Capítulo 17

Los males de Idabelle y de otras criaturas

Los gauchos no se ponen de acuerdo sobre si el jaguar es bueno para comer, pero son unánimes al afirmar que el gato es excelente.

Me encontré a Viola removiendo una olla de guisado de ciervo mientras miraba ceñuda a Idabelle, la gata de interior, que estaba acurrucada en su cesta junto a la estufa.

—Échale un vistazo a esa gata —me pidió la cocinera—. ¿Ves algo raro?

—¿Qué quieres decir?

—Siempre tiene hambre, pero yo la veo cada vez más flaca. Me parece que está enferma.

Viola adoraba a Idabelle, que se alimentaba de ratones y se las arreglaba, por lo general, para atrapar una cantidad más que sobrada para mantenerse gorda y contenta.

—Me preocupa esta gata —añadió Viola—. Se pasa el rato lloriqueando. —Y en ese preciso momento, Idabelle se levantó, se estiró y deambuló alrededor de mis tobillos soltando unos aullidos lastimeros.

La cogí en brazos para consolarla; me pareció más ligera de lo normal. ¡Ay, no! Otro animal enfermo, no.

—Sí, está más delgada —dije palpándole las costillas a través del pelaje, que parecía haber perdido lustre.

Viola me miró inquieta.

—¿Tú crees que ese veterinario podría hacer algo?

Vaya, eso sí que era una idea novedosa. Los veterinarios se ocupaban de los grandes animales y del ganado que producía beneficios. Yo nunca había oído que un perro o un gato enfermos recibieran atención profesional. A nadie en todo el condado se le habría pasado por la cabeza gastar unos centavos en una mascota. El animal se recuperaba por sí solo o se moría, y asunto concluido.

—Se lo preguntaré —repliqué—. A lo mejor sí.

—Dile que no tengo dinero, pero que puedo cocinar para él. Dile que soy la mejor cocinera del pueblo. Tu madre responderá por mí. Y también Samuel.

Saqué del establo la conejera que había albergado en su día a Armand/Dilly. No veía por ninguna parte a Travis. ¿Se habría ido sin mí a la guarida del perro?

Apacible y confiada, Idabelle no tenía la menor idea de lo que le aguardaba, y pude meterla en la conejera y cerrar el pestillo antes de que reaccionara. Husmeó delicadamente el suelo de la jaula, sin duda captando algún rastro de su anterior habitante; después se agazapó y nos miró con hostilidad. Cuando recogí la conejera, soltó un largo aullido.

Y siguió aullando todo el camino hasta la oficina del doctor Pritzker, que quedaba a diez minutos. La conejera y la gata juntas pesaban lo suyo, por lo que estaba sudando cuando llegué a la puerta y me encontré una nota clavada que decía: «He ido a la granja McCarthy. Vuelvo a mediodía».

Podía aguardar una hora entera o hacer la caminata de vuelta con mi pesada carga. Tanteé el pomo de la puerta; no esperaba que se abriera, pero se abrió. La oficina estaba limpia y se hallaba amueblada sencillamente a base de un escritorio cubierto de papeles, dos sillas de respaldo recto, un archivador y una vitrina de cristal llena de tarros con rótulos de nombres intrigantes: Nux vomica, Vitriolo azul, Cicuta, Tartrato de antimonio. Había una mesa de exploración de madera y un mostrador de zinc donde el doctor debía de medir y mezclar sus pociones, elixires y purgantes. Y también había un estante lleno de gruesos volúmenes encuadernados en cuero.

