Capítulo 34
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Cuándo…? —tartamudeo. ¿De dónde han salido?
—Hola —saluda mi madre con tono cortante. Mi padre está ahí sentado, sacudiendo la cabeza.
No tengo claro si está enfadada o no. Quiero acercarme a ambos y darles un abrazo enorme, pero hace semanas que no los veo y, ahora que los tengo aquí, no sé cuál es su estado de ánimo.
—¿Cómo habéis entrado? —Por fin consigo formular una frase entera.
—Uy, ¿no lo sabías? Tu padre es un ladrón retirado. —Mi madre me mira con su ceja perfecta enarcada, y mi padre continúa ahí sentado con cara de desaprobación y de mal humor.
—¡Mamá! —Frunzo el ceño.
Por fin suspira y se levanta.
—Ava O’Shea, mueve el trasero hasta aquí y dale un abrazo a tu madre —dice estirando los brazos en mi dirección.
Me echo a llorar.
—¡Sabía que haría eso! —gruñe mi padre—. ¡Malditas mujeres!
—Cállate, Joseph. —Vuelve a agitar los brazos y yo voy directa hacia ellos, llorando como una niña y encogiéndome un poco de dolor cuando me frota la espalda con cariño—. ¡Ava! ¿Por qué lloras? Para, vas a hacerme llorar a mí también.
—Me alegro tanto de veros… —sollozo contra el blazer gris de mi madre mientras mi padre resopla con disgusto al ver a las dos mujeres de su vida llorando como magdalenas. No suele mostrar sus emociones, y cualquier clase de afecto le incomoda tremendamente.
—Ava, no podías seguir evitándonos toda la vida, aunque estemos a kilómetros de distancia. Deja que te vea. —Me aparta un poco y me seca las lágrimas.
No se puede negar que soy hija de mi madre. Tenemos los ojos iguales, grandes y castaños, y el pelo del mismo color, sólo que ella lo lleva corto. Tiene buen aspecto para tener cuarenta y siete años, muy bueno.
—Tu padre y yo hemos estado muy preocupados por ti estas últimas semanas.
—Lo siento. Han sido unas semanas de locura —digo intentando excusarme y recobrar la compostura. Probablemente tengo el rímel todo corrido, y necesito sonarme la nariz—. Un momento. —Miro a mi madre y después a mi padre, que encoge sus inmensos hombros con un gruñido—. De verdad, ¿cómo habéis entrado? —Estoy tan sorprendida y emocionada que se me había olvidado que estábamos en el ático de diez millones de libras de Jesse.
—Los he invitado yo.
Me vuelvo y veo a Jesse de pie en la entrada de la cocina, con las manos metidas tranquilamente en los bolsillos de su pantalón.
—No me has dicho nada —farfullo. Estoy confundida.
—No quería que discutiéramos al respecto —dice encogiéndose de hombros—. Y ahora ya están aquí.
Miro a mi madre, que sonríe alegremente a mi hombre imposible, y después a mi padre, que pone su típica cara de «Yo sólo hago lo que me mandan». Miro de nuevo a mi madre confundida. Sigue con una amplia sonrisa, y me muero de vergüenza al ver que Jesse la pone cachonda. Aunque no sé por qué me sorprende, despierta la misma reacción en todas las mujeres, y he de recordar que Jesse es más de la edad de mi madre que de la mía.
«¡Jodeeeer!»
—Eh…, mamá, papá. Éste es Jesse. Jesse, éstos son mis padres, Elizabeth y Joseph. —No lo había planeado así. De hecho, no lo había planeado de ninguna manera.
—Ya nos conocemos —dice Jesse.
Lo miro al instante.
—¿Qué?
—Que ya nos conocemos —repite, aunque no era necesario porque lo he oído perfectamente a la primera.
Veo cómo intenta reprimir una sonrisa. Vale, estoy totalmente confundida. Jesse suspira y se acerca a nosotros hasta que está delante de mí, demasiado cerca teniendo en cuenta que mis padres se encuentran ahí delante y que esto los ha pillado por sorpresa, igual que a mí.
—No he ido a correr esta mañana —confiesa.
—¿No? —Frunzo el ceño—. Pero si ibas en chándal.
Se echa a reír.
