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EXPERIENCIAS DOMÉSTICAS
Al igual que la mayoría de las recién casadas, Meg inició su vida matrimonial decidida a convertirse en un ama de casa ejemplar. John debía encontrar un paraíso en su hogar, ver siempre una sonrisa en su rostro, comer como un rey y no echar en falta nunca ni un solo botón. La joven se entregó a la tarea con tanto amor, energía y alegría que era imposible que no lo lograra, a pesar de algunos obstáculos. El paraíso resultó no ser un lugar tranquilo, porque la mujercita armaba mucho ruido, en su afán por complacer vivía angustiada y no paraba en todo el día, como la Marta bíblica, ocupada en mil labores. A menudo estaba tan cansada que no le quedaban fuerzas ni para sonreír. Después de unas cuantas comidas refinadas, John empezó a sufrir de indigestión y, en una muestra de ingratitud, rogó a su esposa que preparase platos más sencillos. En cuanto a los botones, la joven no tardó en preguntarse dónde iban a parar todos los que su descuidado marido perdía y llegó a amenazarle con dejar que se los cosiera él mismo para ver si así aguantaban mejor sus tirones impacientes y la torpeza de sus dedos.
Aún después de descubrir que no podían vivir solo de amor, la pareja era muy feliz. Meg no le parecía menos bella a John por el hecho de verla sonreír mientras preparaba el café, ni a Meg le resultaba menos romántica la despedida diaria de su esposo cuando éste, después de besarla, preguntaba: «Querida, ¿qué quieres que traiga para la cena, ternera o cordero?». La pequeña vivienda dejó de ser un lugar de ensueño y se convirtió en un auténtico hogar, un cambio que la pareja agradeció. Al principio, parecían dos chiquillos jugando todo el día, siempre alegres, pero poco a poco John se centró en el trabajo, consciente como era de ser el cabeza de familia, y Meg sustituyó sus mandiles de batista por un gran delantal y se puso a trabajar con mucha energía y, como ya hemos señalado, poca discreción.
Mientras estuvo bajo el influjo de la pasión culinaria, siguió las instrucciones del recetario de la señora Cornelius y, como un estudiante que ha de resolver un ejercicio de matemáticas, buscaba la solución a cada problema con paciencia y esmero. A veces invitaba a su familia para compartir un festín de aciertos excesivamente abundante, y en otras ocasiones entregaba en secreto a Lotty una remesa de intentos fallidos que terminaban en los agradecidos estómagos de los pequeños Hummel. En las tardes en que hacía cuentas con su esposo, su entusiasmo culinario caía temporalmente y apostaba por una frugalidad que se traducía en pudin de leche y pan, carne picada y café recalentado, lo cual ponía a prueba la paciencia del pobre hombre, que, no obstante, lo soportaba todo con encomiable fortaleza. Sin embargo, antes de encontrar un punto medio, Meg añadió al ajuar doméstico una colección de tarros, algo sin lo cual pocas parejas jóvenes salen adelante.
Movida por el ansia de surtir su despensa con productos caseros, la joven decidió hacer mermelada de grosella. Pidió a John que trajese una docena de tarros pequeños y algo de azúcar, pues las grosellas que tenían ya estaban maduras y quería aprovecharlas antes de que se echasen a perder. John consideraba que «mi esposa» no tenía nada que envidiar a otras y se sentía muy orgulloso de sus habilidades, por lo que decidió complacerla y dejar que transformase su única cosecha de fruta en agradables conservas para el invierno. Volvió a casa con una docena de tarritos preciosos, medio barril de azúcar y un niño al que contrató para que recogiese las grosellas. Con su hermoso cabello recogido y cubierto con un gorrito, las mangas subidas hasta los codos y un delantal de cuadros que resultaba muy coqueto, a pesar del peto, la joven ama de casa se puso manos a la obra, segura de su éxito. ¿Acaso no se lo había visto hacer cientos de veces a Hannah? Al principio, la hilera de potes la intimidó un poco, pero se dijo que merecía la pena llenarlos todos porque a John le gustaba mucho la mermelada y los tarros lucirían mucho en el estante superior de la despensa. Pasó el día preparando, cociendo y colando. Hizo cuanto pudo, buscó consejo en el libro de la señora Cornelius, se exprimió el cerebro tratando de recordar qué podría hacer Hannah que ella hubiese olvidado, volvió a cocer, añadir azúcar y colar, pero no conseguía que aquella masa horrenda pareciese mermelada.
