Capítulo 1

QUERÍA verlo.

Jason Kerrigan cerró las manos sobre del volante de su Mercedes con fuerza mientras conducía por la autovía en dirección a Reno. Llevaban seis meses sin verse y, de pronto, una carta de Ashley Rand.

En realidad, no era más que una nota con las palabras: Tengo que hablar contigo escritas con una bonita letra, seguidas de su nombre, dirección y número de teléfono.

Esperaba que no siguiera dándole vueltas a lo ocurrido aquella noche en su apartamento de Berkeley. Puede que hubiera sido un error mayúsculo; por muy alucinante que hubiera sido el sexo, pero estaba claro que ella había dicho todo lo que tenía que decir al irse sin una palabra.

¿De qué podía querer hablar con él? ¿Tendría problemas económicos y necesitaba dinero? Su riqueza no parecía haberla impresionado nunca, pero la necesidad podía ser una gran motivación. Si se trataba de dinero, sería una reunión breve.

Debería haberla presionado más para que se lo hubiera contado por teléfono y le hubiera ahorrado un viaje de doscientos setenta kilómetros. Tal vez Ashley pensara que le sería más difícil negarse a prestarle dinero si se lo pedía cara a cara. Era evidente que nunca se había sentado frente a él en una mesa de negociaciones. Pocos ejecutivos en la industria de la alta tecnología se complacían en enfrentarse con el director ejecutivo más joven de Kerrigan Technologies.

Nacido en el Área de la Bahía de San Francisco, pequeños pueblos como Hart Valley no eran santo de su devoción exactamente. Demasiados árboles, demasiada basura y probablemente la gente disfrutara metiéndose en los asuntos de los demás. Por mucho que insistiera Ashley, no se quedaría mucho tiempo. Se había llevado ropa para cambiarse y el portátil, pero tenía la intención de acabar con lo que fuera que quisiera Ashley esa misma tarde y regresar a casa antes de las nueve, antes de que su hermano se fuera a la cama.

 Tomó la salida de Hart Valley. Pronto sabría qué era eso tan importante que Ashley tenía que decirle.

En menos de cinco minutos estaba en el pueblo, y según el GPS, en seis minutos más llegaría a la casa de la hermana de Ashley. Era posible que no estuviera. No le había asegurado que pudiera ir hasta el viernes por la tarde.

¿Qué haría si no estaba? No se veía esperándola en aquella casa en el fin del mundo. Pero volver a San José sin haber hablado con ella no le parecía bien tampoco. Se había comprometido a visitarla y lo cumpliría.

La calle de Stone Creek estaba más cerca de lo que imaginaba y tuvo que pisar el freno para no pasarse de largo. Según el GPS pronto llegaría al Rancho NJN. Se le formó un nudo en el pecho.

Disminuyó la velocidad de su Mercedes mientras buscaba la casa. Aquello no era como la ciudad, con casas apretujadas a ambos lados de las calles, todas ellas claramente identificadas con números en la fachada. Hasta el momento, a lo largo Stone Creek las casas parecían estar más bien desperdigadas al azar en pequeños claros del bosque. Tampoco parecían seguir un orden.

Afortunadamente, el rancho tenía un enorme letrero en hierro forjado sobre la entrada principal con las letras NJN. Metió el coche en la entrada y recorrió la superficie llena de baches hasta llegar a un patio cubierto para el entrenamiento de los caballos y, tras ella sobre un montículo, vio un granero. Aparcó tras el único coche visible y apagó el contacto.

Miró la hora y, a continuación, comprobó si tenía e-mails en la PDA. Aunque sólo habían pasado dos horas, los mensajes se habían amontonado, un recordatorio más de que aquel estúpido viaje porque Ashley quería compartir con él no sé qué, lo estaba apartando de unas obligaciones mucho más importantes, como saber si continuaría la recuperación económica de Kerrigan Technologies o si los errores de su difunto padre acabarían con ella.

Salió del coche a continuación y en un acto reflejo cerró desde el mando las puertas. Al echar un vistazo a su alrededor y encontrar sólo árboles y caballos pastando, abrió de nuevo.

