13
Me quedé horrorizada. La potente emoción desató una energía estática que me recorría la piel tan rápido que no pude detenerla, y finalmente el estallido de energía rebotó por la habitación. Dejé caer la lata de refresco sin abrir a la vez que algo de madera chirriaba contra las baldosas. Una silla salió volando de debajo de la mesa y me golpeó la rodilla con tanta fuerza que se me dobló la pierna. Grité de dolor y perdí el equilibrio.
Daemon soltó una retahíla de palabrotas y apareció a mi lado para agarrarme un segundo antes de que cayera al suelo.
—Oye, cuidado, gatita.
Me aparté el pelo de la cara mientras levantaba la cabeza.
—Madre mía…
Me ayudó a ponerme en pie colocándome un hombro debajo del brazo para que me sirviera de apoyo y apretándome contra él.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. —Me retorcí para apartarme de él y apoyé con cuidado el peso del cuerpo sobre el pie. Noté que algo caliente y húmedo me bajaba por la pierna. Me remangué el vaquero y vi que estaba sangrando—. Genial, soy un desastre.
—Me parece que voy a tener que estar de acuerdo.
Lo fulminé con la mirada y él me guiñó un ojo con una sonrisa de chulito.
—Vamos, súbete a la mesa y déjame echar un vistazo.
—Estoy bien.
No se molestó en discutir conmigo. Estaba allí de pie (bueno, más bien cojeando) y, un segundo después, sentí una corriente de aire y me encontré sentada sobre la mesa.
—¿Cómo… cómo has hecho eso? —pregunté, atónita.
—Habilidad —contestó mientras me colocaba el pie sobre una silla. Me rozó la piel con los dedos mientras me enrollaba el pantalón por encima de la rodilla. Me sobresalté cuando una descarga eléctrica me recorrió la pierna—. Caramba, sí que eres un desastre.
—Puaj, estoy poniéndolo todo perdido. —Tragué saliva al ver la herida—. No irás a curarme, ¿verdad?
—Eh… no. Quién sabe qué pasaría. Podrías convertirte en una extraterrestre.
—Ja, ja. Qué gracioso.
Daemon buscó rápidamente un paño limpio y lo humedeció. Cuando regresó, procuró no mirarme a la cara. Intenté coger el paño, pero se puso de rodillas y empezó a secar la sangre con cuidado. Esta vez procuró no tocarme la piel.
—¿Qué voy a hacer contigo, gatita?
—¿Lo ves? Ni siquiera quería mover la silla y se me ha abalanzado como si fuera un misil termodirigido.
Daemon sacudió la cabeza mientras continuaba limpiando la sangre con suaves toquecitos.
—Cuando éramos más jóvenes, ocurrían cosas por el estilo todo el tiempo, antes de que aprendiéramos a controlar la Fuente.
—¿La Fuente?
Asintió con la cabeza.
—Así llamamos a la energía que poseemos, porque nos conecta con nuestro planeta, ¿entiendes? Como si fuera la fuente de todo. Al menos, eso es lo que dicen nuestros mayores. En fin, cuando éramos niños y estábamos aprendiendo a controlar nuestras habilidades, aquello era una locura. Dawson tenía la costumbre de mover los muebles, como tú; iba a sentarse y la silla salía volando. —Se rió al recordarlo—. Pero era joven.
—Genial. ¿Así que me manejo al nivel de un niño?
Daemon me miró con sus luminosos ojos.
—Resumiendo, sí. —La camisa negra que llevaba se le tensó contra el pecho cuando apartó el paño manchado de sangre y se echó hacia atrás—. Mira, ya ha dejado de sangrar. No está tan mal.
Bajé la mirada y me vi la brecha fresca en la rodilla. Salvo porque daba un poco de repelús, no tenía mala pinta.
—Gracias por limpiarme la herida.
—De nada. No creo que necesites puntos.
