21
LAURIE COMETE UNA TRAVESURA Y JO PONE PAZ

La cara de Jo, al día siguiente, era digna de verse. Guardar el secreto le costaba y tenía ganas de hacerse la importante y adoptar un aire misterioso. Meg se dio cuenta, pero no le prestó atención porque sabía por experiencia que la mejor manera de conseguir algo de Jo era actuar en sentido contrario a lo esperado. Y que, cuanto menos preguntase, más posibilidades tenía de que su hermana se lo contase todo. Por eso le sorprendió sobremanera quejo no solo no rompiese su silencio, sino que la tratase con una condescendencia irritante, con lo que Meg adoptó una digna reserva y se volcó en atender a su madre. Jo quedó libre de obligaciones, puesto que la señora March se hizo cargo de las labores de enfermera y le recomendó que descansase, hiciese ejercicio y se divirtiese como antes de aquel largo encierro. Como Amy no estaba en casa, Laurie era su único consuelo. Sin embargo, aunque disfrutaba de su compañía, temía verle en aquellos momentos porque él siempre la sonsacaba y podría arrancarle su secreto.

Tenía razón. El travieso muchacho intuyó enseguida el misterio y, decidido a averiguar de qué se trataba, hizo la vida imposible a Jo. Rogó, prometió, la ridiculizó, amenazó y riñó, fingió indiferencia para sonsacarla sin que se diese cuenta, afirmó que ya lo sabía, para luego decir que no le importaba y, por fin, en premio a su perseverancia, consiguió que su amiga le confirmase que el asunto concernía a Meg y al señor Brooke. Indignado porque su tutor tuviese secretos para con él, empezó a idear la forma de vengar la afrenta.

Mientras tanto, Meg parecía haber olvidado la cuestión y estaba concentrada en los preparativos de la vuelta de su padre a casa. Sin embargo, de pronto algo pareció cambiar en ella y durante un par de días tuvo un comportamiento muy extraño. No prestaba atención cuando le hablaban, se ruborizaba si alguien la miraba y cuando se sentaba a coser adoptaba una actitud reservada y parecía preocupada. A las preguntas de su madre, contestaba que se encontraba perfectamente, y a Jo le pedía que la dejara sola.

—Le ocurre algo. Debe de ser el amor, claro está. Y le está dando fuerte. Tiene casi todos los síntomas; está nerviosa y malhumorada, no come, le cuesta dormir y anda con cara mustia. La pillé cantando una canción de amor y una vez dijo John, como haces tú, y se puso roja como un tomate. ¿Qué podemos hacer? —preguntó Jo, dispuesta a tomar cartas en el asunto.

—Nada, salvo esperar. Déjala sola y trátala con dulzura y paciencia. Cuando papá vuelva, todo se arreglará —contestó la madre.

—Meg, hay una carta para ti, está sellada. ¡Qué raro! Teddy nunca sella las mías —comentó Jo al día siguiente, mientras repartía el contenido de su pequeña oficina de correos privada.

La señora March y Jo estaban concentradas en sus labores cuando Meg lanzó una exclamación que les hizo levantar la cabeza. Vieron que miraba fijamente la carta con expresión de espanto.

—Hija, ¿qué ocurre? —preguntó la madre, que fue rápidamente hacia ella, mientras Jo intentaba hacerse con la nota que la había sumido en aquel estado.

—Es un error. No la ha mandado él. ¡Oh, Jo! ¿Cómo has podido? —Meg se tapó el rostro con las manos y se echó a llorar como si le hubiesen partido el corazón.

—¿Yo? ¡No he hecho nada! ¿De qué estás hablando? —exclamó Jo, desconcertada.

En los dulces ojos de Meg destelló la ira mientras sacaba una carta del bolsillo y se la lanzaba a Jo diciendo en tono de reproche:

—Tú la has escrito y ese muchacho malo te ha ayudado. ¿Cómo has podido ser tan maleducada, tan malintencionada y tan cruel con ambos?

Jo apenas la escuchaba porque, al igual que su madre, trataba de leer la nota, escrita a mano y con una letra muy rara.

