I
Essenden se mató, y a su cuerpo desmadejado lo arrastró la creciente marea del arroyo furioso, engulléndolo y precipitándolo en el fondo oscuro de la cueva, más allá de donde podía penetrar la luz que iluminaba la entrada.
El agua seguía subiendo. A la sazón llegaba arriba del muslo y era difícil resistir su corriente de pie. En efecto, el Santo, con una pierna inutilizada, no habría escapado probablemente de no haber sido por Jill Trelawney. ¡Y pensar que ella, que necesitaba de todas las fuerzas que le restaban para salvarse, supo encontrar aún energías para emplearlas en ayudar al Santo, llevándoselo consigo! Dando traspiés y chapoteando desesperadamente, con frecuencia a punto de caerse donde un paso en falso significaba muerte segura, llegaron por fin al extremo del túnel por el cual habían venido.
Allí se sintieron algo así como en el cielo, con aguas más tranquilas, que les llegaban a la cintura. Si a esta altura de la marea se hubiera encontrado en plena corriente del arroyo, difícilmente se habrían salvado. Así y todo, ardua era la empresa de escalar la empinada pendiente al final del pasadizo. Pero arrastrándose y avanzando penosamente lograron escalarla hasta poder tenderse extenuados en el suelo de roca seco, donde no alcanzaba el nivel de las aguas.
Al cabo de unos minutos, Jill se puso en pie.
—¿Se siente mejor? —preguntó.
—Infinitamente —le contestó el Santo.
Templar se levantó con trabajo y anduvieron el resto del túnel juntos, gravitando Simon parte de su peso sobre los hombros de Jill, a la que había rodeado con el brazo.
Cuando llegaron a la bodega, la muchacha cerró la puerta por donde habían entrado y colocó cuidadosamente la llave en el clavo.
Los zapatos y calcetines del Santo se los había llevado la marea. Entró cojeando en la biblioteca y después de comparar el tamaño de sus pies con el respectivo de los cuatro rufianes allí atados, procedió sin miramiento alguno a descalzar al Relámpago y a ponerse sus botas. El tipo de los calcetines ofendía sus principios estéticos y hubiera preferido unos zapatos de un color menos llamativo, pero a quien se despoja de lo que tiene no viene obligado a ofrecer más. Cómodamente calzado, más o menos, el Santo se puso en pie.
—Vosotros, muchachos, os podéis quedar aquí hasta que gustéis —dijo—. Quedáis en vuestra casa. Distraeros pensando el cuento que les contaréis a los criados cuando vuelvan y os encuentren aquí.
Las respuestas obtenidas no tienen lugar en esta historia de tan alta y reconfortante moral.
Se marchó Templar con Jill y descendió cojeando las escaleras.
—El agua entró dentro de la maquinaria del reloj y lo ha parado —observó—, pero debe de ser justamente la hora.
Lo era. Al llegar a la puerta de reja exterior, vieron los faroles de un coche que se acercaba por la carretera.
Jill Trelawney mandó al chófer que fuese a comprar una botella de coñac al pueblo vecino. El tiempo probable que invertiría en el recado —con su consiguiente «refresco» en route— fue calculado cuidadosamente.
—Es posible que esta botella —declaró el Santo— sea una de las mayores inspiraciones que hayamos tenido nunca cualquiera de los dos... si tiene usted tanto frío como siento yo.
En la oscuridad, el estado lamentable que presentaban podía pasar inadvertido. Subieron al coche y Simon se despidió del «Courvoisier» y le dio instrucciones al chófer.
«Y fue así... extinguido que se hubo el tumulto y los gritos, como se separaron pecadores y santos.»
Se rindió el corcho de la botella a las hábiles manipulaciones de Templar, y los lujosos florerillos del coche sirvieron de copas. Gorgoteó el ambarino licor en medio del desastre...
—Veneno inferior, si se le compara con la cerveza, pero tal vez sea mejor —opinó el Santo.
