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VISITAS

¡Venga, Jo, ya es la hora!

—¿De qué?

—¿No me irás a decir que has olvidado que prometiste acompañarme a seis visitas en el día de hoy?

—He cometido muchos errores y locuras en mi vida, pero no creo que haya estado nunca tan majareta como para comprometerme a realizar seis visitas en un día, cuando necesito toda una semana para recuperarme de los efectos de una sola.

—Pues lo prometiste. Hicimos un trato; yo terminaba el retrato al carboncillo de Beth que me pediste y, a cambio, tú me acompañarías a corresponder a las visitas de nuestros vecinos.

—Te di mi palabra de acompañarte si hacía buen tiempo y yo cumplo mi palabra como Shylock —dijo Jo, aludiendo al personaje de El mercader de Venecia, de Shakespeare—, pero, como veo nubes en el este, no iré.

—¡No seas remolona! Hace un día estupendo, no amenaza lluvia y tú siempre te jactas de no faltar a tus promesas, así que mantén tu palabra, ven y cumple con tu deber. Después te dejaré en paz otros seis meses.

En ese momento, Jo estaba concentrada confeccionando un vestido, como modista de la familia que era. Se enorgullecía de ser tan hábil con la aguja como con la pluma. El hecho de tener que dejar el patrón que estaba preparando para emperifollarse y salir de visita en un cálido día de julio era casi una provocación. Detestaba las visitas de compromiso y no las había hecho nunca, hasta que Amy la acorraló con aquella especie de pacto, chantaje o promesa. Llegados a ese punto, no tenía escapatoria; cerró las tijeras con fuerza, concentrando en el chasquido metálico toda su rebeldía, mientras repetía entre dientes que se acercaba una tormenta, hizo a un lado su labor, cogió el sombrero y los guantes con aire de resignación y comunicó a Amy que su víctima estaba lista.

—¡Jo March, eres tan terca que hasta un santo perdería la paciencia contigo! Supongo que no pretenderás ir de visita vestida así… —exclamó Amy mirándola perpleja.

—¿Por qué no? Llevo ropa limpia, informal y cómoda. Me parece el atuendo más adecuado para salir a dar un paseo por caminos polvorientos en un día de calor. Si a la gente le interesa más mi ropa que mi persona, no tengo el menor deseo de verlos. Puedes arreglarte por las dos e ir tan elegante como te plazca. A ti te compensa el esfuerzo, pero para mí no vale la pena; además, no me agrada emperifollarme.

—¡Santo Dios! —exclamó Amy con un suspiro—. ¡Ahora te has propuesto llevarme la contraria y hacerme perder tiempo para convencerte de que te arregles! No creas que a mí me gusta tener que pasar el día viendo a gente, pero nuestra familia tiene una deuda social con los vecinos y nos toca a ti y a mí saldarla. Mira, Jo, si te vistes bien y me ayudas a cumplir esta misión, haré lo que sea por ti. Cuando quieres, hablas tan bien, tienes un aspecto tan aristocrático y te portas tan educadamente que me siento orgullosa de ti. Me da vergüenza ir sola; por favor, acompáñame y cuida de mí.

—Eres una artista combinando halagos y argumentos para convencer a una hermana gruñona. ¡Mira que decir que puedo tener un aire aristocrático y educado, y que te da vergüenza ir sola! No sé cuál de las dos ideas resulta más absurda. Está bien, puesto que no me queda más remedio, iré y haré lo que pueda, pero tú estás al mando de esta expedición, yo me limitaré a obedecer tus órdenes ciegamente. ¿Te parece bien? —dijo Jo, que pasó bruscamente de comportarse como una terca a ser un sumiso corderito.

—¡Eres un auténtico ángel! Ve a arreglarte y yo te indicaré cómo comportarte en cada casa, para que causes una buena impresión. Quiero que la gente te valore y así será si pones un poco de tu parte para ser un poco más sociable. Hazte un peinado favorecedor y ponte una rosa en el sombrero; dará un toque de color y matizará el aire tan serio que tiene tu ropa. Coge los guantes claros y el pañuelo bordado. Pasaremos por casa de Meg y le pediremos que me preste una sombrilla blanca, así tú podrás usar la mía gris.