Al fondo del patio cubierto había una pequeña casa con una extraña forma octogonal. Echó a andar en dirección a ella y una mujer salió en ese momento a la puerta. Su cara, sus movimientos le resultaban vagamente familiares. El ritmo cardiaco se le aceleró al recordar unos momentos de pasión ocurridos seis meses antes. Cuando se acercó más, comprobó que su pelo era de un tono cobrizo un poco más oscuro que el de Ashley y que no estaba tan delgada.

—¿Puedo ayudarle en algo? —dijo la mujer con una sonrisa formal mientras estrechaban las manos—. Soy Sarah Delacroix, directora de la escuela de hípica Rescued Hearts.

Un fugaz movimiento junto a la ventana de la fachada principal de la casa lo distrajo. ¿Era Ashley?

—¿Señor? —repitió Sara.

—Lo siento —dijo él sin apartar la vista de la ventana—, Soy Jason Kerrigan.

Sara se colocó entre él y la entrada de la casa.

—¿Y qué puedo hacer por usted? —su tono de voz se volvió áspero.

—Ella me está esperando —dijo él entonces súbitamente irritado.

—«Ella» es mi hermana —dijo la mujer mirándolo con suspicacia—. No me ha dicho nada de que fuera usted a venir.

—¿Está aquí Ashley?

Un silencio los envolvió mientras Sara lo estudiaba con la mirada.

—Espere un momento.

Entró de nuevo en la casa. Voces femeninas llegaban a sus oídos hasta que Sara salió de nuevo y lo hizo entrar. Caminando detrás de ella oyó que decía a alguien «¿Quieres que me quede?» y recibía un suave «No» en respuesta.

Sara le lanzó una mirada sombría al pasar junto a él y cuando Jason volvió la mirada por encima del hombro, Sara aún no le había quitado la vista de encima. El la ignoró y se adentró en la casa.

Sara había dejado la puerta del cuarto del que acababa de salir entreabierta y ya se disponía a abrirla del todo cuando se detuvo y llamó suavemente.

Ashley tenía que estar dentro, pero pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera por completo. Cuando Ashley apareció, el mundo de Jason empequeñeció ante esa primera y fugaz visión de su rostro.

Contempló admirado su sedoso cabello cobrizo y sus atractivos ojos castaños.

Su mirada descendió entonces, incapaz de resistirse al placer de contemplar su cuerpo entero. Si sólo la visión de su rostro había bastado para acelerar su imaginación, la visión de su cuerpo lo dejó de piedra. Comprendió entonces por qué lo había hecho ir.

Saltaba a la vista que Ashley Rand estaba, sin ningún género de duda, embarazada. Y si algo de matemáticas había aprendido en Stanford y luego en Berkeley, el bebé era suyo.

¿En qué momento había pensado que estaba lista para enfrentarse a Jason Kerrigan de nuevo? De pie en el umbral, le parecía aún más rígido, formal y frío de lo que lo recordaba en Berkeley.

—Hola —dijo ella, incapaz de encontrar otra forma de saludo.

Jason no contestó, su mirada fija en su rostro un momento y al siguiente en su enorme vientre de seis meses. Bajo el escrutinio al que la estaba sometiendo, Ashley notó una náusea y a punto estuvo de cerrarle la puerta en las narices.

—Utilizamos un condón —dijo él frunciendo el ceño.

—Las cosas salieron de otra forma —dijo ella tratando de sonreír, aunque sin conseguirlo.

—¿Por qué has tardado tanto tiempo en decírmelo? —dijo él mirándola fijamente.

—Todo lo que ocurrió aquella noche fue un error. No quería volver a pasar por ello.

—Tenía derecho a saberlo —dijo él apretando la mandíbula.

Debería haberlo llamado en el mismo momento que el test se puso rosa pero, a veces, ni ella misma podía creer que lo que ocurrió aquella noche fuera cierto, que dos casi extraños hubieran ardido de pasión por el otro. Tras la visita al doctor Karpoor, había necesitado tiempo para acostumbrarse a su nueva situación, tiempo para superar el pánico. Había necesitado seis meses para reunir el valor. Y aun en ese momento, se mostraba reticente a compartir el milagro que se estaba produciendo en su interior.

—¿Cómo sabes que es tuyo?

—Es mío —dijo él sin pestañear siquiera.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? No era virgen —dijo ella decidida a presentar batalla ante tamaña arrogancia.

