II
Simon Templar tomó las cuartillas en que había estado trabajando a ratos durante su viaje a París, y se aclaró la garganta:
—Entiendo que estas líneas —manifestó— han sido propuestas para el Premio Dumbbell de literatura:
«Sentado se encuentra el rey en la ciudad silenciosa, tomando su té de China: "¿Dónde encontraré yo un esforzado caballero que esgrima en mi favor su espada?
»Las bestias feroces se agolpan ante mis murallas, los buitres esperan la carnaza, hasta que un espejo de caballeros acuda, y corra en busca del Sangreal nuevamente."
»Se levantó y habló un ministro que se sentaba a la derecha del rey: "Basil de Bathmat Dilswipe Boil pertenece a un esclarecido linaje."
»Su hermano es barón de Bathmat Boil, propietario del periódico Daily Squeal, y todo el mundo sabe que es un caballero a toda prueba.
»—Ha estado con mis hombres de armas, ostenta por mí cicatrices, ¿habré de contar a este Basil Boil entre mis caballeros?
»—Señor, encontrándoos en tiempo en guerra le llamasteis al combate y os hubiera servido lealmente, mas su conciencia se lo impedía.
»Y lo hicieron comparecer ante los jueces porque se había rebelado, y sufrió un año de cárcel para salvar su alma de las garras del demonio.
»—Entonces, ¿lo que tengo por portento, lo que ponéis a mi firma, significa que debo tomar a este cobarde como uno de mis caballeros?
»—Señor, vamos a publicar una lista que el Daily Squeal puede hacer fracasar, y sería prudente halagar al barón de Bathmat Boil.
»Entonces el rey se levantó airado y los miró a todos con dureza: "Habéis agotado el vino y la alegría, el orgullo y el prestigio de los siglos.
»La última mujer hermosa está marchita y el último de los caballeros sucumbe de vergüenza, pero antes me servirá un perro del arroyo que ese hombre que nombráis."
»Le oyeron los ministros y no le respondieron, le oyeron y no se inclinaron sumisos, y el rey advirtió su tranquilidad imperturbable y comprendió que aquello era el fin.
»Basil de Bathmat Dilswipe Boil fue presentado al siguiente día y el rey le dio el espaldarazo volviendo a un lado el rostro.
»Y a través de los balcones vio los bulliciosos estandartes plegados, y en la frente se le dibujó una cruz de hierro y el cansancio de la vida...»[4].
—¿Y qué significa eso? —preguntó Jill Trelawney, desconcertada.
—Si no se da usted cuenta de que se lee poesía, cuando escucha —le observó con severidad el Santo—, ya no tiene salvación posible. Aunque admito que se trata de un producto algo amorfo... y es que mi sensibilidad se intensifica demasiado cuando cultivo la sátira. Si leyó usted el periódico el otro día, se fijaría en que a un pacifista le habían hecho recientemente caballero. Probablemente el próximo arzobispo de Canterbury será un ateo empedernido, y un comprobado abstemio será el futuro presidente de la Comisión de Alcoholes. Después de lo cual no queda más que el suicidio.
Jill Trelawney cogió dos terroncillos de azúcar del azucarero.
—Parece que algo le ha sacado a usted de quicio —le observó.
—La legañosa organización de este ciego mundo siempre me saca de quicio. Ha de sacar a cualquiera que no tenga esparavanes desde la cuna.
—Pero ¿aparte de eso?
—Pues aparte de eso —replicó Simon Templar, expansivo—, creo que en este momento la vida me es grata. Tengo en el bolsillo cerca de doscientos mil francos que aguardan impacientes a que los Bancos abran por la mañana para convertirse en moneda inglesa. He hecho una excursión en coche por el campo. He descubierto que, si todo lo demás me falla, siempre me podré ganar honradamente la vida como inspector de máquinas de escribir. Me he bañado y cambiado de ropa, y me he repuesto de mis trabajos y correrías con una trinidad de soberbios salmones, guisados con tanta destreza que pudieran hacerme famoso como chef. Mi última obra maestra en poesía me ha proporcionado gran satisfacción. Y, finalmente, gozo de una compañía encantadora. ¿Qué más puede pedir un hombre?
