Capítulo 6
CUANDO Jason se hubo marchado, Ashley apenas pudo dar dos bocados. El ataque de pánico que le había sobrevenido al oír lo de la línea de teléfono seguía preocupándola. Decidió ir al colegio y trabajar un poco en el acondicionamiento de la clase. Si se mantenía ocupada, podría olvidarse del miedo.
Ordenó, limpió el polvo de las estanterías y pasó el aspirador hasta la hora de la comida. A la una estaba hambrienta y compró un sándwich que se comió casi entero antes de llegar a casa.
Una vez allí, se dirigió directamente a la cocina y tiró en la mesa el bolso y el resto del sándwich para beber un vaso de leche. Después se terminó el sándwich y se recostó en la silla, satisfecha.
Tiró los desperdicios a la basura, enjuagó el vaso y se dirigió al comedor, hacia las ventanas desde las que se divisaba el patio trasero. Ver a Jason allí, trabajando en la casa de invitados, pareció tranquilizarla. A su manera, lo único que había hecho era intentar facilitarle las cosas, inconsciente del peligro potencial de que su nombre apareciera en la guía.
Se recordó que estaba muerto, que ya no podía hacerle daño. A pesar de que Sara le había dicho que su padre estaba muerto y enterrado, Ashley seguía sin poder creerlo. Seguía teniendo pesadillas con él a pesar de que Sara hubiera sido el blanco de su furia la mayoría de las ocasiones. Su padre sólo la había tocado a ella una vez, la noche que las dos huyeron de casa.
El cristal de las ventanas de la casa de invitados estaba muy envejecido mostrando sólo una imagen borrosa de Jason al otro lado. La tapa del portátil no le dejaba ver su amplio torso, los enormes hombros sobresalían a ambos lados.
En ese momento levantó la vista y la vio. Cerró entonces la tapa del portátil, se levantó y se dirigió a la puerta. Cuando salió, llevaba en la mano una bolsa negra de basura. Atravesó el patio y cuando llegó a la puerta trasera de la casa principal, llamó. Ashley esperaba que entrara igual que había hecho antes. Corrió a abrirle la puerta.
—Vamos, pasa.
—Tenemos que poner algunas normas —dijo él al entrar.
—¿Qué hay en la bolsa? —preguntó ella, siguiéndolo hasta la cocina.
—La ha traído uno de tus amigos —dijo, dejándola en la mesa—. ¿Debo llamar antes de entrar? ¿Tengo horas restringidas para venir? Deberíamos haber hablado de ello ya.
—Si tienes que entrar a por comida, usa la llave. Si son más de las nueve o las diez, preferiría que llamaras antes.
—Me parece aceptable. Excepto... —se pasó la mano por el pelo—. No querría... invadir tu intimidad.
—Supongo que no pensarás entrar en mi habitación.
—Pero si estuvieras abajo, no me gustaría... pillarte desprevenida.
Ashley se giró para mirarlo, sin comprender. Entonces se dio cuenta de lo que quería decir. Temía poder encontrarla desnuda. La idea de que pudiera entrar y encontrarla desnuda debería haberle hecho sentir incómoda, pero lejos de ello, le parecía de lo más erótico.
Ignoró la sensación y extendió las manos hacia la bolsa cerrada. Sonrió complacida al ver lo que contenía.
—Ropa de bebé. ¿Quién la ha traído? —preguntó mirándolo.
—La mujer de la posada.
—Beth. No puede ser todo ropa de sus hijos.
—Dijo que había hecho una colecta —dijo él acercándose más a ella y mirando con desprecio la bolsa—. Puedo comprarte prendas nuevas. No es necesario que uses éstas de segunda mano.
—Pero si apenas están usadas —dijo metiendo la mano y sacando un lindo pijamita de rayas—. Y son de mis amigos. Eso las hace especiales.
Jason la miró como si el concepto de amistad le resultara extraño.
—¿Puedes sacarlas al porche de atrás? Voy a lavarlas.
Jason la ayudó a cargar la lavadora y después le hizo prometerle que no cargaría con la ropa hasta el piso de arriba cuando él regresara a la casa de invitados.
