35
MAL DE AMORES
Fuese cual fuese el motivo, lo cierto es que aquel año Laurie dio muestras de una gran determinación; se graduó cum laude y, a decir de sus amigos, recitó su discurso con la gracia del revolucionario orador estadounidense Phillips y la elocuencia de Demóstenes. Todo el mundo fue a verle: su abuelo, ¡que estaba tan orgulloso!, el señor y la señora March, John y Meg, Jo y Beth… Y todos se regocijaron por él con esa sincera admiración a la que los chicos no dan importancia pero que es tan difícil de conseguir luego en la vida, por muchos triunfos que tengamos.
—Tengo que quedarme por esta maldita cena, pero estaré en casa mañana temprano. ¿Vendréis a recibirme como antes, chicas? —preguntó Laurie al dejar a las hermanas en el carruaje, después de terminadas las celebraciones. Dijo «chicas», pero en realidad se refería solo a Jo, porque ella era la única que seguía manteniendo la vieja costumbre; y, puesto que era incapaz de negarle nada a su espléndido y triunfador muchacho, contestó con ternura:
—Iré, Teddy, ya llueva o truene, y desfilaré ante ti tocando un himno de bienvenida a los héroes con un birimbao.
Laurie le dio las gracias con una mirada que hizo que ella se estremeciese y pensase: ¡Oh, Dios! Estoy segura de que me dirá algo, ¿y qué haré entonces?
Una tarde de reflexión y una mañana de trabajo aquietaron en parte sus miedos y, tras decidir que imaginar que alguien se le iba a declarar cuando ya había dejado clara la respuesta era una prueba de vanidad por su parte, partió hacia su cita, con la esperanza de que Teddy no acudiese y no la obligase a herir sus sentimientos. Tras una visita a Meg, y un rato muy entretenido en compañía de Daisy y Demijohn, se sintió mucho más preparada para el tête-à-tête previsto pero, cuando vio surgir en el horizonte la figura robusta de su amigo, le entraron ganas de dar media vuelta y echar a correr.
—¡Jo! ¿Dónde está el birimbao? —preguntó Laurie en cuanto estuvo lo bastante cerca para que le oyera.
—Lo he olvidado —respondió Jo, que recuperó el ánimo al observar que aquél no era el saludo de un enamorado.
En ocasiones como aquélla, solía tomar a Laurie del brazo, pero optó por no hacerlo y él no protestó —lo que no era una buena señal—, y se puso a hablar a toda velocidad de cosas ajenas a ellos, hasta que dejaron atrás la carretera para adentrarse en el camino que atravesaba el bosquecillo e iba a dar a sus casas. Entonces, el joven aminoró el paso, la conversación se tornó menos fluida e incluso hubo algún que otro silencio incómodo entre ambos. Con el propósito de rescatar la charla de uno de aquellos pozos de silencio, Jo comentó a la ligera:
—¡Supongo que ahora tendrás unas buenas vacaciones!
—Ésa es mi intención.
Algo en el tono firme del muchacho hizo que Jo levantase la mirada enseguida y le descubriese observándola de un modo que no dejaba lugar a dudas: el momento que tanto temía había llegado. Alzó la mano para frenarle e imploró:
—¡Por favor, Teddy, no lo hagas!
—Sí lo haré y tendrás que escucharme. No sirve de nada callar, Jo. Tenemos que aclarar este asunto y cuanto antes lo hagamos mejor para ambos —apuntó, a un tiempo animado y rojo de vergüenza.
—Está bien; entonces, habla. Te escucho —repuso Jo con una paciencia algo teñida de desesperación.
Laurie era un joven enamorado. Su amor era sincero y quería explicarse, aunque muriese en el intento. Abordó el asunto con la impetuosidad que le caracterizaba, pero con una voz que, de vez en cuando, temblaba, por mucho que se esforzase por comportarse como un hombre y mantener a raya la emoción.
—Te quiero desde que te conozco, Jo. No lo puedo evitar, siempre has sido muy buena conmigo. He intentado mostrarte mis sentimientos, pero no me has dejado. Ahora quiero explicártelo todo y necesito que me des una respuesta, porque no puedo seguir así por más tiempo.
—Quería evitarte esto, pensé que comprenderías… —comenzó Jo, consciente de que iba a resultar más duro de lo que esperaba.
