II

El inspector Teal llegó al castillo de Essenden antes de que los sirvientes regresaran del baile y encontró a los cuatro delincuentes en la biblioteca.

De lo que siempre se lamentó fue de que, a pesar de lo extraordinario de las circunstancias que concurrían en su hallazgo, y de lo bien sentado de las reputaciones de los hallados, no pudiera encontrar un solo cargo de peso contra ellos relacionado con el misterio de aquella noche. Y esto resultaba aún más sospechoso porque lo que decían era perfectamente cierto y no había forma de que se contradijeran en lo que afirmaban, o entre si, por muy severos y minuciosos que fueran los interrogatorios a que se les sometiera. Por otra parte, existían pocos indicios circunstanciales que corroboraran sus declaraciones. Y no es un crimen que cuatro bandidos, por notorios que sean, figuren como huéspedes de un lord. Lo cual molestaba a Teal, porque le era imposible hallar la menor traza de los principales actores en aquel misterio. Una víctima propiciatoria, por pequeña que fuese, era mejor que ninguna víctima.

Bajó a la bodega y dio con la cueva inundada. Cuando descendieron las aguas, se efectuó una extensa exploración con antorchas eléctricas, pero ni aun así pudo determinarse las dimensiones de la cueva ni el origen de sus extrañas mareas subterráneas.

Y ningún mortal volvió a ver a lord Essenden.

No fue sino hasta la tarde del siguiente día cuando el despierto y listo —pero no por ello menos soñoliento— inspector general Teal regresó a Scotland Yard a preparar su informe.

—No creo que se vuelva a ver nunca más a Essenden —manifestó entristecido el subcomisario.

—Sin duda le asesinaron.

—Probablemente. ¿Pero cómo vamos a probarlo, si no presentamos el cadáver? Usted conoce la Ley tan bien como yo.

Cullis se rascó la barbilla.

—Primero Waldstein, después Essenden. Debe de haber alguna relación ahí:

—Claro que la hay. Trelawney cree que su padre fue calumniado y se ha propuesto el exterminio de los hombres que le deshonraron. Su idea es que se trata de una banda de criminales que trabaja en complicidad con alguien de esta casa. Sir Francis Trelawney era el hombre con quien necesitaba contar aquí; sin embargo... no lo podían sobornar. Más aún, sir Francis se iba acercando cada día más al rastro. Tenía, pues, que ser eliminado. Lo calumniaron con la ayuda de su cómplice policía; el resto ya lo sabemos. Tal es lo que cree la muchacha, quien de una manera u otra ha hecho que lo crea Simon Templar.

—¡Pero eso es ridículo! Sólo había dos personas a quienes concerniera el asunto, y que, realmente, pusieron manos en él. El comisario general era una de ellas, y yo era la otra. Yo mismo le conté la historia a Templar. Si usted quiere sugerir que alguno de nosotros estaba siendo sobornado por Waldstein...

—Yo no estoy sugiriendo nada —contestó Teal—. Simplemente le explico la historia contra la cual tenemos que luchar.

Cullis frunció el entrecejo.

—Es una historia que nos está dando más que hacer que ninguna otra en muchos años... Esta tarde el Record publica otro artículo —dijo con amargura—. Algo hay que hacer... o el jefe se verá obligado a pedir la dimisión a todos. Si hay algo de cierto en eso de la Trelawney, la clave ha de estar en algún sitio de la Oficina de Informaciones... ¡Si pudiéramos encontrar algo!

Teal hizo un signo de asentimiento con la cabeza.

—Nos podría favorecer bastante —contestó—. Porque será a este cómplice en Scotland Yard a quien atacará ahora la Trelawney, y si supiéramos de quién se trata, podríamos coger a la muchacha. A mí no me había preocupado mucho, mientras el Santo no anduvo de por medio, pero cuando vi su marca de fábrica, me convencí de que no eran fanfarronadas y de que nos darán guerra. Yo al Santo le creo capaz de secuestrar al comisario general y de sustituir las fichas de informaciones con números de la Vie Parisienne.

—Hay que ser un hombre listo para hacerlo —dijo Cullis, que carecía del sentido del humor.

—El Santo es un hombre listo.

Cullis gruñó.

—Voy a volver a estudiar personalmente ese legajo de la Trelawney.

El legajo fue puesto en manos del subcomisario, mister Cullis, al día siguiente mismo, y mister Cullis se pasó estudiándolo doce horas íntegras y cabales sin atender a ningún otro trabajo.

