Capítulo 21
Una vez servidos los postres y los cafés, y con mis mejillas doloridas por las payasadas de Kate y Sam a la mesa, John se levanta y anuncia, con su voz atronadora de siempre, que todos deberíamos abandonar la sala para que retiraran las mesas y la prepararan para recibir a la banda.
Jesse se incorpora y me ayuda a hacer lo propio en un esfuerzo de colmarme de atenciones. Yo lo rechazo con petulancia. Está haciendo todo lo posible por distraerme de mi enfurruñamiento. Cuando me alejo de la mesa, me agarra del hombro y me da la vuelta hasta que estamos frente a frente.
Me atraviesa con esos ojos verdes llenos de desaprobación.
—¿Vas a comportarte como una niña malcriada toda la noche, o tengo que llevarte arriba y follarte hasta que entres en razón?
Su animosidad me hace retroceder cuando veo que mira a mis espaldas y sonríe saludando a alguien que está detrás de mí. Vuelve a centrarse en mi persona y su sonrisa desaparece al instante. Su reacción a mi agravio me ha cogido por sorpresa. Me pasa la mano por detrás y me coge del culo con una palma firme, me aprieta contra su entrepierna y empieza a mover esas malditas caderas despacio y con fuerza. Maldigo a mi cuerpo traicionero por tensarse, y mis manos ascienden como un acto reflejo y lo agarro de los hombros.
Se acerca a mi oído.
—¿Sientes eso? —dice apretando con más fuerza.
Mi esfuerzo por contener un gemido de placer es en vano. No quiero calentarme aquí porque no pienso dejar que me tome en este lugar. Jamás.
—Responde a la pregunta, Ava. —Me muerde el lóbulo y lo desliza entre los dientes.
Lo agarro con más fuerza de los hombros.
—Lo siento —digo con un hilo de voz entrecortada.
—Bien. Pues es tuya. Toda entera. —Aprieta con más fuerza y se me clava más todavía—. Así que deja de estar de morros. ¿Entendido?
—Sí —suspiro contra su hombro.
Me suelta y da un paso atrás y enarca las cejas esperando mi confirmación. ¿Siempre va a tener esta influencia sobre mí? Estoy temblando y replanteándome seriamente mi voto de evitar practicar sexo en La Mansión. Podría llevármelo arriba sin problemas, a una de las suites privadas, y dejar que me devorara viva.
Echo un vistazo a sus espaldas y me encuentro con la mirada viperina de Sarah y, como marcando patéticamente mi propiedad, me pego al pecho de Jesse de nuevo y lo miro con ojos arrepentidos.
Él asiente a modo de aprobación y se inclina para posar los labios sobre los míos.
—Mucho mejor —dice contra mi boca. Me da una vuelta y empieza a guiarme afuera del salón de verano—. No llevo nada bien todas las miradas de admiración que atraes —comenta colocándome una mano firme en la zona lumbar.
Yo me mofo. Debe de estar de broma. Me encuentro rodeada de mujeres, y estoy convencida de que todas desean que desaparezca. Soy una intrusa en su fiesta.
—Tú no te quedas corto llamando la atención —susurro mientras pasamos junto a una morena atractiva.
Ella sonríe alegremente a Jesse y le acaricia el brazo.
—Jesse, estás tan fantástico como siempre —le dice con entusiasmo.
No puedo evitar la breve carcajada de sorpresa que escapa de mi boca. Tiene mucha cara, y me ofende sobremanera que piense que voy a quedarme tan tranquila mientras ella flirtea descaradamente con él. Estoy a punto de detenerme para ponerla en su sitio, pero Jesse me obliga a continuar y evita que cumpla mi propósito. No me puedo creer que tenga tanta poca vergüenza.
—Natasha, tú siempre tan descarada —responde él irónicamente mientras me coloca el brazo sobre el hombro y me da un beso casto en la mejilla al sentir mi irritación.
