20
Transcurrieron días y luego semanas. Cada mañana empezaba igual que la anterior: me despertaba mareada, sintiéndome como si no hubiera dormido nada. Cada día que pasaba, se me marcaban más las ojeras. No hablaba con mamá por las mañanas, lo que era un asco porque ese era el único momento en que nos veíamos. Ella estaba ocupada con el trabajo y con Will; y yo, con el instituto, Blake y un Daemon distante y cerrado que se pasaba la mayor parte de los entrenamientos observando a Blake como si fuera un halcón buscando una presa.
Entre Daemon y yo se había creado un ambiente glacial y, por mucho que intentara iniciar una conversación sobre nuestra relación, él me interrumpía enseguida. Todo aquello me provocaba una profunda pena.
Aunque no les había puesto fin a las sesiones de entrenamiento y rara vez faltaba, Daemon seguía oponiéndose de lleno. La mayoría del tiempo que pasábamos juntos lo dedicaba a intentar convencerme de que Blake no se traía nada bueno entre manos. Que había algo malo en él, aparte del hecho de que era un híbrido. Igual que yo.
Sin embargo, a medida que transcurrían las semanas y el Departamento de Defensa no irrumpía en casa buscándome, atribuí su actitud a una paranoia comprensible. Tenía motivos para no confiar en Blake; recelaba de todos los humanos por lo que les había ocurrido a Dawson y Bethany.
Había que reconocer que Blake hacía todo lo que podía para lidiar con Daemon. Otro se habría rendido, sobre todo teniendo en cuenta que se me daba fatal todo eso de los poderes y que Daemon no se cortaba a la hora de hacerle saber que no era bien recibido. Blake era paciente y me apoyaba, mientras que Daemon era como un grano en el culo.
Tanto entrenamiento después de clase estaba afectando a mi vida social. Todo el mundo sabía que Blake y yo estábamos quedando; pero nadie, ni siquiera Dee, estaba al tanto de que Daemon también se unía a nosotros. Puesto que Dee estaba siempre en casa de Adam, no sabía dónde pasaba el tiempo su hermano. Así que Carissa y Lesa creían que Blake y yo estábamos saliendo, y yo ya había renunciado a intentar convencerlas de lo contrario. Era un rollo, porque ahora pensaban que estaba tan absorta en él que todo lo demás me daba igual. Sin querer, me había convertido en una de esas chicas que no tienen vida más allá de su novio.
Y yo ni siquiera tenía novio.
Los minuciosos planes de mis amigas para hacer que volviera a formar parte de su mundo eran incesantes; pero, cada vez que Dee quería ir de compras o a Lesa le apetecía ir a comer algo después de clase, yo tenía que rechazar la invitación.
Mis tardes eran puro entrenamiento. Ya no había tiempo para leer ni para mi blog. Aquellas cosas a las que solía dedicar todo mi tiempo libre habían quedado relegadas a un segundo plano.
Antes de empezar, siempre le hacía la misma pregunta a Blake:
—¿Has visto algún Arum?
Y la respuesta siempre era la misma:
—No.
Luego aparecía Daemon y, en algún momento, las cosas se descontrolaban.
Blake intentaba enseñarme a la vez que ignoraba al extraterrestre homicida que ocupaba demasiado espacio.
—Técnicamente, cada vez que utilizamos nuestras habilidades enviamos una parte de nosotros mismos —explicó—. Es decir, si quisiera coger algo, una parte de mí lo haría como una extensión de mi cuerpo. Por eso, usar nuestros poderes nos debilita.
Aquello no tenía ningún sentido para mí, pero asentí con la cabeza. Daemon puso los ojos en blanco.
—No tienes ni idea de lo que estoy hablando —dijo Blake riéndose.
—Pues no —admití con una sonrisa.
—Está bien, volvamos a los brazos, entonces.
Me deslizó los dedos por los hombros y se desató el caos. Daemon se levantó del sofá en un nanosegundo y obligó a Blake a apartarse. Respiré hondo para armarme de paciencia y me volví hacia Daemon, que había sometido a Blake con una mirada asesina.
—Creo que yo puedo ayudarla con esto.
Blake se sentó en el brazo del sofá y agitó una mano.
—Claro, tú mismo. Es toda tuya.
—Cierto —respondió con una amplia sonrisa.
Me estaba muriendo por darle una bofetada.
—No soy tuya. —Aunque una pequeña parte de mí quería que Daemon negara mis palabras.