—Lo sé. No es el atuendo que habría elegido normalmente para ir a conocer a tus padres, pero situaciones desesperadas… —Se encoge de hombros.
—Ahora lo estás compensando con ese traje, Jesse —dice mi madre dándole unas palmaditas en el brazo. Me quedo boquiabierta.
¿Qué coño está pasando aquí? Quiero empezar a maldecir, pero mi madre detesta los tacos tanto como Jesse. Bueno, mi madre detesta los tacos. Punto. Jesse detesta que los diga yo, pero le parecen totalmente aceptables si es él quien los dice.
—Perdonad. —Me llevo las manos a la cabeza y empiezo a frotarme las sientes—. No entiendo nada.
—Siéntate. —Jesse me coge del brazo, me guía hasta un taburete y se sienta a mi lado. Mi madre vuelve junto a mi padre—. Hablé anoche con tu madre. Como es lógico, estaba muy preocupada por ti y me hizo muchas preguntas. —Enarca una ceja mirando a mi madre y ella se echa a reír.
—Es una cotilla, ¿verdad? —interviene mi padre, y ella le da una palmada en el hombro.
—Es mi pequeña, Joseph.
—En fin —continúa Jesse—. Pensé que lo mejor sería que vinieran y vieran con sus propios ojos que no soy ningún chalado que te tiene cautiva en nuestra torre. Así que aquí están.
—Aquí estamos —canturrea mi madre. Está claro que no tiene ningún problema con el hombre impresionante y maduro que me acaricia la mano suavemente.
Intento recuperarme de la impresión.
—¿Y los has visto esta mañana? ¿Por qué? —pregunto.
—Sentí que necesitaba explicarme —responde Jesse. Lo miro y me entran ganas de echarme a llorar. No puedo creer que haya hecho algo así—. Ava, ninguno de nosotros esperaba que sucediera esto, por motivos muy distintos. Sé que la opinión de tus padres significa mucho para ti, y como es importante para ti, también lo es para mí. Tú eres mi prioridad. Tú eres lo único que me importa. Te quiero.
Oigo cómo mi madre cae al suelo con su vahído mental, y mi padre, aunque sigue sin mostrar ninguna emoción, asiente con aprobación.
—Un padre lo único que quiere es saber que su hija está bien cuidada. —Alarga el brazo y le tiende la mano a Jesse—. Y creo que lo está en tus manos.
Él acepta la mano de mi padre.
—Es mi razón de ser. —Jesse sonríe, mi madre se derrite y yo me echo a reír.
«¡Qué fuerte!»
Jesse me mira con sarcasmo y una ceja enarcada. Sabe lo que estoy pensando. ¿Serán mis padres conscientes de lo en serio que habla cuando dice eso? Aunque he de felicitar a Jesse por su discurso. Se los ha ganado de una manera justa y honesta, y ahora siento como si me hubieran quitado un inmenso peso de encima, aunque soy consciente de que no saben cuál es la auténtica naturaleza del negocio de Jesse ni lo que hacía cuando bebía. Ni tampoco saben nada del castigo al que se autosometió al creer que me había fallado porque pensaba que lo merecía. Ni que puede que esté embarazada. La lista es muy larga. Ése es otro peso con el que cargo. ¿Les ha contado lo de la bebida? Después de que Matt los llamara, deben de estar haciéndose preguntas al respecto.
Mi madre se levanta del taburete y rodea la isla para acercarse con los ojos vidriosos.
—¡Ven aquí, tonta! —Me obliga a levantarme y me envuelve con sus brazos. Silbo unas cuantas veces y aprieto los ojos con fuerza—. Te has complicado la vida sin motivo. Te has enamorado, Ava. Deberías habérmelo contado.
Sí, me he complicado la vida, pero por muchas más razones de las que ella cree.
—Bueno, ¿vamos a comer o qué? Necesito una pinta —dice mi padre devolviéndome a la realidad.
Mi madre me suelta y se pone derecha.
—¿Puedo usar el cuarto de baño, Jesse? —pregunta.
—Claro. A la derecha y luego otra vez a la derecha. Todo suyo.
—¿Perdón? —espeta mi madre.
Me echo a reír.
