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Había poca gente en el Transilien[11] a esas horas tempranas de sábado por la tarde. Mecido por el tren, Guibrando se pasó todo el trayecto pensando en Julie. ¿Qué le diría si finalmente la encontraba? «Buenos días, verá…, esto, me llamo Guibrando Viñol, tengo treinta y seis años y deseaba dar con usted.» No podía permitirse el lujo de malgastar en penosos tartamudeos la única ocasión que quizá tendría de conocer a la joven. Había otra solución, que consistía en escribir algunas frases encendidas en su libro de oro. Eso podía funcionar, pero se arriesgaba también a que la lectura de su declaración se viese acorralada entre un «¡El papel de aquí es muy áspero!» y un «WC limpio, sí, pero los pulsadores de las cisternas están ya muy desgastados». La llegada al andén sacó a Guibrando de sus ensoñaciones.
El joven se subió el cuello al salir de la estación. El aire era frío a pesar del sol radiante y generoso que lucía en el cielo. La estructura metálica de la torre, en la que iba y venía el gran globo cautivo con las siglas del centro comercial, se alzaba por encima de los tejados y lo llamaba, como un faro puesto sobre la ciudad. Évry 2 estaba a menos de cinco minutos andando. En cuanto franqueó las puertas correderas, el joven abandonó el caminar veloz que había mantenido hasta entonces. Ahora lo que deseaba era prolongar el instante, aplazar la hora de la confrontación con esa realidad frente a la que probablemente fracasarían una vez más todas sus esperanzas. Subió por el gran pasillo central andando con indolencia, sin reparar en la muchedumbre que hormigueaba a su alrededor. Imaginaba a Julie pisando ese mismo pasillo central cada mañana, muy temprano, sola, sin otros pasos que resonasen en medio de la inmensa catedral vacía. En esos pensamientos estaba cuando, más allá del murmullo sostenido de la multitud y de la música ambiental que manaba de los altavoces pegados al techo, creyó oír unos ruidos de cascada. A dos pasos de allí, una majestuosa fuente expelía copiosos y continuos chorros de agua por la boca de cuatro siluros de mármol juntados en el centro. La voz de la razón vino enseguida a atemperar la euforia que le invadía, recordándole que en todo centro comercial que se respetase había siempre una fuente, como también había un carrusel para los niños, un barquillero y una enorme escalera mecánica. Le cerró el pico a esa gran Aguafiestas y dio rienda suelta a su corazón. La fuente estaba en la intersección de tres amplios pasillos, tal como lo había descrito Julie. ¿Derecha o izquierda? Una mujer acompañada de una chiquilla fue correteando hacia la derecha y le suplicaba a la niña que se aguantara, que ya casi habían llegado. Guibrando las siguió. De paso, arrojó en el agua de inusitada limpieza una hermosa y contundente moneda de dos euros, a fin de conjurar la mala suerte. A menos de treinta metros de allí, el pictograma característico que indicaba la presencia de unos aseos brillaba con todo su esplendor. Pero Aguafiestas irrumpió de nuevo para tratar de refrenar su entusiasmo. Sí, lo sabía. Eso indicaba únicamente el emplazamiento de los lavabos y no había un letrero luminoso que pusiera: «Bienvenidos a Julie, encargada de sanitarios». Sin embargo, eso no impedía que, por ahora, todo coincidiese exactamente con sus textos. Una escalera de quince peldaños que descendía hacia el sótano. El lugar embaldosado de arriba abajo. 14.717, apostó Guibrando cruzando los dedos. A la derecha de la entrada estaba la mesa de camping. La cubrían algunas revistas a medio hojear. Algo de calderilla yacía en el platillo de porcelana destinado a tal efecto. La silla junto a la mesa estaba vacía. Un chaleco colgaba de su respaldo. Ella se le apareció cuando él se dirigía a la zona de caballeros. Salía de una de las cabinas llevando en sus manos enguantadas de rosa una bayeta y una escobilla. Pudo observarla con calma mientras ella se dirigía con paso decidido hacia el cuartito donde guardaba el material. Más bien pequeña, ligeramente llenita, tenía una cara que, de joven, no había debido de dejar indiferentes a los hombres. El cabello era de un bello gris ceniciento y lo llevaba estirado hacia atrás, recogido en un moño. Guibrando miró por última vez a esa mujer contra la que acababan de estrellarse sus ilusiones. Luego se metió en la cabina n.º 8 y, arrellanado sobre la taza que había acogido las posaderas del gordo de las diez, tal como habría jurado antes hasta ese preciso momento, hundió la cabeza entre sus manos. Esta vez se lo había creído de verdad. Pero si lloraba, era de pesar.
«Orinar no es un juego. ¿Cuántas veces habrá que repetírselo a esos mocosos?» La frase había restallado secamente contra la pared azulejada. Orinar no es un juego, tialogismo n.º 5, el preferido de Julie. Una segunda voz, mucho más dulce, repitió la frase en eco. Incluso interferida por todos esos ruidos de cisternas, grifos y secamanos que la rodeaban, Guibrando pensó que era la más bella voz que jamás le había sido dado oír.
«Orinar no es un juego y viceversa. Perdona por haberme retrasado un poco, tía, pero ya sabes cómo es Josy cuando me corta el pelo. Media hora para cortar, una hora para charlar.»
Guibrando salió de la cabina y se demoró en el lavabo. Abertura del grifo, chorrito de jabón en la palma, frotamiento de manos, formación de espuma. Parecía que su cuerpo había dejado de pertenecerle. El espejo le devolvió la imagen de un ser alucinado. No se atrevía a volver la cabeza hacia la forma que se perfilaba a su derecha, en el límite de su campo visual. Después de haber llenado la pila del lavabo con una montaña de espuma, se escurrió brevemente las manos, hizo una profunda inspiración y se dirigió a la salida. Julie había regresado a su sitio en la silla y, con la cabeza un poco inclinada hacia abajo, emborronaba una página del cuaderno con su letra redonda. Guibrando, sin desviar su mirada al frente, apenas si llegó a percibir el caballete bien proporcionado de la nariz, el discreto contorno de los pómulos y, más abajo, el abultamiento ligeramente carnoso de los labios. La cortinilla de pestañas no le desveló nada de sus ojos. Con su mano libre, una mano de dedos cortos pero finos, se acarició su nuca despejada. Sus cabellos tenían el color de la miel, de esas mieles de montaña oscuras y tornasoladas a la vez. Por un brevísimo instante, ella levantó la cabeza, aunque solo el tiempo de perder su mirada en la pared de enfrente chupeteando el capuchón del boli antes de continuar escribiendo. El «Gracias de todos modos» irónico que ella le lanzó por detrás cuando se iba de allí le atravesó el corazón. La única moneda que poseía cuando llegó al centro comercial llevaba diez minutos yaciendo en el estanque redondo de la fuente bajo cincuenta centímetros de agua. En su cabeza no había ahora espacio para nada más que para esta revelación: Julie no era bella, era sublime.
Fuera, los altavoces anunciaban con machaconas cuñas publicitarias la llegada de la primavera. El martes de esa semana era el martes 20 de marzo. Guibrando sonrió. Supo enseguida lo que tenía que hacer.