Me pasó los dedos con suavidad alrededor del corte. Aquel contacto me hizo dar un brinco y me provocó pequeños cosquilleos que me subieron por la pierna. Daemon dejó la mano inmóvil y levantó la cabeza. Sus ojos pasaron de un verde menta a fuego líquido en cuestión de segundos.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó.
En deslizarme en sus brazos, besarlo y tocarlo: cosas en las que no debería pensar. Parpadeé para despejar la mente.
—En nada.
Daemon se levantó despacio, mirándome a los ojos. Todo el cuerpo se me puso tenso cuando se acercó y me colocó una mano a cada lado. Después se inclinó sobre la silla que nos separaba y apoyó la frente contra la mía. Inhaló profundamente y soltó el aire de forma entrecortada. Cuando habló, su voz sonó áspera.
—¿Sabes en qué he estado pensando yo todo el día?
Tratándose de él, vete tú a saber.
—No.
Me acarició la piel de la mejilla con los labios.
—En averiguar si te quedan igual de bien los calcetines de rayas que los de renos.
—Pues sí.
Ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa perezosa y arrogante. De depredador.
—Lo sabía.
No debía permitir que eso pasara. Había un montón de complicaciones: su actitud, la conexión que nos unía y mis nuevas habilidades para principiantes. Curiosamente, el hecho de que Daemon fuera un extraterrestre era la complicación que me parecía menos importante.
Y también estaba Blake. Siempre y cuando volviera a hablarme, claro, lo que aún estaba por ver. Además, por culpa de la interrupción de Daemon durante la cena, no había podido hablar con él. Menuda ironía.
A pesar de todo eso, no me aparté. Y él tampoco. Ah, no, en realidad se estaba acercando más. Las pupilas empezaron a brillarle y parecía haberse quedado sin aliento.
—¿Tienes la más remota idea de lo que me haces? —preguntó con voz ronca.
—Yo no hago nada.
Daemon movió la cabeza lo suficiente para que nuestros labios se rozaran una vez… y luego otra antes de aumentar la presión. Ese beso… no tenía nada que ver con los anteriores, que parecían furiosos y desafiantes, como si nos hubiéramos besado para castigarnos mutuamente. Pero ese era dulce y suave como una pluma, de una ternura infinita. Como el que nos habíamos dado en el claro la noche que me curó. Una luz me inundó mientras nos besábamos, pero pronto los besos no fueron suficientes; no cuando un fuego lento me ardía bajo la piel… y también bajo la de él.
Me cubrió las mejillas con las manos, dejando escapar un suave gemido, y me abrasó los labios con los suyos mientras profundizaba el beso hasta que fue tal la intensidad que nos dejó a ambos jadeando. Daemon se acercó todo lo que pudo con la silla entre nosotros. Le agarré los brazos y me aferré a él, deseando que se acercara más. La silla solo permitía que se tocaran nuestros labios y nuestras manos. Qué frustrante.
«Aparta», ordené inquieta.
La silla tembló bajo mi pie y, a continuación, el pesado mueble de roble se hizo a un lado, esquivando nuestros cuerpos inclinados. El repentino vacío cogió desprevenido a Daemon, que se tambaleó hacia delante, y yo no pude sostener el peso inesperado. Me desplomé de espaldas, arrastrándolo conmigo.
El contacto de todo su cuerpo, pegado al mío, me provocó una caótica sobrecarga sensorial. Me rozó la lengua con la suya mientras abría los dedos sobre mis mejillas. Luego deslizó una mano por mi costado y me sujetó por la cadera para acercarme más. Los besos se volvieron más lentos y levantó el pecho mientras se embebía de mí. Con una última y prolongada exploración, irguió la cabeza y me sonrió.
El corazón me dio un vuelco mientras Daemon se alzaba sobre mí con una expresión que me llegó a lo más hondo. Desplazó de nuevo los dedos hacia arriba, a lo largo de mi mejilla, siguiendo una senda invisible hasta mi barbilla.
—Yo no he movido la silla, gatita.
—Ya lo sé.