—Sé que es así, pero las muchachas sois tan extrañas que uno nunca sabe a qué atenerse. Decís «no» queriendo decir «sí» y volvéis locos a los hombres por pura diversión —afirmó Laurie, atrincherado en aquel hecho irrefutable.
—No es mi caso. Nunca he pretendido que te intereses por mí en este sentido, y me alejé para evitarlo en la medida de lo posible.
—Lo suponía; es muy propio de ti, pero no ha servido de nada. Solo has conseguido que te quiera más y que me esfuerce más por agradarte. He dejado de ir a los billares y de hacer la clase de cosas que te desagradan, he esperado sin protestar con la esperanza de que correspondías a mi amor, aunque yo valga mucho menos que tú… —Llegado a este punto, la voz se le quebró y Laurie decapitó varios ranúnculos al tiempo que se aclaraba la «maldita garganta».
—¡Eso no es cierto! Tú vales mucho más que yo, y te estoy muy agradecida por todo… Me siento orgullosa de ti y te aprecio mucho. No sé por qué no soy capaz de amarte como esperas. Lo he intentado, pero no puedo mandar en mis sentimientos y si afirmase sentir algo más estaría mintiendo.
—¿Estás segura, Jo?
Al formular la pregunta Laurie se detuvo en seco, le tomó las manos y la miró de un modo que ella no olvidaría jamás.
—Sí, estoy segura.
Ya estaban en el bosquecillo, a unos pasos de la cerca. Cuando Jo pronunció aquellas últimas palabras a regañadientes, Laurie dejó caer las manos y dio media vuelta, dispuesto a seguir adelante. Pero, por primera vez en su vida, era como si aquella cerca fuese insalvable, y se quedó allí, con la cabeza apoyada en los postes tapizados de musgo, tan callado que Jo sintió miedo.
—¡Oh, Teddy, lo lamento, lo siento muchísimo! ¡Si sirviese de algo, daría la vida por ti! Quisiera que no fuese tan difícil. No puedo hacer nada. Nadie puede enamorarse a voluntad de otra persona —exclamó Jo, con poco tacto y llena de remordimientos, mientras daba unas tiernas palmadas en el hombro a su amigo y recordaba las muchas veces en las que él la había consolado en el pasado.
—A veces ocurre —musitó él sin apartar la cara de la estaca.
—No creo que eso sea amor de verdad, y prefiero no conocerlo —aseguró Jo con firmeza.
Guardaron silencio un rato mientras un mirlo cantaba alegre en los sauces de la orilla del río y la hierba se mecía al viento. Al cabo, Jo añadió, muy seria, mientras se sentaba en un peldaño de la cerca:
—Laurie, hay algo que quiero compartir contigo.
Él abrió los ojos de par en par, como si acabase de recibir un tiro en la cabeza, y exclamó con fiera desesperación:
—¡Por favor, Jo, no me lo digas! ¡No podría soportarlo en estos momentos!
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, sorprendida por la virulencia de su reacción.
—A que estás enamorada de ese viejo.
—¿Qué viejo? —inquirió Jo pensando que debía de referirse a su abuelo.
—El maldito profesor sobre el que tanto escribías. Si me dices que le amas, cometeré una locura. —Y, por su aspecto, aquélla no era una amenaza vana; tenía los puños cerrados y un destello de cólera en los ojos.
Jo a punto estuvo de soltar una carcajada, pero se contuvo y, visiblemente emocionada, repuso:
—¡Teddy, no digas palabrotas! Ni es un viejo ni es un maldito; es una buena persona, un hombre muy amable, y es mi mejor amigo… después de ti, claro. Por favor, no te dejes llevar por tus sentimientos, quiero ser considerada contigo pero, si insultas al profesor, me lo pondrás muy difícil. Y estoy muy lejos de estar enamorada de él o de cualquier otro.
—Pero acabarás por enamorarte, y entonces ¿qué será de mí?
—Eres un muchacho sensato, de modo que te enamorarás de otra persona y olvidarás todo este asunto.
—No puedo amar a nadie más y nunca podré olvidarte, Jo. ¡Nunca! ¡Nunca! —dijo dando un taconazo para dotar de más fuerza a sus apasionadas palabras.
