Rochelle

Cuando los diez estamos reunidos en la colina, ya es mediodía. La zona está vigilada. Con cuatro Videntes, el fino oído del señor Carter y los dos perros de Neriah, deberíamos estar a salvo de oídos curiosos y visitantes indeseados.

Arkarian deja la caja en el suelo y ocupa un lugar en el círculo que hemos formado sin darnos cuenta. Observo el cofre de las armas. Parece de oro o latón, y es más pequeño de lo que imaginaba, del tamaño de un arcón de esos que se ponen junto a la cama. Está profusamente decorado con plata y joyas, y en la tapa se ve el dibujo de la ya conocida forma octogonal.

Estoy hecha un manojo de nervios. No recuerdo haber estado nunca tan excitada, ni siquiera cuando de niña esperaba mi regalo de cumpleaños. Aunque no es que mis cumpleaños fueran muy celebrados, pues eran la excusa perfecta para que mi padre se emborrachara, por lo que la mayoría de las veces ni mi madre ni yo se los recordábamos.

Matt hace encajar la llave en la forma octogonal. Se oye un chasquido y luego un chirrido, como si se liberase un mecanismo antiguo. Cuando abre la tapa, dejo escapar el aire que estaba conteniendo sin darme cuenta. No estoy segura de qué espero ver. ¿Fuegos artificiales? ¿Explosivos? ¿Una voz atronadora? Pero no ocurre nada extraordinario.

—Mientras estuve fuera, me mostraron las armas que hay dentro de la caja y me enseñaron a usarlas. —Matt saca un objeto alargado y lo coloca delante de Ethan.

Yo estoy al otro lado del círculo, pero diría que es un arco y una flecha dorados. Ethan agarra el arco y la flecha, y frunce el entrecejo.

—Yo no soy un buen arquero. Quizá deberías dárselo a Isabel.

Una leve risa se oye en torno al círculo. Matt nos dice:

—Estas armas están pensadas para ampliar o aumentar vuestros poderes naturales. Al principio puede que no resulte obvio, pero a medida que aprendáis a usarlas y ganéis experiencia, lo entenderéis.

—¿Y qué relación tienen conmigo este arco y esta flecha? —pregunta Ethan.

—Aumenta tu poder de animar los objetos y tu afinidad con lo irreal. Mira —dice Matt, colocando la flecha en el arco—. Utiliza tu mente para desear que esta flecha impacte en... —se da la vuelta y señala un punto lejano— en aquel árbol que tiene la rama partida. Apunta a la vaina que pende de su extremo. Pero... —vacila, y señala un árbol situado en dirección opuesta— dispara la flecha hacia allí.

Ethan se gira y lanza la flecha. Ésta surca el aire tan deprisa que no la veo, pero oigo un zumbido cortante, seguido de un estallido y un destello cuando la vaina explota.

Todos murmuran de asombro. Ethan sonríe, complacido.

—¿Es así siempre?

—Siempre. De ahora en adelante, nunca te quedarás sin flecha ni fallarás tu objetivo.

Mientras Ethan se cuelga el arco al hombro, Matt se acerca a Isabel y le pone una barra en la mano. Cuando miro más de cerca, observo que se parece más a una empuñadura de espada.

Isabel levanta la mirada.

—¿Qué es?

—Un arma de luz. Su poder procede de su fuerza interior. A una persona del mundo de las tinieblas no le serviría de nada. En los lugares sombríos incrementará tu don de ver. —Matt aferra con fuerza la empuñadura y surge un haz de luz largo como una espada y tan blanco y brillante que casi me quema los ojos. Luego la esgrime contra unas rocas que hay a su lado y el haz atraviesa el centro de la roca superior con un chisporroteo— La roca se llena de luz, conserva la forma un momento, y luego desaparece del todo.

Todos miran atónitos.

—Ahora prueba tú.

Isabel siente el peso de la empuñadura en la palma.

—¿Qué debo hacer?

—Relaja tus pensamientos y deja que fluya tu luz interior. No tardarás en comprender cómo va.

De repente se genera un haz luminoso, e Isabel sonríe. Acomete una roca y los pedazos caen sobre nosotros. La lluvia de escombros nos pilla desprevenidos. Todo el mundo los esquiva o se aleja.

—¡Lo siento!

Matt simplemente le sonríe. Después se acerca al señor Carter y le entrega dos tiras metálicas con unos agujeros en el centro.

—Mete los dedos aquí dentro.

Los dedos del señor Carter encajan perfectamente. «¡Guau!», exclama, obviamente impresionado. Cuando flexiona los dedos, unos agudos dardos de acero asoman de la tira metálica sobre cada nudillo. Desde cualquier punto de vista parecen letales.

Matt le da unos golpecitos en el hombro y avanza hasta Shaun, al que entrega dos espadas magníficamente labradas con empuñadura de plata. Una larga y otra corta.

—Para nuestro maestro espadachín, dos espadas que poseen el poder de matar de un golpe.

Shaun las sopesa para ver si están equilibradas.

—Excelentes.

Mientras Matt se mueve por el círculo, no puedo evitar ponerme nerviosa. Me pregunto qué clase de arma me asignará a mí. ¿Cuál de mis dones se verá incrementado por alguna de estas asombrosas herramientas? Se acerca a Jimmy y yo casi salto de impaciencia. Por primera vez en mi vida siento, de una manera irrefutable, que soy aceptada completamente. Eso es lo que se supone que he de hacer: trabajar codo con codo con esta gente, dispuesta a combatir por una causa justa.

