I

Gugliemi debió pensar que era su amigo quien regresaba, porque puso ojos de sorpresa al encontrarse con el Santo.

—¿Qué quiere usted? —le preguntó.

—¿Y usted quién es? —le replicó a su vez el Santo mientras con ojo escrutador le miraba de cabeza a pies por la puerta entreabierta.

—Yo soy el vigilante.

—Pues, entonces, espero que vigile bien —le contestó el Santo.

El italiano iba a darle con la puerta en las narices, pero Simon empujó con fuerza y entró.

Simon se quitó con gran cuidado un fragmento de telaraña que tenía en el brazo. Iba de smoking, sin sombrero ni abrigo, y, en la semioscuridad que le rodeaba, la pechera de la camisa tenía la blancura de la nieve.

—No quiero que ni por un segundo vaya usted a imaginarse, signor Oleaqua, que yo me entrometo —le dijo el Santo con timidez—. Pero ¿no cree usted que es tiempo ya para que miss Trelawney vuelva a casa?

—Yo no sé nada de miss Trelawney.

—Pero mi querido signor Gazebo —protestó el Santo con acento de sorprendida inocencia—, ¡piense en las conveniencias! ¡Piense en lo que dirá el obispo si supiera que estaba usted a solas con una bella dama a estas horas!

—No le entiendo —replicó Gugliemi con terquedad—. No conozco a ninguna miss Trelawney.

El Santo enarcó las cejas media pulgada.

—¿De veras? —le contestó—. Pues un amigo suyo acaba de decirme que la habla traído con usted a este lugar.

Duodécimo se encogió, con elocuencia, de hombros.

—¿No me está usted contando un cuento?

—Quizá —convino el Santo—. Pero, por supuesto, me permitirá echar una ojeada, sólo para asegurarme, ¿verdad?

—¡No se lo permito! —exclamó con energía Gugliemi—. Usted se ha introducido aquí violentamente, y si no se marcha enseguida voy a llamar a la policía.

El Santo también cambió de expresión.

—Su idea de la hospitalidad es deplorable —le observó genial—. Pero estoy seguro de que no ha querido decir lo que ha dicho. Es usted uno de esos hombres fuertes, sin paja ni cartón, que seguramente por nada del mundo querrá hacerse pesado, ¿no es cierto?

Sin saberse cómo, de pronto relució una pistola en las manos del italiano. La esgrimía amenazador en el aire; pero Gugliemi se daba cuenta de que su valor personal decrecía.

—Yo no estoy muy acostumbrado a estos jueguecitos —observó el Santo con mansedumbre, en tanto que le amenazaban con la pistola en alto—. Soy hombre de paz, aunque parece que no está dispuesto a creerlo. Según tengo entendido, si se tira de ese ganchito se produce ruido y se agujerean las cosas. Tiemblo de curiosidad por verlo. Quizá, usted, por casualidad, lo haya visto funcionar —y con las puntas de los dedos tocaba el gatillo de la pistola que le apuntaba, y Gugliemi se ponía pálido—. Pero... ¿cuál es el plan, mi pequeño andante capriccioso? ¿Una especie de secuestro? ¿Algo de esos indigestos postres sentimentales que ha visto usted en el cine?

A cada pregunta el italiano movía ligeramente su peligrosa pistola automática.

Gugliemi intentó, con un rápido cambio de sitio, colocarse a la espalda del Santo, pero éste anduvo más listo. Cogió al italiano por la muñeca y Duodécimo dejó caer la pistola exhalando un quejido de dolor. Simon lo empujó hacia un lado y recogió la pistola del suelo.

—¿Y qué opina usted —le interrogó el Santo como si conversara— del suprolapsarianismo? Su opinión ha de ser de peso. Justamente hace apenas unas horas...

—Muy bien —refunfuñó Gugliemi—, le llevaré a donde está miss Trelawney. Pero no siga apuntándome con la pistola.

—¡Desde luego!, dejaré de apuntarte en cuanto sepa que no vas a sacar otra porra de mentirijillas —le respondió el Santo—. ¿Dónde está miss Trelawney?

—Arriba.

—¡Válgame Dios! —La pistola automática apuntó de nuevo al chaleco de fantasía de Gugliemi—. ¡Espero que no haya olvidado la buena educación!

—Le enseñaré el camino.

—Ciertamente que me lo enseñará —le dijo el Santo, jovial—. Pero me temo que si hubiera olvidado la buena educación, me vería forzado a hacer con usted habilidades que no sólo le producirán dolor físico, sino que le descorazonarán de un modo permanente... ¡Adelante, Rudolph!