—Calla —dijo, acercándose a mí.
—¿Por qué no te vas a…?
—Gatita, ese lenguaje no es propio de una dama.
Se situó detrás de mí y me colocó las manos en los hombros. Debía admitir que la carga estática que me provocó al tocarme fue potente… y tentadora. Se inclinó hacia delante y apoyó la mejilla contra mi pelo.
—Aquí el amigo Ben va por buen camino. Cuando utilizamos nuestro poder, cuando empleamos la Fuente, estamos enviando una parte de nosotros mismos. Es como una extensión de nuestra forma física.
La explicación de Daemon tenía tan poco sentido como la de Blake, pero le seguí el rollo.
—Imagina que tienes cientos de brazos.
Hice lo que me pidió. Me imaginé como una de esas diosas hindúes, y solté una risita.
—Katy —protestó Blake con un suspiro.
—Lo siento.
—Ahora piensa en esos brazos y hazlos transparentes en tu mente. —Daemon hizo una pausa—. ¿Puedes ver los brazos? ¿Puedes ver los libros repartidos por toda la sala? Sé que recuerdas dónde está colocado cada uno de ellos.
Sabía que si hablaba me desconcentraría, así que asentí con la cabeza.
—Vale, bien. —Apretó los dedos—. Ahora quiero que conviertas esos brazos en luz. Una luz intensa y brillante.
—¿Como… la tuya?
—Exacto.
Volví a tomar aire y me imaginé mis brazos hindúes como largas y estrechas cintas de luz. Sí, estaba ridícula.
—¿Lo ves? —me preguntó en voz baja—. ¿Y te lo crees?
Esperé un momento antes de responder e intenté con todas mis fuerzas creerme lo que veía. Los brazos de cegadora luz blanca eran míos. Como habían dicho Daemon y Blake, eran extensiones de mi ser. Me imaginé a cada una de esas manos cogiendo los libros desparramados por la sala de estar.
—Abre los ojos —me indicó Blake.
Cuando lo hice, me encontré libros flotando por toda la sala. Los trasladé hasta la mesa de centro y los apilé por orden alfabético sin tocarlos siquiera. Me invadió una embriagadora sensación de entusiasmo. ¡Al fin! Estaba tan eufórica que casi empecé a chillar y a dar saltitos.
Daemon me soltó. En su sonrisa se reflejaba una extraña mezcla de orgullo y algo mucho más profundo que me llegó al corazón. Tanto que tuve que apartar la mirada, y me encontré con la de Blake. Este me sonrió y yo le correspondí.
—Por fin he hecho algo.
—Así es. —Se puso en pie—. Y ha estado genial. Buen trabajo.
Me volví para decirle algo a Daemon, pero sentí una ráfaga de aire cálido y me di cuenta de que en el lugar donde antes estaba Daemon ahora no había nada. Una puerta se abrió y luego se cerró.
Me volví hacia Blake, sorprendida.
—Me…
—Se mueve rapidísimo —comentó, sacudiendo la cabeza—. Yo puedo moverme rápido, pero, caramba, no tanto como él.
Asentí, parpadeando para contener las lágrimas que me quemaban los ojos. La única vez que conseguía hacer algo bien, y el muy cretino se largaba. Qué típico.
—Katy —me llamó Blake con voz suave, agarrándome del brazo—. ¿Estás bien?
—Sí. —Me solté mientras realizaba inspiraciones profundas.
—¿Quieres hablar de ello?
Solté una risa estrangulada, muerta de la vergüenza.
—No.
Blake guardó silencio un momento.
—Probablemente sea mejor así.
—¿En serio? —Me crucé de brazos, luchando con todas mis fuerzas por hacer desaparecer las lágrimas. Llorar no solucionaría nada.
Blake asintió con la cabeza.
—Por lo que tengo entendido, las relaciones entre Luxen y humanos nunca terminan bien. Y antes de que me digas que no hay nada entre vosotros, yo sé que sí. He visto cómo os miráis. Pero no va a funcionar.
Si pretendía darme ánimos, estaba haciéndolo francamente mal. Blake cogió el primer libro de la pila y pasó las manos por la brillante cubierta morada.
—Es mejor que le pongas fin, o que lo haga él, antes de que alguien salga herido.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Herido?
Blake asintió muy serio.