—Supongo que no te gustaba donde estaba, ¿no?
—Se interponía en tu camino —contesté. Todavía le rodeaba los brazos con las manos.
—Ya lo veo.
Daemon me pasó un dedo por la curva del labio inferior antes de tomarme de la mano e incorporarme. Después de soltarme, se quedó mirándome atentamente y esperó. Esperó a que…
Lo que acababa de ocurrir penetró despacio en la niebla que me envolvía el cerebro. Lo había besado, otra vez. Y justo después de haberse apoderado de mi cita con otro tío… el tío al que debería estar besando. O quizá no. Ya no estaba segura de nada.
—No podemos seguir haciendo esto —dije con voz temblorosa—. Nos…
—Nos gustamos —repuso él dando un paso al frente y aferrando los bordes de la mesa a ambos lados de mi cuerpo—. Y, antes de que lo niegues, ya nos sentíamos atraídos el uno por el otro antes de que te curara. No puedes decirme que no es verdad.
Se inclinó y me rozó la mejilla con la nariz, provocándome un escalofrío. Después apretó los labios contra un punto situado debajo de mi oreja.
—Tenemos que dejar de luchar contra lo que ambos queremos.
No podía respirar. Cerré los ojos mientras sus dedos me bajaban unos centímetros el cuello del jersey, dejando libre el camino para que sus labios llegaran a donde el pulso me latía desbocado.
—No va a ser fácil —añadió—. No lo era hace tres meses y no lo será dentro de otros tres.
—¿Por los otros Luxen? —Eché la cabeza hacia atrás, perdiendo el hilo de mis pensamientos. Había algo perverso en aquellos besos sexys que me repartía por la garganta—. Te marginarán. Como…
—Ya lo sé. —Me soltó el cuello del jersey y deslizó una mano hasta mi nuca mientras pegaba su cuerpo al mío—. He pensado en las repercusiones… No he pensado en otra cosa.
Una parte de mí había anhelado oírle decir eso. Era un secreto que había guardado en el corazón… el mismo corazón que me brincaba en el pecho. Abrí los ojos y vi que los suyos resplandecían.
—¿Y esto no tiene nada que ver con la conexión ni con Blake?
—No —me aseguró, y luego suspiró—. Bueno, sí, en parte tiene que ver con ese humano, pero se trata de nosotros. De lo que sentimos el uno por el otro.
Me sentía atraída por él a un nivel que resultaba casi doloroso. Estar cerca de él hacía que cada célula de mi cuerpo ardiera, pero estábamos hablando de Daemon. Ceder a sus deseos era como admitir que la forma en que me había tratado era aceptable. Y, más importante aún, requería confiar ciegamente en la teoría de que nuestros sentimientos eran reales. ¿Y cuando resultara que no lo eran? Se me partiría el corazón, porque acabaría coladita por él… más de lo que ya lo estaba.
Me retorcí y pasé por debajo de sus brazos. Un dolor sordo me atravesó la pierna herida cuando retrocedí.
—¿Esto es una especie de «no me interesabas hasta que otra persona se interesó por ti»?
Daemon se apoyó contra la mesa.
—No se trata de eso.
—Pues ¿de qué, entonces, Daemon? —Se me llenaron los ojos de lágrimas de frustración—. ¿Por qué ahora, cuando hace tres meses no soportabas ni respirar el mismo aire que yo? Todo esto es cosa de la conexión. Es lo único que tiene sentido.
—Joder. ¿Crees que no me arrepiento de haberme portado como un cretino contigo? Ya te he pedido perdón. —Se quedó allí de pie, irguiéndose sobre mí—. No lo captas, ¿verdad? Nada de esto es fácil para mí. Y sé perfectamente que para ti es duro, que tienes mucho con lo que lidiar. Pero yo tengo a mi hermana y a toda una raza que cuentan conmigo. No quería que intimaras conmigo, no quería otra persona de la que preocuparme, a la que pudiera perder. —Contuve el aliento mientras Daemon continuaba—: No me porté bien, ya lo sé, pero puedo hacerlo mejor; seguro que mejor que Benny.