—¿Qué puedo hacer con él? —murmuró Jo con un suspiro. Las emociones eran mucho más difíciles de controlar de lo que había temido—. No me has dejado contarte lo que quería decirte. Haz el favor de sentarte y prestar atención; quiero que estemos bien y que seas feliz —explicó, con la esperanza de que oír algo razonable le ayudase a calmarse, lo que demuestra lo poco que Jo sabía del amor.
Viendo un rayo de esperanza en esta última frase, Laurie se sentó en la hierba, a sus pies, apoyó el brazo en el último peldaño de la cerca y la miró expectante. Sin duda, la actitud del joven no ayudaba a Jo a hablar con serenidad ni con claridad. ¿Cómo podía decir palabras duras a un amigo que la miraba con los ojos llenos de amor y deseo, las pestañas aún húmedas por las amargas lágrimas derramadas a consecuencia de su rechazo? Volvió la cabeza de Laurie con dulzura y, mientras acariciaba su cabello ondulado, que se había dejado crecer por ella, lo que resultaba conmovedor, dijo:
—Estoy de acuerdo con mamá en que tú y yo no estamos hechos el uno para el otro porque tenemos un carácter muy fuerte, somos obstinados y seríamos muy desgraciados si cometiésemos la locura de… —Jo hizo una pausa antes de pronunciar la siguiente palabra, pero Laurie dijo con expresión arrobada:
—Casarnos… ¡No seríamos desgraciados! Jo, si tú me quisieses, yo sería un santo porque harías de mí lo que quisieras.
—No, no es cierto. Lo he intentado sin éxito y no comprometeré nuestra felicidad con un experimento tan arriesgado. No nos ponemos de acuerdo ni lo haremos nunca; será mejor que sigamos siendo los mejores amigos toda la vida y no cometamos ninguna imprudencia.
—Deberíamos intentarlo —musitó Laurie sin dar su brazo a torcer.
—Por favor, sé razonable y mira las cosas con sentido común —imploró Jo, a punto de perder la paciencia.
—No quiero ser razonable ni ver las cosas «con sentido común», como dices. Eso no me ayudará, solo hará que todo resulte más difícil. No puedo creer que tengas tan poco corazón.
—¡Ojalá fuese así!
Laurie notó que a Jo le temblaba un poco la voz y lo consideró un buen presagio, por lo que se volvió y, haciendo acopio de todas sus dotes de persuasión, dijo con el tono más peligrosamente halagador que ella le había oído emplear nunca:
—¡No seas así, querida! Todo el mundo espera que ocurra. A mi abuelo le hace mucha ilusión, a tu familia también, y yo no puedo vivir sin ti. Dame el sí y todo el mundo estará contento. ¡Venga, hazlo!
Hasta pasados varios meses Jo no comprendió de dónde había sacado fuerzas para mantenerse firme en su decisión de que no amaba a Laurie y, con toda seguridad, no lo haría nunca. La experiencia resultó muy dura, pero no cejó, consciente de que dar esperanzas al joven sería, además de cruel, inútil.
—No te puedo dar un sí sincero, así que no diré nada. Con el tiempo, comprenderás que tengo razón y me lo agradecerás —afirmó en tono solemne.
—¡Que me cuelguen si lo hago! —replicó Laurie, y se levantó de golpe de la hierba, ardiendo de furia solo de pensarlo.
—¡Sí lo harás! —insistió Jo—. Al cabo de un tiempo, lo superarás y encontrarás a una joven encantadora y culta que te adorará y cumplirá de maravilla el papel de señora en tu fantástica casa. Yo no podría. Soy poco atractiva, torpe, rara y vieja, te avergonzarías de mí, estaríamos todo el día peleándonos… Fíjate, ni siquiera ahora somos capaces de ponernos de acuerdo… A mí no me interesaría la alta sociedad y a ti sí. Y detestarías que escribiese y yo no podría vivir sin ello, y seríamos tan infelices que desearíamos no habernos juntado jamás… ¡Y todo sería horroroso!
—¿Algo más? —preguntó Laurie, al que le costaba escuchar pacientemente aquella retahíla de profecías.
—Nada más, salvo decir que no creo que me case jamás. Estoy muy bien así, valoro mi libertad y no tengo prisa por perderla a cambio de ningún hombre.
