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Rouget de Lisle, quinto de su apellido, había muerto durante su ausencia. El cuerpecito yacía a un lado del bol cuando Guibrando regresó de Las Glicinas. Su pecera de recambio había debido de parecerle demasiado exigua para desentumecer las aletas dignamente en ella y el animal había preferido dar el gran salto a lo desconocido y averiguar si el mundo de fuera era mejor. Su último sueño de libertad se ha quebrado sobre el frío acero inoxidable de mi fregadero, pensó Guibrando con tristeza. Cogió delicadamente el minúsculo cadáver por la cola, entre el pulgar y el índice, y lo deslizó dentro de una bolsita de plástico. Al inicio de la tarde, salió y fue en dirección a Pavillons-sous-Bois. El joven se conocía de memoria el camino por haberlo recorrido ya en el pasado en otras cuatro ocasiones. Al cabo de veinte minutos de marcha, se detuvo en medio del puente que franqueaba el canal del Ourcq, exhumó el cuerpo ya rígido de Rouget de Lisle y lo arrojó a aquellas aguas apacibles. «Paz a tus espinas, querido hermano.»
Nunca había podido decidirse a desembarazarse de ellos tirándolos al vertedero como vulgares desechos. Para él eran mucho más que simples peces de adorno. Cada uno de ellos se llevaba en los orificios de sus agallas sus más íntimas confidencias. A falta de un gran río, el canal del Ourcq era la sepultura más noble que había podido hallar para acoger sus despojos. Después de una última mirada a la mancha naranja que se hundía en las profundidades oscuras, Guibrando regresó a buen paso. Un cuarto de hora más tarde, la campanilla suspendida encima de la puerta de la tienda de animales tintineó jubilosa cuando él franqueaba el umbral. Su entrada fue saludada por el parloteo de las cotorras, el ladrido de los perritos, el maullido de los gatitos, el chillido de los conejos y el piar de los polluelos. Solo los peces guardaron silencio y se contentaron con una breve expulsión de burbujas.
—¿Qué desea el señor? —La vendedora era la viva imagen de su voz arisca. Fría y blanca.
—Necesitaría un pez rojo —masculló Guibrando. De necesidad era justamente de lo que se trataba. Padecía de una auténtica adicción al pez dorado. El joven ya no podía pasarse sin esa presencia muda y coloreada que llenaba su mesilla de noche. Sabía por experiencia la enorme diferencia que había entre vivir solo y vivir solo con un pez rojo.
—¿De qué variedad? —preguntó la anémica abriendo un voluminoso catálogo de acuariofilia. Tenemos modelos con cabeza de león, la Cometa, con su larga cola bífida, el modelo Oranda, con una joroba sobre la cabeza, el Pompón, el Ryukin, el Shubunkin, el Ranchu y también el Black Moor, muy original por su color oscuro. El modelo que más se vende ahora es el Celeste de doble cola con sus ojos de telescopio encima de la cabeza. Muy tendencia.
A Guibrando le dieron ganas de preguntarle si no tenían el modelo estándar, el rojo normal, con una sola cola, ya que eso le bastaba para lo que hacía, que era girar en redondo, y con dos ojos puestos a cada lado de la cabeza, donde tenían que estar. En vez de eso, sacó de su cartera la foto ajada de Rouget primero de su apellido, el fundador de la dinastía, con quien había empezado todo, y la blandió bajo la nariz de la empleada:
—Desearía sencillamente uno igual —dijo dando golpecitos con el dedo sobre la imagen desgastada.
La otra echó un prudente vistazo a la foto antes de arrastrarlo hacia el gran acuario que adornaba el fondo de la tienda, donde coleaba medio centenar de potenciales Rouget de Lisle.
—Le dejo escoger. No tiene más que llamarme, estoy por aquí —suspiró ella mientras le tendía una pequeña redecilla de pesca.
Lo que más le interesaba de su ciprino era que fuese de lo más corriente. Foto en mano, Guibrando escudriñó con la mirada el banco naranja que se agitaba delante de él en busca del clon perfecto. Enseguida reparó en uno. Mismo color ligeramente más claro en los flancos, mismas aletas, misma mirada afable. Después de tres intentos infructuosos, al cuarto golpe de redecilla fue la vencida. Inquirió a la vendedora por una nueva pecera.
—¿Esférica o rectangular? —preguntó ella.
Cruel dilema tener que escoger entre un camino de ronda de una monotonía mortal o el paseo discontinuo por un circuito lleno de rincones. Optó finalmente por la habitual bola de cristal. Hasta para el más corriente de los peces, no debía de haber peor suplicio que darse de bruces contra los ángulos rectos día y noche. De regreso en el estudio, Guibrando se apresuró a cubrir el fondo del tarro con arena blanca para colocar en ella la miniánfora y plantar las algas sintéticas del anterior inquilino. Al poco rato, un nuevo Rouget de Lisle chapoteaba alegremente en medio de ese decorado mágico. Emanaba de tan minúsculo pez, idéntico punto por punto a sus hermanos, un sentimiento de inmortalidad que agradaba a Guibrando. No duró más que un instante, pero creyó descubrir en la mirada de Rouget sexto de su apellido el reconocimiento absoluto de los cinco que le habían precedido.