11
Cuando desperté el lunes por la mañana, no estaba segura de qué pasaría cuando me encontrara con Daemon en clase. Se había ido de casa mientras yo seguía durmiendo, y no lo había visto cuando quedé con Dee el domingo, lo que consistió en ver cómo se besuqueaba con Adam. Supuse que la llamada telefónica había ido bien.
En realidad, haber estado con él el sábado por la noche no había cambiado nada entre nosotros. Al menos, eso era lo que me decía a mí misma. Fue solo un buen momento en una larga serie de momentos malos. Además, tenía cosas mejores y más importantes en las que pensar. Como la cita con Blake después de clase.
Pero mis pensamientos regresaban una y otra vez a Daemon, y empecé a notar un profundo revoloteo en el estómago al recordar cómo nos habíamos acurrucado, el uno al lado del otro, en el sofá.
Sentí un cálido cosquilleo en el cuello mientras Carissa me hablaba de una novela romántica que estaba leyendo. No aparté la mirada de su cara, pero era plenamente consciente de que Daemon estaba allí.
Ocupó su asiento detrás de mí. Un segundo después, ocurrió algo que curiosamente había echado de menos de una forma retorcida: Daemon me dio un toquecito en la espalda con el boli.
Lesa enarcó las cejas, pero fue prudente y no dijo nada cuando me di la vuelta.
—¿Sí?
Ya conocía a la perfección aquella media sonrisa.
—¿Hoy llevas calcetines de renos?
—No, de lunares.
—¿Con forma de manoplas?
—Normales —respondí intentando contener una estúpida sonrisita.
—Pues no sé qué pensar. —Tamborileó con el bolígrafo en el borde del pupitre—. Los calcetines normales parecen muy aburridos después de ver los de renos.
Lesa carraspeó.
—¿Calcetines de renos?
—El otro día llevaba puestos esos calcetines con dibujos de renos que son como una especie de manoplas para los pies —explicó Daemon.
—Anda, yo tengo unos iguales —respondió Carissa, riéndose—. Pero los míos tienen rayas. Me encanta ponérmelos en invierno.
Le dediqué una mirada de suficiencia a Daemon que parecía decir: «Mis calcetines son guays».
—¿Soy la única que se pregunta cómo le viste los calcetines? —quiso saber Lesa, y Carissa le dio un golpe en el brazo.
—Vivimos puerta con puerta —le recordó Daemon—. Veo muchas cosas.
Yo lo negué frenéticamente con la cabeza.
—Eso no es verdad. Apenas ve nada.
—Estás roja —me dijo señalándome las mejillas con la tapa azul del bolígrafo.
—Cierra el pico. —Lo fulminé con la mirada mientras reprimía una sonrisa.
—En fin, ¿qué vas a hacer esta noche?
El estómago se me llenó de mariposas. Me encogí de hombros.
—Tengo planes.
—¿Qué clase de… planes? —me preguntó frunciendo el ceño.
—Pues planes.
Me di la vuelta rápidamente y me concentré en la pizarra. Sabía que tenía la mirada de Daemon clavada en el cogote; pero, en general, estaba satisfecha con cómo me iban las cosas. Había hecho claros progresos con Daemon. Habíamos pasado varias horas juntos sin matarnos el uno al otro y sin ceder a una salvaje lujuria animal. Mi nuevo portátil era maravilloso. Simon no había ido a clase, así que no podía culparme de que le hubieran partido la cara ni contarle a la gente que me había visto desplegar mis habilidades sobrenaturales con unas ventanas. Y tenía una cita esa noche.
La última parte me hizo tragar saliva. Debía confesarle la verdad a Blake. Estaba siendo injusta con él… y con Daemon. No estaba preparada para creer a Daemon de repente, pero no podía seguir fingiendo que no había nada entre nosotros.
Aunque quizá solo fuera un virus alienígena.
—Toma. —Blake me pasó su plato con una sonrisa—. Prueba esto.
Controlé la expresión de mi cara mientras enrollaba los fideos con el tenedor.
—No sé yo…
Blake soltó una carcajada.
—No está tan mal. Huele un poco raro, pero creo que va a gustarte.
Después de dar un pequeño mordisco, decidí que no estaba asqueroso. Levanté la mirada, sonriendo.
—Vale, no está mal.
—No puedo creer que la primera vez que pruebas comida india sea en Virginia Occidental.
Me pasé una mano por la pierna, cubierta con unos tejanos. La pequeña vela situada a un lado de la mesa parpadeó.
—No soy muy aventurera con la comida. Soy una chica de bistecs y hamburguesas.
