Prólogo

¿QUÉ había hecho?

Cubriéndose angustiada el cuerpo desnudo con las sábanas, Ashley Rand contempló la mandíbula de acero de Jason Kerrigan y trató de encontrar una explicación a lo que había sucedido. Tan sólo cinco minutos antes había estado gimiendo de pasión, pero en ese momento sólo deseaba desaparecer, pues una sensación de profunda incomodidad se estaba apoderando de ella.

Jason tenía la mirada fija en el techo, no se atrevía ni a mirarla. Claro que ella tampoco estaba segura de poder mirarlo a él. Habían ido a su apartamento para ahogar las penas con una pizza y unas cervezas, no para acabar en la cama. Pero sin saber cómo, lo que había empezado como una caricia consoladora había terminado siendo una sesión de tórrido sexo con un hombre que no estaba segura de que le gustara.

¿Y ahora qué? ¿Levantarse y vestirse y ver si la pizza aún estaba comestible? ¿Hablar con él, tomarse a broma lo que acababa de ocurrir?

Cerró los ojos, deseando poder esfumarse y aparecer en la desvencijada casa que compartía con otras tres chicas cerca del campus de la universidad de Berkeley.

Aventuró una segunda mirada hacia Jason. No había forma de encontrar una razón para haber acabado en la cama con él. Su amistad con aquel irritable y mojigato licenciado universitario de veintiocho años había nacido más por casualidad que por interés mutuo. Los dos eran tutores de un grupo de chavales potencialmente problemáticos en un instituto cercano. Cuando su delicado volkswagen acabó por estropearse por completo, Jason se había ofrecido a llevarla, llegando a ser exasperante de tan testarudo que se había mostrado tratando de convencerla de que para qué arriesgarse a usar el coche en esas condiciones si podía ir con él.

Sin ni siquiera mirarla, Jason se puso de lado dejándole a la vista una amplia espalda. Ashley no pudo evitar una sensación de rabia al ver cómo la dejaba al margen.

Un par de horas antes, la situación había sido de lo más inocente. Ashley había recibido un duro golpe: uno de sus chicos, un prometedor joven que todos veían ya en la universidad, había sido arrestado por tráfico de drogas. Jason no le había dejado ver sus sentimientos cuando ella lo había llamado a medianoche, sino que le propuso comer una pizza y una cerveza en su casa.

No podía soportar el silencio un minuto más. Tenía que decir algo. La mortificación del momento la estaba matando.

—Jason... —comenzó cubriéndose desesperadamente.

Jason salió entonces de la cama. A la luz de la pequeña lámpara de la mesilla, Ashley pudo contemplar fugazmente su precioso trasero antes de que se metiera en el cuarto de baño.

La rabia bullía en ella ante su negativa a hablar. Quería entrar ahí y darle su merecido.

Claro que también podía irse, sin más. Puede que aquella fuera su única oportunidad de escapar de allí sin tener que enfrentarse a Jason. No le parecía bien ignorar simplemente lo ocurrido, pero por una vez, pensaba aceptar la salida más fácil, aunque fuera una cobardía.

Saltó de la cama y buscó la ropa desperdigada por toda la habitación. Encontró las medias en la cocina y las sandalias en el salón. En unos minutos, salía por la puerta.

Conduciendo por las calles húmedas por la llovizna propia de la primavera, consideró su próximo movimiento: evitarle durante los siguientes meses, quitarle importancia a lo ocurrido como si no hubiera sido la experiencia sexual más alucinante que hubiera tenido jamás, o fingir que no había ocurrido.

Pensó que ya lo decidiría al día siguiente, cuando volviera a encontrarse con él. Esperaría a ver cómo se comportaba él. Estaba segura de que el Jason con un corazón de hielo tomaría la tercera opción. Aunque doliera.