—Míralo de esta forma. Si Daemon pensara que el Departamento de Defensa va a por ti, ¿qué crees que haría? Arriesgar su vida, ¿no? Y si Defensa al final averigua que has mutado, querrán saber quién lo hizo. El primer sospechoso será él.
Pensé en asegurarle que no había sido Daemon, pero sonaría sospechoso; además, tenía toda la razón en lo que había dicho. Daemon era el sospechoso más evidente. Me senté y me pasé una mano por la frente.
—No quiero que nadie salga herido —dije por fin.
Blake se sentó a mi lado.
—Claro que no. Pero lo que nosotros queramos rara vez cambia el resultado, Katy.
Al día siguiente en Trigonometría, Daemon volvió a darme un golpecito en la espalda con el bolígrafo.
—Hoy no voy a ir a tu entrenamiento —me dijo en voz baja.
Me invadió la decepción. Aunque, por lo general, Daemon no era de mucha ayuda durante las sesiones, estaba convencida de que la única razón por la que había sido capaz de mover los libros era él.
Y, sí, también estaba deseando verlo. Qué desilusión.
Me encogí de hombros, fingiendo que me daba igual.
—Vale.
Sus ojos color esmeralda se encontraron con los míos un instante, y luego Daemon se recostó en la silla y se puso a escribir en su cuaderno. Me sentí rechazada, así que me volví hacia la pizarra y exhalé despacio.
Carissa me lanzó una nota doblada sobre el pupitre y la abrí con curiosidad.
«¿Y esa cara tan?»
Caramba, ¿disimulaba tan mal? Garabateé un rápido mensaje:
«Cansancio. Tus gafas nuevas son ♥.»
Y era verdad. Tenían un estampado de cebra chulísimo. Conseguí devolverle la nota. No nos preocupaba el profesor: no era probable que pudiera ver nada en el fondo de la clase. Aquel tipo hacía que Papá Noel pareciera un chaval.
Unos segundos después, la nota estaba de nuevo en mi pupitre. Sonreí mientras la desdoblaba.
«Gracias. Lesa quiere que te diga que Daemon está guapísimo hoy. Y yo estoy de acuerdo.»
Me reí entre dientes y contesté:
«¡¡¡Daemon siempre está guapísimo!!!»
Estiré mi brazo y me dispuse a dejar caer la nota en el pupitre de Carissa. Sin embargo, antes de que saliera de mis dedos, alguien me la arrebató de la mano. «Pero ¡será hijo de…!» Me quedé pasmada y me puse como un tomate. Me volví en la silla y fulminé con la mirada a Daemon, que se llevó la nota al pecho y me sonrió de oreja a oreja.
—No está bien pasarse notitas —murmuró.
—Devuélvemela —ordené entre dientes.
Daemon negó con la cabeza y me horroricé (y estoy segura de que Lesa y Carissa también) cuando la abrió. Quise morirme mientras observaba cómo aquellos ojos vibrantes recorrían rápidamente la nota. Supe cuándo llegó a mi parte porque levantó mucho las cejas.
Sonrió, le sacó la tapa al boli con la boca y escribió algo en el papel. Les eché una mirada a Lesa y Carissa dejando escapar un gemido. Lesa estaba boquiabierta y las mejillas de Carissa hacían juego con las mías. Santo cielo, Daemon estaba tardando lo suyo.
Al fin, plegó la nota y me la entregó.
—Aquí tienes, gatita.
—Te odio.
Me volví bruscamente. Y justo a tiempo, porque el profe estaba echándole un vistazo a la clase. Cuando se volvió de nuevo hacia la pizarra, manipulé la nota como si fuera una bomba. Desdoblé el dichoso trozo de papel despacio y con mucho cuidado.
Y casi me da algo.
Aquella nota jamás volvería a ver la luz del día. La doblé de nuevo y me la metí en la mochila con movimientos rígidos y todo el cuerpo enardecido.
A mi espalda, Daemon soltó una risita.
Blake y yo trabajamos solos varios días. Como era de esperar, las cosas fluyeron mucho mejor sin la presencia amenazadora de Daemon. Con la ayuda de Blake, pasé de poder mover objetos pequeños durante cortos periodos de tiempo a reorganizar toda la sala de estar con solo pensarlo. Cada vez que conseguía un avance, Blake se ponía supercontento y yo intentaba compartir su alegría (porque era algo bueno), pero cada logro venía acompañado de una sombra de decepción.
Quería compartir mis éxitos con Daemon, y él no estaba allí.