Esta documentación sobre Jill Trelawney tenía un gran interés para mister Cullis, porque contenía informaciones referentes a la carrera de la peligrosa dama antes de su aparición en Londres como cabecilla de los «Ángeles del Averno». Llegaba hasta la época, en efecto, en que tuviera lugar la creación de los «Ángeles»... hasta la época en que sir Francis Trelawney, su propio padre, siendo subcomisario, había sido sorprendido casi en el acto mismo de traicionar su cargo, lo que le costaría ser juzgado por cohecho e inmoralidad. Y después de su muerte, que alguien consideró ser consecuencia directa, de tal descubrimiento y consiguiente baldón de ignominia, aparecieron los «Ángeles del Averno», con su hija a la cabeza.

Mientras estudiaba el legajo, Cullis recordaba el día aproximadamente tres años atrás, en que él mismo, entonces un simple inspector, ayudó a poner de manifiesto la acusación... el día en que fue a París con el comisario general para espiar a sir Francis y sorprenderle en el preciso momento en que traicionaba un secreto de la policía.

Y Cullis recordaba el día que siguió a dicho suceso. Una tarde, en Scotland Yard, cuando en presencia de Trelawney, y del comisario general, abrió una caja que había sido traída de la cámara acorazada de Chancery Lane, y había encontrado en ella un fajo de billetes nuevos de cinco libras que fue posible probar como provenientes de Waldstein. Recordaba las protestas de Trelawney... de que jamás había puesto en su caja de hierro aquellos billetes y que no podía explicar cómo se encontraban allí. Y recordaba la mirada acusadora del comisario general.

Todos estos recuerdos acudieron a la memoria de Cullis a medida que estudiaba hoja a hoja el legajo, recuerdos que no le habían abandonado aun cuando se marchó a su casa por la noche, ya tarde. Porque aunque humanamente Teal estaba pronto a echar el resto en aquel asumo, por el cual sentía la mayor aversión, no cabía duda, ni aun en la mente de Cullis, de que el Santo era un factor a considerar y cualquiera se aventuraba a predecir lo que ocurriría en el futuro.

Pero al día siguiente, por la mañana, parecía que ya no hubiera motivo de divagaciones, pues cuando Cullis llegó a Scotland Yard y entró en su despacho, encontró allí al inspector general, mister Teal, esperándole, y había algo en la lúgubre expresión de Teal que delataba malas noticias. Como el pensamiento de Cullis estaba tan lleno de Jill Trelawney, las aludidas noticias no le sorprendieron, como le habrían sorprendido en otras circunstancias.

—¿No fue usted la última persona que tuvo entre sus manos ese legajo de la Trelawney? —le interrogó Teal, yendo derecho al grano.

Cullis asintió, moviendo la cabeza.

—Me parece que sí. Lo tuve conmigo toda la tarde de ayer.

—Supongo que usted mismo lo colocaría en el archivo.

—Justo —contestó Cullis—. Era ya tarde cuando me marché y lo deposité en el archivo al salir.

Teal tamborileó con el pulgar en el escritorio de Cullis.

—Eche un vistazo.

Allí estaba el legajo bajo su blanca cubierta. Cullis lo abrió y prorrumpió en una exclamación de pésimo gusto.

Lo primero que se presentó a sus ojos fue una hoja de papel que ostentaba el muñeco que había visto en tantas otras ocasiones con una sola línea escrita:

«Expresivos saludos y gracias.»

La hoja de debajo estaba en blanco. Y debajo de ésta, la tercera, también en blanco. Había veintisiete hojas de papel blanco en total... Cullis las contó.

—¿Cuándo se descubrió esto?

—Hace cosa de una hora —le contestó Teal—. Yo me senté a hojear el legajo para mirar otro dato. Observará usted que todas las hojas que se refieren al primitivo proceso Trelawney han sido retiradas. Lo demás lo han dejado y llenaron el hueco de las hojas en blanco.

—¡Pero eso es imposible! —tronó Curtis.

—Puede ser —convino Teal con acritud—. Y, sin embargo, lo han hecho.

El empeño que desde hace años ponía Teal en dominar su temperamento de detective no había logrado mayor éxito.

—Nadie puede entrar así en Scotland Yard —insistió Cullis—. ¿No había alguna señal en el Archivo de que alguien hubiese andado curioseando?

—Ninguna.

—Entonces tiene que ser una persona de la casa... alguien empleado de la Oficina de Informaciones.

Teal se sacó una pastilla de la boca, como si le desagradara su sabor.

O tal vez fuera otra cosa lo que no le sentaba bien.

—Si seguimos progresando en esta proporción —dijo con marcado disgusto—, cualquiera de esos periódicos malabaristas va a presentarnos como modernas reencarnaciones de Sherlock Holmes.

El subcomisario mister Cullis frunció el entrecejo.

—Eso no nos ridiculizaría más de lo que estamos. Pero si hay alguien culpable en la Oficina de Informaciones, tendrá que ser uno de la docena de individuos que usted podría nombrar.