—Disculpe. —Jesse sonríe, me mira y después mira a mi madre—. Adelante. Como le he dicho, a la derecha y luego de nuevo a la derecha. Al lado del gimnasio.
—Bien, gracias.
Mi madre me mira como diciendo «Vaya, ¿“el gimnasio”?», coge su monedero de la encimera y nos deja a mi padre, a Jesse y a mí charlando de cosas banales.
—¿Qué coche tienes? —empieza mi padre, y yo me lamento. Mi padre es un apasionado de los coches grandes y caros.
Jesse tira de mí para que vuelva a sentarme en la silla.
—Un DBS.
—¿Un Aston Martin? —pregunta mi progenitor.
—Sí.
—Vaya. —Asiente y finge desinterés, aunque no lo consigue—. ¿Y has dicho que el hotel está en Surrey Hills?
Jesse nota que me pongo rígida y me abraza ligeramente.
—Así es. Los llevaré un día, tal vez en su próxima visita.
«¡Por favor, que nunca jamás vuelvan a Londres!»
—Claro, a Elizabeth le encanta todo lo que tenga que ver con el lujo. —Pone los ojos en blanco. La verdad es que mi madre le sale muy cara—. Tienes un piso muy bonito —dice mi padre admirando la cocina.
—Gracias, pero su hija es la responsable de eso —responde, y empieza a enroscarse mi pelo en el dedo—. Acabo de comprarlo.
—Entonces ¿éste es el gran proyecto que ocupaba todo tu tiempo? —dice mi padre—. Hiciste un gran trabajo.
—Gracias, papá.
Me siento tremendamente aliviada cuando oigo el timbre de la puerta. Mi padre y las conversaciones triviales no casan demasiado bien.
—¿Abres tú? —Jesse me da una palmadita en el trasero y me levanto.
—¿Quién es?
—No lo sé. Ve a ver.
Me empuja. Salgo de la cocina dejando a mi padre charlando con él y me dirijo a la puerta de entrada. Nadie puede subir si no sabe el código, así que debe de ser Clive.
Abro la puerta y me encuentro a Dan, a Kate y a Sam, todos juntos en el vestíbulo del ático. En lo primero que pienso es que Dan y Kate a menos de un kilómetro de distancia son sinónimo de mal rollo. Pero mi hermano se acerca con una enorme sonrisa en la cara y yo me lanzo contra él olvidando los dolores de mi espalda y la incómoda tensión que hay entre mi mejor amiga y él.
—¿Qué haces aquí? —Lo abrazo con fuerza y él se echa a reír.
—Yo sólo hago lo que me mandan. —Me aparta para verme y luego vuelve a abrazarme—. Tienes buen aspecto —dice con una amplia sonrisa—. ¿Dónde está ese novio nuevo tuyo para que le advierta que lo mataré como le haga daño a mi hermana?
Me entra el pánico al imaginarme a Jesse aguantando esas amenazas.
—En la cocina, pero no es necesario que hagas eso.
«¡Por favor, que no lo haga!»
Me mira con recelo.
—Es mi obligación —dice con rotundidad, y echa una mirada al ático—. ¡Joder! —susurra mientras asimila lo que ve. Me suelta y empieza a pasearse por el piso.
Kate se acerca a mí con una evidente expresión de inquietud dibujada en su pálido rostro y me rodea con los brazos.
—Creo que ésta es la situación más incómoda en la que me he visto en mi vida —me susurra al oído—. Es horrible.
Me echo a reír.
—No me aprietes tanto —digo apartándola ligeramente—. ¿Sam lo sabe? —susurro.
—Perdona, y no. Pensé que igual se lo había imaginado cuando aquel día comiendo me soltaste que venía, pero no tiene ni idea.
—¡Eh! ¿Qué pasa? —Sam aparta a Kate y me abraza suavemente—. Estás loca —dice en voz baja.
—Lo sé —coincido. Loca de atar.
—No vuelvas a hacer eso —me reprende—. ¿Y mi colega?
—En la cocina.
Me suelta y entra en el ático. Miro a Kate y ella sacude la cabeza.
—Si hubiera podido elegir, no habría venido —me dice, agobiada—. Vamos. —Me coge de la mano y nos dirigimos a la cocina.
Jesse está haciendo las presentaciones oportunas. La mirada cautelosa de Dan oscila entre Jesse y Sam por varias razones.