Ella sonríe arteramente y me mira con recelo con esos ojos de zorra que tiene. ¿Se habrá acostado con ella también? Siento cómo mi recién descubierto sentido de la posesión empieza a arder en mi interior. No me imagino pasando mucho tiempo aquí si ésta es la reacción que voy a obtener cada vez que lo haga. Y no es que me muera de ganas, la verdad, pero tratándose del lugar de trabajo de Jesse, estaría bien poder venir y estar cómoda, en vez de sentir que estoy ofendiendo a un millón de mujeres atractivas. Y ésa es otra cuestión: ¿acepta Jesse sólo a socias que son de un ocho para arriba en la escala del físico? Cuanto más tiempo paso aquí, más creo que debería dejar de trabajar. Quiero pasar cada segundo pegada a Jesse para darles en los morros a todas estas putas descaradas y desesperadas. Me estoy hundiendo mentalmente otra vez.
Al llegar al bar, el taburete en el que siempre suelo sentarme está ocupado por un hombre. No tarda en abandonarlo al vernos aparecer, y alza su copa a modo de saludo. Jesse me levanta y me coloca en el asiento, y Mario se acerca al instante, dejando que otro camarero se encargue de atender a los socios de La Mansión.
—¿Qué quieres beber? —Jesse se apoya en su taburete, delante de mí, y me estrecha la mano entre las suyas—. ¿Un «sublime»? —pregunta enarcando las cejas.
Me vuelvo hacia Mario.
—Por favor, Mario —digo, y él me ofrece su encantadora sonrisa de siempre, aunque parece algo más agobiado que antes. No me extraña, no ha parado en toda la noche.
—Yo quiero otro —dice Kate, que se acerca y se asoma por encima del hombro de Jesse resoplando—. ¡Estos zapatos me están matando! —protesta con una expresión de auténtico dolor—. En serio. El que inventó los tacones era un hombre, y lo hizo con la intención de facilitaros la tarea de placarnos y cargarnos sobre vuestros lomos para llevarnos a la cama.
Jesse inclina la cabeza hacia atrás y se echa a reír con ganas cuando Sam y Drew llegan también.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Sam al ver a Jesse partiéndose de risa.
Me mira a mí, mira a Kate, y ambas nos encogemos de hombros con una amplia sonrisa. Kate le propina a Jesse unas afectuosas palmaditas en el hombro. No puedo evitar participar en la diversión de Jesse ante el sarcástico comentario de Kate. Cuando se ríe así, unas arrugas coronan sus brillantes ojos verdes y sus sienes. Se pone guapísimo.
—Perdonad, ¿qué queréis beber? —pregunta entonces, serenándose y guiñándome un ojo.
Yo me derrito en el taburete y le envío un mensaje telepático para pedirle que me lleve a casa. El disfrute en el séptimo cielo de Jesse se ha reanudado. Me encuentro en mi salsa.
Drew y Sam piden sus bebidas a Mario, pero él ya va de camino a la nevera para sacar sus cervezas. Recojo todas nuestras copas, le paso la suya a Kate y la pillo asintiendo por encima de mi hombro. La miro con enfado. Ella repite el gesto de la cabeza y me doy cuenta de que me está haciendo una señal: quiere fumar. Me acerco a Jesse y él interrumpe su conversación con los chicos para prestarme atención.
—¿Qué pasa, nena? —Parece preocupado.
—Nada, voy al baño un momento. —Me bajo del taburete y cojo mi bolso de la barra—. No tardaré.
—Vale. —Me besa la mano.
Me marcho y me reúno con Kate.
—Necesito un piti —espeta con urgencia.
—¿En serio? Creía que querías llevarme arriba —digo mientras ella me dirige afuera. Mi naturalidad con respecto al piso de arriba debe de ser resultado del sublime de Mario—. Necesito ir al baño urgentemente, ahora te veo.
—¡En la puerta principal! —grita, y se marcha en dirección al vestíbulo mientras yo me dirijo a los aseos.
El lavabo de mujeres está vacío, y me meto en uno de los escusados. Todavía no he intentado usar el retrete con este vestido puesto. Podría llevarme un tiempo. Me subo la falda hasta la cintura con relativa facilidad y me aseguro de sostenerlo bien antes de sentarme. No sé de qué me preocupo, el suelo está impoluto. La puerta se abre y oigo unas cuantas voces que conversan alegremente.
—¿La habéis visto? Es demasiado joven para nuestro Jesse.