—Como si lo hubieras sido —dijo él taladrándola con sus ojos oscuros.

Mientras Ashley hervía de furia ante su afirmación, Jason miró por encima de ella hacia el interior de la casa.

—¿Puedo pasar?

De nuevo, las ganas de cerrarle la puerta en la cara se impusieron. Tal vez se marchara si lo ignoraba. Así ella podría recoger sus cosas y desaparecer. Tenía experiencia en desaparecer.

Pero las cosas eran diferentes ahora. Comenzaría las clases en el colegio de Hart Valley en una semana. Era para lo que se había estado preparando y formando durante años en Berkeley.

—Tenemos que hablar de esto, Ashley —dijo él entrando en la casa.

 Ashley imaginó la presencia de Jason inundando el pequeño interior. En Berkeley, hasta aquella noche, nunca había sentido la más mínima atracción física por él. Sin embargo, ahora, los recuerdos invadieron su mente, su cuerpo contra el suyo, sus labios besándola por todas partes. Sería una idiotez dejarle entrar.

Necesitó un momento para reafirmarse en su opinión de que Jason era el mismo hombre irritante y arrogante que recordaba de la universidad. Cualquier otro sentimiento que pudiera haber albergado hacia él se debía a las hormonas y no merecía la pena pensar en ello.

Cerrando la puerta tras de sí, Ashley pasó junto a Jason y se detuvo en el porche.

—Demos un paseo.

Jason bajó los escalones del porche detrás de ella y la siguió hacia la zona de pasto donde pacían los caballos. Al pasar junto al patio de entrenamiento de los caballos donde se guardaban las monturas, tomó un cubo con chucherías para los animales que Sara había dejado allí. Pero sin dejarle que diera un paso más, Jason le quitó el cubo de la mano.

—No deberías cargar peso.

—Pero si no pesará más de dos kilos y medio — dijo ella tratando de recuperarlo.

Jason lo levantó y leyó la etiqueta:

—Cinco kilos.

No tenía ganas de pelearse con él, así que prosiguió su camino hacia los pastos.

Hacía calor todavía para ser principios de septiembre. La hierba de los pastos que había sido de un verde brillante en primavera amarilleaba ya. Era un alivio que los días durasen menos, pero a las cuatro de la tarde, el sol todavía estaba alto.

Llegaron a la primera portezuela que daba a la zona de pasto. Jason extendió una mano para que se detuviera y él abrió el cerrojo.

—¿De cuántos meses estás?

—Sabes contar tan bien como yo —dijo ella conteniendo la irritación.

—Seis meses entonces —dijo él observando la barriga—. Estás bastante gorda.

—Gracias por recordármelo.

Cuando Ashley fue a inclinarse para cerrar el cerrojo, Jason se interpuso para hacerlo él. Sintió unas terribles ganas de darle un coscorrón, pero eso habría significado tocarle y no iba a hacerlo.

—No soy una inválida, por Dios.

 —Lo sé —dijo él recorriéndola con la mirada y, a pesar de lo avanzado de su estado, Ashley sintió una oleada de calor. Había oído que las mujeres se excitaban más fácilmente cuando estaban embarazadas. Tal vez la incomprensible atracción que sentía hacia él se debiera sólo a eso.

Aunque lo cierto era que Jason no estaba mal. Era bastante guapo, delgado pero fibroso, con unos pómulos muy marcados y unos profundos ojos castaños que siempre la habían fascinado. Se le habían formado unas pequeñas arrugas a ambos lados de la generosa boca que no estaban allí cuando estaban en la universidad, y parecía sobrellevar una pesada carga sobre los anchos hombros. Sospechaba lo que podía ser, pero no quería sacar el tema.

Uno de los caballos se acercó y después lo siguieron otros.

—Están esperando —dijo extendiendo la mano hacia el cubo.

—Ya lo llevo yo —dijo él retirando el cubo.

Resuelta, tomó el asa y tiró de ella, pero Jason no estaba dispuesto a soltarlo. Parecían dos niños peleándose por un juguete.

—Puedo llevarlo —dijo ella con los dientes apretados.

Con la mano libre, Jason le quitó la mano. Ashley quería seguir sintiéndose irritada con él, pero su cálido contacto la distrajo por completo. Ashley notó que Jason tensaba el brazo como si fuera a atraerla hacia sí.

