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Cuando ha llegado el mensajero, primero he creído que se trataba de un error. O el tipo se había equivocado de entrada o había tomado un desvío por mis lavabos para aliviar unas acuciantes ganas que no podía aguantar para más tarde. Pero cuando el muchacho se me ha puesto delante y, sin dejar de masticar su chicle, me ha preguntado si yo era Julie, no he tenido más alternativa que titubearle un sí receloso. Dos segundos más tarde me encontraba con esa locura en los brazos. No daba crédito a lo que veían mis ojos. ¡Un ramo de flores, aquí, para mí! ¡Y qué ramo! Una avalancha de flores frescas que cubría casi toda la superficie de la mesa, una de esas enormes composiciones con los tallos inmersos en una gran bolsa de agua translúcida. Enseguida he llamado a Josy, quien ha plantado a su clienta en medio de una sesión de tinte el tiempo justo de un ir y venir para admirar la cosa. En cuanto ha visto el armatoste ha exclamado que un individuo capaz de regalar un chisme como ese no podía ser más que dos cosas: o es el más cabrón o es el más extraordinario de los tíos que pueda haber sobre la Tierra. Te ha tocado la tragaperras, tía, me ha dicho a continuación, con los ojos llenos de envidia, antes de ir a terminar de teñir a su clienta y después de hacerme prometer que se lo contaré todo. Nunca me había pasado una cosa así, un gesto tan increíble en un lugar tan inapropiado, y tampoco le había ocurrido a mi tía, en cuarenta años de carrera. Salvo la vez en que, tal como ella me confesó después, un caballero le dejó una rosa el día de San Valentín porque su amiguita acababa de plantarlo y no sabía qué hacer con ese tallo espinoso que lo agobiaba. Grapado aún al celofán que envolvía las flores, había un voluminoso sobre acolchado con la inscripción «Para Julie» escrita con bolígrafo negro. Mis manos temblaban un poco cuando lo abrí. El azulejo que contenía se parecía curiosamente a los míos. Mismas dimensiones, mismo tono ligeramente lechoso. Le he dado vueltas y revueltas a esa cosa cuadrada, en todos los sentidos, sin comprender nada, hasta que he leído la carta manuscrita que la acompañaba:
Señorita,
No soy lo que se podría propiamente llamar un príncipe azul. Entre paréntesis, creo que los príncipes azules siempre son tendentes a hacer alarde de un cierto aire de autosatisfacción que me es molesto y que no me los pinta especialmente simpáticos. Así como no soy un príncipe azul, tampoco tengo un corcel blanco. También a mí se me ocurre a veces arrojar monedas en las fuentes cuando se presenta la ocasión. No tengo feas verrugas en el mentón ni ceceo alguno, pero poseo un nombre gilipollesco que por sí solo vale por todas las verrugas y todos los ceceos del mundo. Amo los libros, aunque me paso la mayor parte del tiempo destruyéndolos. Mi único bien es un pez rojo que se llama Rouget de Lisle, y como amigos tengo a un tullido que se pasa la vida buscando sus piernas y a un versificador que solo sabe hablar en alejandrinos. He de añadir, en fin, que hace poco tiempo descubrí que existía en este planeta un ser con el poder de hacer que los colores fuesen más vivos, las cosas menos serias, el invierno menos duro, lo insoportable más soportable, lo bello más bello, lo feo menos feo, en definitiva, de hacerme la existencia más hermosa. Esa persona es usted, Julie. Así que, aunque yo no soy nada partidario del Speed dating, le pido, no, le suplico que acepte dedicarme ocho minutos de su vida (creo que siete no es un bonito número, especialmente para una cita).
Ahora debo declararme culpable. Culpable de haber entrado en su existencia por la intermediación de este pendrive que hallé en el RER hace unas tres semanas. Sepa que si me metí de esta manera en su vida, al principio no fue con otra intención que dar con usted para devolverle el pendrive y los textos que contiene, aunque esta intención poco a poco fue transformándose en un profundo deseo de conocerla. También, para hacerme perdonar, permítame ofrecerle este azulejo de repuesto para que lo añada a su inventario de mañana. Porque, aunque podamos pensarlo, nada es inamovible en la vida. Incluso un número tan feo como el 14.717 puede un buen día convertirse en una hermosa cifra, embellecida si se le ayuda un poco. Querría acabar con una frase hecha que, lo reconozco, podría parecer un tanto ampulosa, pero es que temo no volver a tener jamás la ocasión ni las ganas de escribírsela a nadie más que no sea a usted: Mi destino está en sus manos.
Estaba firmado como Guibrando Viñol y, debajo, un simple número de teléfono. Quizá este tío fuese un tarado, pero me había causado una rara impresión. Agité el sobre y el pendrive cayó sobre la mesa. Era el granate. Lo había estado buscando por todas partes durante tres semanas, desde el día en que tomé el RER para volver de casa de Josy. Releí una vez más la carta, y luego otra más. Creo que me pasé el día entero releyendo esa puñetera carta. Volvía a ella cada dos por tres, sumergiéndome en ella a la menor ocasión, entre dos golpes de escobilla o dos chorros de lejía. Saboreaba cada palabra, trataba de imaginar una cara, una voz en ese individuo de nombre gilipollesco, como él mismo dice. Hoy, extrañamente, las monedas han tintineado de modo diferente en la porcelana de mi platillo, las horas han transcurrido más rápidas, la luz de los neones era más cálida, la gente me ha parecido incluso más simpática que de costumbre. Por la noche, bien calentita bajo mi edredón, he vuelto a leerla de cabo a rabo hasta recitar de memoria cada frase. Antes de dormirme ya sabía que iba a llamar a Guibrando Viñol. Creo incluso que tomé la decisión cuando leí la carta por segunda vez. Llamarlo para decirle que no serán ocho lamentables minutos los que le concederé, sino tres horas, el tiempo que suelo tardar en dormirme. Tres horas para que él me cuente, para que los dos nos contemos y vayamos, quizá, allí donde las palabras todavía no han ido jamás.
Esta mañana, día del equinoccio de primavera, he contado mis baldosas canturreando. Dentro del bolsillo de mi bata, el azulejo de Guibrando Viñol golpeaba gratamente contra mi cadera. En el momento de la suma, lo he puesto delicadamente sobre la mesa y lo he añadido al final de la hoja antes de calcular el total. Aunque ya me lo esperaba, he sentido un vuelco dentro de mí al ver el resultado. Entonces he cogido el teléfono. Sin duda, el 14.718 es un bonito número para comenzar una historia.