«Oh, oh…»
Me quedo helada a media micción y contengo la respiración. ¿«Nuestro Jesse»? ¿Lo compartían? Me relajo en el retrete y vacío la vejiga. Ahora que he empezado, no puedo parar.
—Está enamorado de ella. Joder, ¿habéis visto el diamante que lleva colgado al cuello? —dice con fascinación la voz número dos.
—Como para no verlo. No cabe duda de que está loco por ella —interviene la voz número tres.
¿Cuántas son? Termino de hacer pis y empiezo a bajarme el vestido y a plantearme qué debo hacer. Lo que quiero es salir y dejarles claro que no estoy con él por el dinero.
—Vamos, Natasha. Jesse es un dios del Olimpo. El dinero no es más que un añadido —dice la voz número dos, y ahora ya sé que la número tres es la de Natasha, la zorra descarada. ¡Y él es mi puto dios del Olimpo!
—Vaya, parece que todo nuestro esfuerzo ha sido en vano. Había oído rumores, pero no me lo creía hasta que lo he visto con mis propios ojos. Parece que nos hemos quedado sin nuestro Jesse —bromea la voz número uno.
Sigo de pie en el escusado, deseando que se marchen para poder escapar, pero entonces oigo que empiezan a sacar los pintalabios para retocarse el maquillaje.
—Es una lástima, ha sido el mejor polvo que he tenido nunca y jamás volveré a catarlo —dice la voz número tres, es decir, Natasha.
Monto en cólera. Sí se ha acostado con ella. Miro al techo intentando calmarme desesperadamente, pero es imposible, sobre todo con esas tres putas ahí fuera ensalzando las habilidades sexuales de mi dios.
—Lo mismo digo —añade la voz número uno, y me quedo boquiabierta, esperando a que la voz número dos acabe de rematarme.
—Bueno, pues no sé vosotras, pero yo creo que es demasiado bueno como para dejar de intentarlo.
No puedo seguir escuchando esta mierda. Tiro de la cadena y las tres se quedan en silencio. Compruebo que el vestido no se me haya enganchado en el corpiño, abro la puerta y salgo como si tal cosa. Sonrío con cortesía a las tres mujeres, todas con alguna especie de maquillaje suspendido delante de sus rostros. Me miran totalmente desconcertadas mientras me acerco al espejo del otro extremo del aseo. Me lavo las manos tranquilamente, me las seco y me aplico brillo de labios, todo en absoluto silencio y bajo las miradas recelosas de las tres zorras. Paso por delante de ellas y salgo del baño sin decir ni una palabra y con la dignidad intacta.
El corazón me late a mil por hora y me tiemblan un poco las piernas, pero consigo llegar al vestíbulo. Ha sido horrible y, aunque sé que Jesse ha tenido sus aventuras, lo cierto es que no me había planteado el alcance de éstas. Oír a esas mujeres hablar así sobre él me fastidia. Ha estado con muchísimas mujeres. Creo que yo también necesito un cigarrillo.
Sé que estoy gruñendo en voz alta cuando veo a Sarah salir por la puerta de lo que suele ser el restaurante. Lleva toda la noche esperando este momento y, después de lo que acabo de soportar, me siento menos tolerante hacia ella que de costumbre. En cuestión de minutos (o, mejor dicho, segundos), me veo frente a la cuarta mujer con la que Jesse se ha acostado. Estoy angustiada y no tengo humor para aguantar las ponzoñosas palabras de Sarah, y además tampoco quiero pelearme con ella con este vestido tan caro.
—Sarah, has hecho un trabajo excelente esta noche —digo con cortesía. Empiezo yo con los cumplidos para dejar clara mi intención de que nuestro encuentro sea civilizado, aunque tengo que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad.
Ella cruza uno de los brazos por debajo de su pecho ya levantado de por sí, realzándolo todavía más mientras sostiene su gin-tonic de endrinas delante de la boca. Su postura y su lenguaje corporal indican superioridad, y me preparo para la inevitable advertencia.
—¿Has cogido tu regalo de la mesa? —pregunta con una sonrisa.
Me deja descolocada. Ha cambiado el tono. Pensaba que ya habíamos superado la falsa cortesía, especialmente cuando Jesse no está presente.