Matt pone una bolsa en las manos de Jimmy.

—¿Una bolsa de baratijas? —pregunta Jimmy, palpando el contenido con la mano—. ¿O una bolsa de guijarros?

Matt se echa a reír.

—Algo parecido, sólo que estos «guijarros» poseen el poder de una granada, y, aunque te caben perfectamente en el bolsillo, nunca se te acabarán. Estos explosivos no sólo son eficaces contra las criaturas de las tinieblas, sino que pueden derribar cualquier barrera, por cerrada o armada que esté.

Jimmy sonríe, haciendo malabarismos con la bolsa, impresionado por la ligereza de su arma.

Neriah es la siguiente. Matt estrecha una de sus manos, y todos los que estamos en el círculo sentimos el poder que fluye entre ellos ante ese repentino contacto. Es como si, al tocarse, uno se convirtiera en la extensión del otro. Matt se aparta y Neriah abre la mano. En su palma hay algo que sólo puede describirse como un pequeño rayo. Todos nos quedamos boquiabiertos y estiramos el cuello para verlo. Incluso Aysher y Silos se sientan sobre las patas traseras y husmean.

—¿Qué puedo hacer con esto? —pregunta Neriah.

Matt mira alrededor.

—Apunta a ese arbusto de ahí y utiliza tu pensamiento para proyectar su energía.

Neriah obedece y al instante un rayo emerge de su mano, incendiando el arbusto y reduciéndolo a ceniza a los pocos segundos. Todos nos quedamos pasmados.

Ya sólo quedamos tres. Dillon, Arkarian y yo. Cuando Matt se me acerca soy incapaz de controlar mis manos, que se lanzan hacia delante. Me tiemblan, pero me da igual. Matt se queda delante de mí unos momentos, y como no me ofrece nada, levanto los ojos.

—No tengo arma para ti —dice.

De repente, un completo silencio recorre el círculo. Bajo mis temblorosas manos y me las llevo a la espalda.

—No... lo entiendo —consigo articular.

—La razón por la que no tengo arma para ti es porque no la necesitas.

No puedo creer lo que oigo.

—¿Qué quieres decir?

—El arma que originariamente se hizo para ti, se la daré a Dillon.

—¿Qué?

Me tira de las muñecas y me obliga a poner las manos ante él.

—Ya has demostrado que tus manos pueden matar. Tú no necesitas ninguna arma. Y como ahora somos diez, nos falta una.

—¡Así que le das mi arma a Dillon!

—Así es.

Comienza a alejarse, rumbo al cofre. Estoy a punto de llorar. Parpadeo deprisa y doy un paso hacia atrás, a punto de echar a correr. ¿Qué estoy haciendo aquí con esta gente? No

debería formar parte de este... grupo selecto y secreto. No me quieren. Nunca me dejarán ser de los suyos.

Matt oye mis pensamientos incontrolables y se vuelve, perplejo. Intento explicárselo.

—¿Es que no merezco un arma?

—Rochelle, no se trata de eso.

Lo miro, a él, a todos, y sacudo la cabeza. Me alejo, pero él se adelanta y me sujeta por el hombro.

—Escúchame: no te estoy excluyendo. Tus manos son tus armas. Míralas. —Me quita los guantes y saltan chispas en todas direcciones. Todo el mundo se aleja o las esquiva—. Mira. —Matt coge una piedra, la pone en mi mano e inmediatamente queda reducida a polvo. Mis emociones se desbocan. Oigo exclamaciones de asombro.

—Quédate. Este es tu sitio.

Matt dice «quédate», pero mi corazón grita «vete». Nunca me he sentido tan humillada. Arkarian me toca el hombro para consolarme. En silencio, cojo los guantes, que ahora tiene Matt. Una vez vuelvo a ponérmelos y mis monstruosas manos quedan cubiertas, regreso a mi posición en el círculo y guardo silencio. Paso un buen rato mirándome los pies. No quiero ver qué arma le entregan a Dillon. Escucho mientras le dan la suya a Arkarian, una especie de látigo que tiene la propiedad de hacer cualquier cosa con el movimiento y la materia, como encender fuego, mover masas de agua, crear una tormenta de arena, o simplemente destruir a las criaturas con que vamos a enfrentarnos. Es una buena arma para él. De todos los que estamos aquí, merece la más poderosa.

La última arma es la de Matt, que resulta un hacha. Cuando se la coloca en el cinturón explica que esa hacha —sólida, fuerte y terrenal— le da equilibrio.

Al final todo acaba, y reúno el valor para alzar los ojos. Lo veo todo borroso. Intento secarme las pocas lágrimas que me quedan. Ethan me mira desde el otro lado del círculo. Y mientras mi vista comienza a despejarse, él no aparta la mirada de mí.

No sé qué pensar de su expresión. La palabra «compasión» me viene a la cabeza, pero la desecho. No soportaría que Ethan me compadeciera. Por un momento siento la tentación de proyectar mi mente hacia él para espiar sus pensamientos. Y de manera sorprendente, ahí están, pero no me atrevo a escucharlos. Aún perdura en lo más hondo de mí la sensación de ser una intrusa.

De pronto todos los pensamientos desaparecen cuando el rey Ricardo se materializa delante de nosotros. Un relámpago en el cielo revela la imagen de un edificio que se desmorona. Algo choca contra el suelo. Jimmy se acerca corriendo, recoge unos cuantos ladrillos y los levanta para que todos los veamos.

El rey Ricardo explica:

—Es la Ciudadela. La están atacando. ¡Coged las armas y daos prisa!