Amy no dejó de dar instrucciones a su hermana mientras se arreglaba y, a pesar de seguirlas al pie de la letra, Jo no dejó de expresar su disgusto. Cuando se puso el vestido nuevo de organdí, suspiró; al sujetar con un lazo perfecto su sombrero, frunció el entrecejo; al colocarse bien el cuello, se peleó abiertamente con los imperdibles, y al sacudir el pañuelo, cuyos bordados irritaban tanto su nariz como aquella misión ofendía sus sentimientos, hizo una mueca.

Por fin, después de embutir sus manos en unos guantes estrechos que tenían dos botones y una borla, expresión máxima de elegancia, se volvió hacia Amy y con cara de tonta y voz sumisa anunció:

—Me siento fatal, pero si tú crees que he quedado presentable, moriré en paz.

—Estás muy bien; date la vuelta para que pueda echarte un último vistazo. —Jo obedeció, Amy dio unos últimos retoques y, por último, ladeando un poco la cabeza, comentó alegre—; Sí, servirá. El peinado perfecto, el sombrero blanco con la rosa resulta simplemente arrebatador. Echa hacia atrás los hombros y deja las manos quietas por mucho que te molesten los guantes. Tú sí sabes llevar bien un chal, yo soy incapaz. Da gusto verte, me alegra mucho que la señora Norton te regalase éste; es sencillo pero bonito, y los pliegues que forma sobre tu brazo quedan realmente bien. Dime, ¿llevo la capa torcida? Si me levanto un poco la falda, ¿queda bien? Me gusta que se me vean las botas, porque tengo unos pies muy bonitos, aunque no la nariz.

—Toda tú eres una belleza, un regalo para la vista —dijo Jo ajustando con aire experto la pluma azul que destacaba sobre la cabellera dorada de su hermana—. Por favor, señorita, explíqueme, ¿he de arrastrar mi mejor vestido por el polvo o puedo levantar la falda?

—Sujétala cuando camines y déjala caer cuando estés en el interior de la casa. Las faldas largas te favorecen más y debes aprender a arrastrar la cola de los vestidos con soltura. Te falta abotonar uno de los guantes. Hazlo ahora. Nunca estarás del todo bien si no cuidas los detalles, porque de ellos depende la gracia del conjunto.

Jo suspiró y abotonó el guante, con lo que, por fin, ambas estuvieron listas y partieron. Asomada a la ventana de la planta de arriba, Hannah las vio marchar y pensó que ambas parecían dos princesas.

—Bien, querida Jo, los Chester son personas muy elegantes, así que debes portarte con propiedad. No hagas comentarios fuera de tono ni digas nada que suene raro, ¿de acuerdo? Muéstrate serena, algo fría y callada, ya que esa actitud, además de resultar muy femenina, nos evitará problemas. Seguro que puedes comportarte de ese modo durante quince minutos —dijo Amy mientras se acercaban a la primera casa, después de que Meg les prestase la sombrilla blanca y les pasara revista con un niño en cada brazo.

—Veamos, «serena, algo fría y callada». Sí, creo que puedo lograrlo. He hecho de mujer cursi en una obra; trataré de recordar ese papel. Soy una actriz estupenda, tendrás ocasión de comprobarlo. De modo que, querida, tranquilízate, todo saldrá bien.

Amy suspiró aliviada, pero la traviesa Jo siguió sus instrucciones demasiado al pie de la letra. En aquella primera visita, se sentó con una pose perfecta y los pliegues del vestido elegantemente dispuestos, y se mostró tan serena como el mar en verano, tan fría como la nieve y más callada que una esfinge. La señora Chester no obtuvo respuesta cuando aludió a su «encantadora novela» y las hijas probaron suerte con diversos temas —fiestas, picnics, ópera y moda— sin conseguir de Jo más que una sonrisa, un gesto de asentimiento o un escueto «sí» o «no». Amy le telegrafiaba indirectas para que hablase y le daba pataditas disimuladamente, sin resultado alguno. Jo permaneció en todo momento hierática, ajena a todo, distante e inexpresiva.

—¡Qué altiva y sosa es la mayor de los March! —oyeron comentar, por desgracia, a una de las hijas nada más cerrar la puerta. Jo rió por lo bajo mientras cruzaba el vestíbulo, pero Amy estaba muy disgustada por lo ocurrido y, con toda razón, culpó a Jo del fracaso de la empresa.