Con el tiempo, Blake pasó a temas más difíciles e intentó enseñarme a controlar las cosas que requerían más poder mediante una horrible serie de experimentos de ensayo y error. La primera vez que traté de controlar fuego terminé con lo que estaba segura que eran quemaduras de segundo grado en los dedos.
Blake me había entregado varias velas blancas, y el objetivo era encenderlas todas a la vez con la mente. Me permitió tocarlas y, después de pasarme varias horas mirándolas fijamente, logré encender una imaginándome la llama y aferrándome a esa imagen.
En cuanto tuve esa parte dominada, ya no se me permitió tocar la vela. Ahora tenía que crear fuego solo mirándola. Blake agitó una mano sobre las velas y en todas las mechas se encendió una llama diminuta.
—Pan comido —dijo. Luego volvió a pasar la mano por encima y las llamas se apagaron.
—¿Cómo has hecho eso… lo de apagarlas? ¿Los Luxen también pueden hacerlo?
Blake me sonrió.
—Ellos pueden controlar cosas relacionadas con alguna forma de luz, ¿no? Así que mover y detener cosas y manipular el fuego se les da bien. Pueden generar suficiente energía para crear electricidad y avivar una tormenta.
Asentí con la cabeza al recordar la tormenta que se había desatado el día que Daemon había regresado del lago y el señor Garrison estaba esperándolo.
—Y, sí, pueden crear viento, que es como extraer átomos del aire que nos rodea. Pero a nosotros se nos da mejor.
—No dejas de decir eso, pero no entiendo cómo es posible.
Blake se encogió de hombros.
—Ellos solo poseen una clase de ADN. —Hizo una pausa frunciendo el ceño—. Si es que tienen ADN. Pero supongamos que sí. Nosotros contamos con dos tipos diferentes de ADN. Con todas las ventajas de cada uno.
Qué poco científico.
—En fin, inténtalo —me indicó mientras me daba un golpecito con la rodilla.
Hice exactamente lo mismo que había hecho él mientras sostenía la vela, pero algo salió mal y los dedos se me iluminaron como Las Vegas.
—¡Joder!
Blake se apartó de un salto llevándome con él. Me quedé horrorizada mientras me arrastraba hacia la cocina y me metía las manos bajo un chorro de agua fría. Era la primera vez que lo oía soltar una palabrota.
—¡Katy, te he pedido que encendieras la vela, no tus dedos! No es tan difícil, por el amor de Dios.
—Lo siento —farfullé mientras veía cómo mi piel adquiría un desagradable tono rosado y luego rojo. No tardó en arrugarse y ampollarse.
—Tal vez no seas capaz de controlar el fuego ni crearlo —comentó mientras me envolvía los dedos con cuidado con un paño—. Si pudieras, no deberías haberte quemado. El fuego habría sido parte de ti. Pero en este caso era fuego en toda regla.
Fruncí el ceño sintiendo cómo me palpitaban los dedos.
—Un momento. ¿Cabía la posibilidad de que no pudiera trabajar con fuego y me has dejado hacerlo?
—¿Y cómo si no voy a averiguar tus limitaciones?
—Pero ¿tú de qué vas? —Liberé la mano, furiosa—. Te has pasado, Blake. ¿Qué será lo siguiente? ¿Intentar detener un vehículo en marcha poniéndome delante de él, a ver si por casualidad no acabo muerta?
Blake puso los ojos en blanco.
—Deberías poder hacerlo. Al menos, eso espero.
Volví a las velas, indignada. Como necesitaba demostrar mi valía, lo intenté una y otra vez; pero, por mucho que me esforcé, no logré encender el fuego sin tocar las velas.
A la mañana siguiente tuve que inventarme una buena excusa para mi madre. Consistió en alguna estupidez como poner la mano sobre un fogón encendido. Me creyó, y conseguí incluso unos cuantos analgésicos suaves.
Más tarde aquella noche, Blake me explicó que él nunca había podido curar a nadie. Cuando le pregunté cuándo o por qué se le había presentado la ocasión de hacerlo, no tuvo oportunidad de contestar. Una sensación cálida me hormigueó por el cuello, y unos segundos después llamaron a la puerta.
Me puse en pie de golpe.
—Daemon.
—Viva. —Blake fingió tanto entusiasmo que por un instante creí que era actor.
Lo ignoré y corrí hacia la puerta principal.