Bebieron agradecidos y sintieron ceder el frió ante el parpadeo radiante de «Las Tres Estrellas». Luego, Templar obsequió a Jill Trelawney con un cigarrillo y encendió uno para él.
—¿Adónde le dijo al chófer que se dirigiera?
—A Reading. De allí podemos continuar a Londres por la mañana; prefiero que no haya mucha gente al tanto de nuestros movimientos. Teal descubrió bastante pronto mi dirección en Sloane Street, pero éste no fue nunca mi mejor escondrijo. Tengo otro agujerito en Chelsea, y le juro que no ha pensado nunca el inspector general en él. Puede hacerlo usted su casa; yo volveré a Upper Berkeley Mews descaradamente, sólo por hacer rabiar un poco a Claud Eustace. Quizá le telefonee y le invite para que venga a hacer pinitos y a chupar caramelos conmigo.
Templar veía el rostro de Jill a favor del resplandor de su cigarrillo cuando fumaba.
—¿Supongo que los Santos se separarán? —preguntó miss Trelawney.
Encendió un fósforo para verla mejor y enarcó las cejas al propio tiempo que daba una chupada.
—¿Por qué?
Jill vacilo. Y luego...
—Creía que usted quería decir que debíamos separarnos —dijo.
—¡Vamos, Jill, debería usted conocerme mejor!
—Pero yo no me imaginé nunca que esta suerte de aventuras entrara en sus aficiones.
—La corrección de la injusticia, el castigo del malvado y el socorro de una doncella necesitada... ¡Oh, Jill!... ¿No ha oído usted nunca hablar de Galahad?
—... Sí.
—Es mi nombre de guerra —dijo Simon Templar.
El fósforo se apagó y Templar se reclinó en su asiento. Recobraba sus fuerzas rápidamente. Y se había comprobado que no tenía roto el tobillo, que era lo que realmente le preocupaba. En un par de días andaría haciendo cabriolas como un cachorrillo libre de la traílla.
Estaba del todo satisfecho.
—Por supuesto —observó— que nosotros nos hemos conducido con una imprevisión francamente criminal. Hemos estado espantando a los pájaros que nos hubieran podido ahorrar un montón de molestias. Convengo en que Essenden se espantó a sí mismo, pero lo hizo por equivocación. Lo importante es el origen de todo esto. Jill, si vamos a reivindicar a su padre, hemos de poner un enorme cuidado en no eliminar al tercero del programa antes de que cante su parte.
—Lo pondremos.
—Y luego —añadió el Santo con arrobamiento— tendrá usted las manos libres para pensar en ese muchacho amigo suyo de allá, lejos, de Gee. Wisconsin, ¿no le parece?
Hubo una pausa de silencio. Luego preguntó Jill:
—¿Y usted?
—¡Ah! —contestó el Santo—. No me querrá ver usted por allá, ¿verdad?
La muchacha se rio.
—¿Y no querrá usted, por su parte, volver al lado de alguien?
—¡Vaya usted a saber!
La colilla del cigarrillo del Santo se enrojeció por efecto de una larga chupada, y se apagó después.
—Comenzó por donde no debía —declaró—. Esa historia tiene su origen en una broma, como le dije en cierta ocasión. Yo siempre he estado un poco loco. Aunque, la verdad, no creía llegar a tanto. Pero ya que estoy en un baile, me divierto, sí bien no es de las diversiones que figuraban en el programa de esta temporada. No obstante, aquí me tiene, pues mi norma ha sido siempre la de aprovechar lo mejor posible las cartas cuando vienen buenas. Puede que usted observara esta inclinación... ayer cuando almorzábamos.
—¡Ah! —exclamó la muchacha.
—Precisamente —prosiguió imperturbable el Santo—, se trata de esa idea tonta, tan extendida entre los subnormales de arrabal, de que un hombre no puede besar a una muchacha si no tiene más motivo que el de querer besar. Por supuesto, semejante idea resulta ahora absurda, porque, a pesar de que me acaba usted de salvar la vida, yo voy a besarla apasionadamente ahora mismo, sin más motivo que el de quererlo hacer... y a usted no le desagradará.