Gugliemi subía seguido de Templar hacia el cuarto del sotabanco. Simon advirtió que, a su entrada, los ojos de Jill se llenaban de luz, y la saludó ceremonioso inclinando la cabeza y con una carcajada... Era demasiado evidente el hechizo de su sugestión y nada podía causarle a él, que, de ser algo, era melodramático, mayor arrobo ni satisfacción.

Se volvió el italiano y le ordenó con aire de cantante de ópera:

—Desátela.

Gugliemi se apresuró a obedecer.

Quitó las correas de las muñecas y luego de los tobillos.

—Y ahora, Jill, ¿se ha conducido el espécimen que se esconde detrás de ese alfiler de corbata de modo que haya merecido de usted el calificativo de insolente?

—Así ha sido.

—¡Ajajá! —El Santo esgrimió la pistola—. No quiero precipitarme, Antonio, pero todo parece contrario a sus proyectos matrimoniales. Si recuerda usted lo que le decía hace un momento...

—Pero ha llegado a tiempo —protestó Jill—. ¿Qué iba usted a hacer?

—¡Oh! —dijo el Santo, casi violentándose—. Pero ¿es cierto que no se ha conducido suciamente?

—Prácticamente no.

El Santo respiró.

—Otra vez la vieja historia —murmuró apesadumbrado—. ¿Sabe usted?, siempre pienso en lo que hubiera sucedido si el héroe hubiese perdido el tren y hubiera llegado media hora tarde... Creo que nunca lo sabremos... Pero ¿qué era lo que tramaban?

Miss Trelawney le explicó exactamente lo que Gugliemi le había dicho, mientras el italiano permanecía de pie, silencioso y pálido, bajo la amenaza continua de la pistola del Santo.

Y cuando, acabada la relación, Simon se volvió hacia él, Duodécimo casi se murió de miedo.

—¿Quiere usted decir que la policía le encomendó semejante patraña? —le preguntó el Santo—. ¿De verdad espera usted que yo la crea?

—Pues es verdad, señor.

—¿Qué policía le ordenó tal cosa? —le interrogó con escepticismo.

—Un hombre alto... con un bigote... así... —Y Gugliemi contrajo las cejas, retorció la boca y alargó la quijada, caricatura en la que el Santo reconoció enseguida al aludido. Lo mismo que Jill.

—¡Cullis! —exclamaron.

Simon se sentó en la cama y miró al italiano con aire pensativo.

—Pero ¿cómo ha llegado usted hasta aquí? —le preguntó Jill.

—Oh, me paseaba por la calle muy tranquilo. En realidad, iba a verla a usted. Mi respetable amigo creyó que le gustaría conocerla, de modo que me mandó a buscarla, y en el momento en que doblaba la esquina cerca del estudio la vi a usted subir en un taxi y marcharse. No había por allí ningún taxi para darle caza, y en tales circunstancias, me quedé parado en la calle, dado a los demonios. Pero anoté el número del coche y luego me fue fácil saber el nombre del dueño.

—Pero ¿cómo hizo usted todo eso?

—Consulté a un vidente —respondió el Santo—, me lo dijo enseguida. Me costó algún tiempo; sin embargo, di con el hombre cuando metía su coche en el garaje, le persuadí para que hablara.

—¿Le hizo usted hablar?

—Le hipnoticé —contestó con dulzura el Santo— y habló. Entonces vine directo aquí.

La joven movió la cabeza tristemente.

—Soy más afortunada de lo que me merezco. ¡Quién me hubiera dicho que iba a vivir para caer en una trampa como ésta...!

—Es un viejo ardid porque es bueno, querida. Si se presenta debidamente, no falla nunca. De modo que yo no lo tomaría tan a pecho. Y ahora, vámonos a casa, ¿quiere venir?

Templar se puso en pie y Jill Trelawney, que apenas si se daba cuenta de lo que estaba pasando, no tenía más que decir por el momento. Aunque todavía hizo la siguiente observación:

—¿Y qué vamos a hacer con... esto?

Y señaló a Gugliemi. Simon miró a Duodécimo como si no hubiera advertido su presencia.

—¡Ah, me lo llevaré conmigo a Upper Berkeley Mews! —respondió—. Creo que me agradaría celebrar con él una pequeña conversación íntima; la pifia que ha cometido usted quizá se convierta en lo más provechoso de todo lo que ha hecho.

Y se llevó a Gugliemi cogido de un brazo con una mano y con la otra apoyándole la punta del cañón de la pistola contra las costillas, durante todo el camino de Lambeth al estudio en Chelsea, dentro del taxi que tuvieron la suerte de encontrar tan pronto como salieron a la carretera. Dejó a Jill en el estudio, diciéndole que volvería al cabo de una hora, y él, con Gugliemi, continuó hacia Upper Berkeley Mews. Fue tan exacto como había prometido. Casi puntualmente, una hora después, Jill oía abrir la puerta, y a los pocos segundos el Santo entraba tan sereno e imperturbable como si nada interesante hubiera acontecido aquella noche.

