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A la mañana siguiente, Guibrando no contó mientras bajaba por la avenida. Nada, ni sus pasos, ni los plátanos, ni los coches aparcados. Por primera vez, no sintió la necesidad de hacerlo. En la luz del día que despuntaba, el grafiti de la persiana de la librería La Concorde le pareció más colorido que de costumbre. La cartera de cuero pesaba agradablemente en el extremo de su brazo derecho, balanceándose al ritmo de su marcha. Más allá, pasó por delante de las bocanadas de grasa caliente que vomitaba constantemente el respiradero de la carnicería Meyer e hijo sin que lo sumieran en el asco. Por todos lados no había más que brillos y reflejos. El breve chaparrón de medianoche había embellecido todas las cosas con el barniz de la lluvia. A la altura del 154, no se olvidó de saludar al anciano-con-zapatillas-y-pijama-bajo-su-impermeable. El viejo sonreía de contento al ver a Balthus regar con un largo y recio chorro los pies de su árbol. Guibrando trepó por el tramo de escalones que llevaban al andén y llegó a su línea. Esta se estiraba en medio de la monotonía gris, más blanca que nunca. El tren de las 6.21 entró en la estación a las 6.21 exactas. El trasportín se abrió sin gemido alguno cuando bajó el asiento. Sacó la carpeta de la cartera colocada entre sus pies. Aunque el procedimiento no difería en nada del de los otros días, a los más sutiles observadores les pareció que los gestos del joven eran menos mecánicos que de costumbre. El malestar que fijaba habitualmente sus rasgos en una máscara triste había desaparecido. Esos mismos observadores pudieron notar también que los secantes y las trizas de papel habían sido sustituidos por hojas normales formato A4. Sin esperar siquiera la salida del tren, Guibrando leyó el primer texto con voz pausada:
«8.doc
»Me gusta llegar temprano al centro comercial. Introducir la llave en la cerradura de la pequeña puerta lateral que hay al fondo del aparcamiento. Esa insignificante puerta de acero toda llena de pintadas de arriba abajo es por donde me toca entrar. Acompañada solo por el taconeo de mis pasos, que resuena en las verjas metálicas de las tiendas, subo por el gran pasillo central en dirección a mis dominios. Toda mi vida recordaré la frase que me dijo mi tía cuando, con ocho años recién cumplidos, trotaba a su lado por primera vez por esta misma arteria para acompañarla a su trabajo. “¡Julie, tú eres la princesa, la princesa del palacio!” La princesa ha envejecido, pero el reino apenas si ha cambiado. Un reino de más de cien mil metros cuadrados completamente desierto que espera a sus súbditos. Al pasar saludo a los dos forzudos encargados de la seguridad durante la noche y que terminan su última ronda antes de volver a su cubil. A menudo se largan dirigiéndome algún saludo amable. Cuando pasan, suelo acariciar durante un rato la cabeza del beauceron con bozal que va con ellos. Un falso duro, me confesó un día Nourredine, el amo del perro. Me gusta ese momento preciso en que el planeta parece suspender su curso y tomarse un tiempo en pasar de la oscuridad de la noche que acaba a la luz del día que empieza. Me digo que tal vez un día la Tierra no reinicie de nuevo su rotación y se quede inmóvil para siempre, con la noche y el día detenidos ambos en sus posiciones respectivas, dejándonos suspendidos en un amanecer permanente. Se me ocurre pensar entonces que, bañadas por ese resplandor crepuscular que da una tonalidad pastel a las cosas, las guerras quizá serían menos chungas, las hambrunas menos insoportables, las paces más duraderas, las mañanas en la cama menos aburridas, las veladas nocturnas más largas y solo el blanco de mis azulejos permanecería inalterado, conservando su brillo bajo el fulgor frío de los neones.
»En la intersección de los tres pasillos principales, la gran fuente me ofrece su gluglú apacible. Algunas monedas relucen en el fondo del estanque, monedas allí arrojadas por algunas parejas de enamorados o por supersticiosos jugadores de lotería. A veces yo misma me inclino al pasar, cuando me viene en gana. Lo hago porque sí, por el mero placer de verlas brillar bajo la superficie, arremolinadas entre ellas. Quizá también porque todavía queda en mí una pizca de aquella niña de ocho años que espera a que su príncipe azul se digne al fin venir a liberarla. Un verdadero príncipe azul que, después de haber aparcado su hermoso corcel blanco en el aparcamiento (un Audi A3 o un DS tapizado de piel, por ejemplo), se detenga en mi zona a vaciar la vejiga antes de llevarme en sus brazos para una larga aventura amorosa. Vaya, tengo que dejar de hojear el Nous Deux[7]. Lecturas así me aporrean los estrógenos.