Cathy aparece entonces de ninguna parte con Luigi y tres camareros, y Jesse abandona la conversación que tiene lugar en la isla de la cocina para comentar unas cosas con ellos. Deja que Cathy lo bese en la mejilla, le estrecha la mano a Luigi y después señala a los presentes en general y en dirección a la terraza. Cathy lo manda callar y me saluda alegremente con la mano.
—¿Qué pasa? —le pregunto cuando vuelve a mi lado junto a la isla.
—Vamos a cenar.
—¿Aquí?
—Sí. Le pedí a Luigi que viniera y que hiciera los honores. Comeremos en la terraza. Hace buena noche.
Me coloca delante de él y me aparta el pelo de la cara.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto.
Inclina la cabeza hacia un lado.
—Haría cualquier cosa por ti, ya lo sabes.
Deslizo las manos por las mangas de su chaqueta hasta llegar a sus bíceps.
—Puede que mi hermano te amenace de muerte —digo sonriendo a modo de disculpa—. ¿Te importaría darle el gusto?
Sus labios forman una línea recta.
—¿Te refieres a dejar que otro hombre me diga cómo tengo que cuidar de ti? De eso, nada.
Dejo caer los hombros, ligeramente abatida.
—¿No has dicho que harías cualquier cosa por mí? —lo increpo repitiendo sus propias palabras. No quiero ni imaginarme lo que debió de costarle hablar con mis padres. Va en contra de todos sus instintos naturales.
Me apoya el dedo debajo de la barbilla y me besa suavemente en la comisura de la boca.
—Cualquier cosa —confirma—. Vamos.
Luego invita a todo el mundo a abandonar la cocina y a dirigirse a la terraza, donde me encuentro que todo está preparado para un banquete. La mesa exterior está perfectamente dispuesta, los calentadores están encendidos para paliar el fresco de la noche, y las botellas de vino y de cerveza se están enfriando en la nevera de bebidas que hay junto a la enorme barbacoa de obra. Miro a Jesse con incredulidad. ¿Cómo ha conseguido preparar todo esto sin que yo me diera cuenta? Me sonríe y me hace un gesto de dormir. ¿Mientras yo me he pasado casi todo el día durmiendo, él ha estado ocupado conociendo a mis padres y organizando todo esto? Estoy anonadada.
Me encuentro en una especie de trance mientras la gente que más quiero en el mundo charla, conversa, ríe y bebe a la mesa. Luigi y su equipo preparan y sirven un exquisito festín italiano. Jesse deja todo el tiempo una de las manos apoyada firmemente sobre mi rodilla y come sólo con la otra. Me aprieta de vez en cuando, especialmente cuando Dan empieza con sus amenazas de hermano mayor. Veo cómo Jesse se esfuerza por parecer amable y simpático mientras charlan. Mi madre detecta el hilo de nuestra conversación e interviene. Yo me siento tremendamente agradecida. Reprende a Dan y le sonríe dulcemente a Jesse. Después continúa hablando con Kate, quien, tras unas cuantas copas de vino, se ha relajado un poco, aunque la tensión entre ella y Dan es palpable. Sam, sin embargo, parece no enterarse de nada, y se dedica a hacer reír a mi padre con vete a saber qué historias.
—Kate está rara —observa Jesse en voz baja mientras me llena el vaso de agua—. ¿Se encuentra bien?
—Ella y Dan tienen un pasado en común —respondo también en voz baja para que Dan no nos oiga—. Es complicado.
Jesse enarca las cejas, sorprendido.
—Entiendo. ¿Te ha gustado la pasta?
—Estaba exquisita. —Apoyo la mano sobre la suya encima de mi rodilla—. Gracias.
—De nada, cariño. —Me guiña el ojo—. Ahora ya nada se interpone entre nosotros, ¿verdad? —dice, y me mira ansioso.
—No, tenemos vía libre. —Sonrío y me derrito cuando me regala de nuevo esa sonrisa reservada exclusivamente para mí con los ojos brillantes de alegría.