Para entonces, Jill ya había recobrado su serenidad de juicio y esa toda capacidad e interés.

—¿Ha tenido una conversación interesante? —le preguntó.

—Encantadora —fue la respuesta del Santo, que se tumbó en el sofá y encendió un cigarrillo—. ¿Y qué ocurriría si tuviéramos un recuerdo para esos salmones ahumados que traje esta mañana? Mi respetable amigo me obsequió con un prólogo de comida, pero aún me queda hueco para algún bocadillo sustancioso sin pretensiones.

—¿De qué habló con Gugliemi? —insistió la joven.

—De Judas Iscariote.

—Vamos, déjese de bromas.

—Pero si estoy más serio que un cadáver, Jill. En ese nombre famoso se contiene todo lo hablado, como en una cáscara de nuez. No me costó mucho persuadirle, y nos hemos separado como los mejores amigos del mundo.

—¿Querrá usted hablarme claro? ¿Qué partida juega ahora?

—Eso —dijo— todavía ha de ser uno de mis secretos particulares. Pero puedo satisfacerla por lo que respecta a Gugliemi, persona de sensible corazón cuando uno le conoce, aunque sus métodos resulten algo bajos. En efecto, pude comprender que se había enamorado positivamente de usted antes de que mi llegada le estropeara la noche.

—Lo creo —contestó, ceñuda, la muchacha.

—Bromas aparte —añadió el Santo—. Se trata de un interesante espécimen psicológico; me lo había figurado desde el primer momento. Estaba del todo decidido a hacerla desaparecer a su modo (por una propina), ya que le habían dicho que usted era un estorbo político. Pero yo le conté una historia mucho mejor. No tuve que apalearlo siquiera, cosa para la cual iba preparado. Me gané su confianza. Le administré debidamente una botella de Chianti que andaba por allí. Le dije que le habían engañado en toda la línea y tuve ocasión de mostrarle una pequeña prueba para convencerle.

—¿Qué prueba era ésa?

—No importa. Pero Duodécimo se quedó convencido, porque, como ya le he dicho, usted, sin duda, le ha flechado. Y cuando él vio cuál era el juego, su natural caballeroso, junto con otro litro de Chianti y lo persuasivo de mis palabras, hicieron que se pasara a nuestro lado con armas y bagajes. Creo que, si usted se lo ordenase, ahora mismo iría a matar a Cullis con un revólver en cada mano y un stiletto detrás de la oreja. ¿Sabía usted que su nombre de pila es Duodécimo? Suerte de nombre que invita a la risa, ¿verdad? Antes de terminar ya nos estábamos riendo como buenos amigos... Lo que es en verdad interesante es la psicología de nuestro subcomisario.

Jill encendía a la sazón un cigarrillo.

—Continúe.

—Ya ve cuál es la cuestión —declaró el Santo—. Usted se está convirtiendo en alguien molesto así que Cullis se vale de Gugliemi para hacerla desaparecer. Si no detienen a Gugliemi, tanto mejor. Si lo cogen y trata de denunciar al subcomisario por haberle empleado para eliminarla a usted, quien le oiga pensará que desvaría. ¿Puede pensarse algo más sencillo? A mi respetable amigo seguramente le encantará esta historia.

La joven le miró con expresión de curiosidad.

—¿Quién es ese respetable amigo a que usted se refiere?

—Tía Ethel —contestó el Santo con gran lucidez—. Tiene un gran sentido del humor. Por ejemplo, se ha reído hasta enronquecer con esa historia del robo de documentos en la Oficina de Informaciones.

Jill Trelawney le miró con gran fijeza. No le había visto nunca en aquella actitud y le molestaba.

Cuando en Birmingham habían sumado sus fuerzas, y durante todas las aventuras que siguieron —aun en los primeros días de dura lucha—, todo había sido perfectamente claro y franco. Pero ahora el Santo comenzaba a rodearse de una aureola de misterio, y Jill se daba cuenta, casi experimentando una gran contrariedad, que, a pesar de la forma fantástica en que Simon desempeñaba su papel, algo muy fundamental se escondía detrás de sus bromas.

Ella tenía por costumbre estar siempre enterada de todo. Los «Ángeles del Averno» la habían seguido ciegamente. Pero Simon Templar la desafió desde el principio, y desde el preciso momento en que decidió empujarlos a todos de cabeza en una sociedad absurda, había ido paulatina, pero firmemente, usurpándole el puesto. Y ahora, con toda habilidad, se refería a un secreto enigmático que no quería revelarle a ella, en tanto que él sabía de ella todo lo que había querido. Jill comprendía que había caído en una subordinación definitiva.