—Bueno, pues vamos a tener que cambiar eso, porque no sabes lo que te pierdes —me dijo guiñándome un ojo. Aquel gesto quedó muy guay viniendo de él—. La comida tailandesa es mi favorita. Me encantan las especias.
La camarera, una chica delgada y pelirroja, se acercó y volvió a llenarnos los vasos. No dejaba de lanzarle sonrisitas tímidas y coquetas a Blake, pero no podía culparla: era de los pocos chicos que podían ponerse jerséis y camisas con botones sin parecer niños pijos.
Tomé más fideos. Estaba divirtiéndome, pero noté una sensación extraña en el estómago mientras empujaba la comida por el plato. Estaba pasándolo genial con él, pero…
—Hoy me he enterado de algo en el instituto —comentó Blake después de que se marchara la camarera.
Me dejé caer en el asiento y contuve una sarta de palabrotas. Quién sabía lo que habría oído; había rumores sobre mí volando por todas partes.
—Me da miedo preguntar.
En su rostro apareció una expresión comprensiva.
—Me han dicho que Daemon le dio una paliza a un chico por ti.
Habíamos conseguido llegar hasta aquí sin mencionar a Daemon. Me hundí un poco en el asiento.
—Sí, más o menos.
Enarcó las cejas en una expresión de sorpresa mientras se inclinaba hacia delante.
—¿Vas a decirme por qué?
—¿No has oído los rumores?
Blake se pasó una mano por el alborotado pelo de punta.
—He oído un montón de cosas, pero no me las creo.
Era lo que menos me apetecía, pero supuse que acabaría oyendo aquellas mentiras tarde o temprano. Hasta podía haber pasado ya. Así que le hablé de mi desastrosa cita en el baile de principio de curso.
La rabia destelló en sus ojos color avellana y, cuando terminé, se recostó en el asiento.
—Me alegro de que Daemon le diera su merecido a ese gilipollas, pero es una reacción bastante extrema para ser solo un «amigo».
—Daemon puede ser…
—Un capullo —sugirió Blake.
—Sí, es verdad, pero también es bastante protector con… esto… los amigos de Dee. —Apreté el tenedor, tremendamente incómoda—. Así que le cabreó lo que andaba diciendo Simon. No es mal tipo, de verdad; solo hay que acostumbrarse a él.
—Bueno, no puedo culparlo, pero es muy… protector contigo. Pensé que iba a romperme la mano por tocarte en la fiesta.
Empujé el plato de nuevo hacia él y apoyé la barbilla en la mano. Tenía que contarle la verdad pronto, pero no quería estropear la cena. Estaba comportándome como una completa cobarde, pero me convencí de que ya hablaríamos después. Por el amor de Dios, ni siquiera sabía qué decir. «No, no estoy saliendo con Daemon, pero no puedo dejar de pensar en cómo las llamas nos devoran cada vez que estamos cerca; así que lo mejor será que no te acerques demasiado.» Suspiré.
—Ya basta de hablar de Daemon. Debe de ser duro que te guste tanto el surf y la playa esté tan lejos.
—Sí que lo es —asintió. En sus ojos apareció una mirada ausente—. El surf probablemente sea lo único que me despeja la mente. Cuando estoy ahí fuera sobre las olas, no pienso en nada, se me vacía el cerebro. Solo estamos las olas y yo. Es relajante.
—Te entiendo. —Se hizo un largo silencio—. Yo siento lo mismo cuando trabajo en el jardín o cuando leo. Solo estamos yo y lo que estoy haciendo, o el mundo sobre el que estoy leyendo, y nada más.
—Parece como si lo hicieras para escapar.
No respondí, porque en realidad nunca lo había visto de ese modo; pero, ahora que él lo decía, comprendí que sí usaba esas actividades para evadirme. Desconcertada, jugueteé con los fideos separándolos en grupos en el plato.
—¿Y tú? ¿De qué intentas escapar?
Transcurrieron varios segundos antes de que respondiera.
—Eso es lo curioso de intentar escapar: no se puede. Tal vez lo logres un tiempo, pero no del todo.
Asentí con un gesto distraído de la cabeza, impresionada por la profundidad de sus palabras. Pero era cierto. Después de terminar un libro o sembrar una planta, papá seguía muerto, mi mejor amiga continuaba siendo una extraterrestre y todavía me sentía atraída por Daemon.
Blake empezó a hablar de sus planes para las vacaciones de Acción de Gracias de la semana siguiente. Estaría fuera la mayor parte del tiempo, visitando a la familia. Levanté la cabeza y observé el pequeño restaurante. Una descarga de calor me recorrió la espalda.
«Ay, mierda, no.» No podía creérmelo. Aquello no podía estar pasando.