—¿Cómo has podido hacerme esto? Te pido que te comportes con dignidad y educación, y no se te ocurre más que convertirte en un trozo de piedra. En casa de los Lamb intenta ser más cordial, por favor; cuenta chismes como hacen todas las muchachas, habla de vestidos, de coqueteos y de todas las tonterías que salgan a colación. Son muchachas de buena sociedad y merece la pena estar a bien con ellas. No quiero que les causes una mala impresión.

—Seré cordial, reiré, contaré chismes y me mostraré escandalizada o admirada por cualquier estupidez que cuenten si así lo deseas. Me gusta mucho la idea. Ahora haré el papel de «joven encantadora». Sé cómo hacerlo, tomaré a May Chester como modelo, Verás cómo los Lamb comentan: «¡Qué muchacha tan agradable y divertida es esta Jo March!».

Su hermana no se quedó precisamente tranquila porque, cuando Jo se ponía a hacer el tonto, nadie sabía lo que podía ocurrir. La cara de Amy era un poema cuando la vio entrar en la sala, saludar y besar efusivamente a las todas las muchachas, sonreír con elegancia a un joven caballero y sumarse a la conversación con entusiasmo. La señora Lamb fue a buscar a Amy, que era su favorita, y la obligó a escuchar un largo relato sobre el último ataque de Lucrecia, mientras tres encantadores muchachos merodeaban cerca, a la espera de que la dama dejara de hablar para acudir al rescate de la joven. Desde donde se encontraba, Amy no podía vigilar a Jo, que parecía a punto de cometer una diablura y hablaba con tanta soltura y superficialidad como la dueña de la casa. A su alrededor se apiñaban varias personas, y Amy aguzó el oído con la esperanza de captar lo que decía. Las frases que alcanzaba a escuchar le resultaban inquietantes, los ojos abiertos y las manos alzadas de aquellos jóvenes avivaban su curiosidad y las carcajadas que su hermana arrancaba a su público le hicieron arder en deseos de participar de la diversión. Es fácil imaginar cómo sufría la pobre al escuchar fragmentos de conversación como el siguiente:

—¡Monta muy bien a caballo! ¿Quién le ha enseñado?

—Nadie; practicaba con la silla de montar y las riendas sobre la rama de un viejo árbol. Ahora puede montar cualquier cosa y nada la asusta. El mozo del establo le deja llevarse caballos por muy poco dinero porque ella los vuelve mansos y los prepara para que las damas puedan montarlos. Disfruta tanto haciéndolo que siempre le digo que, en el peor de los casos, podría ganarse la vida domando caballos.

Al oír aquello a Amy le costó contenerse, ya que su hermana la pintaba como una joven atrevida, que era lo que más temía en el mundo. Pero ¿qué podía hacer? La dueña de la casa seguía contándole sus penas y, antes de que pudiese librarse de ella, Jo volvió al ataque, revelando nuevos secretos e hiriendo aún más sus sentimientos con sus indiscreciones.

—Así es, aquel día Amy estaba desesperada porque todos los caballos buenos estaban cogidos y solo quedaban tres en el establo. Uno estaba cojo, el otro ciego, y el último era tan terco que no había quien lo moviera del sitio.

—¿Cuál eligió? —preguntó un caballero entre risas, muy divertido por la anécdota.

—Ninguno. Le comentaron que en la granja que hay al otro lado del río tenían un caballo joven que nunca había montado ninguna dama y decidió probar suerte con él, porque era un animal hermoso y lleno de fuerza. ¡Menuda lucha! Para empezar, no había nadie que le pudiese llevar el caballo, así que tuvo que ir ella a buscarlo; con la silla sobre la cabeza, cruzó el río y fue hasta el establo. ¡El granjero se quedó de una pieza cuando la vio entrar!

—¿Y al fin montó el caballo?

—Por supuesto, y lo pasó en grande. Yo temí que volviese a casa descuajaringada, pero lo dominó enseguida y se divirtió como nadie.

—¡Eso es lo que yo llamo ser valiente! —comentó el joven Lamb, que miró con aprobación a Amy y se preguntó qué estaría contándole su madre para que la joven estuviese tan roja y pareciese tan incómoda.