Mi querida Margaret:

No puedo seguir negando mi pasión y necesito conocer mi suerte antes de volver. Todavía no me he atrevido a decir nada a tus padres, pero creo que cuando sepan que nos queremos nos darán su consentimiento. El señor Laurence me ayudará a conseguir un buen puesto y, entonces, mi dulce amada, podremos ser felices. Te imploro que no le digas nada a tu familia aún y que me mandes unas palabras de esperanza a través de Laurie.

Tuyo afectuosísimo,

JOHN

—¡Oh, qué malvado! Así es como me paga por cumplir la promesa que le hice a mamá. Iré a darle un buen escarmiento y le traeré para que implore perdón —exclamó Jo, dispuesta a tomarse la justicia por su mano de inmediato.

Pero su madre la retuvo, diciendo, con un semblante que pocas veces le habían visto:

—Jo, detente, antes debes dar alguna explicación. Has cometido tantas travesuras que temo que tengas algo que ver en esto.

—¡Mamá, te doy mi palabra de que no es así! No había visto esta carta antes y no sé nada al respecto; es la verdad —afirmó Jo, con tal vehemencia que la creyeron—. Si hubiese participado en esto, lo habría hecho mejor y habría escrito una nota más creíble. Me habría dado cuenta de que el señor Brooke nunca enviaría una nota semejante —añadió tirando la carta al suelo muy enfadada.

—La letra se parece a la suya —balbuceó Meg tras comparar la letra con la de la carta que tenía en la mano.

—Oh, Meg, no habrás contestado, ¿verdad? —se apresuró a decir la señora March.

—¡Sí, lo he hecho! —exclamó Meg, y volvió a taparse el rostro con las manos, avergonzada.

—¡Menudo lío! Dejad que vaya a buscar a ese loco y le traiga aquí para que nos dé una explicación y reciba su merecido. No descansaré hasta que le encuentre —dijo Jo dirigiéndose nuevamente hacia la puerta.

—¡Quieta! Yo me ocuparé de este asunto, porque es más grave de lo que pensaba. Margaret, cuéntamelo todo desde el principio —ordenó la señora March, que se sentó junto a Meg, sin soltar a Jo para impedir que se escapara.

—Recibí la primera carta por medio de Laurie, que no parecía estar al corriente de nada —comenzó Meg, sin alzar la mirada—. Al principio, me preocupé y pensaba comentártelo, pero luego recordé que apreciabas al señor Brooke y me dije que no te importaría que mantuviese el asunto en secreto unos cuantos días. Soy tan tonta que supuse que nadie sospechaba nada y, mientras pensaba en una respuesta, me sentí como las muchachas de las novelas que se enfrentan a cosas así. Perdóname, madre. He pagado cara mi estupidez, ya no podré volver a mirarle a la cara nunca más.

—¿Qué le contestaste? —preguntó la señora March.

—Solo le dije que era demasiado joven para decidir nada al respecto, que no quería tener secretos con vosotros y que él debía hablar con papá. Que le agradecía su amabilidad y que, por una larga temporada, solo podía ofrecerle mi amistad.

La señora March sonrió aliviada y Jo aplaudió y exclamó entre risas:

—¡Eres un modelo de prudencia! Sigue, Meg, ¿qué pasó después?

—Me contestó en un tono muy distinto; decía que no me había mandado ninguna carta de amor y que sentía mucho que mi traviesa hermana Jo se tomara tales libertades con nuestros nombres. Fue muy amable y considerado, pero ¡imaginad lo terrible que resultó para mí!

Meg se apoyó en su madre con aire desesperado, mientras Jo caminaba de arriba abajo por la sala insultando a Laurie. De pronto, se detuvo, cogió las dos cartas y, después de estudiarlas con detenimiento, dijo, tajante:

—No creo que Brooke haya visto o escrito ninguna de estas cartas. Ambas son obra de Teddy y habrá guardado la tuya para fastidiarme porque no quise compartir con él mi secreto.