Entonces uno de los caballos relinchó de nuevo pidiendo atención y Jason dejó caer la mano.

—Lo siento —se volvió para dirigirse hacia los caballos, seguido por una alterada Ashley.

En cuanto Jason abrió la tapa del cubo, Ashley metió la mano y sacó un puñado de golosinas con las que se acercó a los caballos. Mientras un potro de color crema tomaba una golosina de su palma abierta, la pregunta que había estado deseando hacerle escapó de sus labios.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Decirte qué? —preguntó él mirándola fijamente.

—Lo de tu padre —dijo ella impaciente.

—¿Qué importaba? —dijo él sin mostrar un ápice de emoción.

—Éramos amigos.

—Apenas podría decirse eso.

Era cierto, pero dolía. Especialmente, teniendo en cuenta que había una nueva vida creciendo en su interior.

—Pero te fuiste sin decir una palabra.

 Jason perdió la mirada en los árboles que se extendían más allá de la zona de pasto.

—Tú lo hiciste primero —dijo él sin más.

—Me fui de tu casa aquella noche, pero tú te fuiste de la universidad.

—Tenía asuntos que atender.

—Me enteré por los periódicos de que tu padre había muerto —le había dolido que se hubiera marchado sin decir nada y mucho más sin explicarle las razones—. Si lo hubiera sabido...

—¿Qué? ¿Te habrías quedado a pasar la noche?

Si no lo conociera, diría que le había importado. Pero sabía perfectamente que nada conseguía romper el caparazón de Jason Kerrigan. Era típico de él ponerse a la defensiva.

—Necesitaba aclararme las ideas. Teníamos un tipo de relación y de pronto todo cambió y... pensé que ya tendría tiempo de hablar contigo.

—Lo mismo digo —contestó él con la mandíbula apretada y la mirada perdida en los pinos y los cedros que se alzaban tras los pastos.

Cuando acabó de darles las golosinas a los caballos, Ashley se limpió las manos y se dirigió a la portezuela. No se molestó en intentar abrirla sino que esperó a que Jason lo hiciera, cerrando tras de sí.

Lo había hecho ir hasta allí para decirle que estaba embarazada porque simplemente consideraba que debía saberlo. Ahora estaba allí, así que hablarían de lo que tuvieran que hablar y después podría marcharse. Cuanto antes trataran el tema, antes desaparecería de su vida.

—¿Quieres beber algo? —ofreció Ashley esforzándose por sonreír.

—¿Vamos a hablar de ello?

—Por supuesto —dijo ella apretando tanto las mandíbulas que hasta le dolían. De camino a la casa, dejó el cubo junto a las monturas.

—Parecía octogonal desde la parte principal —dijo Jason deteniéndose en los escalones de la casa.

—Lo era cuando Sara vivía aquí —dijo ella pasando la primera hacia la puerta—. Después, Keith, su marido, añadió la habitación de atrás.

Jason la siguió al frescor del interior, la presencia masculina le resultaba tan imponente como había imaginado. Ashley se dirigió directamente a la cocina. Allí abrió la nevera y sacó una lata de Coca-Cola del fondo. Cuando se dio la vuelta para llevársela, Jason estaba justo detrás de ella y le rozó con el brazo sin poder evitarlo.

—Lo siento —se disculpó él, aunque no se movió. Si quería más espacio, tendría que hacérselo ella misma. Sin embargo, sus dedos apresaron los de ella al darle la lata y Ashley se inclinó hacia él en vez de alejarse.

El sonido de la lata al abrirse la sacó del hechizo. Entonces, pasó junto a él en dirección al salón donde ella tenía una botella de agua. Sentía la garganta seca. Jason la siguió y se quedó en el centro de la habitación, no muy seguro de qué hacer.

Su mirada reparó en su barriga. Ashley no podía culparle. Su tamaño la impresionaba incluso a ella. Después la miró a los ojos.

—Seis meses, ¿por qué tanto?

—Desapareciste. No sabía dónde encontrarte.

—Sabías cómo contactar conmigo.

Cierto. Como director ejecutivo de la conocida Kerrigan Technologies, Jason no era precisamente un desconocido.