Deposité la jaula en el suelo y me senté a esperar. Los aullidos de Idabelle se habían aplacado y ahora solo daba algún que otro maullido de impotencia. Yo no tenía nada que hacer, aparte de decirle palabras tranquilizadoras y esperar una hora mano sobre mano. Me mantuve así mis buenos cinco minutos, mirando todo el rato los libros con ganas. Pero la dura madera de la silla pudo conmigo y tuve que levantarme para desentumecer los cuartos traseros. Y entonces, en fin, los gruesos y tentadores volúmenes me susurraron: «Ven y echa un vistazo, Calpurnia. Solo un vistazo. Nada más. En serio». Me acerqué, pues, y examiné los títulos: Enfermedades del ganado, Guía completa de la oveja doméstica, Conceptos básicos sobre el ganado porcino, Manual avanzado de la cría de equinos. Pero no había nada sobre perros ni gatos, y mucho menos sobre perroyotes. Quizá el doctor Pritzker no sabía nada de felinos ni de caninos.

Al cabo de una hora había aprendido que las ovejas a veces tenían dos crías, e incluso tres, y que, frecuentemente, estas se enredaban en el canal del parto, y el veterinario había de deshacer aquel barullo de tres cabezas y doce patas revueltos y amontonados. Lo cual debía efectuarse con sumo cuidado para no matar a la oveja. Me hallaba absorta en el análisis de los partos de nalgas cuando se abrió la puerta y sonó la campanilla. Di un respingo de medio metro, y estuve a punto de tirar al suelo el precioso volumen.

El doctor Pritzker, cubierto de polvo y estiércol, dijo divertido:

—Ah, Calpurnia, ¿has aprendido algo útil?

—¡Ay, perdón, doctor Pritzker! Yo…

—No tienes por qué disculparte. Tu abuelo me ha dicho que posees una auténtica sed de conocimiento. —Entonces reparó en la conejera—. Pero ¿qué es lo que tenemos aquí? Parece una nueva raza de conejo que desconozco.

—Es Idabelle, nuestra gata de interior. Está perdiendo peso y llora mucho. ¿Querrá echarle un vistazo? Puedo pagarle. —Y me apresuré a añadir—. Pero si es más de cuarenta y dos centavos, tendré que abonárselo a plazos.

—Por eso no te preocupes. El problema es que he enviado a Samuel a almorzar. Tendremos que esperar a que regrese.

—No veo por qué. Yo puedo ayudar. Es solo una gata.

Él titubeó.

—¿Y qué dirán tus padres?

—No pasa nada, de veras. Yo me cuido siempre de nuestros animales —dije con rotundidad, exagerando la verdad (aunque solo un poco).

—Muy bien. Pero no me culpes a mí si te llevas un arañazo.

—Ella jamás me arañaría —aseveré, muy convencida. Aunque al mirar a la gata, normalmente tranquila y cariñosa, acurrucada en la jaula con un destello de feroz desesperación en los ojos, sentí una punzada de vacilación.

—¿Qué síntomas presenta? ¿Ojos llorosos? ¿Moqueo nasal? ¿Vómitos? ¿Diarrea?

—Ninguno de ellos, pero está perdiendo peso, y llora mucho.

—Bien —dijo—. Ponla sobre la mesa y le echaremos un vistazo.

Ahora que había llegado el momento de la exploración, Idabelle decidió que no quería ser desalojada de la conejera; se aferró a ella como una lapa, agarrándose firmemente con las garras a la malla de alambre. Desengancharle las cuatro patas y mantenérselas desenganchadas simultáneamente resultó ser por sí misma una operación muy complicada.

La coloqué en el borde de la mesa y la sujeté por el cogote. El doctor Pritzker empezó examinándole la cabeza. Le miró las dos orejas, cosa que a Idabelle no le gustó demasiado. Yo temía por la mano sana del doctor, pero la gata me hizo sentir orgullosa, porque no siseó, ni mordió ni arañó. Luego el veterinario le examinó cada ojo, tirando hacia abajo del párpado inferior.

—¿Qué está buscando? —pregunté—. Tiene que explicarme lo que va haciendo.