—Hola —lo saludé con voz entrecortada, sintiéndome acalorada y mareada al verlo. Nunca dejaba de asombrarme lo atractivo que era Daemon—. ¿Vienes a ayudarnos?
Su mirada se posó en mis dedos vendados y asintió con la cabeza.
—Sí. ¿Dónde está Bilbo?
—Blake —lo corregí—. En la sala de estar.
—¿Sobre lo de la mano…? —dijo cerrando la puerta detrás de él.
Cuando me preguntó por ello en clase, evité responder porque tenía serias dudas de que le pareciera bien cómo había ocurrido. Lo último que nos faltaba era que matara a Blake por culpa de mi ineptitud.
—Me la quemé anoche con un fogón. —Me encogí de hombros con la mirada clavada en las puntas de las botas negras que le asomaban por debajo de los tejanos.
—Eso… es…
—¿Patético? —sugerí con un suspiro.
—Sí, muy patético, Kat. Tal vez deberías mantenerte apartada de los fogones un tiempo, ¿no te parece?
Pasó a mi lado y se dirigió al salón. Lo seguí enseguida, pues sabía que no podía dejarlo solo con Blake ni un momento.
Este lo saludó con un desganado gesto de la mano.
—Qué bien que vuelvas a acompañarnos.
Daemon se dejó caer en el sofá al lado de Blake, con una sonrisa, y estiró el brazo por encima del respaldo, arrinconando al chico.
—Sé que me has echado de menos. Pero no pasa nada, ya estoy aquí.
—Genial —contestó Blake.
Empezamos moviendo cosas de un lado a otro. Daemon apenas dijo nada, ni siquiera un «vaya» ni un «felicidades», pero no me quitó la vista de encima ni un momento.
—Mover cosas no es más que un truco de salón. —Blake tenía los brazos pegados al pecho.
—Caramba. —Daemon ladeó la cabeza—. ¿Acabas de darte cuenta?
Blake no le hizo caso.
—La buena noticia es que ya puedes hacerlo voluntariamente, pero eso no significa que lo controles. Espero que sí, pero no lo sabemos con certeza.
Maldita sea. Blake resultaba deprimente algunas veces.
—Tengo una idea, pero vas a tener que confiar completamente en mí. Si te pido que hagas algo, no puedes responder con un millón de preguntas. —Hizo una pausa mientras Daemon entrecerraba los ojos—. Necesitamos ver algo alucinante.
¿Alucinante? Pero ¡si estaba moviendo cosas sin tocarlas! En mi opinión, aquello era bastante alucinante. Aunque, claro, también estaba todo el jaleo del fuego.
—Lo hago lo mejor que puedo.
—Eso no es suficiente. —Solté un fuerte suspiro—. Vale. Quédate aquí.
Le eché una mirada a Daemon mientras Blake desaparecía en el recibidor.
—No tengo ni idea de qué está tramando.
Mi vecino enarcó una ceja.
—Me imagino que no va a gustarme.
Como si Blake pudiera hacer algo que le gustara. Lo que él no sabía ni entendía era que Blake no me había tirado los tejos. No había intentado nada desde aquel abrazo fallido en la cafetería hacía tantos días. Aunque quizá era simple antipatía.
Mientras esperábamos, oí abrirse cajones en la cocina y el tintineo de cubiertos. Hurra, a destrozar más cristalería.
Blake regresó y se detuvo en la entrada con una mano en la espalda.
—¿Lista?
—Claro.
Sonrió y luego echó el brazo hacia atrás. La luz se reflejó en el afilado borde de metal. ¿Un cuchillo? Y, entonces, el cuchillo de carnicero salió volando directo a mi pecho.
Quise gritar, pero mi garganta no emitió ningún sonido. Levanté una mano, aterrorizada, y el cuchillo se detuvo en el aire. Se quedó congelado a escasos centímetros de mi pecho, con el extremo puntiagudo apuntando hacia mí. Simplemente se quedó allí, suspendido.
Blake aplaudió.
—¡Lo sabía!
Me quedé mirándolo mientras mi capacidad de razonamiento volvía a ponerse en marcha poco a poco.
—Pero ¿a ti qué narices te pasa, Blake?
A continuación, sucedieron varias cosas a la vez: como me había desconcentrado, el cuchillo se cayó y chocó contra el suelo sin causarle daño a nadie; Blake seguía aplaudiendo; yo solté una retahíla de palabrotas que habrían enfurecido a mi madre, y Daemon, que parecía completamente perplejo, reaccionó.
