III

Pero el Santo aparecía aún egoístamente ajeno a cuanto le rodeaba, con excepción de lo que se refiriera a su persona. Con el revólver que arrebatara a Harry, encañonaba a éste, que se ponía en pie lentamente. El Santo se había aproximado a la mesa, contra la cual se apoyó. Sacó su pitillera y encendió un cigarrillo. Se puso a fumar y a lanzar al aire bocanadas de humo, entregado por completo a su satisfacción personal. Jill Trelawney le observó:

—Me parece que debo darle a usted las gracias...

El Santo movió la cabeza sorprendido.

—¿Por qué? —le preguntó, inconsciente.

—Ya sabe usted por qué.

Templar se encogió de hombros... un complicado encogimiento de hombros.

—Espero que esto le haya servido de lección —le dijo en tono solemne—. Debe poner más cuidado en la compañía que escoja. ¡Ah! Y gracias por haberme ayudado a arrestar a Harry —añadió incidentalmente—. ¿Qué le hizo a usted conducirse de ese modo?

Jill le miró.

—Pensé que contribuiría en algo a «saldar la cuenta».

—¿A fin de que podamos luego seguir batiendo...? En efecto, creo que podemos llamar a todo esto «arreglos de cuentas pendientes».

—Supongo que querrá mi pistola.

—Es cierto, hágame el favor.

Jill revolvía con su mano el interior de su bolso, sin que el Santo se dignara verla siquiera. Fumaba su cigarrillo y miraba con afectada furia a Harry Donnell. Al cabo de dos segundos, su extraño don instintivo había entreabierto uno de sus ojos y dejaba que llegase a su cerebro una chispita de luz clarividente. Ya sabía con exactitud lo que iba a suceder. Sólo echó de menos un detalle antes de que la aventura tomara el rumbo que estaba destinada a tomar. Pero el Santo no se mostró preocupado, pues era hombre que tenía ideas propias sobre la inmoralidad en estas cuestiones de asuntos privados.

No se había vuelto a acordar de Weald desde que lo dejó caer como un fardo en tierra. Ni siquiera se había molestado en registrarle los bolsillos. Y cuando se volvió, al ruido de un disparo, vio la pistola de Weald fuera casi del bolsillo de su americana y a su dueño, inerme en el suelo, mientras sonreía a otra pistola.

—No se mueva —le dijo Jill Trelawney sin alterarse, y el Santo meneó la cabeza.

—Jill, de verdad que no debió usted cometer un homicidio en presencia de un policía respetable. Si ocurre otra vez...

—No haga caso de ello —le replicó la muchacha con brevedad.

—¡Oh!, pero tengo que hacerle caso —le contestó el Santo—. ¿Puedo fumar o prefiere el baile?

La joven, apoyada contra la pared, tenía una mano puesta en la cadera y esgrimía en la otra su pequeña pistola niquelada.

—Tiene usted buenos nervios, Templar —le observó fríamente.

—Lo mismo puedo decirle yo de los suyos.

Miss Trelawney le miró con cierta expresión de alegría y de hosquedad al propio tiempo.

—Supongo —le inquirió— que de nada servirá el argüir que maté a Weald para evitar mayores males. Ya vio lo que se proponía cuando le disparé. Y el haberle salvado la vida a un valioso policía... ¿no sería razón de algún peso?

—No mucho, me temo —le replicó el Santo en el mismo tono—. Ya ve, yo también tenía un revólver, y, realmente, no había ninguna necesidad de que usted interviniera. No tenía más que gritar «¡Huy!» y yo habría hecho el trabajo. Además, a Harry le agradaría ser testigo por la Corona... ¿verdad, Harry?

Advirtió en la mirada de Donnell la expresión de un odio mortal y se rio.

—¡Vamos! Estoy seguro de que sí, Harry... siendo la ruborosa zorrilla que eres tú.

No se había separado de la mesa y sostenía en su mano derecha, negligentemente apoyado en la rodilla, el revólver de Donnell.

—¿No irá usted a armar camorra? —le observó la muchacha con nobleza, y el Santo se encogió de hombros.