Hallábase sentado cómodamente en el pisito cerca de Sloane Square, que hacía tiempo conservaba como reserva para el día en que sus travesuras hicieran de su casa un Upper Berkely Mews un lugar demasiado señalado para su residencia. Con una taza de café delante y un cigarrillo entre los dedos, mirando por encima de la mesa los ojos de oro de Jill Trelawney, acababa de hacer su discurso.
—Pero, Jill —protestó—, observo que la rodea a usted una expresión especial de ensimismamiento. ¿Se trata de mala digestión o de amor?
La joven sonrió abstraída.
—Pienso en Essenden —contestó.
—Entonces, es amor —dijo el Santo.
—¡Pienso... pienso...!
—Pero, seriamente, ¿por qué? Durante estas últimas veinticuatro horas nos hemos dedicado devota y completamente a Essenden. Por lo que a mí toca, estoy dispuesto a concederle un paréntesis de descanso al asunto. Por el momento, hemos hecho nuestro agosto. El huevo, por así decirlo, está empollándose; el cebo está en el anzuelo. Todo lo que podemos hacer ahora es sentarnos bien juntitos y esperar.
—¿Cree usted que reaccionará?
—Ya le dije a usted —le contestó extravagante el Santo— que se rebelará como una hogaza de pan sobrecargada de levadura nueva. Reaccionará hasta tal altura, que los faisanes y los arenques ahumados no podrán vivir en su misma casa. Cuando haya terminado de reaccionar, habrá alcanzado tal altitud que tendrá que subirse a una escalera para quitarse las botas. Eso es lo que le digo. Créame, Jill.
La muchacha removió su café, reflexiva.
—Lo mismo da —dijo—. Como toda pesca, es cuestión de suerte.
—No, tratándose de ese pez y de ese cebo —le contestó el Santo—, nosotros abrimos las hostilidades contra su señoría. Le dimos un coscorrón en la cabeza lo bastante fuerte para hacerle un chichón a pesar del sombrero. De eso no hay duda. Entonces, ¿qué es lo que puede hacer? Puede o bien sentarse tranquilamente a escuchar música, o bien marcharse a dar un paseo en autobús, o bien prepararse para un contraataque. Lo primero no es probable que lo haga. Si se decide por lo segundo, nos ahorra una porción de molestias y de trabajo pesado. Y si opta por lo tercero...
—Eso —interrumpió la muchacha—, si escoge lo tercero...
—Nos hace el caldo gordo, desde luego. Sería descubrirse. Y una vez que estuviese con las cartas en la mano, podríamos hacer nuestro envite. ¡Y, desbancarlo...!
Simon arrojó el cigarrillo y se incorporó en su asiento.
—Es una táctica que no tiene que ver con la suya, Jill —añadió—, que en nada se parece a lo que hasta ahora he visto de usted; y, sin embargo, no deja de responder a la que ha ido empleando esta última semana. No me diga que sus nervios se aflojan ahora, porque no le creería.
—Pero ¿qué es lo más probable que haga?
Simon se encogió de hombros.
—¿Y quién sabe? —exclamó—. Yo lo que le digo es que a nosotros nos toca contemplar el paisaje y aguardar. ¿Y a quién puede importarle esto?
Jill Trelawney encendió un cigarrillo y sonrió.
—Tiene usted razón, Simon Templar —dijo—. Me estoy volviendo maniática. Me figuro que las cosas se me han presentado un poquitín demasiado fáciles... en general. Ya sabe usted cómo las he sorteado hasta ahora, y también debe de saber que nunca se consiguen salvar indefinidamente.
—Ya lo sé —contestó, complacido, el Santo.
Jill asintió abstraída. Durante un instante, sus morenos ojos leonados se fijaron en el Santo. Resultaba extraordinariamente humillante, al tiempo que provocativo, el sentimiento que aquellos ojos le revelaban en un instante...: que él no se encontraba allí, o que era ella la que no estaba allí. Sin embargo, Jill le oía, entregada como estaba a sus pensamientos.
La joven le miró de nuevo.
—Es usted el último socio que jamás pude pensar en tener —le declaró.
El Santo replicó, cortés:
—Ello no me sorprende.
—Y no obstante... ¿se acuerda usted cuando me recordó a aquel muchacho que está en los Estados Unidos? —Los ojos áureos absorbieron su sonrisa—. Aquello fue un golpe bajo... que supongo que merecí.
