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Giuseppe vivía en la planta baja de un edificio totalmente nuevo, a menos de diez minutos de la casa de Guibrando. El joven no necesitó ni llamar a la puerta. Giuseppe le gritó que entrara desde la cocina, donde había estado pendiente de su llegada con el rostro pegado a la ventana. El lugar olía a limpio. Guibrando se descalzó en el vestíbulo y, siguiendo un ritual inamovible, se puso las antiguas zapatillas del viejo, dos pantuflas huérfanas que siempre parecían contentas de reencontrar unos pies. Las estanterías ocupaban una pared entera del salón. Los setecientos cincuenta y ocho ejemplares de Jardines y huertos de antaño de Jean-Eude Freyssinet descansaban allí, prudentemente alineados sobre los estantes de caoba, cubierta tras cubierta, mostrando claramente su lomo verde estiércol. Los bebés de Giuseppe. Era digna de ver la manera que tenía de acariciar su canto con la punta de los dedos cuando pasaba junto a ellos, y el cuidado que ponía en quitarles regularmente el polvo. Eran carne de su carne. Les había dado su sangre y mucho más. Y poco le importaba que hubiera caído sobre la insignificante obra de un Fulano de Mengano y no sobre el correspondiente Goncourt anual. Uno no elige la cabeza de sus hijos. En la parte superior, el hueco doloroso de los estantes vacíos le recordaba a diario esa parte de sí mismo que todavía faltaba por volver al redil. Inquieto y sin poder esperar más, Giuseppe agarró a Guibrando por el brazo: «¿Y bien?». El joven no quiso impacientarlo por más tiempo y puso el ejemplar entre sus manos. Giuseppe dio una y mil vueltas al libro, lo alzó hacia la luz, verificó el ISBN, las fechas y números de impresión, lo hojeó, calculó el gramaje con la punta de los dedos, aspiró su olor y acarició el papel con la palma de la mano. Solo entonces lo estrechó contra su pecho, sonriente. Una vez más, Guibrando asistía fascinado al conmovedor espectáculo de ese rostro torturado que desplegaba una enorme sonrisa radiante. Giuseppe conservaría su Freyssinet junto a él todo el tiempo que duró la visita, calentito sobre la manta de viaje con que cubría lo que le quedaba de sus piernas, sin separarse de él más que para irse a dormir. A veces hacía cosas como esa: coger uno al azar y portarlo consigo todo el día. Guibrando se apoltronó en el sofá mientras Giuseppe fue a hacer alguna tarea en la cocina. El joven sabía que no se iría hasta que no se hubiese bebido su copa de espumoso. Por más que cada vez que venía le insistiera en que no valía la pena, que no era necesario el champán y que, para brindar solo, bastaría con cualquier vin cuit[5], incluso daría lo mismo una cerveza, el viejo se empeñaba en traerle la copa y la media botella de un reserva burbujeante abierta para la ocasión. Lo curioso era que él, que en su antigua vida no había engullido jamás otra cosa que no fuese vino peleón del malo, auténtico matarratas sin etiqueta, ahora solo descorchaba las cosechas de mayor renombre, botellas carísimas que obligaba a beber a Guibrando a toda costa. Giuseppe rodó hasta la mesa baja sin desprenderse en ningún momento de su sonrisa y puso encima la copa y la media botella de Mumm Cordon Rouge que llevaba consigo. El primer trago de champán heló agradablemente el gaznate de Guibrando antes de ir a cubrir el fondo de su estómago.
«¿Qué has comido a mediodía?» La pregunta le pilló desprevenido. No había comido nada a mediodía. Giuseppe le conocía lo suficientemente bien como para saber que desde que se había levantado no había ingerido más que un puñado de cereales en un bol de té hirviendo. Los ojillos inquisidores del viejo leyeron todo eso en su silencio. «Te he cocinado algo.» El tono perentorio con que había pronunciado la frase no dejaba más alternativa que aceptar la invitación. Cuando Giuseppe cocinaba algo, era toda Italia la que caía de lleno en el plato. A una anchoïade servida con su haz de colines rizados, acompañada de un vaso de prosecco, siguió una bandeja de scattoni de jamón curado rociada con un Lacryma Christi rosso. A Giuseppe le gustaba subrayar que embriagarse con las lágrimas de Cristo era lo más hermoso que le podía pasar a un cristiano. A Guibrando le sorprendió poder olvidar por un momento el sabor a cartón hervido que subyacía en sus papilas. El postre, compuesto por un plato de crujientes amaretti con almendras y acompañado de un vasito de limoncello casero ligeramente escarchado, fue pura delicia. Hablaron de todo un poco, arreglaron el mundo. La Cosa les había unido íntimamente, con un lazo que solo una guerra de trincheras era capaz de unir en soldados que han compartido el mismo cráter de obús. Era ya casi la una de la madrugada cuando Guibrando se despidió de Giuseppe. Los diez minutos de camino a oscuras y el frío glacial que se había abatido sobre la ciudad no bastarían para despejarlo. Apenas si se descalzó y le deseó buenas noches a Rouget de Lisle antes de desplomarse totalmente vestido sobre la cama, ebrio de vino y de cansancio.