—Jo, no guardes secretos, Cuéntaselo todo a mamá como yo debía haber hecho y te evitarás problemas —advirtió Meg.

—¡Por Dios! ¡Pero si fue mamá la que me dijo el secreto!

—Basta ya, Jo. Yo consolaré a Meg mientras tú vas a buscar a Laurie. Quiero llegar al fondo de este asunto y poner freno a tanta tontería de una vez por todas.

Jo salió disparada y la señora March explicó con suma dulzura a Meg los auténticos sentimientos del señor Brooke.

—Ahora, querida, dime, ¿qué sientes tú? ¿Le quieres lo suficiente para esperar a que consiga un hogar para vosotros o prefieres seguir sin compromiso por ahora?

—He estado tan asustada y preocupada en estos días que no deseo pensar en noviazgos por una larga temporada, o tal vez nunca —contestó Meg malhumorada—. Si John no está al corriente de todo este disparate, no le digas nada y procura que Jo y Laurie vigilen sus palabras. No quiero que se rían de mí ni me hagan pasar malos ratos. ¡Es una vergüenza!

Al ver que Meg, por lo general amable y tranquila, había perdido los nervios con aquella broma de mal gusto y se sentía herida en su orgullo, la señora March la apaciguó prometiéndole que, en adelante, guardarían silencio absoluto y llevarían el asunto con la máxima discreción. Meg se retiró en cuanto oyó a Laurie en el vestíbulo y la señora March recibió al acusado. Jo no había informado al joven del motivo por el que se le requería, por miedo a que se negase a ir, pero él intuyó de inmediato lo que ocurría cuando vio el semblante severo de la señora March y comenzó a hacer girar su sombrero con aire culpable, lo que terminó de confirmar las sospechas que pesaban sobre él. La señora March rogó a Jo que los dejase a solas. La muchacha se quedó en el vestíbulo, caminando de arriba abajo, como un centinela que temiese ver escapar al prisionero. Durante la siguiente media hora, se oyeron voces que subían y bajaban de tono, pero las muchachas no supieron nunca lo que se dijo en aquella entrevista.

Cuando acudieron a la sala en respuesta a la llamada de su madre, vieron a Laurie de pie, junto a la señora March, con un aire tan compungido que se ganó el perdón de Jo de inmediato, aunque ésta no consideró oportuno mostrarse benevolente en público. Meg recibió las sinceras disculpas del muchacho y sintió un gran alivio cuando él le confirmó que el señor Brooke no estaba al corriente de la broma.

—Guardaré el secreto con mi vida, no me arrancarían una palabra ni torturándome. Meg, por favor, perdóname. Haré lo que sea para demostrar mi arrepentimiento —añadió, dando muestras de sentirse verdaderamente avergonzado.

—Lo intentaré, pero tu comportamiento ha sido impropio de un caballero. No imaginaba que pudieses ser tan mezquino y malintencionado, Laurie —repuso Meg, que se esforzaba por ocultar su turbación original con un aire serio y reprobador.

—Fue una idea abominable y merezco que no me dirijas la palabra en un mes, pero no lo harás, ¿verdad? —dijo Laurie juntando las manos en actitud de súplica, bajando la mirada con aire de arrepentimiento y usando un tono tan irresistiblemente persuasivo que era imposible seguir enfadada con él, a pesar de lo escandaloso de su comportamiento. Meg le perdonó y la señora March relajó la dura expresión de su rostro, pese a sus esfuerzos por mantenerse seria, cuando le oyó declarar que expiaría sus culpas por medio de toda suerte de penitencias y se arrastraría como un gusano ante la doncella ofendida.

Entretanto Jo se mantenía a una prudente distancia, intentando en vano endurecer su corazón y logrando apenas una expresión de absoluta desaprobación. Laurie la miró en un par de ocasiones pero, como la muchacha no daba muestras de comprensión, se sintió muy molesto y le dio la espalda. Cuando terminó de escuchar a todas, hizo una larga reverencia y se fue sin decirle nada.