—En efecto.
—Entonces, ya es otra cosa.
Simon frunció el entrecejo, pero su gesto burlón carecía de malicia.
—Después de lo cual —murmuró Templar— mató usted a Stephen Weald.
—¿No habría usted hecho lo mismo?
—Sin duda. Exactamente lo mismo. Y ésta es precisamente la cuestión. Ha podido usted dejármelo a mí, pero yo me puse al margen porque me figuraba que Weald era su capricho... En fin, su muerte, si bien se piensa, no fue un acierto, porque de haberlo conservado le habríamos podido hacer cantar. Pero ¿quién era yo para estropear aquel deporte?
—Lo comprendo.
—El caso es que seguimos haciendo bien el trabajo, así es que, ¿por qué preocuparnos?
Miss Trelawney asintió con un reposado movimiento de cabeza.
—Sí, seguirnos. Quizá no durará mucho tiempo.
—¿Y ese muchacho que le pertenece a usted?
—Se imagina que viajo para ilustrarme —contestó, riendo—. Y creo que me ilustro, si lo mira usted en tal sentido.
Reinó el silencio.
Y en aquel silencio se inició una inteligencia que no precisaba explicaciones, pues el Santo sabía exactamente lo que debía dejarse decir... Y cuando, al poco rato, estiró su largo brazo para depositar el cigarrillo en el cenicero, consultó el reloj y se puso en pie; el ademán correspondía natural y espontáneamente a la agradable tranquilidad que había presidido toda la velada.
—¿Se ha dado usted cuenta —le preguntó con la mayor sencillez— que es casi medianoche y que hoy hemos tenido un día muy ocupado?
Jill le dio las gracias con una sonrisa, que recordó el Santo después que se retirara la joven de la habitación, sentado allí, al lado de la chimenea, fumándose el último cigarrillo en tanto meditaba sobre los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas.
Aventuras sobre aventuras, Simon Templar se calificaba a sí mismo de aventurero. Como le calificaran los demás, le traía sin cuidado. Ciertamente, había alcanzado más de lo que se proponía en más de un sentido, y la calidad del trabajo y rendimiento que se había asignado desde el comienzo de su carrera, no daba muestras de decaer. Hacía sólo poquísimo tiempo que se daba cuenta de que la vida le reservaba aún más cosas que hacer de lo que hubiera satisfecho en el momento presente. La visión filosófica que de la vida tenía Simon Templar constituía su fuerza. Era lo que le conservaba joven. En tanto que ocurrieran sucesos interesantes, era feliz. Esta noche lo era completamente.
Para una felicidad completa, precisaba de alternativas equilibradas de agitación y de tranquilidad satisfecha. Al comenzar a fumar su cigarrillo, disfrutaba de aquella tranquilidad. Estando a medio cigarrillo sonó breve y nerviosamente el timbre de la puerta de la calle, y el Santo se puso con toda calma en pie, frunciendo un poco el entrecejo.
No esperaba visitantes en aquella casa, salvo vendedores ambulantes, porque nunca la había declarado como vivienda propia. Y, en todo caso, cuando regresó esta vez a Londres, nada habían dicho los periódicos respecto a que mister Simon Templar se hallase de vuelta en la ciudad y de que experimentaría verdadero placer en recibir a los amigos y conocidos que tuviesen interés en buscarlo. Ello ocurría así por razones más que obvias. Nunca se había distinguido el Santo por ocultar su personalidad con innecesarios procedimientos, pero sí sabía siempre, con toda precisión, cuándo permanecer discretamente en la penumbra. Conocía este arte desde la cuna y a la sazón atravesaba uno de los períodos de su vida en que lo practicaba con mayor resolución. Por consiguiente, no podía caber duda de que el visitante fuera un inoportuno. Simon, sin embargo, abrió la puerta con la sonrisa en los labios, pues tenía por norma el afrontar siempre cualquier molestia que pudiera presentarse en tal forma.
—¡Cómo, si es Claud Eustace...! —exclamó, y se hizo a un lado para dejarle paso.
—Sí, soy yo —contestó mister Teal, lentamente.
Entró, se escurrió por el pequeño vestíbulo y pasó al salón. Simon Templar le siguió.