Salió disparado del sofá como un cohete a la vez que adquiría su verdadera forma. Un instante después, tenía a Blake contra la pared, a un metro del suelo y envuelto en una intensa luz roja blancuzca que iluminaba toda la sala.
Estiré el cuello y susurré:
—Ay, mi madre.
—¡Oye! ¡Oye! —gritó Blake agitando los brazos en medio de la luz—. Contrólate, tío. Katy no estaba en peligro.
No hubo respuesta por parte de Daemon, por lo menos no una que Blake pudiera oír, pero yo sí lo oí. Alto y claro. «Ya está. Voy a matarlo.»
Las ventanas empezaron a sacudirse y las paredes temblaron. El televisor de pantalla plana traqueteó sobre la base. Pequeñas volutas de yeso llenaron el aire. La luz de Daemon se intensificó, tragándose a Blake por completo, y durante un espantoso instante pensé que lo había matado de verdad.
—¡Daemon! —chillé rodeando a toda velocidad la mesa de centro—. ¡Para!
Pero entonces se oyó un chasquido, como cuando el aire se calienta y se carga de electricidad después de que caiga un rayo. Daemon, que aún conservaba su aspecto de Luxen, se apartó de golpe y soltó a Blake, que cayó sobre los pies y se tambaleó hacia un lado mientras se incorporaba.
Daemon empezó a vibrar y se dirigió hacia Blake, pero me interpuse.
—Ya vale. Dejadlo los dos de una vez.
Blake se pasó las manos por la camiseta, colocándosela bien.
—Yo no estoy haciendo nada.
—Me has lanzado un cuchillo, por el amor de Dios —le espeté. Lo que no fue una buena idea, porque oí cómo Daemon prometía: «voy a partirlo en dos»—. Basta.
Un brazo apareció en la luz y unos dedos me rozaron la mejilla. La caricia fue suave como la seda y muy breve. Apenas duró medio segundo y sucedió tan rápido que dudo que Blake llegara a verlo. Entonces su luz se apagó con un parpadeo, y Daemon se irguió en su forma humana, temblando por la ira apenas contenida y con los ojos blancos y afilados como carámbanos de hielo.
—¿En qué diablos estabas pensando?
—¡Katy no estaba en peligro! Si hubiese pensado, aunque fuera por un segundo, que no podía hacerlo, no se lo habría lanzado.
Daemon apretó su enorme puño. Ya fuera como humano o como alienígena, podía causar mucho daño.
—Pero ¡no podías estar seguro de que lo conseguiría! ¡No al cien por cien!
Blake me suplicó con la mirada mientras negaba con la cabeza.
—Te juro que no has estado en peligro, Katy. Si hubiera pensado que no podías detenerlo, no lo habría hecho.
Daemon soltó otra palabrota y me moví para bloquearle el paso.
—¿Quién hace algo así? —soltó Daemon.
Su cuerpo emanaba calor.
—Pues Kiefer Sutherland, por ejemplo. En la película original de Buffy —explicó. Cuando lo miré boquiabierta, hizo una mueca—. La pasaron por la tele hace un par de noches. Le tiró un cuchillo a Buffy y ella lo atrapó.
—Ese era Donald Sutherland: el padre —lo corrigió Daemon, sorprendiéndome.
Blake se encogió de hombros.
—Da lo mismo.
—¡Yo no soy Buffy! —chillé.
Una perezosa sonrisa se le dibujó en los labios.
—Tú eres mucho más guapa que Buffy.
Decir aquello no fue una buena idea. Daemon soltó un gruñido desde el fondo de la garganta.
—¿Tienes ganas de morir? Porque te estás pasando esta noche, colega. Lo digo muy en serio. Te estás pasando. Puedo aplastarte contra esa pared hasta que te quedes sin fuerzas. ¿Puedes contenerme para siempre? ¿No? Eso pensaba.
Blake movió la mandíbula.
—Vale. Lo siento. Pero, si ella no hubiera podido detenerlo, lo habría hecho yo. Igual que tú. Así que pelillos a la mar.
Me puse tensa. Un torbellino de rabia iba aumentando de intensidad en el interior de Daemon, y no estaba segura de poder detenerlo si se lanzaba de nuevo sobre Blake.
—Me parece que ya es suficiente por esta noche.
—Pero…
—Blake, creo que deberías marcharte —dije de manera significativa—. ¿Vale? Creo que tienes que irte.