Tan pronto como se hubo marchado, Jo se arrepintió de no haberse mostrado más indulgente y, cuando Meg y su madre subieron por las escaleras, se sintió sola y deseó estar con Teddy. Resistió la tentación durante un tiempo pero al final, siguiendo su impulso, se dirigió a la casa grande, con la excusa de ir a devolver un libro.

—¿Está el señor Laurence en casa? —preguntó a la sirvienta, que bajaba por las escaleras.

—Sí, señorita, pero no creo que pueda recibirla en estos momentos.

—¿Por qué? ¿Está enfermo?

—¡Por Dios! No, señorita, pero ha estado discutiendo con el señor Laurie, que tiene una de esas rabietas por culpa de no sé qué que tanto molestan al anciano señor, y no me atrevo a decirle nacía.

—¿Dónde está Laurie?

—Se ha encerrado en su habitación y no responde por mucho que llamen a la puerta. No sé qué va a pasar con la cena, porque ya está lista y parece que nadie quiere comer.

—Iré a ver qué pasa. No me da miedo ninguno de ellos.

Jo subió por las escaleras y dio varios golpes rápidos en la puerta del pequeño estudio de Laurie.

—¡Deja de llamar o abriré y te obligaré a parar! —gritó el muchacho en tono amenazador.

Jo volvió a llamar y, cuando Laurie abrió, entró a toda prisa, antes de que él se repusiera de la sorpresa. Era evidente que su amigo estaba de mal humor, pero Jo sabía cómo lidiar con él. Se arrodilló con mucha gracia, con una expresión de arrepentimiento, y dijo humildemente:

—Por favor, perdóname por haberme enfadado tanto. He venido a hacer las paces y no me iré hasta que lo haya logrado.

—Está bien, levántate. Deja de hacer el ganso, Jo —repuso el caballero.

—Gracias. Así lo haré. ¿Puedo saber qué ha ocurrido? No pareces muy calmado que digamos.

—Me han zarandeado y ¡no lo consiento! —gruñó Laurie indignado.

—¿Quién ha sido? —inquirió Jo.

—Mi abuelo. De haber sido otra persona, le habría… —En lugar de terminar la frase, el ofendido joven hizo un enérgico gesto con el brazo derecho.

—Eso no es nada. Yo te zarandeo constantemente y no te enfadas —dijo Jo para apaciguarle.

—¡Bah! Tú eres una chica y lo haces de broma, pero no consentiré que ningún hombre me zarandee.

—Si te alteras tanto como ahora, dudo que ninguno se atreva. ¿Por qué te ha zarandeado tu abuelo?

—Se enfadó porque no quise decirle para qué me había mandado llamar tu madre. He prometido no decir nada y no pienso faltar a mi palabra.

—¿Y no podías haber dicho algo para tranquilizarle?

—No, él solo quiere oír la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. De haber podido contarle algo sin involucrar a Meg lo habría hecho pero, como no se me ocurrió nada, me mordí la lengua y aguanté la reprimenda hasta que el viejo me cogió por el cuello. Eso me sacó de mis casillas y preferí salir de allí antes de perder el control.

—No estuvo bien, pero seguro que se arrepiente. Baja y haz las paces con él. Te ayudaré.

—¡Que me cuelguen si lo hago! No pienso aguantar sermones y palizas de todo el mundo por haber hecho una tontería. Lamento haber herido a Meg y le he pedido perdón como un hombre, pero no pediré disculpas cuando no soy culpable de nada.

—Pero él no lo sabe.

—Pues debería confiar en mí y no tratarme como a un niño. Es inútil, Jo. Tiene que entender que sé cuidar de mí y no necesito esconderme bajo las faldas de nadie.

—¡Menudo cascarrabias estás hecho! —dijo Jo con un suspiro—. ¿Y cómo piensas arreglar las cosas?

—Bueno, tendrá que pedirme perdón y confiar en mí cuando digo que no puedo contarle qué está pasando.

—¡Por Dios! Dudo mucho que lo haga.

—Pues no bajaré hasta que eso ocurra.

