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«Les presento al señor Guibrando Giñoles, que nos ha hecho el honor de venir hoy a proporcionarnos un poco de lectura. Les pido que lo acojamos calurosamente.»

Guibrando gratificó a Monique con una sonrisa indulgente por haberle deformado el nombre y saludó a la concurrencia con un lacónico cabeceo. Miss Delacôte number two le desveló con un parpadeo la sombra de ojos color salmón nacarado que los recubría y lo invitó con el mentón a tomar asiento en el sillón. Cual autómata, Guibrando atravesó el espacio a un paso pretendidamente relajado pero a base de roces y tropezones que aumentaron su nerviosismo. Reinaba en la habitación un calor digno de un horno de pizza, menos los olores. El joven se sentó sobre el terciopelo almohadillado del sillón Luis-no-sé-cuántos y sacó de su cartera el pequeño manojo de hojas sueltas. Entonces, con todos aquellos ojos fijos abriéndose paso por su naciente o ya instalada catarata, se lanzó a la lectura de su primera piel viva:

«Ilsa miraba a la mosca. La perra, fascinada, contemplaba al insecto, que no cesaba de entrar y salir una y otra vez por la gran boca abierta del hombre. Siempre el mismo carrusel. La mosca se elevaba un instante por los aires, con esa curiosa manera de volar que tienen las moscas y que ponía nerviosa a Ilsa, torciendo en ángulo recto, como prisionera en un cubo invisible, antes de regresar a su punto de partida. Era una bella mosca de la carne, bien panzuda, con su abdomen de brillos azulados lleno a rebosar de cientos de huevos que harían eclosión nada más ser depositados en el centro de toda esa carne muerta. La perra nunca se había dado cuenta de hasta qué punto podía ser interesante una mosca. Por lo general, se contentaba con cazarlas con un movimiento de cabeza, sin ver en ellas nada más que cositas negras que cruzaban por el aire emitiendo zumbidos. A menudo, sus mandíbulas se cerraban en el vacío. Con el invierno, aquellas desaparecían como por arte de magia, dejando tras de sí unas extrañas momias resecas puestas sobre el alféizar de las ventanas. En invierno, la perra se olvidaba de las moscas hasta el verano siguiente.

»El insecto se posó en el labio inferior del hombre, trotó de un lado a otro como un soldado haciendo su ronda antes de irse a dar una vuelta por la lengua violácea. La mosca desapareció completamente de la vista de Ilsa para penetrar en las profundidades oscuras y húmedas y depositar en ellas una nueva ristra de huevos entre las frías carnes. De vez en cuando, la mosca abandonaba el cadáver para ir a aterrizar sobre el tarro de mermelada que había sobre la mesa. La perra podía ver cómo la trompa minúscula se pegaba a la superficie translúcida de la gelatina de grosellas. El olor a café con leche todavía flotaba en el ambiente, denso y azucarado. El cuenco, al explotar, había dibujado un bonito charco en forma de estrella…».

Un ronroneo sordo le llegó de la tercera fila, donde una valiente dama, basculando la cabeza hacia atrás y con la boca abierta, parecía esperar a que la mosca viniera a visitarla a ella. El resto de los congregados, inmóvil, aguardaba la continuación en medio de un silencio religioso. Monique, con el pulgar derecho levantado hacia arriba, irradiaba felicidad. Mientras él daba la vuelta a la hoja para leer el reverso, una señora balbuceó una pregunta: «Pero ¿se sabe de qué ha muerto ese señor?». Esta primera intervención resonó como una invitación al debate. Preguntas y suposiciones empezaron a llover por todas partes:

—De un ataque, siempre es de un ataque.

—¿De un ataque de qué? ¿Y por qué tendría que ser de un ataque, a ver, nos lo puedes decir, André? —replicó una señora malencarada.

Guibrando no tenía ni idea de qué le había hecho o dejado de hacer el tal André a esa furia embutida en su bata de boatiné azul celeste, pero cada réplica suya tenía la apariencia de una bofetada.

—Es obvio. Un aneurisma o un infarto. ¡Qué va a ser sino un ataque! —se atropelló el anciano.

—Ya, ya, pero ¿su mujer por qué no pide socorro? —preguntó otra.

—¿Qué mujer? Esa no es su mujer, es su perra. Que se llama Lisa —precisó un abuelo tocado con una gorra de visera.

—Pues no es nombre para una perra, ese de Lisa.

—¿Y qué? Mira a Germaine, ella le ha puesto a su canario Roger, como su difunto.

La tal Germaine se removió, violenta, en su silla.

—Yo creía que era la mosca la que se llamaba Lisa —masculló una momia vestida toda ella de negro.