Estuvo a punto de ir corriendo a casa, sin quitarse siquiera el delantal, y pedir a su madre que le echase una mano, pero John y ella habían acordado que no molestarían a los demás con sus preocupaciones, experimentos o peleas. Al pronunciar la última palabra habían reído como si la simple idea de que pudiesen llegar a pelearse resultase ridícula, pero estaban dispuestos a resolver cualquier cosa solos, sin que interviniese un tercero, tal como los había aconsejado la señora March. Así que, en aquel caluroso día de verano, Meg lidió sola con la reacia mermelada hasta que a las cinco en punto, derrotada, se sentó en su diminuta cocina, se limpió las embadurnadas manos y se echó a llorar.
En los primeros tiempos de su nueva vida, acostumbraba a decir: «Mi esposo podrá traer a un amigo a comer cuando quiera. Yo estaré siempre lista y me ocuparé de todo sin nervios, sin prisas y sin malas caras. Cuando llegue, encontrará la casa limpia, una esposa feliz y una buena comida. Así pues, John, querido, no tienes ni que pedirme permiso, puedes invitar a quien sea con la seguridad de que os brindaré una cálida acogida».
¡Qué maravilloso sonaba aquello! A John le brillaban los ojos al oírla y se sentía un hombre muy afortunado por tener una esposa insuperable. Pero lo cierto era que, aunque habían recibido algunas visitas, las cosas nunca salían como estaba previsto y Meg aún no se había podido lucir como deseaba. Es lo que suele ocurrir en este valle de lágrimas, y en tales ocasiones solo nos queda preguntarnos por qué, lamentarnos y sobrellevarlo lo mejor posible.
Si John no hubiese olvidado por completo lo de la mermelada, habría sido imperdonable que, de todos los días del año, escogiese justo aquél para invitar a un amigo a comer sin avisar. Seguro de que en casa le aguardaba, lista para servirse, la apetecible comida que había pedido por la mañana, el joven, llevado por la irrefrenable emoción del recién casado, había rogado a su amigo que le acompañase, deleitándose de antemano con el encantador efecto que le produciría ver a su hermosa esposa salir a recibirlos.
Pero éste es un mundo de decepciones, como John descubrió al llegar a Dovecote. La puerta principal, que solía estar abierta en señal de hospitalidad, estaba cerrada a cal y canto, y los escalones seguían sucios con el barro del día anterior. Las ventanas de la sala estaban igualmente cerradas, con las cortinas corridas, y nada hacía sospechar que dentro hubiese una bella esposa cosiendo, vestida de blanco y con un atractivo lazo en el pelo, ni una anfitriona radiante y sonriente a punto de salir a dar la bienvenida a sus huéspedes. No encontraron nada de eso, pues no vieron a nadie, salvo a un muchacho, que parecía manchado de sangre, dormido bajo el grosellero.
—Debe de haber pasado algo, Scott; espérame en el jardín. Iré a buscar a mi esposa —dijo John, alarmado por el silencio y la soledad del lugar.
Fue rápidamente a la parte trasera de la casa, tras el rastro de un intenso olor a azúcar quemado. El señor Scott lo siguió de lejos, con cara de extrañeza, y se detuvo a una distancia prudente cuando el señor Brooke desapareció de su vista; aun así, lo oía y veía todo y, siendo un hombre soltero, el panorama le divirtió de lo lindo.
La confusión y el desespero se habían apoderado de la cocina. La primera remesa de mermelada chorreaba de los tarros, otra yacía en el suelo y la tercera se quemaba alegremente en el fogón. Lotty, con flema teutona, comía pan y bebía zumo de grosella, ya que la fruta seguía en estado líquido, mientras la señora Brooke lloraba desolada, cubriéndose el rostro con el delantal.
—Querida mía, ¿qué ocurre? —preguntó John al entrar corriendo, angustiado por visiones de manos escaldadas e inesperadas malas noticias, y secretamente incómodo por tener a un invitado esperando en el jardín.
—¡Oh, John, estoy muy cansada, acalorada, enfadada y preocupada! Lo he intentado sin parar hasta no poder más. Ven a ayudarme o moriré. —Y la exhausta ama de casa se arrojó a sus brazos para brindarle una dulce bienvenida en sentido muy literal, puesto que su delantal estaba tan lleno de mermelada como el suelo.
—¿Qué te preocupa, querida? ¿Ha ocurrido algo malo? —preguntó ansioso John, besando tiernamente la parte superior de su gorrito, que se había ladeado.
—Así es —respondió Meg llorando desolada.