—Lo cierto es que no —respondo con recelo. Después de ver la cara que ha puesto Kate, no lo quería.
Ella amplía la sonrisa.
—Vaya, qué lástima. Había algo ahí que podría haberte resultado muy útil.
—¿El qué? —digo sin poder ocultar mi curiosidad. ¿A qué juega?
—Un vibrador. Vi que el tuyo estaba hecho pedazos en el suelo de la habitación de Jesse.
—¿Disculpa? —espeto con una risotada de incredulidad.
Ella sonríe con malicia y yo empiezo a temer lo que está a punto de decir.
—Sí, cuando lo rescaté el miércoles por la mañana, después de que lo dejaras esposado a su cama —dice sacudiendo la cabeza—. Eso no fue muy inteligente por tu parte.
Se me cae el alma a los pies y veo cómo se deleita observando mi reacción ante la información que acaba de proporcionarme. ¿Llamó a Sarah? Estando desnudo, esposado a la cama y con un vibrador al lado decidió llamar a Sarah para que fuera a liberarlo?
«¿Qué?»
Pensaba que había sido John. ¿Por qué di eso por hecho? Ni siquiera puedo pensar en aquello. Ahora mismo sólo puedo mirar a la desagradable criatura que tengo delante, gozando con suficiencia de mi desgracia. Lo voy a matar, pero antes pienso borrarle a ella esa sonrisa asquerosa de esa cara hinchada de bótox que tiene.
—¿Has oído hablar de la cinta adhesiva para la ropa interior, Sarah? —pregunto con frialdad. Ella se mira los pechos y yo empiezo a avanzar hacia ella. Pienso aplastarla.
—¿Disculpa? —dice riendo.
—Cinta adhesiva para las tetas. Sirve para que no se te vean los pechos o… —Sacudo la cabeza—. Aunque, claro, precisamente ésa es tu intención, ofender la vista de todo el mundo con tu pecho exagerado. —Me detengo delante de ella—. Menos es más, Sarah, ¿has oído ese dicho alguna vez? Te vendría bien recordarlo, sobre todo a tu edad.
—¿Ava?
«¡No! ¡No, no, no!»
Me vuelvo y veo a Jesse con el entrecejo fruncido. Me alegro, porque debería estar preocupado. Oigo que los tacones de Sarah se alejan y entra en el restaurante. Sí, ha soltado la bomba y se ha largado para que no le salpique la metralla.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con una mezcla de confusión y preocupación reflejada en el rostro.
Ni siquiera sé qué decir. Miro alrededor del vestíbulo de La Mansión y veo que muchos socios empiezan a subir al piso de arriba. Deben de ser más de las diez y media.
—¿Ava?
Vuelvo la vista hacia Jesse y compruebo que empieza a caminar hacia mí. Retrocedo y él se detiene.
—Me voy —digo, decidida.
No puedo quedarme aquí a escuchar a todas esas mujeres alardeando sobre sus encuentros sexuales con él y juzgando por qué estamos juntos. Tampoco pienso quedarme a ver cómo desaparece con otra sin dar explicaciones. Y desde luego no tengo intención de aguantar las humillaciones de Sarah. Doy media vuelta y me dirijo con determinación hacia la inmensa doble puerta de la entrada para salir de este infierno. El corazón me va a mil por hora y las lágrimas de frustración empiezan a brotar.
—¡Ava! —lo oigo gritar, y después oigo sus fuertes pisadas tras de mí.
No sé qué planeo hacer una vez fuera. Sé que me alcanzará, y sé que no me dejará marcharme. Robaré un coche. No me importa haber bebido demasiado. La escenita del aseo ha sido horrible, pero lo de Sarah me ha destrozado. No puedo seguir sometiéndome a esta tortura. Está acabando con mi sensatez y transformándome en un monstruo celoso y resentido. No debería haber venido aquí.
—¡Ava, mueve el culo hasta aquí ahora mismo!
Llego a los escalones y me topo con Kate.
—¿Dónde estabas? —pregunta, y abre los ojos como platos al ver que Jesse corre detrás de mí.
—Me voy —contesto mientras me recojo el vestido para bajar los escalones.