—Muy bien. Primero hay que mirarle las orejas por si tiene llagas o alguna sustancia negra, que es un signo de ácaros del oído. Después hay que mirar los párpados, para ver si están pálidos o no. Fíjate: tiene un tono rosado en la conjuntiva, que es esta membrana de aquí. Si estuviera pálida, ello indicaría una hemorragia interna o anemia. Y las pupilas son las dos del mismo tamaño, así que está todo bien.

—¿Y si fuesen diferentes? ¿Qué significaría?

—Sería un signo de que había recibido un golpe en la cabeza o algún daño en el cerebro. Además, el tercer párpado, la membrana nictitante, está retraída. Si fuera visible ahora, estando la gata totalmente despierta, sería un signo de mala salud. Normalmente, solo se ve cuando un gato está soñoliento. Ahora la boca. Échale la cabeza hacia atrás y sujétala así.

Hice lo que me decía mientras él le levantaba el labio a Idabelle por cada lado. Eso aún le gustó menos.

—Mira —dijo el doctor—, tiene las encías rosadas y sanas. Sin abscesos ni dientes rotos. Por ahora, no hay motivo para que no coma. Ahora le examinaremos las glándulas del cuello.

Pasó la mano buena por debajo de la mandíbula de la gata.

—Aquí no hay nada. Si tuviera las glándulas inflamadas, sería un signo de infección.

A continuación le palpó el vientre y declaró que estaba libre de tumores. Le recorrió con la mano cada miembro y también la cola, y dictaminó que no sufría ninguna fractura.

—Sujeta la cola —ordenó, y miró de cerca el trasero de la gata—. No hay diarrea. Ni parásitos visibles. Ahora abre ese cajón y pásame el estetoscopio. Es el instrumento con el tubo negro.

—Ya sé lo que es —dije, algo ofendida—. Cuando estamos resfriados, el doctor Walker viene a casa y nos escucha con ese aparato los pulmones. Pero eso ocurre cuando no funciona el aceite de hígado de bacalao. —Me estremecí al pensar en el remedio favorito de mamá.

Saqué el instrumento del cajón y se lo pasé. Olía a goma.

El doctor Pritzker no conseguía colocárselo en los oídos y yo me apresuré a ayudarlo. Dándome las gracias con una sonrisa, le aplicó a Idabelle el estetoscopio en el pecho y escuchó con mucha atención. Al cabo de un momento, intentó quitarse los auriculares de los oídos y yo volví a ayudarlo.

—El corazón y los pulmones suenan con toda normalidad. Ahí no tiene nada —dijo devolviéndome el estetoscopio—. Ya puedes guardarlo en su sitio.

Iba a meterlo en el cajón, pero titubeé. Con frecuencia había pegado el oído al cálido pelaje de la gata y le había escuchado el rápido golpeteo del corazón, aunque sonaba débil y lejano, casi inaudible. Ahora tenía la ocasión de escucharlo de verdad con un instrumento de verdad.

—¿Puedo probar yo, por favor? —solicité—. Por favor.

El doctor encontró cómica la idea, al parecer, pero dijo:

—Muy bien. Has de situar la campana justo aquí. —Señaló un punto detrás de la pierna izquierda. Parecía un sitio raro para escuchar el corazón, pero el experto era él, ¿no?

Me coloqué los auriculares y apreté la campana sobre el pelaje de la gata, sin demasiadas expectativas. Sorprendentemente, me llenó los oídos un gran estruendo. Era casi demasiado fuerte para soportarlo, y tan rápido que parecía un redoble de timbal. El valeroso corazón de Idabelle latía a lo loco, y hube de escuchar un buen rato antes de descifrar el sonido. Lo que parecía de entrada un tamborileo continuo estaba compuesto en realidad por dos sonidos diferentes (que más tarde descubrí que eran el «lub» y el «dub», los sonidos producidos por el cierre de las válvulas del corazón). También se oía un viento sonoro y sibilante, y caí en la cuenta de que era el aire que circulaba por los pulmones.