—Blake. —Suspiré mientras me apartaba cojeando—. Tengo muchas cosas en común con él, ¿sabes? Le gusta que lea…
—A mí también —me retó Daemon.
—Y también tiene un blog. —¿Por qué me sentía como si me estuviera aferrando a un clavo ardiendo?
Daemon me cogió un mechón de pelo y se lo enrolló en el dedo.
—No tengo nada en contra de Internet.
Le aparté la mano de un manotazo.
—Y no le gusto por culpa de una estúpida conexión alienígena ni porque le guste a otro chico.
—A mí tampoco. —Le destellaron los ojos—. No puedes seguir fingiendo. No está bien. Vas a romperle su pobre corazoncito humano a ese chico.
—Claro que no.
—Claro que sí. Porque me deseas y yo a ti.
En el fondo, sí que quería estar con él. Y quería que él sintiera lo mismo, pero no porque fuéramos el mismo átomo dividido ni porque alguien más se sintiera atraído por mí. Negué con la cabeza y me dirigí hacia la puerta.
—No dejas de decirlo…
—¿Y eso a qué viene? —me exigió.
Cerré los ojos un momento.
—Dices que quieres estar conmigo, pero eso no es suficiente.
—También te lo he demostrado.
Me volví hacia él arqueando una ceja.
—¿Cuándo?
—¿Y qué ha sido eso? —Daemon señaló hacia la mesa y me sonrojé. En esa mesa comía gente…—. Creo que ya te he demostrado que me gustas. Pero puedo repetirlo si no te ha quedado claro. Y te llevé un batido y una galleta al instituto.
—¡Te metiste la galleta en la boca! —exclamé levantando las manos en un gesto de frustración.
Daemon sonrió, como si fuera un buen recuerdo.
—En cuanto a lo de la mesa…
—Tirarte a mi pierna como un perro en celo cada vez que estoy contigo no demuestra que te guste.
Daemon apretó la boca y me di cuenta de que intentaba aguantar la risa.
—En realidad, así es como yo le demuestro a la gente que me gusta.
—Ya, vale, lo que tú digas. Pero nada de eso importa, Daemon.
—No pienso irme a ninguna parte, Kat. Ni pienso rendirme.
Tampoco es que pensara que fuera a hacerlo. Estiré la mano hacia la puerta, pero me detuvo.
—¿Sabes por qué te pedí que nos encontráramos aquel día en la biblioteca? —me preguntó.
—¿Cómo? —Me volví hacia él.
—El viernes que regresaste después de estar enferma, ¿te acuerdas? —Se pasó una mano por el pelo—. Tenías razón. Elegí la biblioteca para que nadie nos viera juntos.
Apreté los labios y las náuseas me quemaron la garganta.
—¿Sabes qué? Siempre me he preguntado si existe alguien con más ego que tú.
—Y tú, como siempre, te precipitas y sacas una conclusión equivocada. —Me traspasó con la mirada—. No quería que Ash o Andrew empezaran a darte la lata por mi culpa, como hicieron con Dawson y Beth. Así que, si crees que me avergüenzo de ti o que no estoy dispuesto a hacer públicas mis intenciones, ya puedes sacarte esa idea de la cabeza. Porque, si eso es lo que hace falta, que así sea.
Me quedé mirándolo. ¿Qué diablos se suponía que debía responder? Sí, eso era lo que creía una parte de mí. ¿Cuántas personas echarían a una chica de la cafetería como había hecho él y luego empezarían a cortejarla? No muchas, desde luego. Y entonces me acordé del espagueti que le quedó colgando de la oreja y oí su carcajada cargada de diversión aquel día que parecía tan lejano.
—Daemon…
Aquella sonrisa estaba empezando a preocuparme de verdad.
—Ya te lo dije, gatita. Me gustan los retos.