Tras poner dos lavadoras, y ansiosa por subir y guardar las prendas en las cómodas de los niños, se dirigió a la casa de invitados. La puerta estaba abierta, la luz del sol se colaba en el interior. Jason estaba hablando por teléfono y le hizo un gesto para que entrara.
Ella entró en la pequeña habitación de la parte delantera de la casa, reticente a aventurarse demasiado en su espacio personal. Estaba de espaldas a ella, centrado en su conversación. El polo de algodón se ceñía a su musculoso torso, una tentación a acercarse y tratar de relajar sus hombros rígidos.
Se despidió de malas formas y colgó el teléfono bruscamente. Ashley se acercó.
—¿Problemas en el trabajo?
Jason se levantó de golpe y la tomó por los brazos.
—Los niños son míos.
—¿Lo preguntas? —dijo ella, sorprendida por la intensidad de la declaración.
— Sí —sacudió la cabeza—. No, maldita sea. Sé que son míos. ¿Por qué dejaré que....? —apretó las mandíbulas—. Necesitas algo.
El contacto de sus manos en los brazos de Ashley era suave, sin embargo los recorría arriba y abajo distraídamente, inconsciente de lo que estaba haciendo.
—La colada —dijo ella sin atreverse ni a respirar.
Sus manos seguían acariciándole suavemente los brazos, los hombros. Fijó la mirada en sus labios. Ella los entreabrió y se los humedeció con la lengua. Su in-tención no había sido atraerlo, aunque todas las células de su cuerpo parecían estar hipersensibles. No quería pensar que pudiera dejarla ir sin intentar besarla.
Y no la decepcionó. Inclinándose hacia ella, sus labios se rozaron, levemente. Cuando Ashley inclinó la cabeza hacia atrás, Jason volvió a besarla, la presión le pareció exquisita. La tercera vez, introdujo la lengua entre los labios entreabiertos de Ashley. Deslizó una mano que reposó sobre un lado de su redondeado vientre.
—Míos —dijo con un feroz tono de posesión.
Se refería a los niños, pero una parte de ella deseaba que se refiriera también a ella, que hubiera entre ellos algo más que una noche loca, que los dos y los niños formaran una familia. Pero era sólo un sueño.
Jason apretó su cuerpo contra el de ella todo lo que pudo. Levantando una mano hacia su generoso pecho, empezó a acariciarlo por debajo de la ropa con el pulgar.
Ashley notó el miembro excitado de Jason presionando contra su cadera y los recuerdos inundaron su mente. Jason desnudándola con manos temblorosas, los dos desnudos en la cama y Jason separándole las piernas con ansia.
De vuelta al presente, Ashley dejó escapar un gemido de placer al notar el pulgar de Jason frotándole el pezón. Presionó aún más con la otra mano en la parte baja de su espalda para sujetarla y Ashley sintió una oleada de incontenible excitación.
Entonces, de pronto, Jason se quedó rígido y retrocedió. Se quedó mirándola con la respiración entrecortada, la pasión ardía en sus ojos. Buscó a tientas su silla detrás de él y se sentó.
—Tengo que trabajar.
—Quiero subir la ropa al piso de arriba —dijo ella recordando para que había ido a la casa de invitados.
—Dame un minuto —dijo él con la mirada fija en la pantalla del ordenador, removiéndose inquieto en la silla.
Ashley sabía muy bien como se sentía y le dio el tiempo que le pedía. Ella también necesitaba calmar su excitación. Nunca antes había sentido una atracción tan poderosa hacia un hombre.
De vuelta en la casa, se dirigió directamente al cuarto de baño de abajo y abrió el grifo del agua fría. Se lavó la cara con la esperanza de poder sofocar el calor que aún ardía en sus mejillas. Alargó la mano hacia la toalla y contempló su rostro chorreante en el espejo. Los labios estaban hinchados aún, las mejillas sonrojadas. Tal vez fuera por el embarazo. Tal vez fuera la razón por la que su cuerpo estaba ultrasensible y sólo la proximidad de Jason bastaba para excitarla.
Oyó la puerta trasera abriéndose y cerrándose después. No quería que fuera por la casa buscándola, así que terminó de secarse la cara y salió.
—¿Jason?
Lo encontró en la puerta de la cocina con el cesto de ropa en las manos.
—¿Es todo?
—Hay otra carga en la secadora —dijo ella subiendo por la escalera.