—Por favor, por favor, quizá podríamos dejar que el señor Giñal nos siguiera leyendo, y así eso nos permitiría saber un poco más —intervino Monique con autoridad.

Decididamente, pensó Guibrando, miss Delacôte number one tenía todo un arte para desmochar su nombre en cada sílaba. Aprovechando la breve tregua, incrustó su voz en la brecha de silencio que ella había entreabierto y prosiguió la lectura:

«… salpicando las patas de la silla y los calcetines del hombre. Pero detrás de esos efluvios aromáticos que ascendían del suelo, había otro olor mucho más embriagador para Ilsa. Era el olor punzante de la sangre. Estaba por todas partes, anclado en cada molécula de aire que respiraba la perra, prisionera como ella en aquel minúsculo espacio cerrado. Ilsa no podía escapar de él. Ese olor la volvía loca. El charco bermellón se había agrandado rápidamente por la superficie de formica, recubriendo primero el tarro de mermelada antes de llegar hasta el borde de la mesa, desde donde estuvo goteando sobre el suelo un buen rato. Litros de sangre habían brotado en un bonito géiser escarlata por el minúsculo agujero que había horadado la bala…».

—¡Ves, André, como no era un ataque!

—¡Silencio!

«… en la sien del hombre. Cuando el disparo resonó, Ilsa había dado un brinco, con el corazón palpitándole a toda velocidad. No pudo apartar su mirada del cañón humeante del arma caída sobre el parqué. El hombre estaba volcado sobre la mesa, como un saco de arena, con la cabeza vuelta hacia ella y los grandes ojos abiertos. Desde hacía tres días, no habían sido agitados por ningún parpadeo. Una vez más, la perra subió por la estrecha escalera hasta la puerta, una puerta que sus patas habían estado rascando con toda la energía de la desesperación sin otro resultado que raspar el barniz. Ilsa respiró ansiosamente el aire tibio que se metía por el agujero de la cerradura. Era un aire saturado de humedad, soso y salado a la vez».

Fin de la hoja n.º 1. Habitualmente, en sus lecturas matutinas en el tren, Guibrando empalmaba enseguida con la página siguiente, pero ahora, ya fuera por el ardor de aquellas miradas o por la densidad del silencio que se había instalado, suspendió su gesto y alzó la cabeza. Todos sin excepción lo miraban fijamente, incluida doña Ronroneo-con-la-cabeza-hacia-atrás, quien había vuelto en sí oportunamente. Tuvo la sensación de que había demasiados interrogantes en suspenso, demasiados enigmas que no tendría más remedio que resolver o, como mínimo, tratar de delimitar.

—Entonces no era un ataque —recalcó la gorda señora rencorosa que parecía especialmente encantada de haber podido pillar a André en un renuncio.

A su izquierda, otra señora levantó el dedo. Monique le dio la palabra con un breve cabeceo:

—¿Es un suicidio?

—En todo caso se le parece mucho. —Se sorprendió a sí mismo confirmándolo con una voz conciliadora.

—No hay duda, lo ha hecho con un revólver 45 —afirmó un gordito de voz cascada.

—Yo más bien diría un 22. Se ha dicho que era un orificio minúsculo —replicó otro.

—¿Y si era una carabina? —balbuceó una anciana contrahecha en una silla de ruedas.

—¡Venga, señora Ramier! ¿Cómo pretende usted que se haya pegado un tiro en la sien con una carabina?

—A no ser que sea un asesinato, pero no lo creo —lanzó un viejecillo con una mímica dubitativa.

—Pero ¿dónde pasa todo esto? —preguntó el ya mencionado André.

—Sí, ¿dónde pasa? ¿Y por qué lo hace ese individuo? —encareció inquieta una abuela.

—Pues yo diría que es en una granja en medio de un bosque.

—¿Y por qué no en un piso de una ciudad? No sería imposible. Todos los años se halla a gente muerta después de varios días, por no decir incluso de varias semanas, que estaba rodeada de vecinos.

—Pues yo digo que pasa en un barco. Un velero o un pequeño yate. El tipo se ha ido mar adentro con su perro antes de saltarse la tapa de los sesos. Se dice ahí, cuando habla de un aire saturado de humedad, soso y salado a la vez.

Monique, que parecía incomodarse por el cariz que tomaban las cosas, se acercó a Guibrando para alentarlo a continuar:

—Señor Viñal, estaría muy bien que prosiguiera y pasara a la segunda hoja. El tiempo apremia.

—Tiene usted razón, Monette…

—No, no, yo soy Monique.

Ese truquillo de Monique con los nombres debía de ser contagioso, pensó el joven.

