Capítulo 12
—¿Ocurre algo?
Era la segunda vez que Estrella hacía la misma pregunta; la primera vez había sido cuando el coche estaba saliendo de la ciudad para tomar la carretera del norte. Ramón no había podido contestarle entonces y seguía sin querer hacerlo. Le resultaba difícil hablar, incluso mirar a su esposa.
—No me apetece hablar en estos momentos, Estrella —respondió él secamente.
—¿Demasiada bebida?
—Demasiado de otras cosas —murmuró Ramón recostando la cabeza en el respaldo del asiento.
Ramón cerró los ojos para bloquear el mundo exterior que no quería ver. Demasiados artificios. Demasiadas dudas habían puesto a prueba sus nervios. Demasiadas... esperanzas que se habían visto frustradas.
Demasiadas desilusiones.
No sabía qué era peor, si la ira que sentía y que le hacía imposible pensar racionalmente o la sensación de que se hubieran aprovechado de él y que lo hubieran utilizado.
—¿Demasiada... gente a la que sonreír aun sin tener ganas de ello? —continuó Estrella con voz exasperantemente incierta.
Ramón no sabía a qué se debía ese tono de voz exactamente. ¿Quizá al sentimiento de triunfo que le producía el haber conseguido lo que quería? ¿O se debía a la incertidumbre, a querer enterarse de lo que él había estado discutiendo con su padre? ¿Era posible que Estrella no lo supiera?
Ramón estaba seguro de que Estrella lo había planeado todo desde el principio.
—Sé exactamente lo que se siente.
—Sí —Ramón no pudo evitar responder en tono cínico—. Sí, no me cabe duda de que lo sabes.
¿Sabía también lo que se sentía cuando uno se enteraba de que le habían estado tomando el pelo y que había picado en el anzuelo como un idiota?
Había llegado a pensar que Estrella era diferente, que los rumores sobre su conducta y reputación no eran ciertos. Pero se había equivocado completamente. Había sido un imbécil al pensarlo. La clase de imbécil que se había olvidado de las lecciones aprendidas en la vida y había cerrado los ojos a la evidencia.
Maldito Alfredo Medrano por no haber sido capaz de mostrar un mínimo de paciencia para hacerse con el dinero, por lo que había elegido el momento más vulnerable para dar el golpe mortal. Y maldito él mismo por haber bajado la guardia justo cuando debería haber alzado sus defensas. Y maldita, maldita Estrella por ser la causa de su vulnerabilidad.
Ella debía haber descubierto su punto débil y lo había explotado.
¡Maldita Estrella!
Con un furioso suspiro, Ramón se pasó la mano por la frente. De repente, se quedó inmóvil al sentir los dedos de ella en su otra mano.
—¡No!
—Ramón, ¿qué es lo que pasa?
Le provocó casi una náusea oírle hablar en tono sincero. Debía de ser una consumada actriz.
—Sabía que, al final, el sentido común prevalecería...
La voz de Alfredo resonó en su mente e, inmediatamente, sintió un nudo en el estómago.
—Cuando se dio cuenta de que estaba a punto de perderlo todo... Mi hija sabía que yo hablaba en serio. Sabía que si no se casaba lo perdería todo. Eso cambió la situación.
Estrella no le había mencionado que su padre la había amenazado con desheredarla.
—Bueno, usted ya tiene lo que quería, su hija es una mujer casada —había logrado contestar él.
Alfredo había asentido con la cabeza, una sonrisa triunfal en el rostro.
—Y ella también ha conseguido lo que quería. No permite que nadie la rechace... como hizo usted. Yo sabía que se lo haría pagar, y lo ha hecho.
—¡No he pagado nada! Me he casado con ella porque he querido.
—Eso cree, pero no tenía elección. Mi hija ha ido a por usted como fue a por Perea. «Será Ramón Darío o nadie», me dijo. Y ahora ya lo ha conseguido, como consiguió al otro.
—¿Ramón?
Ramón abrió los ojos y se encontró delante los de Estrella.
«Sabías que tu padre te iba a desheredar», estuvo a punto de decirle él. «Toda esa charla sobre la libertad y que me deseabas era mentira. Al final, lo único que te importa es el dinero. Te has casado conmigo y me has utilizado por dinero».
—¿Te duele la cabeza?
—Estrella, déjalo ya —murmuró Ramón—. Estoy muy cansado, ha sido un día muy largo.
Había sido un día muy largo y no iba a terminar como él había imaginado.
—¡Está bien!
Era evidente que Estrella se había disgustado.
Ramón ya no se fiaba de ella y la forma como lo había utilizado le había dejado un mal sabor de boca.
Pero aún la deseaba. Y por muy estúpido que fuese, ni la decepción que se había llevado conseguía evitar que la deseara. Sabía la clase de persona que era Estrella, pero su atractivo físico le resultaba irresistible.
Y era su esposa.
—Ven aquí.
—¿Qué?