Blake echó un vistazo por encima de mi hombro y pareció entenderlo, porque asintió con la cabeza.
—Muy bien. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—. Has estado genial, Katy. Me parece que no te das cuenta de lo impresionante que ha sido.
Una suave vibración sacudió el suelo. Blake captó la indirecta y salió pitando de la casa. Solo me relajé cuando oí el estruendo del motor de su camioneta.
—Se acabó —dijo Daemon en voz baja—. Se acabó para siempre.
Me volví despacio. Todavía le brillaban los ojos. Vistos de cerca, eran preciosos: raros pero realmente asombrosos.
—Podía haberte matado, Kat. Y eso no se lo consiento. No consentiré que arriesgue tu vida de esa manera.
—No estaba intentando matarme.
Me miró con incredulidad.
—¿Se te ha ido la pinza?
—No.
Me agaché, cansada, y recogí el enorme cuchillo de asesino en serie. Mientras lo sostenía en la mano, caí en la cuenta de que había detenido un cuchillo que se dirigía a toda velocidad hacia mi pecho. Me volví hacia Daemon, tragando saliva.
Él seguía despotricando:
—No quiero que sigas practicando con él. No quiero ni que te acerques a él. A ese chico le faltan unos cuantos tornillos.
Congelar algo era un logro enorme. Tanto Blake como Daemon habían dicho que era uno de los usos más poderosos de la Fuente, con la excepción de usarla como arma.
—Voy a partirle la cara. No puedo…
—Daemon —susurré.
—… creer que lo haya hecho. —De pronto, me rodeó con los brazos y me apretó contra su pecho. No lo apuñalé de milagro—. Dios mío, Kat, podría haberte herido.
Al principio no me moví, un tanto aturdida por el contacto físico que Daemon había evitado desde la tarde que me preparó un sándwich. Le vibraba todo el cuerpo, y la mano que levantó para rodearme la nuca le temblaba un poco.
—Mira, es evidente que tienes cierto control. Yo puedo ayudarte a trabajar en ello —dijo apoyando el mentón en mi coronilla. Dios mío, sus brazos, todo su cuerpo, eran tan cálidos y perfectos…—. Esto no puede volver a pasar.
—Daemon. —Mi voz sonó amortiguada contra su pecho.
—¿Qué? —Se apartó un poco, bajando la barbilla.
—Lo he congelado.
—¿Eh? —preguntó frunciendo el ceño.
—He congelado el cuchillo. —Me solté mientras agitaba dicho objeto—. No lo he detenido simplemente, sino que lo he congelado. Se ha quedado suspendido en el aire.
Él también pareció comprender lo que significaba.
—Por el amor de…
Me reí.
—Cielos, es una pasada, ¿verdad?
Daemon asintió con la cabeza.
—Sí. Es… algo importante.
—No podemos dejar de practicar —dije, entusiasmada.
—Kat…
—¡Hay que seguir! Mira, lo de tirarme un cuchillo no ha estado bien. Y Dios sabe que no me emociona precisamente que lo haya hecho, pero ha funcionado. De verdad. Estamos avanzando…
—¿Qué parte de «podía haberte matado» no entiendes? —Daemon se apartó, lo que normalmente significaba que estaba enfadado, muy enfadado—. No quiero que sigas entrenando con él. No cuando está poniendo tu vida en peligro.
—No está poniendo mi vida en peligro.
Aparte de prenderme fuego a los dedos y el incidente con el cuchillo… Pero, aun así, los riesgos valían la pena. Si lograba controlar esas habilidades y llegar a usarlas para proteger a Daemon y a Dee, ya no sería solo una humana… o solo una humana mutada a un paso de exponerlos ante todo el mundo.
—No podemos parar —argumenté—. Conseguiré controlarlo y usar la Fuente, igual que Dee y tú. Puedo ayudarte a…
—¿Ayudarme a qué? —Se quedó mirándome y luego soltó una carcajada—. ¿A luchar contra los Arum?
Vale. Yo no iba tan lejos; pero, ahora que lo mencionaba, ¿por qué no? Según Blake, tenía el potencial para llegar a ser más fuerte que Daemon. Me crucé de brazos y me di golpecitos en el brazo con la hoja del cuchillo.
—Pues sí, ¿qué pasa si quisiera hacerlo?
Volvió a reírse y me dieron ganas de soltarle una patada.
—No vas a ayudarme a luchar contra los Arum, gatita.