—¡No lo creo! —exclamó Laurie—. Ahora lo ves así, pero algún día te fijarás en alguien, te enamorarás perdidamente y darás la vida por él si es preciso. Sé que lo harás, es tu forma de ser, y a mí me tocará verlo todo porque seguiré a tu lado. —Al decir esto, el enamorado desesperanzado arrojó su sombrero al suelo en un gesto que habría resultado cómico de no ser por la expresión trágica de su rostro.
—Sí, viviré y moriré por él si en verdad aparece alguien que me haga quererle a pesar de mí misma, y tú debes esforzarte por superarlo —exclamó Jo, que al final perdió la paciencia—. He hecho lo que he podido, pero te niegas a ser razonable, y me parece muy egoísta por tu parte empeñarte en que te dé lo que no está en mi mano entregarte. Te tengo un gran cariño, muy grande en verdad, pero como amigo, y no me casaré contigo jamás. Cuanto antes lo asumas, mejor para ambos.
Su discurso tuvo el mismo efecto que el fuego en la pólvora. Laurie la miró de hito en hito, como si no supiese bien cómo reaccionar, luego dio media vuelta, visiblemente airado, y espetó en un tono desesperado:
—Algún día te arrepentirás de esto, Jo.
—¿Adónde vas? —exclamó ella asustada por la expresión del muchacho.
—¡Al infierno! —fue su reconfortable respuesta.
A Jo se le encogió el corazón al verle caminar en dirección al río, pero para que un joven termine con su vida de forma violenta hace falta que esté muy loco, sea un gran pecador o se sienta muy desgraciado, y Laurie no era un hombre débil que se dejase abatir por un primer fracaso. No tenía prevista una zambullida trágica en el agua, sino que fue, hecho una furia y guiado por un impulso, hacia su bote, arrojó el sombrero y el abrigo dentro y se puso a remar como un loco, batiendo su propio récord de velocidad, río arriba. Jo dejó escapar un largo suspiro y relajó las manos cuando comprendió que el pobre muchacho había decidido remar para desahogar la pena que sentía en el corazón.
Esto le hará bien, aunque volverá a casa tan dolido y arrepentido que no tendré ánimo para verle, se dijo. Mientras caminaba lentamente de regreso a casa, sintiéndose como si hubiese asesinado a un inocente y ocultado el cadáver entre la vegetación, pensó: Ahora tendré que ir a hablar con el señor Laurence para que sea especialmente amable con el pobre muchacho. ¡Ojalá se hubiese enamorado de Beth! Tal vez, con el tiempo, ocurra, pero empiezo a pensar que me equivoqué al juzgar los sentimientos de mi hermana. ¡Por Dios! ¿Cómo es posible que a las mujeres les agrade tener enamorados a los que rechazar? ¡Yo lo encuentro terrible!
Segura de que nadie podía solucionar las cosas mejor que ella misma, fue directa a casa del señor Laurence, se armó de valor y le contó toda la historia, pero terminó por derrumbarse y, entre sollozos, lamentó amargamente su falta de sensibilidad, y el anciano caballero, a pesar de su consternación, no le hizo ningún reproche. Al abuelo le costaba comprender que una joven no quisiera a su amado Laurie, y esperaba que ella cambiase de opinión pero, como sabía, mejor incluso que la propia Jo, que el amor no se puede forzar, meneó la cabeza con tristeza y decidió ayudar al muchacho para que no sufriera tanto, porque las palabras de despedida que el joven impetuoso había dedicado a Jo le inquietaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando Laurie llegó a casa, muerto de cansancio pero bastante tranquilo, el abuelo fue a recibirle como si no estuviese al corriente de nada y mantuvo ese engaño con éxito durante un par de horas. Sin embargo, cuando, al caer la tarde, se sentaron para charlar, algo de lo que solían disfrutar mucho, al pobre anciano le costaba hablar con el tono ligero, de costumbre, y el joven recibía con amargura las felicitaciones y referencias a su éxito, que, tras su decepción amorosa, le parecía un trabajo de amor perdido. Soportó la situación y, cuando no pudo más, se levantó y fue a tocar el piano, Las ventanas estaban abiertas, y por una vez Jo, que en ese momento paseaba con Beth por el jardín, comprendió mejor que su hermana lo que significaba aquella música, la «Sonata patética», de Beethoven, que Laurie tocó como nunca.
