verdad... en tu interior. —Al cabo de un momento, se arrodilla ante mí y me mira a los ojos—. Ahora es tu turno. No tengas miedo.

Me tiemblan las manos. Me quito los guantes, respiro profundamente y levanto una mano hasta colocarla en la frente del rey Ricardo. De repente tengo miedo de quemarlo.

—Adelante —me invita Lorian.

Bajo la mano, cierro los ojos y al instante veo un resplandor. Es como si la luz procediera del centro del rey. Durante un segundo se hincha como una llama antes de formar un embudo en el centro. Dirijo mi atención a ese centro y de repente me inunda una sensación de fe, gratitud y confianza que sé que es auténtica.

Levanto la mano y el rey Ricardo se retira y regresa a su asiento.

Le siguen los demás. Lady Devine, con su larga cabellera pelirroja, se arrodilla ante mí con las manos entrelazadas, mientras que lord Alexandon se acerca con sonoros pasos para que nadie ignore su malestar. Lord Meridian, el miembro más menudo del Tribunal, muestra un gesto de indignación. La siguiente es la reina Brystianne, que aprieta los labios, mientras que las zancadas de sir Syford están llenas de arrogancia y disgusto. Uno por uno me conceden sus dones, pero si me preguntaran cuáles son esos dones, juro que no podría responder.

Todo este ritual dura una eternidad, pero finalmente sólo quedan dos: lady Arabella y lord Penbarin. Como si no se hubiera dado cuenta de que es la siguiente, lady Arabella permanece sentada, inmóvil.

Lord Penbarin inclina la cabeza hacia ella.

—Después de vos, milady.

Ella le lanza una mirada furibunda, y Lorian se da cuenta.

—Arabella, ¿vaciláis?

Lady Arabella se pone en pie, irguiendo los hombros con brusquedad.

—En absoluto, milord. Pero protesto.

—Tomo nota de ello —replica—. Es vuestro turno.

Debajo de su vestido, que llega hasta el suelo, pueden verse sus chinelas de satén azul cuando avanza hacia mí, deteniéndose sólo cuando llega a mi espalda. Levanta la mano para tocarme la cabeza y la deja suspendida encima, sin posarla.

—Mi don es el del control —dice, recalcando esta última palabra. No entiendo su tono brusco, aunque es obvio que se refiere al poder de mis manos, que titilan en mi regazo. Tengo la sensación de que su mirada pasa por encima de mí, y sigo la dirección de sus ojos. Lorian le sostiene la mirada. Es como si

los dos fueran las únicas personas de la sala... ¡del universo! La conexión es tan fuerte, tan apabullante, que mis pensamientos se confunden. ¿Qué está ocurriendo? ¿Sienten algo el Uno por el otro? No lo creo. Lorian decidió no ser ni hombre ni mujer, todo el mundo lo sabe.

Al final lady Arabella vuelve a la realidad y se arrodilla ante mí, con la cabeza gacha. Cierro los ojos, llevo mi mano a Su frente e intento concentrarme en lo que se supone he de hacer. Al final veo la conocida llama ardiendo en su interior. De repente se convierte en un fuego abrasador, bordeado de un rojo brillante que se arremolina y chisporrotea. Me concentro en la llama, buscando el embudo, pero éste no acaba de formarse sino que sigue cambiando de forma. Me llega una sensación de algo inidentificable; definitivamente no es la claridad que recibía de casi todos los demás. Comienzan a formarse dudas en mi cabeza, cuando de pronto la llama se aquieta y toma la forma de un corazón ardiente.

Con un suspiro de alivio, retiro la mano de lady Arabella. Es sólo amor lo que veo. Un amor intenso y profundo, pero que arde con remordimiento y tristeza.

Lady Arabella regresa a su asiento. Miro a Lorian, y veo que sus ojos siguen a lady Arabella. Se demoran en ella unos momentos después de que se haya vuelto a sentar. Sólo cuando vuelve su atención a mí, lord Penbarin suelta un fuerte gruñido y se acerca.

—Te doy una cálida bienvenida, querida, de parte de la Casa de Samartyne. He meditado mucho este don. No es el que pensaba otorgarte en un principio. —Yergue el tronco y levanta las manos sobre mi cabeza—. Te otorgo el don del perdón. —Y añade—: Para que perdones a todos los que te juzguen mal.

A continuación se arrodilla ante mí, vigilando su túnica. Al instante mi tacto revela una llama clara, pura y leal. Cuando aparto la mano, se sienta y todos comienzan a murmurar. Lorian los hace callar con sólo una mirada.

—¿Qué has descubierto?

—Muchas cosas, milord, pero nada que condene a ningún miembro del Tribunal.