»Desciendo rápido los quince peldaños que conducen al sótano del centro comercial para ir a mi lugar de trabajo. Con ayuda de mi segunda llave, acciono el mecanismo que hace subir la verja metálica. Esto hace un ruido horrible, como si, por encima de mi cabeza, una gran boca gigante machacara el metal a medida que se lo traga el techo. Luego me queda una hora antes de la abertura de puertas. Es una hora para mí sola, y la paso delante de mi mesita de camping releyendo y pasando a limpio lo que he escrito la víspera en mi ordenador, antes de la llegada de los clientes. Me gusta pensar que mis textos han madurado durante la noche, como se deja reposar la masa del pan para encontrarla por la mañana temprano bien hinchada y olorosa. Y en ese instante, el clic de las teclas de mi teclado azerty es la música más bella para mis oídos. Una vez que he acabado y antes de guardar el PC en su funda, me pongo la bata azul celeste que me sirve de uniforme. Toda ella es un espanto de tergal de una gran ordinariez, que me hace parecer una empleada de Correos de los años setenta. Si aun así el hábito no hace al monje, entonces, como diría mi tía, ¡que le den a santa Lejía, la patrona de las limpiadoras de los retretes! Es la hora de Josy y del desayuno. Josy (tiene horror a que la llamemos Josiane) es enjabonadora de pelo en la peluquería del primer piso. Ella es todo lo que yo no soy. Ella trajina en lo bonito, yo trabajo en lo feo. Ella es frívola, yo en cambio soy del género serio. Ella es exuberante, yo en cambio pertenezco a la familia de las cortadas reprimidas. Quizá por eso nos entendemos tan bien, Josy y yo. Siempre entra un poco de sol por aquí cuando viene ella. Nos contamos nuestras penas y alegrías en torno a un café y un cruasán. Cotilleamos y hablamos de los clientes. Que si uno le pidió un tinte verde manzana, que si otro se me cargó una cisterna del váter porque el muy gilipollas no había entendido que tenía que apretar en vez de tirar, etcétera. Arreglamos el mundo, nos contamos nuestros sueños, nos reímos a lo tonto como dos adolescentes antes de despedirnos y desearnos una buena jornada. Su día de descanso cae en martes. Esos días no tienen el mismo sabor. Cuando no está ella, hay algo indefinible que falta, como una especia olvidada en la elaboración de un guiso. No me gustan los martes».
Antes de salir de su estudio, Guibrando había sustituido las pieles vivas de la víspera por los textos de Julie. Lo había hecho sin ningún motivo. Le parecía muy natural restituir algunos pequeños fragmentos de aquella joven allí donde los había encontrado. Le gustaba la idea de que tal vez un día Julie se topase con ellos mientras caminaba por ese mismo vagón abarrotado, sorprendida de oír lo que ella misma había escrito.
«36.doc
»El gordo de las diez ha vuelto a venir hoy. Siempre el mismo recorrido. Baja por la escalera con su paso palurdo de hipopótamo descerebrado y va derecho a la cabina sin decir ni buenos días, torciendo la mesa cada vez que pasa. El gordo de las diez nunca saluda, ni hola ni adiós. Ni una palabra, ni una mirada, se mete rápidamente en la cabina n.º 8, la del fondo. Nunca lo he visto entrar en otra que no sea la 8. Y si por desgracia está ya ocupada, el señor se espera, patea el suelo, patalea, se queda plantado delante de la puerta piafando de impaciencia. El tipo es desdeñoso y le falta mundología. Tiene pinta de ser de esos que conducen un todoterreno urbano y lo aparcan en los sitios para minusválidos. Hace casi dos meses que el tío este viene a ponerme perdida la 8; lo hace a diario, a las diez en punto, entre ruidos escatológicos, y nunca me he atrevido a soltarle la más mínima reprimenda, merecida a más no poder, ya lo creo. Porque, ¡ojo!, cuando digo “ponerme perdida”, no piensen ustedes que exagero. Sin tener en cuenta que el muy grosero me gasta todo un rollo de papel higiénico cada vez y no se molesta en apretar el pulsador de la cadena, y he de ir yo después a limpiar el fundamento de su majestad durante diez minutos para darle de nuevo un mínimo de decencia al lugar. Lo peor es que el muy bastardo, cuando sale de mi 8, va limpio como una moneda reluciente, la chaqueta impecable, el pliegue del pantalón bien planchado, todo en su sitio. Pero la gota de agua que desborda el bidé, como dice siempre mi tita, es la propina. Ese rácano adiposo nunca me deja más que una de esas insignificantes monedillas de cobre de cinco céntimos que echa con desprecio en mi platillo. Intento atraer su mirada, que le quede bien clara mi ira, pero ese cabrón jamás se ha dignado volver la cabeza. Para él, apenas si existo a otro nivel que ese platillo de porcelana donde deposita su limosna. Ese individuo es un hijoputa de primera categoría. De esos que salen indemnes de todas las situaciones. Pero no desespero. Como dice la publi: “¡Un día lo tendré!”.»
Al evocar al gordo de las diez, Guibrando no había podido evitar pensar en Félix Kowalski. No habría sido capaz de hacer una descripción de su jefe mejor que esa. El muro del recinto de la fábrica hoy le ha parecido más alto que nunca.