—Cuéntame de qué se trata. No llores más, no soporto verte así. Desahógate, amor mío.
—La mermelada no queda bien y ¡no sé qué hacer!
John Brooke rió como nunca, de una forma que no se atrevería a repetir. Divertido, Scott sonrió al oír la alegre carcajada, que puso fin a los lamentos de la pobre Meg.
—¿Eso es todo? Tírala por la ventana y no te preocupes más por eso. Te compraré toda la que quieras pero, por amor de Dios, no te pongas histérica porque he invitado a Jack Scott a cenar y…
John no pudo seguir hablando porque Meg se separó, unió las manos en un gesto dramático y se dejó caer sobre una silla, exclamando con una mezcla de indignación, reproche y desaliento:
—¡Un invitado para la cena y todo está hecho un desastre! John Brooke, ¿cómo has podido hacer algo así?
—Chist… Está en el jardín, olvidé que ibas a hacer mermelada, pero ya no hay remedio —dijo John angustiado por lo que podría ocurrir a continuación.
—Tendrías que haber enviado a alguien a avisarme o haberme comentado algo esta mañana y, ante todo, tendrías que haber recordado que hoy iba a estar muy atareada —prosiguió Meg malhumorada, porque hasta las palomas dan picotazos cuando se enfadan.
—Esta mañana no sabía que le iba a invitar y no he tenido tiempo de mandar a nadie a avisarte porque me encontré con él cuando venía hacia casa. No creí que tuviese que pedir permiso, siempre me dices que haga lo que quiera. Hasta ahora no lo había intentado y ¡que me cuelguen si lo vuelvo a hacer! —añadió John con aire contrariado.
—¡Espero que así sea! Llévatelo de aquí de inmediato. No quiero ni verle y no he preparado nada para la cena.
—Vaya, ¡esta sí que es buena! ¿Y qué ha sido de la carne y la verdura que traje y del pudin que prometiste preparar? —exclamó John yendo a toda prisa hacia la despensa.
—No he tenido tiempo de cocinar nada; pensaba ir a cenar a casa de mi madre. Lo lamento, pero he estado demasiado ocupada. —Y Meg empezó a llorar de nuevo.
John era un buen hombre, pero humano al fin y al cabo, y después de un día de trabajo agotador, volver a casa cansado y hambriento para encontrar todo hecho un lío, nada que comer y a su mujer de pésimo humor no era precisamente lo que más le apetecía. Aun así, se contuvo, consciente de que la pequeña rencilla podría derivar en algo mucho peor si pronunciaba una palabra desafortunada.
—Ha sido un error, lo reconozco, pero si me echas una mano lo podremos arreglar y pasar un buen rato. No llores, querida, haz un pequeño esfuerzo y prepáranos algo para comer. Somos como dos cazadores hambrientos, nos comeremos lo que sea, sin rechistar. Danos un poco de pan con queso y embutido; prometo que no te pediré mermelada.
Esto último lo dijo en son de broma, con su mejor intención, pero la frase selló su destino. Meg consideró que la alusión a su triste fracaso resultaba demasiado cruel y perdió el último átomo de paciencia que le quedaba al decir:
—Pues tendrás que subsanar el error tú solo, lo mejor que sepas. Estoy demasiado agotada para esforzarme por nadie. Es muy propio de un hombre proponer que le demos un vulgar plato de pan con queso a un invitado. Yo no haré nada parecido en mi casa. Lleva a Scott a casa de mi madre y dile que yo no estoy, que he enfermado o que estoy muerta, lo que sea. No pienso recibirle, y vosotros dos os podéis reír de mí y de mi mermelada cuanto os plazca; no comeréis nada aquí. —Y habiendo dicho lo que quería de un tirón, Meg se quitó el delantal, abandonó la escena y se fue a lamentarse a su habitación.
Nunca supo qué hicieron los dos hombres en su ausencia, pero el señor Scott no fue a comer a casa de su madre y, cuando Meg bajó, una vez que se hubieron ido, descubrió con horror sobras de una frugal cena, Lotty le explicó que habían comido y reído mucho, y que el señor le había ordenado que tirase la mermelada y escondiese los tarros.
Meg sintió el impulso de ir a ver a su madre y contarle lo ocurrido, pero la vergüenza por su fracaso y su lealtad hacia John, «que puede que sea cruel, pero nadie debe saberlo», la refrenaron. Recogió un poco la casa, se arregló y se sentó a esperar a su marido para hacer las paces.