Un instante después, Amy se puso aún más roja y se sintió todavía más incómoda porque la conversación derivó hacia el tema del atuendo. Una muchacha preguntó a Jo dónde había conseguido el sombrero que había lucido en un picnic, y la estúpida de Jo, en lugar de referirse al lugar en el que lo habían comprado dos años antes, respondió con una franqueza fuera de lugar:

—Es obra de Amy. Como no podemos comprar sombreros con estampados tan delicados, Amy nos los pinta. Tener una hermana artista es de lo más divertido.

—¡Qué idea tan original! —exclamó la señorita Lamb, que encontraba a Jo de lo más divertida.

—Eso no es nada, hace cosas mucho mejores. De hecho, no hay nada que no sea capaz de hacer. En una ocasión, quería unas botas azules para acudir a la fiesta que daba Sallie y, ni corta ni perezosa, pintó las que tenía de un celeste precioso y, al verlas, cualquiera hubiese jurado que eran de satén —prosiguió Jo mostrando un orgullo por las habilidades de su hermana que desesperaba a Amy hasta el punto de querer lanzarle algo a la cabeza.

—El otro día leímos un relato tuyo y nos gustó mucho —comentó la hija mayor de los Lamb con la intención de alabar a la joven escritora, que, a decir verdad, ni la miró. Jo no reaccionaba bien cuando alguien mencionaba sus obras; se ponía rígida, parecía ofendida o, como en aquella ocasión, cambiaba de tema con un comentario destemplado.

—Lamento que no tuvieras nada mejor para leer. Escribo basuras como esas porque se venden bien y a la gente corriente le gustan mucho. ¿Irás a Nueva York este invierno?

Habida cuenta de que la señorita Lamb había disfrutado con la lectura del relato, el comentario no era precisamente oportuno ni grato. Jo comprendió de inmediato que había cometido un grave error y, temerosa de meter aún más la pata, recordó de pronto que tenían que marcharse y se retiró con tanta precipitación que dejó a sus contertulios con la palabra en la boca.

—Amy, tenemos que irnos. Adiós, queridas, no dudéis en venir a visitarnos, os aguardamos con impaciencia. Señor Lamb, no me atrevo a invitarle pero, si usted las acompañase, también sería bien recibido. —Jo pronunció estas palabras imitando tan bien el tono engolado de May Chester que Amy salió a toda prisa de la sala, incapaz de aguantar por más tiempo las ganas de reír y de gritar.

—Ha ido de maravilla, ¿no te parece? —preguntó Jo satisfecha mientras se alejaban de la casa.

—No podía haber ido peor —replicó Amy con dureza—. ¿Qué mosca te ha picado para contar lo de la silla de montar, el sombrero, las botas y todo lo demás?

—¿Qué ocurre? Es divertido y a la gente le hace gracia. Saben que somos pobres, de modo que no hay por qué fingir que tenemos mozos de cuadra, comprarnos tres o cuatro sombreros por temporada o podemos adquirirlo todo con la misma facilidad que ellos.

—Pero no hay necesidad de contar nuestras miserias y exponer nuestra pobreza hasta ese grado. No tienes ni una gota de dignidad y nunca aprenderás a medir tus palabras —concluyó Amy con tono desesperado.

La pobre Jo se quedó abatida y se sonó con el tieso y duro pañuelo como si quisiese castigarse por una mala acción.

—Entonces, ¿cómo he de comportarme? —preguntó cuando se acercaban a la tercera casa.

—Como te dé la gana; yo me lavo las manos —espetó Amy por toda respuesta.

—Entonces, seré natural. Los chicos estarán en casa, así que me sentiré a gusto. Dios sabe que necesito cambiar de aires; tratar de ser elegante me sienta fatal —replicó Jo con irritación, visiblemente molesta por haber defraudado a su hermana.

Las jóvenes recibieron la entusiasta bienvenida de tres muchachos y varios niños, por lo que su ánimo mejoró de inmediato. Amy se dedicó a charlar con el señor Tudor, cuya esposa se encontraba a su vez de visita en otra casa, y Jo entretuvo a los más jóvenes, lo que supuso un cambio muy grato para ella. Escuchó con sumo interés sus experiencias en la universidad, acarició a varios caniches sin protestar, estuvo de acuerdo en que «Tom Brown era un tipo fetén», a pesar de lo poco elegante de la expresión, y cuando uno de los niños dijo que quería mostrarle la casa de su tortuga, accedió con una prontitud que hizo sonreír a la madre, que llegó en ese instante y fue inmediatamente despeinada por los efusivos abrazos de sus hijos, quienes crearon una coiffure que la mujer no habría cambiado por la de la más inspirada peluquera francesa.