—Vamos, Teddy, sé razonable. Olvida el asunto. Le explicaré hasta donde pueda. No puedes quedarte aquí para siempre; ¿de qué te sirve ponerte melodramático?

—De todos modos, no tengo previsto pasar demasiado tiempo aquí. Me escaparé y, cuando el abuelo me eche en falta, irá corriendo a pedirme perdón.

—Supongo que tienes razón, pero no creo que debas marcharte y preocuparle de ese modo.

—No me sermonees. Iré a Washington a ver a Brooke. Es una ciudad llena de diversiones y podré pasar un buen rato después de tantos problemas.

—¡Qué bien lo pasarás! ¡Cómo me gustaría ir contigo! —dijo Jo, que olvidó su papel de consejera al imaginar escenas de la vida militar en la capital.

—Entonces, ven conmigo. ¿Por qué no? Le darás una sorpresa a tu padre y yo animaré un poco al bueno de Brooke. Sería estupendo. ¡Hagámoslo, Jo! Dejaremos una carta para explicar que estamos bien y nos marcharemos enseguida, Tengo suficiente dinero. Te sentará bien y no hay nada malo en ello, puesto que irás a ver a tu padre.

Por un momento, pareció que Jo iba a acceder, ya que, por descabellado que fuese el plan, le apetecía mucho. Estaba cansada de cuidar de otros y de estar encerrada, anhelaba un cambio y, además del deseo de ver a su padre, le tentaba la sensación de libertad y emoción que asociaba con los campamentos y hospitales debido a sus lecturas. Le brillaban los ojos pero, al mirar por la ventana, vio su viejo hogar y meneó la cabeza con triste determinación.

—Si fuese un chico, me escaparía contigo y lo pasaríamos en grande, pero soy una pobre chica y he de comportarme con propiedad y volver a casa. No me tientes, Teddy. Es un plan descabellado.

—¡Ahí está la gracia! —repuso Laurie, que estaba entusiasmado y tenía ganas de traspasar límites a cualquier precio.

—¡No sigas! —exclamó Jo tapándose los oídos—. Me podrías convencer. He venido para hacerte entrar en razón, no para que me hagas perderla a mí.

—Sé que Meg no aceptaría nunca una propuesta semejante, pero pensaba que tú tenías más espíritu de aventura —dijo Laurie con intención de provocarla.

—No seas malo, no sigas. Siéntate y reflexiona sobre tus pecados en lugar de incitarme a cometerlos a mí. Si consigo que tu abuelo te pida perdón por zarandearte, ¿abandonarás tus planes de huida? —preguntó Jo, muy sería.

—Sí, pero no lo lograrás —contestó Laurie, que ansiaba hacer las paces pero no quería ser el primero en dar el brazo a torcer.

—Si puedo con el joven, podré con el mayor —musitó Jo mientras salía del estudio, donde dejó a Laurie mirando un plano de rutas de trenes con la barbilla apoyada en las manos.

—¡Adelante! —dijo el anciano señor Laurence, con la voz más bronca que de costumbre, cuando Jo llamó a la puerta.

—Soy yo, señor, he venido a devolver un libro —dijo ella, con dulzura, al entrar en la sala.

—¿Quieres otro? —preguntó el anciano caballero tratando de disimular su incomodidad y su enfado.

—Sí, por favor, me encanta el viejo Sam. Me gustaría leer la segunda parte —comentó Jo con la esperanza de ganarse al anciano aceptando una segunda dosis de Boswell’s Johnson, que tan vivamente le había recomendado.

El abuelo desarrugó un poco el entrecejo al empujar la escalerilla hacia el estante en el que guardaba las obras de Johnson. Jo se subió y, sentada en el último peldaño, fingió buscar el libro, aunque en realidad trataba de encontrar la mejor manera de abordar el espinoso motivo de su visita. El señor Laurence debió de sospechar que la joven tenía algo más en mente porque, después de dar varias zancadas por la habitación, se volvió hacia ella y habló con tal brusquedad que el ejemplar de Rasselas que Jo tenía en las manos cayó al suelo boca abajo.