—¿Por qué no? Si puedo controlar la Fuente y ayudar, ¿por qué no? Podría pelear.
—Hay buenísimas razones —me gritó, ya sin pizca de humor—. Para empezar, eres humana.
—No del todo.
Daemon entrecerró los ojos.
—De acuerdo, eres una humana mutada. Pero una humana muchísimo más débil y vulnerable que un Luxen.
Exhalé despacio.
—No sabes lo débil o vulnerable que seré cuando acabe el entrenamiento.
—Lo que tú digas. En segundo lugar, enfrentarse a los Arum no es asunto tuyo. Eso nunca va a pasar.
—Daemon…
—Tendrá que ser sobre mi cadáver. ¿Entendido? Nunca irás a por un Arum. Me da igual que puedas hacer que el mundo deje de girar.
Intenté contener la rabia. Si había algo que odiara más que el lado cretino de Daemon era que me dijera lo que podía o no podía hacer.
—No eres mi dueño, Daemon.
—No se trata de ser el dueño de nadie, cabeza de chorlito.
—¿Cabeza de chorlito? —Lo fulminé con la mirada—. No te aconsejo que me insultes cuando tengo un cuchillo en la mano.
Daemon ignoró ese comentario y prosiguió:
—En tercer lugar, hay algo que no encaja en Blake. No me digas que no lo ves ni lo sientes.
—Oh, no…
—No sabes nada de él… nada más allá de que le gusta el surf y tiene un blog. Qué bien.
—Esa razón no es lo suficientemente buena.
—Porque no quiero verte en peligro. ¿Qué tal esa? ¿Es lo bastante buena para ti? —me gritó, y di un brinco. Apartó la mirada mientras realizaba inspiraciones profundas.
No me había dado cuenta de que esa podría ser la verdadera razón detrás de todo eso. Todo mi ser se ablandó y mi enfado se desvaneció como un copo de nieve al sol.
—No puedes detenerme solo para protegerme.
Volvió la cabeza hacia mí bruscamente.
—Necesito protegerte.
«Necesitar» era una palabra tan fuerte que se apoderó de mi aliento y mi corazón.
—Me halagas, de verdad que sí, pero no tienes por qué protegerme. No soy Dee. No soy otra de tus responsabilidades.
—¡Desde luego que no eres Dee! Pero sí eres responsabilidad mía. Yo te metí en este lío. ¡Y no pienso involucrarte aún más!
La cabeza me daba vueltas. Sus razones para querer que dejara de practicar con Blake eran válidas, pero estaban equivocadas. Necesitaba demostrarle que no era un lastre ni algo que tuviera que cuidar constantemente. Si pensaba eso y continuaba poniéndose en peligro por mi culpa, podían acabar matándolo a él o a Dee.
—No pienso dejarlo —le aseguré.
Daemon se quedó mirándome.
—¿Acaso no te importa que no quiera verte en esa clase de peligro? ¿Saber que no colaboraré en semejante estupidez, como prepararte para enfrentarte a los Arum?
Me estremecí. Sus palabras me dolieron.
—¿Querer ayudaros a ti y a los tuyos es una estupidez?
—Pues sí —dijo apretando los dientes.
—Daemon —susurré—. Entiendo que te preocupes…
—No lo entiendes. ¡Ese es el problema! —Se detuvo, recuperando el control de sus emociones y cerrándose como una concha—. No voy a cooperar. Lo digo en serio, Katy. Si eliges esto, pues… tú misma. Pero no pienso llevarlo en la conciencia, como me pasa todos los santos días con Dawson. Consentirlo sería cometer otro error.
Inhalé bruscamente. Sentí un profundo dolor en el pecho al pensar que cargaba con esa culpa… una culpa que no era suya.
—Daemon…
—¿Qué eliges, Katy? —Me miró directamente a los ojos—. Decídelo ya.
—No sé qué decirte —susurré, con los ojos llenos de lágrimas.
¿Es que no lo veía? Seguir con aquello me proporcionaría más posibilidades de no acabar como Bethany y Dawson, de ser capaz de cuidarme y protegerlo, porque algún día necesitaría mi ayuda.
Daemon retrocedió un paso, como si lo hubiera golpeado.
—Esa no es la respuesta correcta.
Se le endureció la expresión y los ojos se le convirtieron en glaciares. El frío que irradiaba de él me heló hasta la médula. Nunca lo había visto tan distante.
—Lo dejo —me dijo.