Por desgracia, John no volvió, porque no veía el asunto del mismo modo. Había bromeado con Scott, disculpado a su mujercita lo mejor que había sabido y tratado a su huésped con la máxima hospitalidad. Su amigo disfrutó con la improvisada cena y prometió volver en otra ocasión. Pero, aunque no lo mostrase, John estaba enfadado. Consideraba que Meg le había puesto en un aprieto y, después, lo había abandonado cuando más la necesitaba. No es justo, pensaba, decirle a un hombre que puede traer amigos a casa siempre que quiera, con total libertad, y, cuando te toma la palabra, montar en cólera, reñirle y dejarle solo ante el problema para que el otro se burle o se apiade de él. No, ¡por todos los santos! Eso no se hace y Meg debería saberlo. Mientras comía, la procesión iba por dentro pero, una vez superado lo peor, mientras regresaba a casa después de despedirse de Scott, su ánimo se calmó. ¡Pobrecilla! He sido demasiado duro con ella, que se ha esforzado tanto por complacerme. Lo que ha hecho está mal, pero es muy joven. Debo ser más paciente y enseñarle a comportarse. John esperaba que no hubiese ido a su casa con el chisme; detestaba los cotillees y que terceras personas se entrometiesen en su vida. Solo de pensarlo se puso de mal humor, pero al imaginar a Meg llorando hasta caer enferma se le ablandó nuevamente el corazón y apuró el paso, resuelto a mostrarse sereno y tierno, pero también firme para que su mujer entendiese que había desatendido sus deberes de esposa.
Meg había decidido asimismo mostrarse serena y tierna, y enseñarle cuál era su obligación como esposo. Quería correr a su encuentro, pedirle perdón, besarle, encontrar consuelo en sus brazos, pero, por supuesto, no hizo nada semejante y, cuando vio a John llegar, empezó a canturrear con fingida naturalidad, mientras se mecía y cosía como una mujer ociosa vestida con sus mejores galas.
John se sintió algo decepcionado al no encontrar a una tierna Níobe pero, convencido de que era ella quien debía disculparse primero, no dijo nada. Entró tranquilamente y se tumbó en el sofá, desde donde hizo el interesante comentario que sigue:
—Cariño, va a haber luna llena.
—Me parece bien —fue la balsámica respuesta de Meg.
El señor Brooke sacó a colación unos cuantos temas más de interés general, a los que la señora Brooke fue respondiendo con escasa emoción, hasta que la conversación languideció. John se acercó entonces a la ventana, abrió el periódico y se envolvió con él, en sentido figurado. Meg fue a la otra ventana y cosió nuevos adornos en unas zapatillas como si le fuese la vida en ello. Ninguno de los dos dijo nada; ambos se mostraban «serenos y firmes» y ambos se sentían desesperadamente incómodos.
¡Oh, Dios!, pensó Meg, la vida de casada es muy dura y, además de amor, requiere una paciencia infinita, tal y como dice mamá. La palabra «mamá» le trajo a la memoria otro consejo materno recibido años atrás que ella había acogido con disgusto: «John es un buen hombre, pero tiene sus defectos, y tú debes aprender a verlos y a soportarlos, sin olvidar que también tienes los tuyos. Es muy firme pero, si razonas con él con dulzura y no le llevas la contraria con impaciencia, no se mostrará obstinado. Es estricto, sobre todo en lo referente a contar siempre la verdad, y ésa es una virtud, aunque a ti te resulte incómoda. Meg, no le engañes nunca ni con tus palabras ni con tus actos y él confiará en ti como mereces y te brindará su apoyo. Tiene un carácter distinto del nuestro. Nosotras explotamos pero se nos pasa enseguida; a él le cuesta mucho enfadarse pero, cuando lo hace, no es fácil de aplacar. Cuida de no despertar su furia y recuerda que tu paz y tu felicidad dependen de no perder su respeto. Vigila lo que haces y lo que dices y, en caso de que los dos cometáis un error, discúlpate primero para evitar que surjan esas pequeñas rencillas, malentendidos y malas palabras que provocan un amargo pesar y arrepentimiento».