Amy abandonó a su hermana a su suerte y se ocupó de su propio contento. El tío del señor Tudor se había casado con una dama inglesa, prima tercera de un lord, y eso hacía que Amy respetase mucho a aquella familia. Porque, a pesar de ser norteamericana, la joven sentía por los títulos nobiliarios esa admiración que afecta a muchos ciudadanos del Nuevo Mundo, una especie de lealtad inconfesa hacia los reyes que hizo que la nación más democrática de la Tierra se emocionase al recibir la visita de un jovencito regio de cabellos dorados pocos años antes. Algo que sin duda refleja el amor que este país joven profesa a su viejo referente; un amor similar al que siente un hijo adulto por una madre autoritaria que, tras retenerle a su lado cuanto ha podido, le deja al fin separarse sin quejas cuando aquél se rebela. Pero ni siquiera la satisfacción de conversar con un pariente lejano de la nobleza británica logró que Amy perdiese la noción del tiempo, por lo que, transcurrido el plazo que consideró oportuno, se despidió de su aristocrático interlocutor y fue a buscar a Jo, rogando fervientemente no encontrar a su incorregible hermana haciendo algo que manchase el buen nombre de los March.

Lo cierto es que podría haber sido peor, pero Amy juzgó el hecho suficientemente malo. Jo estaba sentada en la hierba, rodeada de críos, con un perro con las patas sucias sobre la falda de su vestido de fiesta, relatando una de las travesuras de Laurie para deleite de quienes la escuchaban. Un niño empujaba a unas tortugas en la preciada sombrilla de Amy, otro comía pan de jengibre encima del mejor gorro de Jo y un tercero lanzaba al aire sus guantes como si se tratase de una pelota. Pero todos lo estaban pasando bien, y cuando Jo recogió sus maltrechas pertenencias, la siguieron hasta la puerta y le rogaron que volviese pronto a hablarles de las travesuras de Laurie.

—Estos chicos son estupendos, ¿verdad? Me siento rejuvenecida después de haber estado con ellos —apuntó Jo, que caminaba con las manos en la espalda, en parte por costumbre y en parte para que su hermana no viese las salpicaduras de la sombrilla.

—¿Por qué siempre evitas al joven Tudor? —preguntó Amy, que tuvo la delicadeza de abstenerse de comentar el deplorable aspecto de su hermana.

—No me cae bien; se da aires de importancia, se burla de sus hermanas, lleva de cabeza a su padre y no habla con respeto de su madre. Laurie dice que es un alocado y a mí no me parece que merezca la pena tenerle entre mis amistades, así que le dejo tranquilo.

—Procura al menos tratarle con educación. Le saludaste con una frialdad inusitada y, en cambio, ahora acabas de dedicar una gran sonrisa a Tommy Chamberlain, que no es más que el hijo del tendero. Sería más adecuado que invirtieses el orden, sonrieses al primero y saludases de lejos al segundo.

—No haré tal cosa —replicó Jo con terquedad—. El joven Tudor no me inspira simpatía, respeto ni admiración, por mucho que la sobrina del sobrino del tío de su abuelo sea prima tercera de un lord. Tommy es pobre y tímido, bueno e inteligente. Tengo buena opinión de él y no me importa demostrarlo porque, aunque sea humilde, yo le considero un caballero.

—No tiene sentido discutir contigo —dijo Amy.

—Así es, querida —sentenció Jo—, de modo que pongamos buena cara y dejemos una tarjeta de visita en casa de los King. Es evidente que no están y yo estoy muy agradecida al cielo por ello.

Una vez que el tarjetero de la familia hubo cumplido su función, las jóvenes se dirigieron hacia la siguiente casa, donde Jo tuvo ocasión de renovar su gratitud, puesto que las informaron de que las muchachas estaban ocupadas y no les era posible recibirlas.

—Ahora, por favor, vayamos a casa. Ya visitaremos a la tía March en otra ocasión. Podemos ir a verla en cualquier momento y es una pena que sigamos manchando de polvo nuestras mejores galas; además, estamos fatigadas y de mal humor.