—Está muy bien, sin duda, pero es tan triste que me dan ganas de llorar. Toca algo más alegre, muchacho —pidió el señor Laurence, cuyo viejo corazón rebosaba de una compasión que deseaba expresar pero no sabía cómo.
Laurie atacó de inmediato una canción mucho más animada, tocó tempestuosamente durante varios minutos y hubiese seguido, haciendo de tripas corazón, de no haber oído, en una pausa, a la señora March decir: «Jo, querida, ven, te necesito».
Al oír aquellas palabras que tanto deseaba decir —aunque con un sentido diferente—, perdió la concentración. La música se interrumpió abruptamente y el músico permaneció sentado, en silencio, en la oscuridad.
—No lo puedo resistir —musitó el anciano. Se levantó, caminó a tientas hacia el piano y puso suavemente su mano sobre el ancho hombro del muchacho, al tiempo que decía, con una dulzura más propia de una mujer—: Lo sé, muchacho, lo sé.
Al principio no hubo respuesta, pero después Laurie preguntó con aspereza:
—¿Quién te lo ha contado?
—La propia Jo.
—¡Pues no hay nada más que decir! —Y retiró la mano de su abuelo con un gesto impaciente, porque, a pesar de agradecer la compasión del anciano, el orgullo no le permitía tolerar que se apiadasen de él.
—No del todo, tengo algo que decir. Luego, si quieres, podemos dar por zanjado el asunto —repuso el señor Laurence con una suavidad inusitada en él—. ¿No preferirías marcharte una temporada?
—No voy a salir huyendo por una chica. Jo no puede impedir que la vea siendo vecinos y yo me quedaré cuanto me apetezca —afirmó Laurie en tono desafiante.
—Eso no es lo que haría un caballero y creo que tú lo eres. Lo lamento, pero la chica no puede evitar sentir lo que siente y lo único que puedes hacer es alejarte por un tiempo. ¿Adónde te gustaría ir?
—¡Me da igual, me trae sin cuidado lo que sea de mí! —Laurie se levantó lanzando una carcajada de desánimo que sonó como un chirrido a su abuelo.
—¡Por el amor de Dios, compórtate como un hombre y no cometas ninguna imprudencia! ¿Por qué no retomas el plan de ir al extranjero que habías abandonado?
—No puedo.
—Pero si estabas como loco por marcharte y te prometí que te dejaría ir cuando terminases la universidad.
—¡Sí, pero no tenía intención de viajar solo! —Laurie empezó a dar vueltas por la sala, inquieto, con una expresión en el rostro que por suerte su abuelo no podía ver.
—No tienes por qué ir solo. Conozco a alguien que te acompañaría encantado a cualquier lugar.
—¿De quién se trata? —Laurie se detuvo a escuchar la respuesta.
—De mí.
Laurie se acercó a él a toda velocidad, le tendió la mano y dijo con voz ronca:
—Soy un bruto egoísta pero, abuelo, has de entender…
—¡Válgame el cielo! Claro que te entiendo, he vivido esto antes, primero en mis propias carnes, de joven, y luego con tu padre. Ahora, querido muchacho, siéntate y escucha lo que tengo que decirte. Ya está todo organizado y podemos partir de inmediato —explicó el señor Laurence agarrando con fuerza a su nieto como si temiese que se fuese a escapar, como había hecho su padre antes que él.
—Está bien, ¿en qué consiste el plan? —Laurie se sentó, pero ni su expresión ni su tono denotaban el menor interés.
—He de ir a atender un negocio en Londres. Podría mandarte solo a ti, pero creo que es mejor que vaya en persona, y Brooke se puede encargar de todo por aquí. Mis socios hacen el grueso del trabajo, yo solo sigo en mi puesto a la espera de que tú estés preparado para tomar el relevo.
—Pero a ti no te gusta viajar y no te puedo pedir que hagas un esfuerzo tan grande a tu edad —empezó Laurie, que agradecía el sacrificio que su abuelo estaba dispuesto a hacer pero que, de ir, prefería hacerlo solo.