Meg recordó aquellas palabras, sobre todo las últimas, mientras bordaba en el crepúsculo. John y ella vivían su primera gran desavenencia; las desagradables frases que había dicho le parecían necias y duras al pensar en ellas, su enfado se le antojaba pueril, y al imaginar al pobre John volviendo a casa para encontrar semejante escena se le ablandó el corazón. Le miró con lágrimas en los ojos, pero él no se dio cuenta. Dejó su labor y se levantó, decidida a ser la primera en decir «lo siento», aunque él no parecía prestar atención. Cruzó la estancia muy lentamente, porque le costaba tragarse el orgullo, y se detuvo ante su esposo, pero él no levantó los ojos para mirarla. Por unos segundos la joven se sintió incapaz de seguir adelante, pero entonces pensó: Esto no es más que el principio. Yo haré lo que debo hacer y así no tendré nada que reprocharme. Se inclinó y besó dulcemente a su esposo en la frente. Eso bastó para arreglar las cosas. Aquel beso de arrepentimiento resultó mejor que ningún discurso, y John la sentó sobre sus rodillas y dijo con gran ternura:
—No estuvo bien que me burlase de lo de la mermelada; te pido perdón, querida, y prometo no hacerlo nunca más.
Pero lo hizo, ¡válgame el cielo si lo hizo! Cientos de veces, y Meg también; ambos declararon que aquélla era la mermelada más dulce de sus vidas, porque los tarritos sirvieron para conservar la paz familiar.
Después de aquello, Meg invitó al señor Scott a una cena formal y le sirvió un festín estupendo que no incluía una mujer airada como primer plato. Estuvo tan alegre y ocurrente, y todo salió tan bien, que el señor Scott comentó a John que era un hombre afortunado por estar casado con ella y fue musitando acerca de las miserias de la vida de soltero de camino a su casa.
El otoño trajo consigo nuevos retos y experiencias. Sallie Moffat recuperó la amistad con Meg e iba con frecuencia a la casita a contarle algún cotilleo o a invitar a la «pobrecilla» a pasar el día en su gran mansión. A Meg le agradaba su presencia, porque el mal tiempo la hacía sentirse algo sola; todos en su familia estaban muy ocupados, John no volvía hasta la noche y ella no tenía nada que hacer salvo coser, leer o arreglar el jardín. Así pues, empezó a salir a pasear y charlar con su amiga. Al ver las bonitas pertenencias de Sallie, volvió a añorar tener cosas similares y se compadeció de sí misma por su falta. Sallie era muy amable y siempre quería regalarle algún capricho, pero Meg se negaba a aceptarlos, consciente de que John no lo aprobaría. Pero al final la alocada mujercita terminó por hacer algo que disgustó mucho más a John.
Meg sabía siempre cuánto ganaba su marido y agradecía que él confiase en ella en un asunto —el dinero— que muchos hombres parecen valorar más que la felicidad. Sabía dónde lo guardaba y podía tomar lo que precisase siempre y cuando llevase un registro de cada centavo gastado, pagase las facturas una vez al mes y no olvidase que era la mujer de un hombre pobre. Hasta ese momento, lo había hecho bien, había sido prudente y meticulosa, había anotado todo pulcramente en el cuaderno de cuentas y se lo había mostrado cada mes, sin miedo. Sin embargo, aquel otoño la serpiente llegó al paraíso de Meg y la tentó no con manzanas, sino con vestidos, que son la tentación natural de las Evas modernas. A Meg le desagradaba sentirse pobre y que los demás se apiadasen de ella. Le irritaba sobremanera, pero no estaba dispuesta a reconocerlo, así que de vez en cuando se consolaba comprando algo bonito para que Sallie no pensase que tenía que apretarse el cinturón. Siempre se sentía fatal después, porque las cosas bonitas que adquiría rara vez eran necesarias pero, como no costaban demasiado, no tenía de qué preocuparse. Sin embargo, la cuantía de los caprichos fue subiendo y, cuando iba de tiendas con su amiga, ya no se contentaba con mirar sin comprar.
Pero las fruslerías cuestan más de lo que uno imagina, y cuando a final de mes hizo cuentas, se asustó al descubrir el total gastado. Aquel mes, John estaba muy ocupado y dejó que ella se encargase de las facturas. Al mes siguiente, estuvo ausente, pero en el tercero tuvo lugar una revisión que Meg no olvidaría jamás. Días antes, había hecho algo terrible que pesaba sobre su conciencia. Sallie había adquirido varias piezas de seda y Meg se moría por una —solo una— clara y bonita para las fiestas, porque su vestido negro estaba muy visto y solo las jovencitas podían llevar prendas finas por la noche. Por Año Nuevo, la tía March solía regalar a las hermanas una moneda de veinticinco dólares; apenas faltaba un mes para eso, la preciosa tela de seda violeta era una auténtica ganga y ella disponía del dinero, tan solo tenía que atreverse a cogerlo. John siempre decía que todo lo suyo era de ella, pero ¿le parecería bien que gastase los veinticinco dólares que esperaba conseguir y otros tantos del presupuesto familiar? Ésa era la cuestión. Sallie la había animado a hacerlo, se había ofrecido a prestarle el dinero y, movida por la mejor de las intenciones, había tentado a Meg hasta un extremo en el que la joven ya no podía resistirse. En mal momento el vendedor, señalando los encantadores y brillantes pliegues, dijo: «Señora, es una ganga, se lo aseguro». Y ella repuso: «Me lo llevo». Cortaron la tela y la pagaron. Sallie estaba exultante y Meg rió como si la compra careciese de importancia, pero se sintió como quien acaba de robar algo y tiene a la policía pisándole los talones.