Una cabeza oscura se movía entre las diminutas filas por detrás de las altas divisiones. Me desplomé contra el asiento, plenamente consciente de su presencia y absolutamente consternada. Esa era mi cita: mía. ¿Qué hacía él ahí?
Daemon se abrió paso entre los grupos de mesas con una elegancia envidiable. A su paso, las mujeres paraban de comer o interrumpían la conversación, y los hombres se apartaban para dejarle más espacio. Daemon tenía un profundo efecto en todo aquel que lo veía.
Blake se volvió, con el ceño fruncido, y se le tensaron los hombros cuando se dio la vuelta hacia mí.
—Un poco sobreprotector, ¿no?
—No sé… ni qué decir —murmuré, impotente.
—Hola, chicos. —Daemon se sentó junto a mí, lo que me dejó poco sitio. Tenía todo el lado izquierdo del cuerpo pegado al suyo, provocándome un cálido hormigueo—. ¿Interrumpo?
—Sí —contesté, boquiabierta.
—Vaya, lo siento. —Daemon no parecía sincero… ni tener intenciones de marcharse.
A Blake se le dibujó una media sonrisa en los labios mientras se recostaba y se cruzaba de brazos.
—¿Cómo te va, Daemon?
—Genial. —Se estiró y pasó un brazo por la parte trasera del asiento—. ¿Y a ti, Brad?
Blake soltó una leve risita.
—Me llamo Blake.
Daemon tamborileó con los dedos sobre el respaldo, rozándome el pelo.
—Bueno, ¿y qué hacíais?
—Estábamos cenando —contesté.
Empecé a echarme hacia delante, pero los dedos de Daemon engancharon la parte posterior del cuello alto de mi jersey, rozándome suavemente la piel. Le lancé una mirada asesina e ignoré el escalofrío que me erizó la piel.
—Pero ya estábamos a punto de terminar —añadió Blake, mirando fijamente a Daemon—. ¿Verdad, Katy?
—Sí, solo nos falta la cuenta.
Con mucha discreción, metí la mano debajo de la mesa, encontré el muslo de Daemon y lo pellizqué con fuerza. Él me dio un tirón hacia atrás, haciendo que me golpeara la rodilla contra la mesa.
—¿Qué habíais pensado hacer después de cenar? ¿Biff iba a llevarte a ver una peli?
La relajada sonrisa de Blake comenzó a flaquear.
—Blake. Y, sí, ese era el plan.
—Ya. —Daemon hizo un movimiento casi imperceptible con los ojos y, un segundo después, el vaso de Blake se volcó.
Solté un grito ahogado. El agua se derramó sobre la mesa y cayó en el regazo de Blake, que se levantó de un salto dejando escapar una palabrota. Aquel movimiento sacudió de nuevo la mesa y el plato de fideos picantes se deslizó (o, más bien, voló) contra la parte delantera de su jersey.
Me quedé boquiabierta. Santa madre de Dios, Daemon se había apoderado de mi cita.
—Dios mío —musitó Blake.
Agarré un puñado de servilletas y me volví hacia Daemon. Mi mirada prometía una muerte lenta y dolorosa mientras le pasaba las servilletas a Blake.
—Qué raro —comentó Daemon, con una sonrisita de suficiencia.
Blake, que estaba intentando secarse la entrepierna, levantó la vista con la cara colorada. Se quedó mirando a Daemon y hubiese jurado que iba a echársele encima desde el otro lado de la mesa. Pero entonces bajó los ojos y se sacudió los fideos marrones en silencio y con movimientos rígidos y bruscos. La camarera se acercó rápidamente a Blake con más servilletas.
—Bueno, a lo que iba. He venido por un motivo. —Daemon cogió mi vaso y bebió un sorbo—. Te necesitan en casa.
Blake se quedó inmóvil.
—¿Cómo dices?
—¿Hablo muy rápido para ti, Bart?
—Se llama Blake —le espeté—. ¿Y para qué me necesitan? ¿Tiene que ser ahora, en este preciso momento?
Daemon me miró a los ojos, con una intensa mirada cargada de significado.
—Ha surgido algo y tienes que echarle un vistazo.
Estaba claro que ese «algo» quería decir asuntos alienígenas. Sentí un escalofrío de inquietud por la espalda. Ahora su repentina aparición tenía sentido. Durante unos minutos, había empezado a creer que nos había acosado solo por celos. Por mucho que me fastidiara, sabía que debía marcharme.
Me volví hacia Blake con una mueca.
—Lo siento mucho… muchísimo.
Blake nos observó a ambos mientras cogía la cuenta.
—No te preocupes. Estas cosas pasan.
