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Una negligencia culpable, eso fue todo cuanto concluyó la investigación llevada a cabo por la STRN menos de tres semanas después del accidente. Ni más ni menos que esta concisa sentencia sin apelación. Guibrando se sabía la frase de memoria a fuerza de darle mil vueltas: «El lamentable accidente del que ha sido víctima el señor Carminetti, operador jefe desde hace veintiocho años en la Sociedad de Tratamiento y Reciclaje Natural, se ha debido a la negligencia culpable del susodicho operador, en quien, por otra parte, se ha detectado una tasa de alcoholemia de más de dos gramos por litro de sangre en el momento de los hechos». El alcohol, eso fue lo que había perdido a Giuseppe, a Guibrando no le cabía la menor duda. Los abogados y especialistas enviados por la STRN no tuvieron que buscar mucho para averiguar la verdadera causa de todo aquel follón. Tuvo suerte de que esos buitres no le facturaran el mono hecho jirones ni los tres cuartos de hora que estuvo parada la Zerstor. Tres insignificantes cuartos de hora, ni un minuto más, justo el tiempo que necesitaron los bomberos para liberar a un Giuseppe que aullaba de dolor y gesticulaba como un condenado desde el fondo de la fosa, en medio de unos libros que se estaban bebiendo su sangre, una vez que el espíritu de sus páginas había sido aspirado por los dos pozos de sufrimiento que habían ocupado el lugar de sus piernas. Acababa de reemplazar uno de los tubos laterales y se disponía a salir del embudo cuando la Cosa le había devorado los miembros inferiores hasta medio muslo. No habían cerrado todavía las portezuelas de la ambulancia cuando el propio Kowalski reactivaba el cacharro mientras Guibrando vomitaba hasta los higadillos, sujetando con las dos manos la taza del váter. El muy cabrón había vuelto a arrancar la máquina cuando los gritos de Giuseppe aún resonaban por toda la nave. Guibrando jamás le perdonaría al gordo ese gesto. Una entrega a medias, ese era el único objetivo para terminar a toda costa lo que estaba empezado, que era lo de siempre: la conversión en pasta de papel del contenido de un volquete de treinta y ocho toneladas. Allí, en las entrañas de la Zerstor, todo había acabado por mezclarse en una papilla informe, incluido lo que quedaba de las cachas del operador jefe Carminetti.
El alcohol no lo explicaba todo. Guibrando había creído a Giuseppe cuando este le juró que había tomado las medidas de seguridad habituales y que, aunque por supuesto también ese día había empinado el codo con su dosis de vino peleón, como hacía a diario Dios mediante, nunca habría descendido hasta la fosa sin haber tomado antes esas puñeteras medidas. El joven conocía bien a Giuseppe y la desconfianza que siempre había tenido hacia la Cosa. «¡No te fíes de ella, chaval! ¡Es una viciosa y cualquier día podría hacer con nosotros lo que hace con las ratas!», no dejaba de repetir. También él se había dado cuenta de eso. En realidad, nunca habían charlado entre ellos de aquel asunto de las ratas. No era fácil evocar cosas que escapaban a la razón. Cada uno sabía que el otro sabía y bastaba con eso. Solo una vez Giuseppe le había dicho algo a Kowalski. Fue mucho tiempo antes del drama. A raíz de haber descubierto una mañana una enésima víctima, Giuseppe fue en busca del gordo para hacerle partícipe de sus inquietudes, pero no obtuvo resultados. El jefe pasó olímpicamente de él como bien sabía hacerlo y lo mandó a paseo con su acostumbrada amabilidad, supuso Guibrando. Giuseppe había salido de la oficina blanco como una sábana y con el rostro muy serio. Guibrando no dijo nada. Todavía hoy lo lamentaba. Tal vez si él hubiera dado la cara en aquel momento, habrían intentado explicar la presencia, a primera hora de la mañana, de ratas despedazadas en la bandeja pegada al culo de la Zerstor 500, cuando no había habido ninguna la víspera por la tarde. Guibrando había hecho su propia investigación, había dado vueltas a todas las pistas posibles, eliminándolas una por una hasta que solo quedó la más inaceptable de todas, la más improbable y sin embargo la única que resultó válida, a saber, que la Cosa tal vez fuera algo más que una simple máquina y que por eso en ocasiones se ponía en marcha sola, en mitad de la noche, cada vez que uno de esos puñeteros roedores caminaba con sus pasitos trotones por el fondo del gaznate.