Cuando llegó a casa, trató de mitigar el remordimiento contemplando la belleza de la seda, pero entonces le pareció que brillaba menos, que no le favorecía tanto como esperaba y creyó ver estampadas en las dos caras de la tela las palabras «cincuenta dólares». La alejó de su vista, pero la imagen de la tela la perseguía no como lo haría un hermoso vestido, sino como el fantasma de un terrible error difícil de subsanar. Aquella noche, cuando John cogió el libro de contabilidad, a Meg le dio un vuelco el corazón y, por primera vez desde que se casó, tuvo miedo de su esposo. Sus amables ojos marrones podían resultar muy severos y, aunque él estaba especialmente contento, Meg sospechaba que la había descubierto y disimulaba. Como había pagado todas las facturas y las cuentas estaban al día, John la felicitó, y cuando se disponía a abrir el viejo billetero que llamaban «el banco», Meg, sabedora de que estaba vacío, le detuvo la mano y dijo con cierto nerviosismo:
—Todavía no has revisado mis gastos personales.
John nunca pedía verlos, pero ella insistía en compartirlos con él y le divertía la extrañeza masculina con la que él recibía las peculiares necesidades de las mujeres. Así, buscaba saber a qué correspondía el epígrafe «cordoncillos», la interrogaba con firmeza sobre el significado de «mañanita» o preguntaba, intrigado, cómo podía un tocado costar cinco o seis dólares si no era más que un pedazo de terciopelo con un par de cintas y tres capullos de rosa de tela. En aquella ocasión, él parecía dispuesto a pasar un buen rato analizando las cuentas de su esposa y fingiendo horrorizarse por su despilfarro, como hacía con frecuencia, aunque en verdad estuviese especialmente orgulloso de lo prudente que era su mujer.
La joven dejó las cuentas ante él y se colocó detrás de su silla, con la excusa de masajearle la frente para suavizar las arrugas provocadas por el cansancio. Y desde allí, con creciente temor, dijo:
—John, querido, me da vergüenza mostrarte estas cuentas porque en estos últimos días he gastado más de lo debido. Como ahora salgo más, necesito ciertas cosas… Sallie me aconsejó que las comprara y le hice caso. El dinero que me regalará mi tía por Año Nuevo cubrirá parte de los gastos; aun así, en cuanto lo hube comprado, me arrepentí. No quisiera que pensases mal de mí, querido.
John se rió, tiró de ella para atraerla hacia sí y, de buen humor, apuntó:
—No te escondas, no te voy a pegar por haberte comprado unas buenas botas. Estoy tan orgulloso de los pies de mi esposa que no me importa pagar ocho o nueve dólares por un calzado de calidad.
Las botas habían sido uno de los últimos caprichos que Meg había anotado en sus cuentas, y los ojos de John habían ido a dar con esa partida mientras la escuchaba. ¡Oh! ¿Qué pensará cuando descubra que me he gastado cincuenta dólares? ¡Qué horror!, se dijo la joven con un escalofrío.
—Es algo más que unas botas; se trata de un vestido de seda —dijo con la tranquila desesperación de quien desea que lo peor haya pasado ya.
—Bueno, querida, como dice el señor Mantalini, ¿a cuánto asciende el «dichoso total»?
John no solía hablar de ese modo y la miraba con su franqueza habitual, a la que ella siempre había sabido corresponder, hasta ese día. Meg pasó la página y volvió la cabeza al tiempo que señalaba la suma final, que ya hubiese sido difícil de aceptar sin los cincuenta dólares de más pero que, con ellos, resultaba escalofriante. Se hizo un silencio tenso que duró un minuto, tras el cual John dijo pausadamente, tratando de no mostrar su malestar:
—Bueno, supongo que cincuenta dólares no es demasiado para un vestido, con todos los adornos y chismes que hacen falta para que quede bien.