La conexión existente entre ellos pareció fortalecerse mientras la seguía escaleras arriba, elevando la excitación en él. Pasaron junto al dormitorio de Ashley y a continuación entraron en la habitación de los bebés y allí, Jason dejó el cesto en el centro de la habitación.
—¿Y el resto?
Los únicos muebles que había en la habitación eran dos cómodas idénticas que le había comprado Sara. Tenían intención de ir a comprar las cunas el mes siguiente. Aunque había pasado el aspirador el día anterior, no quería poner la ropita en el suelo directamente.
—Deja que guarde toda esta ropa y te llamaré para subir el resto.
—No deberías estar haciendo esto tú sola —dijo él sin moverse.
Ashley se sentía cansada como todos los días después de comer y sobreexcitada por lo que había estado a punto de ocurrir, pero quería terminar y se sentía reacia a dejar que Jason la mimara.
—Puedo hacerlo sola.
—Llama a uno de tus amigos.
—Todos están trabajando —dijo Ashley agachándose para tomar un vestidito del montón—. Sara tuvo que cambiar las clases de montar a caballo de ayer para ayudar con la mudanza. No puedo pedirle que venga otra vez.
Jason seguía inmóvil.
—Yo también tengo trabajo que hacer.
—Pues ve a trabajar —dijo ella moviendo el vestido delante de él.
Jason bajó la mirada hacia la ropa y, para sorpresa de Ashley, metió la mano en el montón y sacó una ranita azul de recién nacido, increíblemente pequeña en su enorme mano. Y lo que vio en su rostro fue lo realmente sorprendente, una mezcla de reticencia y anhelo junto con una sombra de enorme pena. Lo malo era que se contenía tanto siempre que Ashley tenía dudas de que supiera realmente que pudiera tener aquellos sentimientos. Ashley pensó que sería mejor que volviera a su trabajo y la dejara a ella hacerlo sola, pero la honda pena que veía en sus ojos pudo más que ella.
—Te agradecería que me ayudaras.
Estaba segura de que iba a decirle que no, pero en su lugar, acercó el cesto a las cómodas.
—¿Dónde va esto? —dijo levantando la ranita azul.
Ashley sintió como si fuera su corazón lo que tenía en la mano, pero se tragó la creciente emoción antes de contestar.
—Digamos que es de niño. Pondremos la ropita de niño en la cómoda de la izquierda y la de niña en la de la derecha.
Doblaron y guardaron las prendas en silencio. De vez en cuando, Jason preguntaba y cuando se le veía muy torpe doblando esta o aquella prenda, Ashley le mostraba cómo hacerlo. Él no se mostraba ofendido ante la corrección. Al contrario, observaba con seriedad para aprender a hacerlo bien.
En menos de una hora lo tuvieron todo guardado y Ashley se apoyó cansada sobre una de las cómodas frotándose el vientre.
—Es mi hora de la siesta si estos me dejan.
—¿Ocurre algo malo?
—Se están moviendo un poco. ¿Quieres notarlo?
Era arriesgado dejar que la tocara, pero ¿qué podía ser más inocente que un padre sintiendo las patadas de sus hijos en el vientre de su madre?
Él alargó la mano un tanto dubitativamente y ella le hizo extender la palma contra el vientre pendiente de su reacción. La enorme mano de Jason se tensó como si la fuera a apartar.
—No noto nada.
—Espera —dijo ella reteniéndolo.
Él obedeció, pero estaba terriblemente tenso. Una rápida mirada a sus ojos y las chispas que parecían saltar en ellos le dijeron que aquel contacto no estaba siendo tan inocente como podría pensarse. Ashley empezó a notar una ola de calor subiendo por su cuerpo.
Entonces, Jason abrió mucho los ojos y la boca por la sorpresa, al tiempo que apretaba más la mano contra el vientre de ella.
—Lo he notado —un gran respeto impregnaba su voz—. ¿Era un pie?
Ashley se echó a reír.
—Yo diría más bien que era un culito. Los pies son muy pequeños a los seis meses.
—¿Y hacen esto todo el tiempo? —preguntó poniendo la otra mano en el otro lado del vientre.
—Afortunadamente no, aunque Sara me ha advertido que a los ocho meses se pasan el día moviéndose. Me parece que voy a pasar muchas noches en vela con estos dos.