—¿Qué ha hecho Laurie? No le protejas más. ¡Venga! Por su forma de comportarse al volver a casa, sé que se trata de algo malo. No consigo que suelte prenda y, cuando le amenacé con sacarle la verdad por la fuerza, escapó escaleras arriba y se encerró en su cuarto.

—Sí, hizo algo malo, pero ya le hemos perdonado y hemos convenido guardar silencio al respecto —explicó Jo a regañadientes.

—Eso no me sirve. No permitiré que se escude en una promesa arrancada abusando de vuestros tiernos corazones. Si ha cometido algún atropello, debe confesarlo, pedir perdón y recibir su castigo. ¡Dímelo todo, Jo! Esto no debe quedar en la sombra.

El señor Laurence tenía un aspecto amenazador y hablaba con tanta dureza que, de haber podido, Jo habría echado a correr, pero estaba sentada en la escalerilla y, a sus pies, se hallaba el león, de modo que no le quedaba más que hacerle frente con valor.

—Lo lamento, señor, pero no le puedo contar nada porque mamá nos lo ha prohibido. Laurie ya ha confesado, ha pedido perdón y ha recibido castigo suficiente. No callamos para protegerle a él, sino a otra persona, y si insiste en saber solo conseguirá crear más problemas. Por favor, no lo haga. Yo tuve parte de culpa, pero ya está todo arreglado. Olvide el asunto y charlemos sobre Rambler o sobre algún tema agradable.

—¡Al diablo con Rambler! Baja y dame tu palabra de que ese majadero no ha sido ingrato ni impertinente. De lo contrario, a pesar de tus buenas intenciones, le daré una paliza con mis propias manos.

La amenaza sonaba terrible, pero Jo no se alarmó porque sabía que el irascible anciano era incapaz de levantarle la mano a su nieto por mucho que dijese lo contrario. Bajó obedientemente y explicó cuanto pudo sin involucrar a Meg ni faltar a la verdad.

—¡Vaya! Bueno, si es verdad que el silencio del muchacho se debe a una promesa, no a su obstinación, le perdonaré. Es un joven terco y un tanto rebelde —comentó el señor Laurence, y se rascó la cabeza hasta quedar tan despeinado como si hubiese soplado un vendaval, aunque suavizó notablemente el entrecejo.

—Yo soy igual, pero, para convencerme, es mejor una palabra amable que la fuerza de todo un ejército —dijo Jo, saliendo en defensa de su amigo, que apenas salía de un lío para meterse en otro.

—Piensas que no soy amable con él, ¿verdad? —replicó el anciano con dureza.

—¡Oh, Dios mío! No, señor; creo que a veces es incluso demasiado amable, pero cuando Laurie pone a prueba su paciencia enseguida monta en cólera, ¿no le parece?

Jo estaba resuelta a llegar hasta el final y, aunque trataba de aparentar calma, estaba algo asustada tras haber hablado sin tapujos. Para su sorpresa y alivio, el anciano se limitó a quitarse los lentes y arrojarlos sobre la mesa, y dijo con franqueza:

—¡Tienes razón, jovencita! Es cierto. Quiero mucho al muchacho, pero me saca de mis casillas y Dios sabe cómo acabaremos si esto sigue como hasta ahora.

—Yo le diré lo que pasará: Laurie terminará por escaparse de casa. —En el instante en que pronunció la frase, Jo lamentó haberla dicho. Quería advertirle de que Laurie no soportaría tanto control y esperaba que eso le decidiese a ser más permisivo con él.

Al señor Laurence le mudó el semblante, se sentó de golpe y miró apesadumbrado el retrato de un apuesto joven que colgaba junto a su escritorio. Era el padre de Laurie, que se había escapado de casa siendo joven y se había casado a pesar de la férrea oposición del anciano. Jo supuso que su comentario le había traído a la mente dolorosos recuerdos y deseó haberse mordido la lengua.

