38.          Separación

 

 

Antes de amanecer, Jason se despertó sintiendo el calor de Kaitlin contra su cuerpo y la observó largo rato mientras ella seguía durmiendo, regalándose memorizar su rostro rasgo a rasgo como había hecho tantas veces en sus años adolescentes. Se la veía tan dulce y hermosa. En prisión se había dormido siempre con esa imagen en su mente, la única que podía calmarle. Hubiera dado su vida porque mantuviera esa expresión, pero cuando abrió los ojos era palpable que el miedo se había apoderado de nuevo de ella. Sin siquiera decirle buenos días, susurró:

—Tengo que ir a ducharme —intentó levantarse, pero él la detuvo. Sus ojos brillaban con una expresión intensa, cautivadora. Kaitlin recordó lo que habían compartido y de nuevo la dominó el pánico a que todo volviera a torcerse a la luz del día, de volver a perderle. Él susurró:

—No pasa nada. Está bien.

—No lo está. Jason, ¿Cuántas veces tenemos que pasar por lo mismo? ¿Cuántas veces tenemos que olvidar lo que sucede cuando estamos juntos?

—¿Por qué tienes tanto miedo?

—Porque estar juntos es maravillo, pero siempre termina mal. Es como si la vida nos hiciera pagar por el pecado que cometemos. Siempre ha sido así y temo que siempre lo será.

Jason la observó en silencio durante unos segundos mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar, y al final le dijo:

—¿Te parece que no hemos pagado bastante? Hemos sufrido en un cuarto de vida mucho más que otros en una vida entera. ¿Por qué negarnos a lo único que nos hace felices, aunque sea por un momento? ¿Acaso no es eso la vida, instantes de felicidad que conseguimos después de luchar a diario?

Mientras lo decía su mano recorrió con suavidad la espalda, todavía llena de marcas. Ella trató de cubrirse, avergonzada por mostrarle la fealdad de su piel, pero él lo impidió:

—Te amo, Kaitlin. Y esas heridas no te restan un ápice de belleza. Las tenías la primera vez que te amé y jamás me importó.

—Son horribles.

—Es horrible que te sucediera, pero no hay nada imperfecto en ti por causa de ello. Lo sé porque llevo amando tu cuerpo casi toda mi vida y lo único que quiero es acariciarlo y besarlo.

Sus labios recorrieron su espalda y Kaitlin sintió que las lágrimas asomaban a sus mejillas ante la infinita ternura con la que él besaba sus cicatrices. Se volvió hacia él y dejó que le lamiera las lágrimas con más besos. Cuando se calmó, fue ella la que acarició sus hombros, sintiéndose culpable.

—Jason, hay algo que no te he contado.

—No importa, ya lo sé.

—¿Cómo?

—En aquel desván nos prometimos una y mil veces que haríamos justicia. Y eso es lo que estás tratando de hacer ahora. Y yo voy a ayudarte, por eso estoy aquí.

—No quiero que lo hagas.

—No voy a dejarte sola.

—No estoy sola.

Sus ojos la escudriñaron y se llenaron de dolor al adivinar:

—¿Le has pedido a Harry que te ayude?

Kaitlin se quedó inmóvil, mientras los recuerdos de la complicada relación entre los dos hermanos se sucedían en su mente. Ambos se odiaban mutuamente tanto como la querían a ella. Él preguntó:

—¿Por qué no me has esperado?

—Porque no sabía cuándo saldrías y no quería esperar más; también porque si algo fallaba, no soportaría que te pasara algo otra vez por mi causa. Y Harry quiere vengarse tanto como nosotros. Lo merece tanto como nosotros. Jason, tú ya has hecho mucho para vengarte de los que me han lastimado y has pagado un precio muy alto por ello. Ahora nos toca a nosotros. Le toca a Harry. Y a ti quedarte en un segundo plano donde estés a salvo.

—No me fío de Harry —admitió al fin Jason, con cansancio.

—Es nuestro hermano. Y está conmigo en esto, te lo garantizo. No me fallará, me lo juró y yo le creo.

Jason sintió una profunda ira por sus palabras. Le soltó la mano y masculló:

—Estás más cerca de él que de mí.

—No, claro que no. Pero no quiero que le sigas odiando. Él no lo hace contigo. Está en paz con lo que pasó. Y recuerda todas la ocasiones que fue a verte a prisión.

—Yo te protejo a ti y tú a él —protestó.

—Cuando me alejé de ti te estaba protegiendo.

—Lo sé, pero no vuelvas a hacerlo. Me hace demasiado daño, más del que puedo soportar.

—A mí también me hace daño, este tiempo sin ti ha sido horrible. Solo me consolaba que, si conseguía la venganza, los tres estaríamos libres del pasado y podríamos empezar de cero.

—¿Y por qué no puedo ayudarte ahora?