—Habla por ti. A la tía le encanta que la vayamos a ver bien vestidas y que hagamos una visita formal. A nosotras nos cuesta muy poco y para ella supone una gran satisfacción. Y, la verdad, no creo que tu ropa pueda mancharse más de lo que está después de permitir que se te subieran a la falda perros sucios y niños traviesos. Agáchate un momento para que sacuda las migas que llevas en el sombrero.

—Qué buena chica eres, Amy —dijo Jo, que miró con arrepentimiento su estropeado atuendo y, luego el impoluto vestido de su hermana—. ¡Ojalá me costase tan poco como a ti hacer pequeñas cosas por los demás! Yo pienso en ello, pero me parece que me roba demasiado tiempo y siempre acabo prefiriendo esperar a poder hacer un gran favor que compense todos los pequeños que no hago. Pero creo que los pequeños detalles se agradecen más.

Amy sonrió, aplacada por las palabras de su hermana, y dijo en tono maternal:

—Las mujeres deben aprender a ser agradables, sobre todo las que somos pobres, porque no disponemos de otro modo de devolver los favores que nos hacen. Si lo recuerdas y lo pones en práctica, todo el mundo te querrá más que a mí, porque tú tienes mucho más que ofrecer.

—Yo soy una vieja refunfuñona y no creo que deje de serlo nunca. Pero entiendo que tienes razón. Es solo que a mí me resulta más fácil arriesgar la vida por alguien que ser amable con una persona cuando no me sale del corazón. Tener sentimientos tan profundos es una desgracia, ¿no te parece?

—Lo verdaderamente malo es no poder ocultarlos. A mí, el joven Tudor me desagrada tanto como a ti, pero no tengo necesidad de hacérselo notar. Tú tampoco deberías. No tiene sentido ser desagradable porque él también lo sea.

—Pero yo creo que una joven debe dejar claro que un muchacho le desagrada. ¿Y cómo va a notarlo él si no es por el trato que le dispensa? Tratar de cambiar a la gente hablando no sirve de nada, lo sé porque lo he intentado mucho con Teddy, pero a veces un gesto convence mejor y no veo por qué no tenemos que ayudar a otros si está en nuestra mano.

—Teddy es un muchacho excepcional, no se le puede poner como ejemplo —declaró Amy con tal solemne convicción que el «muchacho excepcional» se hubiese desternillado de oírla—. Si fuésemos mujeres muy bellas o de buena posición, tal vez podríamos influir en los demás, pero que nosotras le frunzamos el entrecejo a un joven caballero porque no aprobamos su comportamiento no producirá ningún efecto y solo conseguiremos que nos consideren raras o puritanas.

—¿Quieres decir que tenemos que aceptar las cosas y a las personas que detestamos porque no somos unas bellezas ni millonarias? ¡Bonito sentido de la moral!

—No es que esté de acuerdo, pero así funciona el mundo. Y la gente que va a contracorriente solo consigue que los demás se burlen de sus penas. No me gustan los reformistas y espero que no pretendas convertirte en una.

—Pues a mí sí me gustan y me encantaría unirme a ellos si pudiera porque, por mucho que los demás se mofen, el mundo no avanzaría sin su ayuda. No podemos ponernos de acuerdo porque tú perteneces a la vieja escuela, y yo a la nueva. Es posible que tú consigas mejores cosas, pero yo viviré una vida más plena. Y estoy segura de que disfrutaré mucho más que tú.

—Bueno, ahora haz el favor de comportarte y no molestar a la tía con tus ideas modernas.

—Lo intentaré, pero cuando la veo me cuesta controlar el deseo de lanzar una arenga revolucionaria. Es mi sino, no lo puedo evitar.

Dentro, encontraron a la tía Carrol charlando animadamente con la anciana. Cuando las vieron llegar, las mujeres se callaron de inmediato y se lanzaron una mirada que delataba que estaban hablando precisamente de ellas. Jo no estaba de humor y no podía ocultar su incomodidad, pero Amy, que había cumplido virtuosamente con su deber, no perdió los papeles y actuó, en todo momento, como un ángel. Su amabilidad era tan evidente que sus dos tías la trataron con sumo cariño y, cuando se hubo marchado, estuvieron de acuerdo en que la «joven mejoraba de día en día».