—No creo que lo haga a menos que esté muy agobiado. Amenaza con irse cuando está harto de estudiar. Yo también fantaseo con escapar, sobre todo desde que me corté el cabello. Así que si algún día nos echan en falta, solo tiene que mandar buscar a dos muchachos entre los barcos que zarpen rumbo a la India.

Al ver que la joven reía, el señor Laurence se tranquilizó y concluyó que se trataba de una broma.

—Y tú, muchachita, ¿cómo te atreves a hablarme en este tono? ¿Dónde han quedado el respeto que me debes y tu buena educación? ¡Vaya con los chicos y las chicas! Sois un verdadero tormento, pero no sabríamos estar sin vosotros —dijo, pellizcándole las mejillas, de buen humor—. Ve a buscar al muchacho y dile que baje a cenar; que está todo bien pero que haga el favor de no poner cara de drama, porque no lo soporto.

—No vendrá, señor. Está ofendido porque usted no le creyó cuando le dijo que no le podía contar nada. Y creo que le dolió en el alma que le zarandeara.

Jo intentó mostrarse compungida, pero es evidente que no lo consiguió, porque el señor Laurence se echó a reír, y ella supo que había ganado la partida.

—Lo lamento y supongo que debería darle las gracias porque no me zarandeara a mí. ¿Qué espera el muchacho que haga? —El anciano parecía avergonzado de la dureza con la que le había tratado.

—Yo, en su lugar, le escribiría una nota de disculpa, señor. Dice que no bajará hasta que le pida perdón y amenaza con irse a Washington, entre otras ideas descabelladas. Una disculpa formal le haría ver lo irracional que está siendo y hará que baje de buen humor. Pruébelo. Será divertido y una nota es mejor que ponerse a discutir. Yo se la llevaré y le haré entrar en razón. El señor Laurence la miró con severidad y se puso los lentes diciendo entre dientes:

—Niña traviesa… Tanto tú como Beth hacéis de mí lo que queréis, pero no me importa. Venga, dame un papel y acabemos con esta tontería de una vez.

El anciano escribió una nota en los términos que emplea un caballero para disculparse ante otro por una grave afrenta. Jo le dio un beso en la calva y corrió escaleras arriba. Pasó la carta por debajo de la puerta del estudio de Laurie, y por el ojo de la cerradura le rogó que fuese dócil, decoroso y alguna que otra lindeza imposible. Como la puerta volvía a estar cerrada, se marchó con la esperanza de que la nota cumpliese su cometido y, cuando bajaba por las escaleras, su amigo apareció y se deslizó por la barandilla. Una vez abajo, la recibió con alegría y risa contenida, y exclamó:

—¡Qué buena amiga eres, Jo! ¿Te ha reñido?

—No, hemos charlado educadamente.

—Vaya, adiós a mi viaje. Me has dejado solo en esto, y yo que tenía ganas de dar la campanada —dijo con tono de disculpa.

—No hables así. Mejor pasa página y empieza de nuevo, querido Teddy.

—No paro de pasar página, pero las estropeo todas, como solía hacer con mis cuadernos de caligrafía. Si no hago más que empezar una y otra vez, nunca terminaré nada —apuntó con tristeza.

—Ve a cenar. Te sentirás mejor después. Los hombres siempre están gruñones cuando tienen hambre —dijo Jo dirigiéndose hacia la puerta principal.

—Ésa es la marca de los míos —repuso Laurie repitiendo una frase que solía decir Amy. Después fue a compartir el pastel con su abuelo, que se portó como un santo y le trató con exquisito respeto durante el resto del día.

Todos dieron el asunto por zanjado y la nube desapareció, pero el mal estaba hecho y, aunque el resto lo olvidó, Meg lo recordaba todo. No volvió a referirse a determinado caballero, pero pensaba mucho en él y fantaseaba más que nunca. Un día, mientras buscaba sellos en el escritorio de su hermana, Jo encontró un trozo de papel emborronado de arriba abajo con las palabras «señora de John Brooke». Al verlo profirió un grito de espanto y lo lanzó a la chimenea, pensando que la broma de Laurie había precipitado el final de sus días de paz.