—Al principio no he querido por tu seguridad. Pero anoche me di cuenta de algo —su mano acarició su rostro, como memorizando los rasgos. —Tú tenías trece años cuando aquello sucedió y eres el que menos ha cambiado. Tus ojos son tan preciosos… Todo el mundo se fija en ti y alguien podría reconocerte. Harry y yo, en cambio, tenemos unos rasgos más comunes y nos ha sido más fácil vestirnos y peinarnos para pasar desapercibidos

Jason masculló en voz baja, pero Kaitlin tenía razón. Si alguien le descubría, podía echarlo todo a perder. Con ternura, recorrió su mejilla con la mano y le dijo:

—Tus rasgos no son comunes, son preciosos.

Ella sonrió halagada, pero protestó:

—Sabes que tengo razón. Es un milagro que nadie lo hiciera anoche en el bar, pero a la luz del día todo puede complicarse. Y estamos tan cerca de que esto termine… —suspiró profundamente antes de añadir—. Debo ser sincera contigo. Me temo que he estado retrasando el final a propósito.

—¿Por mí? —adivinó él.

—Sí. Temía que cuando esto terminara, volvería a pensar en ti a todas horas. Al menos aquí, concentrada en mi plan, podía soportar estar lejos de ti.

—Pero ya no tienes por qué tratar de buscar la forma de olvidarme, solo la de estar juntos.

—Tienes razón. Y por eso te prometo que, aunque me de miedo, dame un par de semanas más y todo habrá terminado.

—¿Tan pronto?

—Sí, he cambiado un poco mi plan original, así que con ese tiempo será suficiente para dejarlo todo cerrado.

—¿Quieres hablar de ello?

—No. Tenemos poco tiempo para estar juntos, debes irte antes de que alguien te reconozca. Y no quiero perderlo hablando del pasado o del futuro.

—Está bien. Entonces, en dos semanas, tú y yo nos iremos juntos. Todavía me quedan un par de meses de presentarme a mi agente de la condicional, pero después de eso seremos libres para empezar de cero. Tú y yo, solos.

El rostro de Kaitlin se torció y Jason añadió, adivinando lo que pensaba:

—Supongo que no hay un “Tú y yo solos” y que no podremos librarnos de Harry como me gustaría.

—No puedo comparar mi amor por ti con mis sentimientos por él. Pero es mi hermano, me ha demostrado estos últimos años que ahora sí va a estar a mi lado y le quiero. ¿Puedes comprender eso?

—No —contestó con sinceridad—, pero si te hace feliz, me parece bien. Debo confesarte que las visitas a la cárcel las hicimos por ti, para que estuvieras contenta y dejaras de sufrir por nuestra causa.

Un gesto de tristeza se adueñó del rostro de Kaitlin al escucharle, y el añadió:

—Pero hablamos más en esos encuentros de lo que habíamos hecho nunca y, aunque no puedo perdonarle del todo, si de verdad logra ayudarte, puede que consiga cambiar de idea sobre él.

—Eso es lo que siempre he anhelado.

Jason le acarició la mejilla con suavidad y añadió:

—Y si crees que es lo mejor para que esto termine pronto, me iré y comenzaré a buscar un lugar en el que podamos ser felices.

—¿Los tres?

—Los tres —aceptó a regañadientes.

Kaitlin sonrió y cuando sus ojos se encontraron de nuevo, pronto lo hicieron sus labios. Siempre le había parecido increíble que un hombre tan frío y duro con los demás pudiera mostrar con ella tanta pasión cuando la abrazaba, cuando la amaba. Quizá por eso se había perdido cuando le dio el primer beso, su primer beso. Instintivo, prohibido, enfermizo. Kaitlin había sabido desde la primera caricia que estaba mal, pero se había hundido en el placer de su beso, de su contacto que se había ido haciendo más íntimo. Era fuerte, mucho más de lo que nadie podía adivinar por la suavidad de sus rasgos y de su cuerpo, pero en brazos de Jason se sentía débil, incapaz de mantenerse firme por mucho tiempo. Debería haberle apartado aquella primera vez, pero no lo hizo. No quiso hacerlo y no quería hacerlo ahora. Porque Jason tenía razón, lo necesitaba. Sus cuerpos estaban unidos tanto como sus mentes. Él advirtió que estaba flaqueando y volvió a besarla con avidez. El deseo apartó a un lado toda la culpabilidad y todas las promesas que se había hecho a sí misma. Amarle era una parte indisociable de ella y no podía resistirse a estar con él. No podía.

Las caricias prohibidas sucedieron a los besos. Era increíble entregarse a él y perder el control. Ya no podía pensar en nada, solo dejarse llevar por un deseo que la consumía. Jason sonrió, feliz por primera vez en mucho tiempo. Todas las veces que había tenido que renunciar a ella lo había hecho obligado; y su vida le había parecido rota y sin sentido. Pero ahora que volvía a tenerla entre sus brazos, todo volvía a ser perfecto. Puede que estuviera mal, pero era la única forma que tenía de existir: vivir por y para ella, siempre a su lado.

Las dos caras de la penumbra
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