—¡Uau, es asombroso!

Él sonrió.

—¿Sabes lo que le pasa a esta gata? —me dijo.

—¿Qué? —inquirí con agitación.

—Absolutamente nada. Está perfecta. Y ahora le haremos la última prueba. —Fue al cuarto trasero y volvió con una pequeña lata de sardinas—. Tendrás que abrirla tú; yo no puedo.

Abrí la lata con la llavecita. El hedor del pescado en aceite, demasiado parecido al del aceite de hígado de bacalao, inundó de repente la oficina.

—Prueba con esto —indicó.

Coloqué la lata delante de Idabelle. Ella husmeó una vez, agarró una sardina y se la tragó en un abrir y cerrar de ojos; luego se lanzó sobre las demás, y dio buena cuenta de ellas a gran velocidad. Terminó lamiendo la lata hasta limpiarla y miró alrededor, buscando más. Su vientre abultaba cómicamente.

—¿Lo ves? —concluyó el doctor Pritzker—. Tiene hambre, nada más.

—¿De veras? —dije, incrédula—. ¿Es solo eso?

—No le pasa nada. ¿Con qué frecuencia le dais de comer?

Tuve que pararme a pensar.

—No lo sé, en realidad. La tenemos dentro para que cace ratones, pero no sé si Viola le da más comida o no.

—Pues parece que la población de ratones ha disminuido en tu casa por algún motivo. No tendréis trampas colocadas por las habitaciones, ¿no?

—Creo que no.

—¿Ni veneno?

—No, señor.

—¿Y la gata no compite con otros gatos?

—No, los otros son gatos de exterior.

—Pues tendréis que complementar su alimentación hasta que vuelvan los ratones. Dadle unas sardinas cada día, pero no tantas como para que deje de cazar.

Le di las gracias efusivamente y volví a meter a la gata en la jaula, ansiosa por llegar a casa y darle la buena noticia a Viola. Idabelle se puso otra vez a soltar aullidos, e incluso a un volumen más alto. Aunque me costó enormemente decirlo, lo dije de todos modos, alzando la voz para que se me oyera superando el guirigay.

—¿Me enviará por favor la factura, doctor Pritzker?

Él pareció divertido y señaló la masa de papeles que tenía encima del escritorio.

—Quizá lo haga si consigo ponerme al día con mi contabilidad. O se me ocurre otra cosa: tú puedes hacerme a cambio algunos recados, enviarme un mensaje o dos. A veces no puedo mandar a Samuel sin quedarme atascado, lo cual es un gran inconveniente. ¿Trato hecho?

—¡Trato hecho! Ah, ¿y también cura usted perros? No he visto ningún libro sobre perros en su estante.

—Curé en su día a algunos perros pastores y perros de caza. Los principios curativos son esencialmente los mismos. ¿Tienes algún perro enfermo?

—No… no. Pero quizá lo tenga. Algún día.

Me miró con extrañeza, pero yo pensé que no tenía sentido explicar nada más. Aun suponiendo que pudiera llevarle el perroyote, sabía que el doctor Pritzker recomendaría el tratamiento habitual para una criatura en tal estado, o sea, una piadosa y rápida bala en la cabeza. Y aunque no fuera así, la factura por arreglar un estropicio andante como aquel seguramente ascendería a la suma astronómica de veinte dólares.

Lancé una última mirada codiciosa a sus libros y di media vuelta para marcharme.

—Siempre dejo la puerta abierta durante las horas de trabajo. Puedes venir a leer cuando lo desees.

—¡Anda, gracias! —Parecía que este era mi día de suerte.

—Aunque, pensándolo bien, hay partes de este material que no son adecuadas para jovencitas, por lo que será mejor que pidas permiso a tu madre.

¡Vaya! Quizá no había tenido tanta suerte, después de todo.