Los murmullos se transforman en expresiones de alivio. Lorian levanta una mano, pues sabe que aún no he acabado. La sala queda en silencio.

—He descubierto lealtad, milord. En abundancia.

—¿Qué más?

—Preocupación, gratitud, miedo... y amor, milord.

Lorian reflexiona un momento.

—El amor y el odio son las dos caras de la misma moneda. ¿Cómo puedes estar segura de que lo que has visto era cierto?

Recuerdo la intensa emoción que me ha atravesado al experimentar el incontenible amor que ha proyectado lady Arabella. Y recuerdo el amor que sentí pasar de Lorian a ella, fuera éste consciente o no de ello.

—El amor que percibí era verdadero, milord. Estoy segura.

Un murmullo de alivio recorre la habitación. El Tribunal se ha librado de toda sospecha. Ninguno de ellos es el traidor, como temía Lorian.

De pronto Lorian se pone en pie, y me digo que esta terrible y dura prueba ha terminado. Pero la piel de Lorian ha comenzado a brillar de nuevo, y sus ojos centellean como piedras preciosas. Me dice:

—Te equivocas.

Se oyen airadas protestas. Lorian levanta la mano, y un aire gélido llena la sala. Me froto los brazos debajo de la capa para calentarlos.

—O tu don no se ha desarrollado lo suficiente, o te han engañado. Y creo que ha ocurrido esto último.

Lord Penbarin niega con la cabeza.

—¿Tenéis pruebas, milord? ¿Por eso estáis tan seguro de que el traidor es uno de nosotros?

Del interior de su capa, Lorian saca un cristal que deposita lentamente en el interior de su palma. Se trata de una pirámide de base octogonal. Mientras brilla y titila bajo las luces, una serie de murmullos y exclamaciones de sorpresa atraviesan la sala; y entonces me doy cuenta de que estoy viendo la llave: ¡la mismísima llave que me han enviado a buscar!

—¡Esta es la prueba! —dice a voz en cuello, mientras la sala se va enfriando con cada uno de sus coléricos alientos—. Sí, miradla con atención. Es la llave del cofre de las armas.

Y entonces hace algo de lo más increíble. Se acerca y me la pone justo delante.

—¿Llevas los guantes, Rochelle?

Me los pongo rápidamente, procurando que no quede descubierta ni una pizca de piel.

—Sí, milord.

Asiente.

—Entonces toma esta llave y entrégala a alguien que sepa protegerla.

Sir Syford exclama a mi espalda:

—Milord, ¿dónde la habéis encontrado?

—Cuando Rochelle, Ethan e Isabel vinieron a verme ayer por la noche, me enteré de que los habían mandado a buscar la llave. Al principio me quedé horrorizado e indignado de que una traición así pudiera ocurrir en mi palacio. Pero entonces me puse a buscarla. Y como podéis ver, la encontré... en una caja fuerte que está en una cámara secreta que hay enterrada en el jardín.

Lorian enarca las cejas, escrutando el círculo.

—Bajo nuestros propios pies, pero indetectable. Un lugar bien escogido, accesible para todos y que no delata a nadie. Pero uno de vosotros la puso allí. Y antes de que comencéis a sospechar de vuestros soldados y vuestro séquito, ¡sabed que sólo un miembro del Tribunal puede abrir esa caja impenetrable en que la encontré!

Lorian me entrega la llave y mis ojos se quedan pegados a sus relucientes facetas. Por encima de mí, la voz de Lorian sigue enfriando el aire.

—Y como mi plan para descubrir al traidor ha fracasado, debo proteger a la inocente niña que tengo ante mí, pues, a pesar de que sus poderes crecen, se encontrará inmersa en más peligros.

Baja su mirada hasta mí, al tiempo que sus manos flotan a ambos lados de mi cabeza. Con una voz sonora que forma un eco en la sala, Lorian anuncia:

—«Cualquiera que haga daño a esta niña y le cause la muerte, se transformará en piedra y morirá antes de que el sol se ponga.»

¡Demonios! ¡El Inmortal acaba de lanzar una maldición contra aquel al que se le pase por la cabeza matarme!

Ethan entra corriendo en el círculo con los brazos abiertos.

—¡Milord...!

Lorian lo ve venir y suelta un leve gruñido.

—La he protegido, Ethan. ¿Qué queja tienes ahora?

Ethan respira hondo.

—¿Quién va a impedir que el verdadero asesino pague a alguien para que la mate?

Ethan tiene razón. Mi vida sigue en peligro. Lorian asiente con un gesto extraño, casi de arrepentimiento.

—Es lo más que puedo hacer.