El anciano era perfectamente consciente de esto último y quería evitarlo a toda costa porque, dado el estado de ánimo en que se encontraba su nieto, no era buena idea dejar que se las apañase solo. Así, sofocando la angustia que le provocaba pensar en abandonar la comodidad de su hogar, afirmó con resolución:
—¡Por Dios, muchacho, todavía no estoy desahuciado! Me gusta la idea, me sentará bien cambiar de aires y a mis viejos huesos no les pasará nada porque, hoy en día, viajar es tan cómodo como estar sentado en una silla.
Laurie se removió inquieto, en su silla, como para indicar que él no se sentía cómodo sentado y que el plan no le parecía tan maravilloso, ante lo que el anciano añadió:
—No pretendo ser una carga. Quiero ir porque pienso que te sentirás mejor que si me dejas aquí. Por supuesto, no iré de picos pardos contigo, pero podrás moverte con total libertad sabiendo que yo lo estaré pasando bien a mi manera. En Londres tengo muy buenos amigos, y también en París. Los iré a visitar. Tú podrías ir a Italia, Alemania, Suiza o cualquier otro lugar, a disfrutar del arte, la música, el teatro, las aventuras, lo que más te apetezca.
En ese momento, Laurie sentía que no le apetecía nada y que el mundo era un desierto sin interés, pero ciertas palabras que el anciano introdujo hábilmente en su última frase reconfortaron su dolido corazón e hicieron surgir un oasis verde en medio del desierto. Suspiró y, luego, sin ánimo, añadió:
—Como quieras, me da igual adonde vaya y lo que haga.
—Pero a mí no; no lo olvides, muchacho. Te doy plena libertad, pero confío en que harás buen uso de ella. Quiero que me des tu palabra, Laurie.
—Como tú digas, abuelo.
Está bien, pensó el anciano, ahora no te importa, pero o mucho me equivoco o, llegado el momento, esta promesa te ayudará a no meterte en líos.
Siendo como era un hombre enérgico, el señor Laurence prefirió golpear el hierro cuando aún estaba al rojo vivo, es decir, antes de que el muchacho recuperase fuerzas y se volviese más rebelde. En el tiempo que duraron los preparativos, Laurie se aburrió, como suele ocurrir con los jóvenes. Estaba de mal humor, irritable y, a ratos, pensativo. Perdió el apetito, descuidó su atuendo y dedicó demasiado tiempo a tocar el piano de forma atormentada. Evitaba encontrarse con Jo, pero se consolaba observándola desde la ventana, con una expresión trágica en el rostro que atormentaba los sueños de la joven por las noches y la hacía sentirse terriblemente culpable durante el día. Como suele sucederles a quienes sufren, no volvió a hablar de aquella pasión no correspondida ni permitió que nadie, ni siquiera la señora March, le dijese unas palabras de consuelo o de apoyo. En cierto modo, eso supuso un alivio para sus amigas, pero en las semanas que precedieron a su partida todas estuvieron muy incómodas, y se alegraron de que «el pobre muchacho se alejase para olvidar y luego volviera a casa feliz». Por supuesto, aquella idea le hacía sonreír con la oscura amargura del que siente que su fidelidad y su amor son inalterables.
Cuando llegó la hora de partir, Laurie fingió estar encantado para ocultar los inoportunos sentimientos que se empeñaban en salir a la luz. Sin embargo, su supuesta alegría no convenció a nadie, aunque actuaban como si no se diesen cuenta, y él aguantó bastante bien hasta que la señora March le besó y se despidió con un susurro dulce y maternal. Laurie se emocionó, abrazó precipitadamente a todas, incluida Hannah, que estaba muy afectada, y corrió escaleras abajo como si le fuese la vida en ello. Jo le siguió para despedirle, sin saber si él miraría hacia atrás. Lo hizo y, al verla, volvió sobre sus pasos, la abrazó, la miró y preguntó con un tono elocuente y dramático:
—¡Jo, querida! ¿No es posible?
—Teddy, querido, ¡ojalá lo fuera!
Eso fue todo. Tras un corto silencio, Laurie se rehízo y añadió:
—Está bien, no te preocupes. —Y se marchó sin decir nada más. Pero no estaba «bien» y Jo sí se preocupó. Porque desde aquel día en que el joven descansó su cabeza en su hombro minutos después de haber hecho la temible pregunta, ella se sentía como si hubiese apuñalado a un amigo y, cuando él se marchó, sin volver la vista atrás, supo que el Laurie que ella conocía no volvería jamás.