Un año después del accidente y a continuación de una serie de problemas derivados de ciertos apagones, una revisión completa del cuadro de mandos de la Zerstor había revelado un fallo a la altura de la palanca cortacircuitos. Un interruptor defectuoso no hacía bien su curro y dejaba pasar la corriente de manera caprichosa, incluso cuando la palanca estaba en OFF. A partir de entonces, todas las medidas de seguridad fueron reforzadas y hasta redobladas, con el fin de que un drama como el sucedido no volviera a repetirse. Además, la dirección había convenido que, quizá, el llamado Carminetti, exoperador jefe de la Zerstor 500, había sido víctima de un lamentable incidente al ser arrastrado por la repentina reanudación de la actividad cuando desafortunadamente se encontraba todavía en la fosa. Gracias a ello, Giuseppe, que se había hecho a la idea de tener que contentarse con el subsidio mínimo para sobrevivir, fue indemnizado con el montante de ciento setenta y seis mil euros por el perjuicio padecido. «¡Ochenta y ocho mil euros por cada pata!», le había anunciado Giuseppe por teléfono, con la voz anegada en lágrimas. Más que el dinero, lo que aquel día hizo verdaderamente feliz a Giuseppe fue sobre todo el hecho de que hubieran acabado por tener en cuenta, aunque fuera poco, su palabra de borracho, pensó Guibrando. Siempre se había preguntado qué método de cálculo habrían empleado los expertos para decidir lo que vale una muerte, un traumatismo o un miembro, como en el caso de Giuseppe. ¿Por qué ochenta y ocho mil y no ochenta y siete u ochenta y nueve? ¿Lo calculaban según la longitud de la pierna, de su peso, del uso que le daba la víctima? Ni Giuseppe ni él eran un par de ingenuos. Sabían muy bien que la conclusión a la que se había llegado no explicaba en absoluto el problema de las ratas, que se precisaba algo más que un interruptor defectuoso para justificar la puesta en marcha del motor diésel en plena noche. Guibrando no había vuelto a hablar con Giuseppe del asunto, pero seguía encontrando ratas con regularidad, o más bien lo que quedaba de ellas. Se formaban una especie de flores gordas de un color rojo oscuro en el fondo de las bandejas, a veces con un minúsculo ojo negro en el centro que brillaba como una gotita de tinta.
Fueron necesarios casi tres meses para que Giuseppe admitiera la idea de que no le iban a crecer otras piernas. Tres meses para aceptar definitivamente aquellos espantosos muñones rosáceos, dos hinchazones de carne que recordaban las ramas nudosas de los tilos viejos. Para los matasanos estaba bien, incluso muy bien, en comparación con tantos otros que no lo aceptaban jamás. Viéndole moverse en su flamante silla de ruedas nueva por el centro de rehabilitación funcional, hasta el mismo Guibrando se había creído que el viejo había hecho ya el duelo por sus dos piernas. «¡Una Butterfly 750, chaval! ¡Ni doce kilos! ¿Te das cuenta? ¿Y has visto qué color? Púrpura, se llama. La he escogido solo por el nombre: púrpura. ¿Qué te parece?» Guibrando no pudo evitar una sonrisa. Al escucharlo, casi daban ganas de ir corriendo a que la primera Zerstor que hubiera a mano le devorase a uno illico presto las dos zancas, con tal de darse el gustazo de conducir una silla para paralíticos como esa. Y además Giuseppe había empezado a decir frases preocupantes: «Todo irá mejor cuando vuelva a tenerlas, ya lo verás, chaval», no paraba de repetirle con mirada esperanzada cada vez que iba a visitarlo. Al principio, Guibrando creyó que quizá la Cosa había devorado algo más que sus piernas y que había arramblado de paso con algunas parcelas de su razón. Frases así no podían achacarse al alcohol, ya que el viejo había pasado a un brusco régimen de abstinencia. Alejarse de la fábrica le había segado de golpe las ganas de beber. Guibrando le había preguntado qué entendía él exactamente por «cuando vuelva a tenerlas» y a qué se refería con eso de «tenerlas», porque estaba seguro de que algo barruntaba al respecto. Entonces Giuseppe se había cerrado como una ostra, prometiéndole que se lo contaría el día que fuese oportuno. Unas semanas más tarde, Guibrando recordaría para siempre la felicidad que irradiaba el rostro de su amigo cuando este le abrió la puerta sosteniendo en sus manos el precioso libro. Giuseppe le tendió solemnemente aquella obra antes de hacer las presentaciones con la voz quebrada por la emoción: «Jardines y huertos de antaño, de Jean-Eude Freyssinet, ISBN 3-365427-8254, salido de las rotativas de la imprenta Ducasse Dalambert de Pantin el 24 de mayo de 2002, con una tirada de mil trescientos ejemplares en papel reciclado de 90 gramos, resma AF87452 fabricada con los lotes referenciados por los números 67.455 y 67.456, producidos por la Sociedad de Tratamiento y Reciclaje Natural el día 16 de abril de 2002».
Guibrando había cogido el libro y lo inspeccionaba sin comprender. La cubierta verde estiércol no incitaba a la lectura. Lo había hojeado sin convicción. En el interior se hablaba de técnicas de jardinería. Siembra, binazón, desherbado y demás sutilezas hortícolas para jardineros de fin de semana. «¿Has descubierto tu lado verde y vas a plantar legumbres en el apartamento?»
Ante aquella cara de pánfilo asombrado, Giuseppe se revolvió de júbilo en su silla de ruedas. Solo entonces las palabras pronunciadas por el viejo se abrieron paso hasta su entendimiento. ¡El 16 de abril, el mismo día en que sus piernas fueron arrancadas en el vientre de la Zerstor! Hueso y carne triturados, machacados, escaldados, dispersados en millones de células que se habían vuelto a reunir íntimamente, mezcladas en el magma gris que la Cosa había defecado en la bandeja aquel maldito día abrileño de 2002, iniciando entonces un largo viaje hasta recalar en este insignificante volumen y en los otros mil doscientos noventa y nueve, fabricados con esa carne de papel, única en su género. Guibrando se quedó estupefacto. ¡El viejo había encontrado sus piernas!