—Mi madre... —retiró las manos como si se hubiera quemado y la pena que Ashley viera antes retornó a sus ojos—. Tengo que volver al trabajo —y se dirigió hacia la puerta.
Perpleja, Ashley trató de apartar de su mente la empatía que había empezado a sentir por él. Fue una batalla perdida. Salió corriendo de la habitación y se asomó a la escalera. Jason casi estaba al fondo.
—Jason.
—¿Qué? —preguntó él sin volverse, sujetándose al pasamanos.
El tono áspero de su voz casi la hizo cambiar de opinión, pero no se rindió.
—Después de la siesta, prepararé la cena. ¿Quieres cenar conmigo?
Sus dedos se cernieron sobre el pasamanos como si lo quisiera arrancar.
—Sí —dijo él con voz apenas audible y a continuación atravesó corriendo el salón en dirección a la cocina.
Con tanta distracción, Jason casi había olvidado la teleconferencia prevista para las cuatro. Menos mal que había tomado las notas de lo que quería hablar en la reunión. Su mente estaba trabajando en muchas direcciones, a gran velocidad. El frenético movimiento de su cerebro había sido un problema para él cuando estaba en el colegio. Había aprendido a controlarlo en el instituto y la universidad, pero aun hoy le planteaba problemas de desconcentración cuando estaba sometido a una gran presión.
Y la vida con Ashley era justo eso. Era capaz de manejar las catástrofes, mayores y menores, de Kerrigan Technology.
Pero Ashley... nada era sencillo con ella. Cualquier interacción con ella bien incitaba su libido o lo confundía. Su presencia, el embarazo, despertaban en él recuerdos que creía haber enterrado.
No había mucho en su niñez que mereciera la pena recordar, no cuando los sentimientos que recordaba eran el dolor y la culpa. Había aprendido hacía mucho tiempo que la única forma de sobrevivir al pasado era concentrándose en el presente.
La conferencia fue un éxito. En el transcurso de la reunión, cobraron forma varias estrategias para ofrecer a los empleados puestos similares en Kerrigan Technology o indemnizaciones decentes por despido.
Todos asumieron que habían sido ideas suyas. No le parecía bien llevarse todo el mérito, pero ¿cómo explicarles quién era ella? No era una colega ni una amiga, pero tampoco una novia, ni siquiera una amante.
Eran las seis y veinticinco minutos cuando Ashley le dejó un mensaje en el móvil diciéndole que la cena estaría lista a las seis y media. Había oído el móvil mientras estaba en la conferencia y apenas había podido resistir la tentación de dejar a los directivos de su empresa en espera y contestar.
También llamó Maureen durante la reunión, sin duda para continuar su arenga en contra de Ashley. Aunque después de la amarga conversación que había tenido con ella el día anterior, no tenía intención de hablar con ella.
A las seis y veintinueve minutos, cerró la tapa del portátil y salió. Según atravesaba la pradera de césped, vio a través de las ventanas a Ashley moviéndose por la cocina. Los nudos de tensión de su espalda se relajaron al verla y su cuerpo experimentó una cálida sensación de anhelo. No sabía qué era más alarmante, la excitación instantánea o la sacudida de absoluta felicidad.
Con la mano en el pomo, se tomó unos segundos para enterrar cualquier reacción física o emocional. No había pasado veinte años de su vida ejercitándose para controlar los impulsos de su cerebro para perderlo ahora por una mujer. Aquel desliz de una noche no echaría a perder sus esfuerzos de autocontrol de tantos años.
Abrió la puerta del porche y ya iba a entrar en la cocina cuando una llama de color intenso le llamó la atención. Al lado de la puerta, en una jardinera llena de malas hierbas, tres radiantes flores de color coral se mecían con la brisa. Una había empezado a marchitarse y las otras dos perderían sus pétalos en un día o dos.
No se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que ya lo había hecho. Una a una, cortó las tres flores por el tallo y formó con ellas un pequeño ramo.
Podía intentar convencerse de que no comprendía el impulso que lo había llevado a cortar esas flores, pero cuando entró en la cocina y Ashley se volvió para mirarlo, supo exactamente por qué lo había hecho. Porque su recompensa fue instantánea: Ashley sonrió.