Estrella no daba crédito a lo que acababa de oír. Hacía un momento Ramón se había negado a contarle qué le pasaba; pero ahora, de repente, parecía haber cambiado de idea.
—Ven aquí —repitió él, haciendo un arrogante gesto con la mano para que se acercara.
Estrella pensó en negarse, pero el momento pasó enseguida. ¿Cómo podía negarse siendo el su marido y amándolo tanto? Además, si quería poner en marcha su plan hasta conseguir que Ramón la amara, aquélla era la única forma de conseguirlo. Tenía que hacerse desear con el fin de que Ramón permaneciera a su lado.
—Estrella...
Oyó una nota de advertencia en la voz de Ramón, y no quería arriesgarse a estropear la noche. Se acercó a él, sintió los brazos de Ramón alrededor de su cuerpo y se sintió derretir. En un momento de lucidez, se dio cuenta de por qué jamás se enfrentaría a ese hombre ni se rebelaría contra él.
Un fuego líquido recorría su cuerpo, la sangre le palpitaba en las sienes y los latidos del corazón le dificultaban la respiración. El cuerpo entero se puso en tensión y un inquieto palpitar comenzó a hacerse sentir en el centro de su femineidad. Estaba perdida y Ramón ni siquiera la había besado.
Pero quería que la besara. Alzó el rostro y, con la cabeza apoyada en el hombro de él, volvió el rostro buscando la boca de Ramón con la suya.
No tuvo que pedírselo. No tuvo que decir nada. Ramón sabía lo que quería y respondió con rapidez. No le importó que el beso fuera duro en vez de tierno, ni cruel en vez de incitante. Ramón era su marido, era prácticamente un desconocido, era un hombre al que no comprendía. Pero sabía cómo llegar a él, ya lo había hecho con anterioridad.
Y estaba haciéndolo de nuevo, eso era lo único que importaba.
Al doblar el coche una curva, Estrella se vio lanzada aún más hacia él, quedando casi sentada su regazo a pesar de los cinturones de seguridad.
Ramón no había dejado de besarla.
El duro y casi brutal beso cambió bruscamente, transformándose en algo sensual y provocador. Estrella se sintió casi mareada cuando sintió unas fuertes manos abrirle la chaqueta para acariciarle el cuerpo por encima del tejido de la blusa hasta encontrar la apertura entre la blusa y la cinturilla de los pantalones color crema.
Al sentir las yemas de los dedos de Ramón en la piel, Estrella lanzó un gemido junto a la boca de él.
La risa de Ramón fue triunfal. Sus manos le subieron por debajo de la blusa hasta los pechos.
Estrella volvió a gemir.
—¡Ramón!
Pero él sabía perfectamente lo que ella necesitaba, lo que quería. No obstante, continuó torturándola hasta que, por fin, le puso las manos en la espalda y le desabrochó el sujetador.
Estrella temió estallar al sentir las manos de Ramón en sus pechos desnudos. No podía ver, no podía oír, no sabía dónde estaba. No podía hacer otra cosa que no fuera entregarse a ese hombre, a la misteriosa sensualidad con que sus caricias y sus besos la envolvían... atormentándola con la necesidad de más, mucho más. Tanto que cuando una de las manos de Ramón abandonó un seno, ella protestó momentáneamente. Pero la protesta se transformó en un suspiro de placer cuando los cálidos dedos de él se deslizaron por debajo del pantalón para acariciarle las nalgas y las caderas.
En tal delirio de placer se encontraba que Estrella no se dio cuenta de que el coche se había detenido y que el conductor le estaba diciendo algo a Ramón. Cuando éste se enderezó y se apartó, ella protestó con petulancia, agarrándole la barbilla. Pero Ramón alzó la cabeza.
—¡Estrella! —exclamó él con mezcla de exasperación, reproche y humor—. ¡Ya hemos llegado, Estrella!
Entonces, cuando ella parpadeó mientras intentaba escapar del delirio en el que se había visto sumida, Ramón bajó el rostro y le dio un breve beso en los labios.
—Sólo tienes que esperar un poco, mi Estrella. Sólo un poco. Paco no se va a quedar, sólo va a sacar el equipaje y se marchará. Te prometo que haré que se vaya lo antes posible. Y entonces... serás mía. Ten paciencia, pero no pierdas el deseo.
¿Cómo podía ser de otro modo?, se preguntó Estrella.
Salió del coche tropezándose, sólo consiguió mantenerse en pie con la ayuda de Ramón, que le rodeó la cintura con el brazo.
Se quedó a su lado mientras Ramón supervisaba las maletas y le oyó darle las gracias a Paco, al tiempo que le ofrecía una generosa propina antes de despedirse de él.
Estrella ni siquiera distinguía entre la noche y el día cuando Ramón cerró la puerta con el pie y se volvió a ella.
—Solos... consiguió decir Estrella.
—Solos —repitió Ramón—. Y sigo deseándote.