—Me alegro de que digas eso. —Se pone de pie, acallando todas las conversaciones de la mesa, y todas las miradas se vuelven hacia él. Después aparta mi silla—. Ponte de pie —me ordena, y yo me levanto con el ceño fruncido—. Disculpadnos unos minutos —dice a nuestros mudos invitados antes de retirarse conmigo de la mano.
—¿Adónde vamos? —pregunto tras él.
Entonces se detiene, se da la vuelta y se postra sobre una rodilla delante de mí, a tan sólo unos metros de la mesa. Oigo cómo mi madre inhala súbitamente, y yo hago lo propio al instante. Bajo la vista y observo boquiabierta cómo me coge la mano y me mira con sus ojos verdes y cristalinos.
—¿Lo hacemos a la manera tradicional? —me pregunta en voz baja.
Me echo a temblar.
—Ay, Dios mío —exclamo a través del nudo del tamaño de un melón que se me ha formado en la garganta.
Me vuelvo lentamente en dirección a la mesa y veo que todos nuestros invitados observan atentamente. Mi madre se ha llevado la mano a la boca, y mi padre tiene una pequeña sonrisa en los labios. Dan permanece inexpresivo, y Kate y Sam están relajados en sus sillas, ambos sonriendo.
Mi corazón empieza a latir a gran velocidad y me vuelvo otra vez hacia Jesse, con los ojos vidriosos. Acaba de conocer a mis padres. No puede estar haciéndome esto, no delante de ellos.
—Los he importunado a todos —dice con ojos brillantes—, con delicadeza —añade—. Incluso le he pedido tu mano a tu padre. —En su boca empieza a formarse una media sonrisa, y un sollozo escapa de mis labios—. Supongo que sabrás lo mucho que me costó hacerlo. —Me suelta la mano y me coge por detrás de las piernas para acercarme a él. Yo apoyo las manos en sus hombros—. Cualquier cosa, Ava —susurra.
Levanto las manos hasta su nuca y hundo los dedos en su oscura mata de pelo rubio mientras me mira.
—Cásate conmigo, nena.
—Estás loco. —Sollozo, y me inclino para besarlo. Mis manos descienden para cogerle la cara—. Estás completamente loco.
—Pero ¿seré un loco casado? —pregunta pegado a mi boca—. Por favor, dime que este loco se casará contigo. —Tira de mis manos hasta que yo estoy también de rodillas y me sostiene de los hombros con firmeza mientras estudia mi rostro—. Tú eres lo único que me importa, y siempre será así. Durante el resto de mi vida sólo estarás tú. Te quiero con locura. Cásate conmigo, Ava.
Me dejo caer contra su pecho llorando sin parar y oigo cómo mi madre empieza a gimotear.
—¿Eso es un «sí»? —pregunta, pegado a mi cuello.
—Sí.
—No puedo respirar —murmura, y se deja caer arrastrándome consigo hasta que acabamos tirados en el suelo de la terraza. Toma mi boca y me besa con adoración. Una vez más, mi ex mujeriego neurótico e imposible me toma donde y como quiere, sin el menor pudor—. Te quiero tanto. —Me coge la mano y vuelve a colocarme el anillo en el dedo. Después me la besa y me envuelve de nuevo con su cuerpo, abrazándome con fuerza.
—Yo también te quiero —le susurro al oído.
—Estoy tan contento. Eres el mejor regalo de cumpleaños que jamás he tenido.
«¿Qué?»
Levanto la vista y lo miro con ojos vidriosos. Él me sonríe, casi avergonzado.
—¿Es tu cumpleaños?
—Sí. —Empieza a morderse el labio. Está preocupado.
—¿Hoy?
—Sí —asiente.
Lo miro con recelo.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y ocho —responde sin vacilar.
Estallo de alegría.
—¡Feliz cumpleaños!
Él me bendice con esa sonrisa reservada sólo para mí y vuelve a estrecharme contra su pecho y a hundir la nariz en mi cuello.
Me derrito junto a él.
Amo a este hombre, en toda su perfección y a pesar de su manera de ser irracional e imposible. Me atrapó en seguida. Hizo que me enamorara de él. Hizo que lo necesitara.
Apareció sin que lo esperara, y era tan apasionado y tan irresistible… Y ahora es todo mío, y yo soy indiscutiblemente suya.
Por fin lo entiendo.
Por fin he llegado al interior de mi hombre.