Pero la actitud del Santo no revelaba sentimientos de triunfo, ni siquiera de satisfacción personal, lo que resultaba, en verdad, tan sorprendente, que aún hacía la situación más irritante para miss Trelawney. Si el Santo hubiese presumido de su situación, Jill habría sabido cómo conducirse. Pero Simon Templar tenía patentada una clase especial de petulancia que no había manera de contrarrestar.

—Son los papeles —observó deliberadamente la joven, refiriéndose a lo que había dicho el Santo—, quiero decir, los papeles que usted sustrajo de la Oficina de Informaciones.

—¡Oh, no, por Dios! —protestó Simon—. Los papeles que Cullis sustrajo de la Oficina de Informaciones.

Miss Trelawney lanzó una exclamación de incredulidad.

—¿Cullis? —repitió.

El Santo asintió:

—Sí, Cullis. La noche anterior a la que yo me pasé espiando su casa. Vive en Hampstead, cosa peligrosa para un hombre de su condición, en una casa habitada sólo por él, rodeada de jardines. Los balcones de la biblioteca dan a uno de ellos... Yo estaba allí, en el jardín, sentado, oculto entre unas mantas y tiritando de frío. Le vi cuando entró. Entonces yo no sabía, por supuesto, de qué papeles se trataba, pero por la expresión de su cara comprendí que era algo muy importante. A la mañana siguiente supe del robo en la Oficina de Informaciones, y supuse lo que el tal robo significaba.

—Nunca me dijo usted cómo lo pudo comprobar.

—Por medio del vidente al que me referí —dijo el Santo sin titubear—. Un hombre muy útil, en verdad. Ha debido usted consultarle... Por consiguiente, anoche fui y ejecuté mi ratería. Tuve que hacer aquel trabajo de lampista que le dije, en las cañerías, y colarme dentro por el primer piso, porque todos los balcones de la planta baja están provistos de timbre de alarma (muy útiles, desde luego) contra los ladrones... un modelo nuevo que no se puede desconectar. Y con todo cuidado me apropié de los papeles, como ya ha visto usted. De modo que a Cullis se le está acabando la cuerda.

Jill Trelawney le miró sin contestar.

—A Cullis se le está terminando la cuerda —repitió el Santo con íntima satisfacción—. Nuestro jovial y burbujeante mister Cullis está sintiendo frío en la región situada más al sur de su sólido busto. Como teme que se abra de nuevo la investigación acerca de su padre de usted, ha extraído del legajo ciertos papeles importantes. Y como la sabe a usted peligrosa, se ha valido de Duodécimo para que la hiciera desaparecer del mapa. Sí, creo que poéticamente podemos decir que nuestro mister Cullis desaparece a toda prisa arrebatado por el vendaval que desata.

—Ahora, comprendo —dijo Jill.

—Pero ¿no sabía que en realidad sólo fueran dos hombres los que tomaron parte en el asunto de su padre: el comisario general en persona y el entonces inspector Cullis? Poniendo por encima de toda sospecha al primero, nos queda el segundo, que pudo haber redactado la carta sobre la escrita con máquina de escribir de sir Trelawney, así como haber dado por teléfono la falsa orden que hizo marchar a París a su padre, y luego llevarse al comisario general allá para que viera el sainete. Y fue Cullis el hombre que llevó la caja de hierro de su padre y quien la abrió en Scotland Yard. Si Cullis estaba en contacto con Waldstein, ¿qué cosa más fácil para él que fingir el descubrimiento de billetes de Banco en la caja, y que pudiera comprobarse como provenientes de Waldstein?

La joven, mientras el Santo hacía su breve relato, miraba fijamente al vacío, sin mirar en realidad nada. Pero de pronto se volvió con una expresión extraordinariamente inquisitiva en los ojos.

—¿Cuándo se imaginó usted todo esto? —preguntó al Santo.

—A ratos perdidos —le contestó Templar con ligereza—. Pero esto no cuenta. Lo que cuenta es que el subcomisario se ha puesto él mismo al remo. Conduce el bote en persona, y usted y yo somos las únicas almas que van a aprovecharse de la regata. En parte por suerte, y en parte por nuestro buen juicio, que hace que el bote haga agua... por el momento. Y la carta que voy a escribirle a mister Cullis esta noche se lo revelará todo. La depositaré personalmente en el correo y me sentaré en el jardín a ver cómo la lee... vale la pena de exponerse a coger reuma. Y cuando haya digerido del todo la carta, me propongo aún investigar un pasatiempo en su obsequio que le hará sentirse, para cuando baje el telón, como una pelota rebotando contra un puerco espín furioso.