—¿Qué puedo hacer por usted? ¿Quiere una propina por los doscientos mil, o viene usted a pedirme dinero prestado?
El inspector Teal quitó el envoltorio de papel a un caramelo cuidadosamente, y se metió la golosina en la boca.
—Santo —observó soñoliento—, tengo noticias de que ha vuelto usted a ser mal chico.
—Yo no —contestó el Santo—. Debe de estar pensando en algún otro. Convengo en que he estado en París, pero...
La quijada de Teal subía y bajaba en rítmico movimiento.
—Sí —convino—, algo de ello ocurrió en París.
Simon se apoyó contra la chimenea haciendo un guiño en demostración de contento.
—¿Y qué?
—Que en París —respondió Teal— usted le administró un poco de opio a lord Essenden y le arrebató doscientos mil francos. Y previamente, actuando en su calidad de oficial de policía, transgredió su deber e hizo la vista gorda para que se escapara una mujer a quien se persigue por asesinato. No puede continuar haciendo estas cosas, Santo. Me temo que tenga que amonestarle otra vez.
—¿Y qué?
El detective se encogió de hombros con aire de gravedad.
—Lo bueno que tiene usted, Templar, es que siempre actúa de un modo pacífico.
Simon se rascó la barba.
—¿Qué quiere usted decir con eso de «pacífico»? —le interrogó el Santo con inocencia semejante a la de un niño.
—Vamos a dar un paseo —le replicó Teal—. O, si lo prefiere, tomaremos un taxi. Siento tenérmelo que llevar tan tarde, pero no estaba cuando vine antes y, si lo hubiera dejado para mañana, tal vez habría estado usted de nuevo fuera.
—¿Y adónde vamos a dar este paseíto a pie... o en taxi?
Mister Teal parpadeó. Parecía costarle un esfuerzo tremendo conservarse despierto.
—A la delegación de policía de Rochester Row.
—¿A Pimlico? —protestó el Santo—. ¡No, señor...! A mi sólo se me puede conducir a los cuarteles de policía del West End.

—No es a Pimlico —observó Teal—, sino a Westminster.
—Peor todavía —replicó el Santo—. Allí es a donde llevan a los miembros del Parlamento.
Mister Teal se colocó bien el sombrero, que, como es tradicional en todo detective, no se había quitado cuando entró en el piso.
—¿Vamos? —le preguntó, soñoliento.
—Imposible —le contestó el Santo—. Lo siento, amigo mío.
—¡Simon Templar —exclamó Teal—, queda usted arrestado por...!
—Enséñeme el mandato —le interrumpió Templar.
—¿Qué mandato?
El Santo se rio, burlón.
—Pues la orden de mi arresto —le dijo.
—No tengo mandato alguno.
—Ya lo sospechaba. ¿Y cómo me va a arrestar usted sin una orden?
—Le puedo arrestar preventivamente...
—No lo puede hacer —le replicó el Santo, sonriendo—, Yo me comporto con toda corrección. Estoy en mi casa, a punto de retirarme a descansar, como cualquier ciudadano respetable. No hay nada, por lo tanto, de lo que usted pueda acusarme. Lo que está haciendo, Teal, es preparar una menguadísima jugarreta, para la que se me escoge a mí como la víctima. ¿No es así?
Teal cerró los ojos.
—Pero en París...
—En París —le contestó Simon, imperturbable— le robé doscientos mil francos a lord Essenden, Lo confieso. Si usted quiere, se lo declaro por escrito, y puede llevarse la declaración a su casa y enseñársela al comisario general. Pero a pesar de esto no puede hacer nada. El delito se perpetró en suelo francés, por lo cual sólo afecta a la policía francesa. Yo estoy en Inglaterra. No se puede pedir la extradición de un inglés que se encuentre en Inglaterra. Siento decepcionarle, se lo juro, pero no puede presentarme el asunto desde ese punto de vista.
—En Birmingham...
—En Birmingham —continuó el Santo con la misma expresión de equidad—, un hombre conocido últimamente con el nombre de Stephen Weald, y anteriormente con el de Waldstein, fue muerto por Jill Trelawney. Que lo fuera o no en defensa propia, es asunto a dilucidar por el jurado ante el que comparezca... Supongo que también habrá oído algo de lo que dice Donnell. Pues bien, yo cumplí con mi deber y arresté a Jill. Creí que le había quitado todas las armas, pero en el taxi sacó otra pistola y me desarmó, haciéndome su prisionero. Me obligó a tomar un tren con ella. No lejos, al norte de Londres, me hizo saltar del vagón, a la vía. No sé lo que haya sido de Jill después. Permanecí sin sentido, allí en tierra, varias horas...
