Epílogo

PUEDO ir a por él ya? —preguntó Steven cubierto hasta las rodillas de papel de regalo, rodeado de pilas de libros y videojuegos que había ido abriendo.

Ashley miró a Jason. Su marido estaba en el sofá rodeado de sus propios regalos, absorto por completo en un libro de ciencia ficción firmado por el autor que Ashley le había comprado en San Francisco. Ésta le hizo un gesto a Steven.

—Sí, por favor.

Mientras el hermano de Jason corría a la casa de invitados, Ashley retiraba a su impetuosa niña del árbol para que no se llevara a la boca una de las ramas más bajas. Ahora que los mellizos andaban, sólo habían decorado la parte alta del árbol para evitar que llegaran a los adornos. Jason había sujetado el árbol con cable hasta el techo para evitar que se cayera. Afortunadamente, no había cruzado por la mente hiperactiva de Meredith que pudiera trepar por el tronco.

Marshall se había quedado dormido al lado de su padre en el sofá, exhausto de tratar de seguir el paso de su hermana. Ashley deseaba poder acurrucarse con su pequeño y echarse una siesta. Echaba profundamente de menos a Harold y esperaba que regresara pronto.

Ashley se acercó a la puerta trasera con Meredith en brazos a esperar a Steven. Cruzaba el patio en ese momento portando un último regalo con sumo cuidado. Era una caja rectangular grande y plana.

—Cambio —dijo Steven dejando el paquete antes de tomar en brazos a Meredith. La llevó al salón y se sentó con ella en el suelo junto a la montaña de regalos de Meredith. De lo más alto de la pila, tomó un libro de páginas de cartón con gatitos y perritos.

Mientras Meredith estaba ocupada, Ashley llamó a Jason desde la puerta de la cocina.

—Hay uno más.

Jason levantó la vista del libro y sonrió, una curvatura cada vez más habitual en él.

—¿Tenemos sitio para un regalo más?

 Ella le acercó el regalo y se lo puso en las manos mientras trataba de controlar un incipiente ataque de nervios. Le había parecido una idea excelente tres meses atrás, un regalo de tan gran magnitud como el que él le había hecho a ella las navidades pasadas. También había supuesto un puente entre ella y la madrastra de Jason, una forma de comenzar a reducir el enorme abismo que se abría entre Maureen y Jason.

Pero en ese momento, bajo la mirada curiosa de Jason mientras abría el regalo, las dudas se apoderaron de ella.

—¿Has conseguido que los niños estén quietos lo suficiente para hacerles una foto? —preguntó con una enorme sonrisa.

—Ábrelo —dijo ella demasiado ansiosa para decir nada más.

Cuando retiró el navideño papel rojo y verde, se quedó inmóvil al ver lo que contenía.

Su madre, preciosa con su vestido de novia, y su padre muy guapo con su traje azul, una foto de sus padres en un momento de la más pura felicidad. Viéndolo en ese momento, Ashley reaccionó igual que cuando vio el retrato por primera vez, con una agridulce sensación de felicidad.

Jason dejó de sonreír, pero el suave gesto de su rostro le decía que no estaba molesto. Pasó un dedo sobre la imagen de su madre.

—¿De dónde la has sacado?

Ashley se sentó a su lado entre su pequeño dormido y él.

—Maureen la encontró entre las cosas de tu padre.

—Recuerdo esta fotografía. Mi madre la tenía en su cómoda —un brillo húmedo asomó a sus ojos—. ¿Y te la dio Maureen?

—Quiere arreglar las cosas. Sabe que cometió un terrible error.

Maureen había dado el primer paso, al contactar con Ashley meses atrás, terriblemente arrepentida. Comprendía el peligro en que había puesto a Ashley y a los niños y le había suplicado que la perdonara.

Ashley besó la mano de Jason.

—Quiere ver a los niños. Quiere tener la oportunidad de ser su abuela.

Jason miró la foto de sus padres.

—Podemos intentarlo.

—Gracias —dijo ella rodeándole el cuello con los brazos—. Te quiero, Jason.

Jason acercó los labios a su oído y le susurró:

—Yo también te quiero. Siempre lo haré.

 

Fin