Llevé a Idabelle de vuelta a casa con una sensación de alivio, preguntándome a dónde habrían ido a parar los ratones. Y entonces se me ocurrió de golpe la respuesta. ¿Cómo había sido tan idiota para no darme cuenta antes? Pobre Idabelle. Se estaba quedando sin comida por culpa de la serpiente.

Llevé la jaula a la cocina. Viola se levantó de un salto, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué le pasa? ¿Se está muriendo?

Nunca había visto a Viola tan acongojada. Los altibajos de nuestros asuntos familiares se sucedían a su alrededor, pero ella mantenía, por lo general, un estado de perfecto equilibrio (aunque fuese con ese runrún gruñón que aplicaba a todos y a todo por igual, salvo a Idabelle). Nunca hasta entonces la había visto derramar una lágrima. Aunque tuviera montones de sobrinos, incluido Samuel, no tenía hijos, y supongo que eso convertía a Idabelle en la niña de sus ojos.

—Está muy bien —informé—. Tiene hambre porque no hay ratones suficientes en la casa.

—¿Hambre? ¿Nada más? ¡Alabado sea Dios!

—El doctor Pritzker me ha dicho que deberías darle sardinas cada día hasta que gane peso y vuelva a haber ratones.

Ella se secó los ojos con el delantal.

—Voy a ponerle una lata ahora mismo.

—No, no. Acaba de comerse una entera. Espera hasta mañana o reventará, te lo aseguro.

—¡Alabado sea Dios! —susurró Viola, y estrechó a la gata contra su huesudo pecho—. Mi niña ya está en casa —canturreó.

Idabelle se restregó contra su delantal y se puso a ronronear a todo trapo.

—¿Y qué pasa con los ratones? —dijo Viola.

Yo contesté sin pensar:

—Es la serp… ¡Uf!

—¿La serpuf? ¿Y eso qué es?

—No, nada. Es, eh, la fluctuación natural de la población.

—Nunca había pasado nada parecido.

—He de irme —dije, y las dejé solas para que disfrutaran de su feliz reencuentro.

Pregunta para el cuaderno: sin duda es agradable que Felis domesticus ronronee, pero ¿y los leones y los tigres?, ¿también ronronean? ¿Y cómo podrías llegar a averiguarlo?

Esa noche la «serpuf» reapareció del modo más desagradable: Sir Isaac Newton había vuelto a escaparse de su plato, pero esta vez tuvo la mala suerte de tropezarse con la serpiente, un enemigo ancestral. Cuando entré en mi habitación, descubrí que estaba librándose en el suelo una batalla épica entre el tritón y la serpiente, y advertí que el tritón la estaba perdiendo a gran velocidad, pues ya tenía en ese momento medio cuerpo entre las fauces de la serpiente. A ver, a mí una pelea justa no me molesta, pero ¿eso? Puesto que los tritones son más bien retraídos y tienen un cuerpo blando, aquella era una lucha muy desigual y consiguió sacarme de mis casillas.

Intervine dando un salto, agarré los cuartos traseros de Sir Isaac Newton y tiré con fuerza. La serpiente tiró por su lado. Yo le grité: «¡Dame mi tritón, maldita serpiente!». Ella se negó y siguió tirando, de manera que yo hice lo único que se me ocurrió: apreté el puño y le di un golpe en el hocico. La serpiente se enroscó, escupió a su víctima y salió pitando hacia la grieta del zócalo. Sir Isaac se desplazó aturdido mientras yo le limpiaba con el pañuelo las babas del reptil. Le dirigí unas palabras de ánimo y lo acaricié por debajo de la barbilla. Él se sacudió y, tras unos momentos, no dio la impresión de haber sufrido ningún desperfecto; así pues, volví a dejarlo en su plato y aseguré la tapa. Menos mal que Aggie se había ido a comprar refrescos. De haber estado en la habitación, la habría espichado del susto. Seguro.

Mi vida estaba llena de escenas dramáticas, ya lo veis.