—¿Qué clase de comedia —preguntó Teal— es la que trata usted de representar?
El Santo sonrió seráfico.
—A grandes rasgos le estoy dando una muestra gratis de mi defensa, que también me proporciona los elementos para arrojarlo a usted de cabeza en las redes de los tribunales, si usted se torna, querido corpúsculo, intratable. El comisario ha de haber recibido mi carta renunciando al puesto de oficial, en la que le manifestaba que me sentía tan avergonzado, que no me atrevía a verle cara a cara ni a estrecharle la mano. La deposité en el correo la misma noche. Convengo en que he resultado el más inepto de todos los policías imaginables, pero el comprensible deseo de salvar la piel sobre todas las cosas...
Teal extendió sobre la mesa una hoja de papel.
—¿Y esto... su recibo a Essenden? Conozco uno de los dibujos, pero el otro...
—El de mi esposa —respondió como un susurro Templar.
—¡Hola! ¿Y cuándo se casaron?
—Todavía no. Hablo en futuro.
El detective volvió a cerrar los ojos.
—¿De modo que ésa es su historia?
—Y una historia que parece zurcida por el propio Barrabás —contestó Simon Templar complacido.
—¿Y qué hay de este nuevo domicilio?
—¿Desde cuándo es un delito que un ciudadano respetable tenga un segundo domicilio...? De todas formas, no me disgustaría saber cómo lo ha descubierto tan pronto.
—Pues hace meses que lo sabía —le dijo el detective dormitando—. Cuando vi que faltaba en Upper Berkeley Mews, me vine derecho aquí.
El Santo se rio.
—Y ahora tiene usted que volverse derecho a casa... ¡Teal, cuánto lo siento...! Debió usted pensárselo mejor, de veras, mucho mejor. Y ahora, ¿va a seguir el consejo del tío y a tomarse un vaso de agua de cebada antes de marcharse, o quiere discutir alguna otra cosa?
Durante unos cuantos minutos hubo un silencio imponente... por parte del inspector general Teal.
El Santo pudo darse cuenta de la importancia de este silencio, y se felicitaba de él porque conocía exactamente el terreno que estaba pisando. Aparte de que en los bolsillos de sus pantalones aguardaban tranquilos dos puños de hierro, prontos a dar fe del valor de sus convicciones, si te invitaban a ello.
Por último, Teal abrió los ojos y entreabrió momentáneamente los labios como media pulgada.
Inclinó la cabeza.
—Usted siempre ha sido un chico inteligente —declaró.
—Ya lo sé —le respondió el Santo.
Teal conservó su expresión sonriente. Se arregló el sobretodo y se abrochó un botón. Sus ojos, bajo aquellos pesados párpados, se fijaban aburridos en los pormenores de la habitación.
—Siento que haya malgastado su tiempo —le dijo amable el Santo—. No le quiero retener más, si realmente tiene prisa.
—No tengo ninguna prisa —le contestó Teal. Y sus ojos se fijaron en la silla en que se había sentado Jill Trelawney.
Simon siguió la dirección de su mirada.
—¿La visita de una amiguita? —interrogó Teal sin cambiar de expresión.
—La tía Ethel —le respondió con dulzura el Santo—. Acababa de marcharse cuando llegó usted. ¿Verdad que ha sido una lástima? Pero quizá pueda encontrársela algún otro día.
—¿Qué edad tiene esa tía Ethel?
—Alrededor de los cincuenta —le respondió el Santo—. Tal vez demasiado joven para usted, pero, en fin, puede probar suerte. Le enviaré su dirección. Quizá le guste hacerle una visita a Rochester Row.
Teal retiró las manos de los bolsillos y comenzó a «locomoverse» de un lado a otro de la estancia. Sólo de un hombre como Teal pudiera decirse que se «locomovía».