Teal se encogió de hombros.

—¿Y cuál? —preguntó concisamente.

—Claro que habría que hacer una investigación...

—¿Y qué resultado daría? Sabemos que los «Ángeles» tienen mucho dinero, y yo sé que el Santo tiene todavía más. Suponga que hayan comprado a alguien de la casa, ¿por qué han de ser más probables unos hombres que otros? —Teal alargó su brazo perezoso y cogió una de las hojas en blanco. Presentaba los pliegues de haber sido doblada en cuatro, como las otras. Teal las cogió todas y tas dobló en dos pliegues—. Caben en el bolsillo superior de la americana —dijo—. Es papel barato corriente... de la clase que se gasta en centenares de oficinas. Con esto no encontraremos pista alguna.

Cogió la hoja con la nota escrita.

—¿Qué quiere hacer usted con eso? —le preguntó Cullis.

—Es casi el mismo carácter de letra que tenía el papel que le dejaron en París a Essenden, ¿no le parece? Exactamente, no es el mismo. Porque en el papel, de todos modos, la letra estaba «disfrazada». Pero un hombre puede desfigurar su propia escritura tan eficientemente como si escribiera según su manera habitual.

—Simon Templar —observó el inspector general, mister Teal, con cierta inconexión—; es muy astuto.

Cullis le miró. Recordaba que la lucha entre el inspector general Teal y el Santo era una de las más épicas leyendas de la Policía. Hubo armisticios de tiempo en tiempo —armisticios y breves sainetes—, pero la lucha original y fundamental nunca había cesado. Sí algo faltaba para que resucitara en el pecho de Teal la ambición de ser el primer hombre en doblegar al Santo, acababa de proporcionárselo la noche de Londres en que el Santo le arrebató de las manos la presa codiciada, valiéndose de un ardid que un niño de teta hubiera sospechado, y que un agente de policía de mediana edad habría sin duda advertido.

—Muy astuto —repitió Teal.

—¿Tiene usted alguna idea de dónde puede encontrarse ahora?

—Está en Londres, viviendo en su casa. Anoche le vi.

—¿Le vio usted? —exclamó incrédulo Cullis—. Pero...

—¿Necesito repetirle que ya tenemos bastante con el tema? —inquirió Teal aburrido—. Estoy cansado de que se me diga que debo arrestarle. Y cansado de explicar que nada podemos hacer contra él en Inglaterra porque robara a Essenden en París. Cansado de decir que se puede sospechar de él y de Jill Trelawney cuanto se quiera, respecto a que estuvieron en Essenden la noche en que desapareció el lord. Pero uno no lo puede probar, y Simon Templar lo sabe. El Santo me puede confesar lo que tenga a bien cuando conversamos en privado, pero tal evidencia desaparece en el momento mismo en que yo pongo los pies fuera de su casa. Se ha burlado de mí una vez y no me siento inclinado a darle ocasión para que se burle una segunda demandándome ante los tribunales por arresto ilegal. ¿No sabe usted que el Santo jamás ha sido detenido?

Curtís preguntó:

—¿Con su historial?

Se hizo una breve pausa.

—No tiene historial —contestó Teal—. Es un carácter sospechoso y un policía prófugo, pero eso es lo peor que usted puede decir de él... sin tener que pagar daños por difamación. Salvo el suceso de París, contra el que nada podemos hacer. Tiempo atrás había elementos por los cuales le hubiéramos podido echar el guante, pero el Santo fue perdonado y todas esas cosas dejaron de existir. Dios sobre todo, sir —exclamó Teal en una especie de irremediable desesperación—. ¿No he dedicado yo, por ventura, años de mi vida a buscar algo por lo cual pudiera prenderse al Santo? En los viejos tiempos arresté a hombres a los cuales el Santo había apaleado; luego él me decía en mis barbas que no los había apaleado, y yo no podía hacer que ninguno de ellos declarase una sola palabra en contra de Templar... quiero decir una palabra en la que pudiéramos apoyarnos para actuar. En cierta ocasión lo tuve entre mis manos atrapado, con un montón de pruebas en mi despacho y con un mandato judicial en mi bolsillo para poder prenderle, pero en aquellos precisos momentos salvó un tren real y obtuvo el perdón de todas sus culpas. Yo, con mis propios ojos, le he visto pegar fuego a un hombre hasta convertirlo en una llama viva; y hasta hoy no me sería posible probarlo. Yo no soy un hombre que haga milagros, ni siquiera un embustero convincente. Estoy dispuesto a declarar públicamente que el Santo me ha vencido en todas las partidas en que yo llevaba ventaja (y en algunas otras que ignoraba antes de conocerle), y hasta me esforzaba en sonreír mientras así lo declaraba. Pero no voy a aventurarme a decirle a un sordomudo y medio tonto que mañana podría arrestar al Santo y hacer que lo enviaran a la segunda división tanto como siete días, porque sé que todo lo que recibiría como respuesta sería una carcajada.