—Usted todavía no me conoce, Jill. Personalmente, yo jamás busco camorra. —La miró de hito en hito—. Otros, quizá —añadió.

El silencio que siguió a sus palabras fue significativo; y la muchacha le prestó oído atento. En ese momento oyó pasos precipitados fuera de la estancia, en la escalera.

—Perdóneme —dijo el Santo.

Y se dirigió rápido a la puerta, que cerró con llave. Luego cogió la mesa con la que reforzó la puerta, disponiéndola de modo que uno de los lados se apoyara debajo del picaporte y el otro en el suelo.

—Así detendrá a los muchachos de Donnell por tres o cuatro minutos —dijo.

Miss Trelawney se sonrió.

—¿Mientras yo me escapo por el túnel?

—Mientras nos escapamos los dos por el túnel.

Templar advirtió la perplejidad en los ojos de Jill y en sus labios entreabiertos que vacilaban para hablar, pero reparó en tales detalles con una mirada a hurtadillas en tanto que se dirigía hacia Harry Donnell, en cuya boca contraída se dibujaba una vengativa resignación. El Santo se rio.

Su puño derecho martilleó como un ariete. Pero esta vez el Santo había dispuesto de una fracción de segundo más, esencial para meditar su maniobra... lo que significaba tanta diferencia como de lo vivo a lo pintado. Y esta vez, Donnell dio con su cuerpo en tierra como súbita presa de profundo sueño.

—Listo y terminado —murmuró el Santo después de una ojeada de profesional al durmiente.

Y volviéndose enseguida a miss Trelawney, le preguntó:

—¿Preparada para la escapada, Jill? ¿Quiere empolvarse antes la nariz o hacer cualquier otra cosa?

Jill le miraba aún de hito en hito. La nueva faceta que había descubierto en la personalidad del Santo desde su primer puñetazo a la quijada de Donnell adquiría increíble realce... que el entremés que se interpusiera no hizo más que ofrecerle oportunidad para destacarse con mayor rigor, sin que por ello se alterasen lo más mínimo los nervios de Templar. Y la pistola con que le encañonaba la mitad de todo este tiempo tampoco la había alterado en absoluto.

—¿No va usted a arrestarme? —le preguntó en tono que daba la impresión de un aparente y sutil menosprecio respecto a los desconcertantes prolegómenos de aquella inteligencia iniciada, y a la cual respondía la propia pregunta.

Simon Templar la miró y sonrió.

—¿Arrestarla a usted por haber minado y volado la fortaleza que quiero yo minar y volar hace años? ¡Adorable Jill, tiene usted ideas bien extrañas de mi...! Pero esta vez mi gente ha tomado posiciones y nos espera al extremo de esta cueva de ratas con el subcomisario a la cabeza. La verdad, creo que, ni aun asistida por todos los demonios, podría usted franquear el cerco sola. ¿Tiene inconveniente en que yo me ponga al frente de la artillería unos momentos?

Le tomó la pistola de su dócil mano, se la guardó en el bolsillo y la condujo rápidamente a través de la puerta del falso aparador. Lo hizo todo tan serena y tranquilamente, con una maestría tan natural, que toda la energía que pudiera quedar en la muchacha se desvaneció. Era imposible resistir, ni siquiera interrogar respecto a sus planes a Simon Templar. Jill se dejó conducir escaleras abajo sin pronunciar palabra.

—Por otra parte —añadió el Santo como si no hubiera habido interrupción alguna entre su primera observación y su último párrafo—, tiene usted que considerarse temporalmente arrestada, porque de otra manera pudieran surgir ligeros inconvenientes que no estaríamos en situación de afrontar con eficacia.

Miss Trelawney no contestó. En el mismo silencio desconcertante permanecía cuando llegaron a la bifurcación del túnel. Esta vez tomaron por la izquierda, y avanzaron cosa de cien yardas mientras les alumbró la bombilla eléctrica que había, para quedar luego a oscuras. Jill oyó el ruido del resorte al funcionar la linternilla del Santo y vio una escalera en espiral a la derecha.