Esta locomoción era ilusoria. Se presentaba demasiado tardíamente y en extremo lenta y desgarbada en sus movimientos, pero en aquella ocasión se movía con notable soltura. Teal cogió el bolso de encima de la silla y lo examinó con sobriedad.
—Su tía Ethel tiene un gusto chillón por lo que se refiere a bolsos —observó—. ¿Qué edad dijo que tiene?
—Cosa de unos cincuenta —contestó el Santo.
Teal abrió el bolso y procedió a extraer su contenido, sacando uno a uno cada objeto y colocándolos encima de la mesa, después de examinarlos. Un lápiz para pintarse los labios, una diminuta polvera, un espejo, un estuche con un peine, un pañuelo, una pitillera, un lapicero de oro, algunas tarjetas...
—«Princesa Selina de Rupprecht» —leyó Teal en las tarjetas—. ¿De dónde es?
—De Lituania —respondió el Santo sin vacilar—. Tengo también algunas relaciones distinguidas en Checoslovaquia —añadió con aire modesto.
Teal dejó el bolso y se volvió con desacostumbrada prontitud.
—Me gustaría conocer a esta princesa —dijo.
—Llámela tía —le indicó Simon—. A ella le agrada. Pero esta noche no la podrá ver aquí, porque ya se ha marchado a su casa.
—Volverá a por su bolso —le contestó Teal—. Esperaré. Y en tanto que espero, me gustaría dar un vistazo por las demás habitaciones del piso.
Simon Templar se separó bruscamente de la chimenea contra la cual había permanecido recostado hasta entonces y, mirando fijamente a los ojos de Teal, le dijo:
—Usted no se esperará, porque ocurre que yo quiero meterme en la cama y prefiero que antes esté usted fuera del piso. Ni tampoco dará ningún vistazo a las demás habitaciones, por ningún motivo o excusa, porque carece del mandato judicial correspondiente.
Teal permaneció inmóvil junto a la mesa.
—Tengo mis razones para creer —le dijo— que está dando asilo a una mujer a la que se persigue por asesinato.
—Carece de un mandato judicial para hacer el registro —le repitió el Santo—. No sea pesado, Teal. Yo puedo ser un individuo sospechoso, pero usted no tiene nada definitivo, claro, contra mí, salvo el pequeño sainete de París, con el que nada tiene usted que ver, nada absolutamente. Si intenta registrar el piso, me opondré por la fuerza. Más todavía, le echaré a la calle, escaleras abajo, con una violencia tal, que dará usted un bote de aquí a los establecimientos Harrod. Y si trata de arrestarme por ello, recibirá el zarpazo terminante y definitivo. Tiempo atrás quizá habría usted podido hacerlo, pero ahora no. La policía en los tiempos presentes no es tan popular. Más vale que vea lo que hace.
—Puedo conseguir el mandato del juez —le contestó Teal— dentro de dos horas.
—Pues obténgalo, entonces —le respondió, lacónico, el Santo—. Y no venga a molestarme hasta que tenga ese mandato en el bolsillo. Buenas noches.
Atravesó la estancia y abrió la puerta, y Teal, después de unos cuantos segundos de espantosa indecisión, se dirigió hacia el vestíbulo.
Simon abrió la puerta de la calle y el inspector, deteniéndose en el umbral, le dijo con expresión solemne:
—Es usted un chico listo, Santo. No se vaya a dormir, porque dentro de dos horas estaré de vuelta con esa orden del juez.
—Buenas noches —le repitió el Santo, y le cerró la puerta en las narices.
Regresó al salón y encontró a miss Trelawney volviendo a colocar en su bolso los objetos sacados por el inspector.
—Ya he oído —le dijo Jill.
—Dentro de cinco minutos, Teal tendrá un agente delante de la puerta para que vigile mientras él vuela a obtener la orden del juez. Entretanto...
En ese momento se oyó el sonido agudo, estridente, de un silbato de policía, y los labios del Santo hicieron un amago de sonrisa.
—En ese instante, Teal, parado en los escalones de la entrada, toca su silbato. Prefiere no fiarse. No va en busca de un agente, sino que no se moverá de la puerta hasta que llegue el guardia. Quiere estar seguro de que nadie salga de aquí mientras vuelve. Y la persona a quien busca es usted.
Jill Trelawney asintió, moviendo la cabeza.
—Perseguida por asesinato —observó con suavidad.