Me sentía como una idiota, lo que parecía adecuado, ya que estaba sentada al lado del mayor imbécil de todos los tiempos.
—Te compensaré. Te lo prometo.
—No pasa nada, Katy —me aseguró con una sonrisa—. Te llevo a casa.
—No es necesario. —Daemon esbozó una sonrisa tensa—. Yo me encargo, Biff.
No podía creérmelo.
—Blake. Se llama Blake, Daemon.
—Está bien, Katy —dijo Blake con los labios apretados—. De todas formas, estoy hecho un desastre.
—Resuelto, entonces. —Daemon se puso en pie y me dejó salir.
Blake se ocupó de la cuenta y nos dirigimos fuera. Me detuve junto a su coche, consciente de la intensa mirada de Daemon.
—Lo siento tantísimo…
—No pasa nada. Tú no me has tirado el plato encima. —Hizo una pausa y frunció el ceño con la mirada clavada en algo situado por encima de su hombro. Supuse de qué (o, más bien, de quién) se trataba. Sacó su móvil del bolsillo trasero y comprobó la pantalla antes de metérselo en los vaqueros—. Aunque no había visto nada igual. En fin, lo compensaremos cuando vuelva de vacaciones, ¿vale?
—Vale.
Empecé a darle un abrazo, pero me detuve: tenía la parte delantera del jersey manchada y parecía húmeda. Blake se inclinó riéndose y me dio un beso rápido y seco en los labios.
—Te llamaré.
Asentí con la cabeza mientras me preguntaba cómo una persona podía, ella solita, estropearlo todo en menos de un minuto. Había que tener un talento especial. Blake se despidió con un gesto de la mano y me quedé sola con Daemon.
—¿Lista? —me preguntó mientras mantenía abierta la puerta del pasajero.
Me acerqué al coche con aire ofendido, subí y cerré de un portazo.
—¡Oye! —Me miró con el ceño fruncido desde fuera del coche—. No te desahogues con Dolly.
—¿Le has puesto Dolly a tu coche?
—¿Qué tiene de malo?
Puse los ojos en blanco a modo de respuesta.
Daemon rodeó la parte delantera del vehículo trotando y entró. En cuanto cerró la puerta tras él, me volví en el asiento y le di un puñetazo en el brazo.
—¡Serás imbécil! Sé que lo del vaso y lo del plato ha sido cosa tuya. ¡No debiste hacerlo!
Daemon levantó las manos, riéndose.
—¿Qué? Ha tenido gracia. La cara de Bob ha sido para morirse. ¿Y ese beso? ¿Qué ha sido eso? He visto a delfines dar besos más apasionados.
—¡Se llama Blake! —Esta vez le pegué en la pierna—. ¡Y lo sabes perfectamente! No puedo creer que te hayas comportado así. ¡Y no besa como un delfín!
—A mí me parece que sí.
—Tú no nos viste la última vez que nos besamos.
Se le apagó la risa. «Oh, oh.» Se volvió hacia mí despacio.
—¿Ya os habíais besado?
—Eso no es asunto tuyo. —Me puse colorada, lo que me delató.
—No me gusta ese chico. —En sus ojos magnéticos se reflejó la ira.
Me quedé mirándolo, boquiabierta.
—Pero si ni siquiera lo conoces.
—No necesito conocerlo para ver que tiene algo… raro. —Giró la llave y el motor se puso en marcha con un estruendo—. No me parece una buena idea que quedes con él.
—Ja, qué risa. Lo que tú digas.
Clavé la vista al frente y me abracé los codos, tiritando. Estaba tan cabreada que estaba a punto de salirme humo por las orejas.
—¿Tienes frío? ¿Dónde has dejado la chaqueta?
—No me gustan las chaquetas.
—¿También te han hecho algo espantoso e imperdonable?
Daemon encendió la calefacción y un chorro de aire caliente salió de las rejillas de ventilación.
—Me resultan… engorrosas. —Solté un fuerte suspiro—. ¿Qué diablos es eso tan urgente que has tenido que acosarme?
—No estaba acosándote. —Parecía ofendido.
—¿Ah, no? ¿Entonces utilizaste tu GPS alienígena para localizarme?
—Pues sí, más o menos.
—Dios, esto no debería estar pasando. —Tenía serias dudas de que Blake volviera a llamarme. Pero no podía culparlo: yo, en su lugar, no lo haría. No con un extraterrestre psicópata siguiéndome la pista—. Bueno, ¿qué pasa?
Daemon esperó hasta que llegamos a la carretera.
—Matthew ha convocado una reunión, y tú deberías estar presente. Tiene que ver con el Departamento de Defensa. Ha pasado algo.