—Pero se sabe que está asociado con la Trelawney.

—¿Y qué?

—Era su cómplice en lo de Essenden.

—¿Cómplice? —murmuró, dudoso y paciente, Teal.

—Estaba con ella. Ha de saber por lo tanto dónde está escondida ahora.

—Claro que lo sabrá. Pero ¿cómo probar eso ante un tribunal? Nada conseguiríamos con prender al Santo, si es que pudiéramos prenderlo. En lo que hemos de fundar nuestras mejores esperanzas es en que, si le vigilamos de cerca, tarde o temprano nos conducirá a Jill Trelawney. No puedo evitar el pensar que lo que digo es decir mucho... tratándose de un hombre fuera de lo normal como Simon Templar.

Cullis volvió los ojos hacia el desordenado legajo.

—El jefe tendrá que ser informado de todo esto —exclamó.

—Ya se lo he dicho —respondió Teal—. Estaba dispuesto a poner de patitas en la calle a todo el personal de Scotland Yard, sólo que pude persuadirle. Me gustaría tener ocasión de intentar algo por propia iniciativa antes de que todo el mundo sepa lo imbéciles que somos.

Se puso en pie. Había permanecido en la silla del subcomisario durante toda la entrevista, chupando pastillas, como si aquél fuera su despacho, pues mister Teal era persona que gozaba de muchos privilegios, Su extraordinariamente apática aceptación del alarmante descubrimiento de aquella mañana desconcertó a su jefe.

No se extraen todos los días documentos de la Oficina de Informaciones sin dejar rastro. No obstante, Teal parecía tan resignado a aceptar el hecho, cual si sólo tuviese que informar al comisario de que un lampista fuera preso la noche anterior, por borracho y escandaloso, en Old Kend Road. Cullis estaba desconcertado, porque creyó sorprender una sombra de melancólico fatalismo entre las pocas observaciones que hizo Teal sobre el asunto.

—Yo iré adelantando —manifestó Teal con displicencia.

Cullis estaba de pie junto al balcón y en su frente se marcaban tres profundas y preocupantes arrugas.

Cuando Teal se dirigía ya a la puerta con la intención de retirarse, Cullis salió de su abstracción.

—¿Y ese hombre, Gugliemi? —preguntó.

—Mañana será embarcado. La orden de deportación llegó esta mañana. ¿Qué ocurre con él?

—¿Dónde está ahora?

Teal entreabrió los ojos soñolientos.

—En Brixton, creo. Ya se lo averiguaré. ¿Por qué?

—Porque tengo una idea.

—También yo he tenido una —dijo Teal como recordando—. ¿Cuál es esa idea?

—Pienso arrancar una hoja del libro del Santo. No sé si usted recuerda que Dyson le fue muy útil al Santo, y tengo la impresión de que Gugliemi podría serme útil a mí. Cada uno de los hombres de los que nos hemos valido para espiar a la Trelawney y a Weald han sido menos que inútiles. Gugliemi podría tal vez tener éxito donde un hombre corriente y sincero no lo tendría. También...

Se detuvo bruscamente.

—¿También? —inquirió rápido Teal.

—Eso me lo callo —contestó. Se guardó su idea para sí, y Teal tuvo que largarse sin satisfacer su curiosidad.

Media hora después se sabía de fijo que Gugliemi se encontraba preso en la cárcel de Brixton.

Cullis, recibida la información, habló personalmente con el director de la prisión por teléfono.

Al cabo de una hora, Gugliemi llegaba a Scotland Yard en un taxi, entre dos guardias, y era conducido directamente al despacho del subcomisario. Poco rato después, los guardias regresaban solos.

Teal, hombre inquisitivo, volvió al despacho del comisario horas después, y vio que Gugliemi había desaparecido misteriosamente, aunque nadie lo había escoltado para llevarlo otra vez a la cárcel.

—La orden de deportación permanecerá sin efecto durante siete días —le dijo Cullis a Teal en respuesta a su pregunta.

—¿Y cuál es su gran idea? —preguntó insistente Teal.

—Gugliemi —le respondió Cullis con sequedad— es un entusiasta coleccionista de mariposas. Le he dicho que en Inglaterra se ha visto un raro ejemplar de mariposa llamado Trelawney, y hemos convenido en que yo le dejaría en libertad para que tratara de capturar una de ellas, antes de que lo remitamos a Italia.

A Teal no le hizo gracia la idea.