—Todavía no está hecho, ni siquiera está cortado —observó Meg con un suspiro de consternación, consciente de lo mucho que costaría confeccionarlo.
—Veinticinco varas de seda parece mucho para cubrir a una mujer menuda como la mía, pero estoy seguro de que irás tan elegante como la esposa de Ned Moffat —dijo John con tono seco.
—Sé que estás enfadado, John, pero no pude evitarlo. No pretendo malgastar tu dinero, no imaginé que esos pequeños gastos sumados fuesen a suponer tanto. Cuando veo a Sallie comprar todo cuanto se le antoja y compadecerse de mí por no poder hacerlo, no me puedo resistir. Intento conformarme, pero resulta muy duro. Estoy harta de ser pobre.
Esto último lo dijo tan bajo que pensó que él no lo había oído, pero lo hizo, y a John le dolió en lo más hondo porque se había privado de muchas cosas para que a Meg no le faltase de nada. Ella deseó haberse mordido la lengua. John dejó los libros de cuentas a un lado, se puso en pie y dijo con voz temblorosa:
—Temía que algo así ocurriese. Haré lo que pueda, Meg.
Si John la hubiera reprendido, o incluso zarandeado, Meg no se habría sentido tan acongojada como al oírle pronunciar aquellas palabras. Corrió hacia él y le abrazó con fuerza, llorando de arrepentimiento.
—¡Oh, John, mi querido, dulce y trabajador marido! ¡No quería decir eso! He sido mala, falsa y desagradecida. ¿Cómo he podido decir algo así? Oh, ¿cómo he podido?
John, que tenía muy buen corazón, la perdonó de inmediato y no le hizo reproche alguno, pero Meg sabía que, aunque él no volviese a mencionarlo, lo que había hecho y dicho no era fácil de olvidar. Había prometido amarle en lo bueno y en lo malo, y ahora ella, su esposa, le reprochaba que fuese pobre, después de gastar sus ahorros sin consideración. Era horrible, pero lo peor de todo fue que John lo aceptó con tranquilidad y continuó como si nada hubiese pasado, salvo por el hecho de que permanecía hasta más tarde en el pueblo y se quedaba trabajando por las noches mientras ella lloraba hasta que se quedaba dormida. Una semana de arrepentimiento la puso al borde de una enfermedad, y cuando supo que John había anulado el encargo de su abrigo nuevo, la joven cayó en un estado de verdadera desesperación. Se quedó sorprendida cuando, al preguntarle por los motivos del cambio, él se limitó a contestar: «No me lo puedo permitir, querida».
Meg no dijo nada, pero al cabo de unos segundos John la encontró en el vestíbulo, con el rostro hundido en su viejo abrigo gris, llorando como si se le hubiese partido el alma.
Aquella noche, tuvieron una larga charla y Meg aprendió a amar aún más a su esposo a causa de su pobreza, porque esa circunstancia le había hecho un hombre, le había aportado fuerza y valor para luchar por sí mismo y le había otorgado una dulce paciencia para hacer frente a los defectos y carencias de los seres amados.
Al día siguiente, Meg se guardó el orgullo en el bolsillo y fue a ver a Sallie para contarle la verdad y pedirle que le hiciese el favor de comprarle el corte de seda. La afable señora Moffat lo hizo de buena gana y tuvo el detalle de no regalársela de inmediato. Luego Meg fue a comprar un abrigo nuevo para John y, cuando éste llegó, le pidió que se lo probara y le preguntó: «¿Te gusta mi nuevo vestido de seda?». Es fácil imaginar su respuesta, la emoción que le provocó el regalo y lo bien que fue todo a partir de ese momento. John volvía a casa más temprano, Meg ya no salía tanto, y la solícita mujercita ayudaba al feliz esposo a ponerse el abrigo nuevo por la mañana y a quitárselo por la noche. Así, el año transcurrió en paz hasta que, a mediados de verano, Meg vivió una experiencia nueva, la más profunda y tierna en la vida de toda mujer.
Laurie asomó por la cocina del Dovecote un sábado, con el rostro rojo de emoción, y fue recibido por todo lo alto por Hannah, que improvisó unos platillos con una sartén en una mano y una tapa en la otra.
—¿Cómo está la nueva mamá? ¿Dónde se ha metido todo el mundo? ¿Por qué no me avisasteis antes? —dijo Laurie con un sonoro suspiro.