—Por aquí.

Templar la cogió por el brazo y la ayudó a subir la estrecha escalera. Arriba se encontraron ante un muro que parecía hacer imposible la salida, y la linterna se apagaba en el momento mismo en que llegaban allí. Pero Jill notó que Templar tanteaba en la oscuridad.

Poco después hubo una invasión de luz que fue en aumento. Jill experimentó en el rostro una sensación de aire fresco, y al mismo tiempo advirtió en el vano de un portillo la figura de Simon Templar.

—Todo como una seda —observó el Santo, con su acento imperturbable.

Y Jill Trelawney le siguió a través de la puertecilla para encontrarse delante del subcomisario, que esperaba revólver en mano, y que inmediatamente guardó el arma.

—La primera arrestada —dijo el Santo, tomando de nuevo a Jill por el brazo—; allí he dejado descansando a Donnell y a Weald, que no los podía traer conmigo. Los encontrarán en la casa si van lo suficientemente pronto... pues cuando abandonamos el cuarto, los muchachos de Donnell ya estaban haciendo saltar la puerta en astillas.

Cullis hizo una pequeña inclinación de cabeza y los agentes de uniforme se lanzaron por el portillo. Los que iban de paisano titubearon, pero el Santo les indicó que siguieran a sus compañeros.

—A Trelawney la llevaré yo mismo... Mi papel en este asunto ha terminado.

Al desaparecer los detectives, el Santo abrió la puerta y condujo a Jill a un pequeño salón desamueblado. Cullis les siguió. En la calle esperaba un taxi en el que hizo subir a la muchacha.

Luego se volvió al subcomisario.

—Quizá le entretendría a usted hacer sus primeros pinitos para soltarse a andar —le dijo—. Hay algo interesante en el cuarto del fondo; los chicos deben estar a punto de llegar a él. ¡Ah!, y no se olvide de transmitirle mi más puro afecto a Claud Eustace la próxima vez que le vea. Dígale que siempre fui mejor detective que todos ustedes... la broma le hará morirse de risa.

Cullis movió la cabeza en señal de asentimiento.

—¿La va a llevar a la delegación?

—Si —le contestó el Santo, muy serio, y cerró la portezuela.

Luego se acomodó en su asiento y encendió otro cigarrillo, al tiempo que arrancaba el taxi.

—Apenas si tenemos tiempo para coger el próximo tren a Londres en los ochenta segundos de que disponemos —observó.

La muchacha se volvió a mirarlo con una contracción en los labios, que se podía considerar como la primera y mayor aproximación de una sonrisa que hasta entonces había emitido.

—¿Y después?

—Conozco un sitio cerca de la capital donde el tren disminuye la marcha. Podemos saltar allí y los sintéticos agentes de la Secreta que infectan Paddington a la llegada del convoy podrán esperarnos cuanto gusten.

Jill le miró fijamente a los ojos.

—¿Realmente piensa usted lo que dice? —le preguntó.

—¡Pues ya lo creo! —le contestó el Santo—. Y puede preguntarme cualquier cosa que desee saber. Este es el fin de mi carrera como policía. Después de todo, nunca he recibido gran cosa por tal actividad. Me parece que se sorprende de oírme.

Jill asintió:

—Supongo que sí.

—Pues bien, yo me agregué a este banquete más o menos por una broma. Por una broma y por una promesa que quizá le confíe a usted algún día. O quizá no lo haga. El que estuviera usted en lo cierto o no nada tiene que ver con ello, aunque a juzgar por lo que el llorado Weald le estaba diciendo cuando yo le interrumpí su declamación, parece que sí lo estaba y esto ya empieza a tener algo que ver con la eclosión de las flores en primavera.

Hubo otro paréntesis de silencio. Jill aceptó un cigarrillo que Templar te ofreció, y lo encendió.

De pronto preguntó:

—¿Y qué pasará después de que saltemos del tren?

—Por alguna parte de este ancho mundo —replicó el Santo— anda un viejo zorro llamado Essenden. Mañana va a París, y también nosotros.