—Cuando me enteré... necesité un par de semanas para asegurarme.

—¿Y entonces?

Entonces vio la ecografía. Y durante una semana apenas pudo pensar en nada más.

—Te fuiste, Jason. No estaba segura de lo que significaba.

—No significaba nada.

—Lo nuestro tampoco, ¿no es eso?

—La razón por la que me fui no tenía nada que ver con nosotros.

—No había un nosotros —Ashley se sentía mareada—. Los dos lo sabíamos.

—Tenía que ocuparme de las posesiones de mi padre. Era complicado.

Ashley esperó, pero parecía que eso era todo lo que quería decirle.

—¿Entonces qué hacemos ahora? —él bebió un sorbo—. ¿Cuánto tardarás en hacer la maleta?

De todas las preguntas que pudiera haber esperado, ésa no era una de ellas.

—¿La maleta?

— Sólo tienes que meter ropa para una semana. Puedo mandar a alguien a recoger el resto de las cosas.

Un montón de recuerdos acudieron a su memoria: Sara viniendo a casa con un ataque de pánico y arrastrándola mientras hacían la maleta con todo lo que poseían, metiéndolo en el coche y saliendo en medio de la noche para huir del peligro. Pero todo eso ya había pasado.

—No voy a ninguna parte.

—Claro que sí. A San José conmigo.

—No. Yo vivo aquí.

—¿Y de qué otra forma podré ocuparme del bebé y de ti?

—No necesito que te ocupes.

—¿Qué demonios quieres decir? —dijo él apretando la lata.

—Puedo arreglármelas sola.

Jason la miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Creo recordar que yo también estaba en la cama contigo.

Sorprendentemente, una ola de calor la invadió al recordarlo, al recordar su cuerpo sobre ella, y su boca y sus manos. Se arriesgó a mirarlo y vio que él también estaba recordando.

—Estoy preparada para ocuparme de todo —dijo Ashley alejando la erótica visión.

—Soy tan responsable de ese bebé como tú —dijo él avanzando un paso hacia ella.

Ashley debería haber retrocedido, pero se quedó en el sitio.

—No es necesario.

—¡Claro que lo es! —un paso más—. Es «mi» bebé tanto como tuyo. ¿Pretendes que le vuelva la espalda?

—No, yo sólo...

De alguna manera, Jason le había puesto la mano en el brazo, sus dedos se ceñían a su carne, le acariciaba la piel con el pulgar, mientras sus ojos marrones estaban fijos en sus labios. Ashley sabía que si no rompía el contacto visual, la besaría. Finalmente, retrocedió.

—Tienes razón. No te puedo echar.

—Entonces vendrás conmigo a San José.

—De ninguna manera.

Jason alzó los brazos con gesto de frustración, haciendo que la Coca-Cola salpicara. Dejó la lata en una mesa y se acercó a ella.

—Mi casa es veinte veces el tamaño de ésta. Y los cuidados médicos que podrás tener en el Área de la Bahía no tienen nada que ver con lo que este pueblo de mala muerte pueda ofrecerte.

—Ésta es mi casa —dijo ella, sacudiendo la cabeza.

—Sé razonable, Ashley —dijo él extendiendo un brazo para tocarla y dejándolo caer finalmente.

—Tengo familia aquí —dijo ella visiblemente irritada—, y empiezo a trabajar el lunes próximo. No voy a dejarlo todo por ti.

—¿Y por el bebé?

—Estaremos bien.

—Soy responsable —dijo él pasándose los dedos por el pelo rubio oscuro, se puso a dar vueltas por la habitación y finalmente se giró hacia ella—. De los dos.

—No puedo irme, Jason.

Jason empezó a dar vueltas de nuevo. Muchos hombres se habrían mostrado aliviados al saber que quedaban libres de aquella obligación, pero por lo poco que Ashley había aprendido de Jason, asumir sus responsabilidades no era algo que lo asustara.

Jason la miró de frente nuevamente, con determinación.

—Entonces me quedaré aquí contigo.

—¿Cómo? —dijo ella sacudiendo la cabeza, confusa—, ¿Aquí?

—Si no vienes a San José —dijo apretando los puños un poco y relajándolos al cabo— tendré que quedarme aquí, en Hart Valley.