—¡Está feliz como una reina! Todo el mundo está arriba rezando. No queríamos ningún torbellino por aquí. Entra en la sala y avisaré de que has venido. —Dicho esto, Hannah desapareció riendo por lo bajo, eufórica.
Jo apareció de inmediato, orgullosa, con un bulto envuelto en una mantita entre los brazos. Su expresión era seria, pero le brillaban los ojos y su voz denotaba una gran emoción contenida.
—Cierra los ojos y extiende los brazos —invitó.
Laurie retrocedió precipitadamente, escondió las manos tras la espalda y la miró con expresión suplicante.
—No, gracias, prefiero no hacerlo. Se me caería o lo aplastaría, seguro.
—Entonces, será mejor que no le veas —repuso Jo con tono tajante, y le dio la espalda para salir de la habitación.
—¡Está bien, lo haré! ¡Lo haré! Pero si pasa algo la responsable serás tú. —Obedeciendo las instrucciones de Jo, Laurie cerró los ojos mientras ella le entregaba el bulto. Al oír reír a Jo, Amy, la señora March, Hannah y John, Laurie abrió los ojos y descubrió que tenía dos criaturas, una, en cada brazo.
¡No era de extrañar que se rieran! Laurie miraba incrédulo a las inocentes criaturas y a sus divertidos espectadores, con los ojos como platos y una expresión de pasmo tan divertida que ni un cuáquero hubiese podido evitar desternillarse; Jo terminó sentada en el suelo, muerta de risa.
—¡Por Júpiter, pero si son gemelos! —Durante varios minutos, aquella frase fue lo único que el joven alcanzó a decir, y la repetía una y otra vez. Por fin, con un aire tan cómico que inspiraba piedad, añadió—: ¡Por favor, que alguien me quite a los niños de los brazos! ¡Ya no puedo contener más la risa y temo que se me caigan al suelo!
John rescató a sus hijos y se paseó por la sala de arriba abajo con uno en cada brazo, como si fuese un iniciado en los misterios del cuidado de los recién nacidos, mientras Laude reía hasta que se le saltaron las lágrimas.
—¿A que es la mejor broma de la temporada? No te he avisado porque quería darte una sorpresa, y estoy encantada de haberlo conseguido —dijo Jo cuando recuperó el aliento.
—Me he quedado patidifuso. ¡Qué divertido! ¿Son niños los dos? ¿Cómo los vais a llamar? Déjame que les eche un vistazo ahora. Jo, ayúdame, porque uno ya es demasiado para mí, ¡imagínate dos! —Laurie miró a los dos recién nacidos como si fuese un perro de Terranova, grande y benevolente, contemplando a dos gatitos.
—Niño y niña. ¿A que son preciosos? —dijo el orgulloso papá sonriendo mientras contemplaba a las dos criaturas, que tenían el rostro enrojecido y parecían ángeles sin alas.
—Son los críos más guapos que he visto nunca. ¿Cuál es cuál? —preguntó Laurie, muy inclinado para observar a los pequeños prodigios.
—Amy ha puesto un lazo azul al niño y otro rosa a la niña, como hacen en Francia; así es más fácil identificarlos. Además, uno tiene los ojos azules y el otro, marrones. Dales un beso, tío Teddy —dijo Jo con sorna.
—Me temo que no les gustará —repaso Laurie con una timidez poco habitual en él.
—Por supuesto que les gustará, están acostumbrados; cumpla con su deber de inmediato, señor —ordenó Jo para evitar que el joven se librase.
Laurie hizo una mueca y, obediente, dio a cada niño un besito en la mejilla con tal reparo que todos se echaron a reír y los críos se pusieron a llorar.
—¿Lo ves? ¡Sabía que no les gustaría! Fíjate, el niño se ha puesto a dar patadas y puñetazos como un auténtico hombrecito. ¡Eh, pequeño Brooke, métete con los de tu tamaño! —exclamó Laurie, divertido, al ver cómo el puñito trataba en vano de darle en el rostro.
—El niño se llamará John Laurence y la niña, Margaret, como su madre y como su abuela. La llamaremos Daisy para que no haya dos Megs en casa y supongo que al chico le llamaremos Jack, salvo que se nos ocurra un diminutivo mejor —explicó Amy con el interés propio de una tía.
—Podéis ponerle Demijohn y yo le llamaré Demi, para abreviar —elijo Laurie.
—Daisy y Demi… ¡Es perfecto! Sabía que Teddy encontraría una buena solución —exclamó Jo dando una palmada.
Y, en verdad, Teddy la encontró, porque a partir de ese momento los niños pasaron a llamarse Daisy y Demi.