—Perdón, Monique.

Lamentó tener que anunciarles que, aunque todas sus preguntas eran legítimas, se veía obligado a continuar y dejar atrás ese cadáver, con la mosca y la perra dando vueltas a su alrededor, ya fuera en el mar, en el bosque o en pleno distrito XVIII, como les viniera en gana. Una abuelita de la primera fila que se meneaba en su silla desde hacía cinco minutos levantó la mano:

—¿Sí, Gisèle? —preguntó Monique.

—¿Puedo ir al baño?

—Por supuesto, Gisèle.

Guibrando vio cómo media docena de ancianas alzaba el vuelo entre ruido de bastones y arrastramientos de sillas. Todo ese pequeño mundo trotó, rodó y renqueó en dirección al cuarto de baño. Monique le hizo un signo de que la hora pasaba y de que había que atacar otra lectura. Él echó mano al azar de una nueva piel viva entre el montón que había a sus pies:

«Hacía casi diez minutos que la voz de Yvonne Pinchard se derramaba por el oído del sacerdote. A duras penas el pequeño postigo enrejado, detrás del cual estaba el padre Duchaussoy, filtraba el oleaje de palabras susurradas que penetraba a borbotones de sílabas en el confesonario. El tono jeremíaco de la buena mujer iba acompañado de arrebatos de arrepentimiento. De vez en cuando, el cura murmuraba un discreto sí de ánimo. Después de varias décadas de sacerdocio, destacaba en este arte que consistía en invitarlos a proseguir sin interrumpirlos jamás. Soplar con suavidad sobre las brasas, reavivar la culpa para que nazca la penitencia. No atravesar en su camino un semblante con un atisbo de perdón, no. Mirar cómo ellos mismos van hasta el límite final y se desploman bajo el peso del remordimiento. A pesar del rápido caudal de su confesión, Yvonne Pinchard tenía todavía cinco buenos minutos por delante para vaciar su alma. Apoyado en la mampara de separación, el clérigo acogió entre sus manos un enésimo bostezo mientras su estómago emitía borborigmos de protesta. El viejo cura tenía hambre. De sus primeros años de sacerdocio había conservado el hábito de cenar frugalmente las tardes de confesiones. Con una ensalada seguida de un poco de fruta de temporada se apañaba. No recargarse más que de razón y dejar sitio para todo lo demás. El peso de los pecados no era una vana entelequia. ¡En absoluto! Dos horas de velada penitencial podían llenarte y atiborrarte el cuerpo de la misma manera que un banquete de comunión. El sifón de un desagüe, eso es lo que era cuando se hallaba confinado con Dios en ese reducto minúsculo. Ni más ni menos que uno de esos gruesos sifones de desagüe en cuyo cubículo de metal se recuperan todas las suciedades de la Tierra. Las personas se arrodillaban, depositaban bajo su nariz sus pequeñas almas sucias de la misma manera como habrían puesto sus zapatos embarrados bajo el chorro de agua de un grifo. Un golpe de absolución y ya está. Se daban la vuelta con el paso ligero de los que se han purificado. Abandonaba él luego la iglesia andando como si le faltara el aire, con la cabeza completamente nauseabunda por ese fango que había penetrado en sus oídos. Ahora, por el desgaste de los años, confesaba sin alegría pero tampoco con tristeza, se daba por satisfecho solo con sumergirse en ese estado medio soporífero que generaba inevitablemente la mullida atmósfera del confesonario».

Sobre la marcha, cogió una tercera hoja antes de la avalancha de preguntas que no tardaría en llegar de un momento a otro si se entretenía demasiado. El reloj colgado encima de la doble puerta marcaba ya las once y cuarto.

«La autoestopista le había dicho que se llamaba Gina. John había tratado inútilmente de atrapar la mirada de la joven oculta detrás de las imponentes gafas de sol. Por enésima…»

—Señor Vañol, creo que la señora Lignon desea preguntarle algo —intervino Monique.

La abuela en cuestión era una alta dama enjuta que estaba de pie, rígida como la justicia, al lado de Monique. Una escultura de Giacometti de carne y hueso, pensó Guibrando.

—Ningún problema, la escucho.

—Venga, Huguette —la animó Delacôte number one.

—Verá, señor, he sido institutriz durante casi cuarenta años y siempre he adorado estos ejercicios de lectura en voz alta. Me encantaría poder leer una paginita.

—¡Pero con mucho gusto! Huguette, ¿no? Venga, Huguette, póngase aquí.