—¿Vas a ayudar en la feria, querida? —preguntó la tía Carrol cuando Amy se sentó a su lado con esa confianza que tanto aprecian las personas mayores.

—Sí, tía, la señora Chester me lo ha pedido y me he ofrecido a atender uno de los puestos, dado que no dispongo de otra cosa que dar que mi tiempo.

—Yo no —intervino Jo—. No soporto que me traten con condescendencia y los Chester se comportan como si nos hiciesen un gran favor al dejarnos participar en su elegante feria. No entiendo por qué has aceptado, Amy; lo único que pretenden es que trabajes para ellas.

—A mí no me importa trabajar, y no es solo cosa de los Chester, también participan los Freedmen. Considero muy amable por su parte que me inviten a compartir la diversión y el trabajo con ellas. La condescendencia bienintencionada no me incomoda.

—Buena respuesta, querida. Me gusta mucho que seas agradecida, es un placer ayudar a las personas que valoran el esfuerzo que hacemos por ellas. Hay quien no lo aprecia en su justa medida, y es una auténtica pena —observó la tía March mirando por encima de sus gafas a Jo, que se mecía en un rincón, con aire malhumorado.

Si Jo hubiese sabido lo importante que era aquella visita para la felicidad de una de ellas, se habría comportado de maravilla en ese mismo instante. Pero, por desgracia, no podemos ver lo que cruza por la mente de nuestros amigos. Por lo general, está muy bien no saberlo, pero en ciertos casos nos ayudaría a ahorrar tiempo y nos evitaría enfadarnos en vano. Lo que a continuación dijo Jo la privó de varios años de placer y le dio una lección muy oportuna sobre la conveniencia de medir sus palabras.

—No me gusta que me hagan favores. Me agobian y me hacen sentir como si fuese una esclava. Prefiero hacer las cosas por mí misma y ser totalmente independiente.

La tía Carrol carraspeó y miró a la tía March.

Venturosamente ignorante de lo que acababa de hacer, Jo permaneció sentada con un aire altivo y un aspecto rebelde muy poco atractivos para las demás.

—Querida, ¿hablas francés? —preguntó la tía Carrol poniendo su mano sobre la de Amy.

—Bastante bien, gracias a que la tía permite que Esther hable conmigo en su lengua bastante a menudo —contestó Amy con tanta gratitud en la mirada que la anciana sonrió satisfecha.

—¿Qué tal se te dan los idiomas? —preguntó la tía Carrol a Jo.

—No hablo ninguno; soy demasiado tonta para estudiarlos. Detesto el francés. Me parece una lengua cursi y ridícula —respondió Jo con malos modos.

Las dos tías volvieron a intercambiar una mirada, tras lo cual la tía March preguntó a Amy:

—Querida, estás fuerte y gozas de buena salud, ¿verdad? ¿Ya no tienes problemas con la vista?

—No, gracias. Me encuentro muy bien y espero hacer muchas cosas este invierno para estar lista para ir a Roma cuando me sea posible.

—¡Buena chica! Mereces ir y estoy segura de que lo conseguirás algún día —apuntó la tía March, dándole una palmadita de aprobación en la cabeza, cuando Amy le entregó el ovillo de lana que se le había caído al suelo.

—Vieja gruñona, echa el cerrojo, siéntate junto al fuego e hila —cacareó Polly, inclinado desde su percha sobre el rostro de Jo de una forma tan cómica e impertinente que nadie pudo evitar soltar una carcajada.

—¡Qué pájaro tan observador! —comentó la anciana.

—¿Quieres salir a dar un paseo, querida? —prosiguió Polly, que saltó sobre el aparador donde guardaban los juegos de porcelana y miró con delicia los terrones de azúcar.

—Gracias, así lo haré. ¡Venga, Amy! —Y así fue como Jo dio por terminada la visita, más convencida que nunca de que las visitas no le sentaban bien. Estrechó la mano a sus tías como si fuese un hombre, mientras que Amy las besó a ambas. Las jóvenes salieron de la casa, donde dejaron dos impresiones muy distintas, la de la luz y la oscuridad, impresiones que, en cuanto se marcharon, hicieron a la tía March comentar:

—Siga adelante, Mary. Yo pondré el dinero.

—Así lo haré en cuanto los padres me den su permiso —repuso la tía Carrol.