Después de que las dos garras que le servían de manos le hubieron arrancado la página de entre los dedos, ella tomó asiento en el sillón. Las gafas metálicas calzadas en equilibro sobre su nariz le conferían un aire de vieja institutriz jubilada, lo que le quedaba muy bien, según Guibrando, ya que precisamente lo era. Enseguida se hizo el silencio en la clase. Su voz sonó sorprendentemente clara, con un ligero tremolar debido tan solo a la emoción:

«La autoestopista le había dicho que se llamaba Gina. John había tratado inútilmente de atrapar la mirada de la joven oculta detrás de las imponentes gafas de sol. Por enésima vez desde que ella había subido al coche, Gina cruzó las piernas, unas piernas torneadas que parecían interminables. El roce sedoso de las medias de nylon torturaba a John».

Guibrando se sobresaltó. Sintió un sudor frío al oír la última frase pronunciada por Huguette Lignon. Al instante comprendió que aquello iba a ser motivo de preocupación. Desde que venía recuperando pieles vivas de las entrañas de la Zerstor, nunca se había tomado la molestia de hacer una lectura previa y prefería ofrecer el texto sin conocer de antemano el contenido. Durante todos esos años de práctica, nunca hasta la fecha había dado con un tipo de extracto como el que estaba a punto de espetar Huguette, una Huguette en la gloria que se aplicaba lo mejor que podía en adoptar el tono exacto, pero que no parecía darse cuenta por el momento de hacia dónde se estaba deslizando. Ni tampoco el resto de la concurrencia, pendiente como estaba de sus labios.

«Mientras se esforzaba en mirar hacia la carretera que tenía ante sí, la mujer le pidió fuego. Él no tenía por costumbre dejar fumar a cualquiera en su cabina, pero se sorprendió tendiéndole su mechero. Ella agarró el puño con las dos manos y acercó a la llama el Chesterfield prendido entre sus labios, unos labios carnosos realzados con un toque de gloss. Inclinó el busto hacia el cenicero, rozando con su seno izquierdo el bíceps musculado de John, cuyo contacto con ese pecho de deliciosa firmeza lo estremeció.»

¡Por Dios, eso era lo que él se temía! Corrían directos a la catástrofe si no actuaba rápidamente. Tenía que detener aquello antes de que John y Gina se pusieran completamente en bolas y se tumbaran en la litera del camión a manosearse mucosidades. Y al ritmo que iban, se corría un alto riesgo de llegar a ello antes de que acabase la segunda página.

—Huguette, creo que sería preferi…

—¡Calle!

Aquel era un «calle» unánime, silabeado por una asamblea que no se perdía ni pizca del relato y que pretendía demostrarle a Guibrando que cualquier intervención por su parte en ese momento sería muy desafortunada. Quiso atraer la atención de Monique con uno o dos chasquidos de dedos, pero ella estaba completamente hipnotizada por la narración en curso. En cuanto a su hermanita, apoyada contra la pared con los ojos cerrados, con las orejas muy abiertas, se tragaba la voz cada vez más clara y menos temblorosa de Huguette, quien proseguía su camino sin desviarse ni un ápice.

«Bajo el efecto del deseo intenso que crecía en él, el camionero se sentía más bien un tanto apretado dentro de sus vaqueros ceñidos. Esa mujer era el diablo, un diablo deseable que echaba la cabeza hacia atrás cada vez que expulsaba el humo de su cigarrillo en dirección al techo de la cabina, arqueando los riñones y tensando el pecho hacia delante. Ella se quitó las gafas, dejando ver dos ojos de un azul intenso. Acodada en la portezuela, se volvió de tres cuartos hacia John y entreabrió sus piernas en una pose lasciva. Entonces, no aguantándose más, el hombre detuvo el treinta y ocho toneladas en el arcén de la nacional 66 entre una gran nube de polvo y se lanzó sobre la mujer, que se le ofreció sin ninguna resistencia. A la vez que le arrancaba las bragas de encaje, degustó a boca llena aquellos labios que se abrían a él. Gina metió una mano experta en el pantalón de John, en busca del sexo turgente.»

Un insistente bocinazo devolvió a la realidad a todo ese pequeño mundo. El taxi piafaba con todas sus warnings en medio del paseo engravillado. Algunos internos se acercaron a Guibrando para agradecerle calurosamente su visita y lamentaron su brevedad. Había color en sus mejillas y luz en sus miradas. La lectura de Huguette había traído un poco de vida a Las Glicinas. Una señora decidida, con la servilleta ya puesta alrededor del cuello para la comida, preguntaba a quien quería atenderla qué significaba la palabra turgente. Guibrando salió, no sin antes haber prometido volver el sábado siguiente. No se había sentido tan vivo desde hacía mucho tiempo.