Kate observa cómo me marcho a toda prisa con una expresión de no entender nada reflejada en su pálido rostro. Desciendo con una prisa absurda y me estrello contra el firme pecho de Jesse, cubierto con la chaqueta de su traje. ¡Ese maldito pecho! Me levanta y me coloca sobre su hombro sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¡Tú no vas a ir a ninguna parte, señorita! —ruge, y empieza a subir de nuevo los escalones hacia La Mansión.
Me aparto el pelo de la cara y apoyo las manos sobre su zona lumbar para intentar liberarme.
—¡Suéltame! —grito frenéticamente mientras me retuerzo, pero me tiene bien cogida y sé que preferiría morir antes que soltarme—. ¡Jesse!
Kate nos observa pasar con la boca abierta, tira la colilla de su cigarrillo al suelo y nos sigue.
—¿Qué está pasando?
—¡Es un gilipollas! ¡Eso es lo que está pasando! —grito atrayendo la atención de los aparcacoches, que dejan lo que están haciendo y observan en silencio cómo me llevan a hombros de vuelta al edificio—. ¡Jesse, suéltame!
—¡No! —grita, y continúa avanzando hacia el vestíbulo y hacia el salón de verano.
»No te preocupes, Kate. Sólo tengo que tener una charlita con Ava —dice tranquilamente mientras me agarra con más fuerza ante mi continua resistencia.
Alzo la vista y veo a mi amiga plantada en la entrada del bar mirándome y encogiéndose de hombros. Quiero gritarle, pero sé que ella poco puede hacer para convencer a Jesse de que me suelte. Me lleva a través del salón de verano, donde se han retirado todas las mesas y se ha preparado una pista de baile. La banda interrumpe sus pruebas de sonido y observa cómo Jesse avanza conmigo sobre su hombro. Levanto la cabeza y veo a John, que viene del despacho de Jesse, y se echa a reír sacudiendo la cabeza. No tiene ninguna gracia. Pasamos por su lado en el pasillo pero no dice nada. Sólo se aparta y nos deja el camino libre, como si fuese algo de lo más cotidiano. Supongo que así es.
Jesse cierra la puerta de su despacho de una patada y me deja en el suelo, con el rostro descompuesto de rabia, lo que no hace sino aumentar mi propia ira. Me apunta con un dedo.
—¡No vuelvas a huir de mí! —ruge.
Me estremezco.
Levanta los brazos con frustración, se acerca al mueble bar y yo me dirijo a la puerta de nuevo. ¿Beberá si me marcho? En estos momentos estoy demasiado furiosa como para que me importe. Agarro la manija de la puerta pero no continúo. Jesse me alcanza y me levanta. Me deja de nuevo en el suelo y prácticamente le da una patada a un aparador hasta que bloquea la salida.
—¿A qué coño estás jugando? —Me agarra de los hombros y me sacude con suavidad—. ¿Qué pasa?
Recupero la posesión de mi cuerpo y me aparto de él. Él gruñe pero me deja estar. De todos modos, ya no puedo ir a ninguna parte.
Me vuelvo y le lanzo la peor de mis miradas.
—¡No puedo creer que te abalances sobre cualquier hombre que me mire y en cambio te parezca de lo más normal meter a otra mujer en tu cuarto estando desnudo y tumbado en la cama! —chillo. ¡Estoy furiosa!—. ¡Creía que te había soltado John!
Baja ligeramente la mirada mientras asimila lo que acabo de reprocharle.
—¡Pues no fue así! —grita—. Él estaba aquí, no pude localizar a Sam, y Sarah andaba cerca. ¿Qué querías que hiciera?
Lo miro con la boca abierta de incredulidad. ¿Cómo se atreve a enfadarse conmigo?
—¿Y no se te ocurre otra cosa que llamar a una mujer?
—¡No deberías haberme esposado a nuestra puta cama!
—¡A TU cama! —subrayo.
Abre los ojos con furia.
—¡NUESTRA!
—¡Tuya! —rebato puerilmente.
Él echa la cabeza hacia atrás y maldice mirando al techo. Me da igual. No pienso dejar que le dé la vuelta a la tortilla y me haga sentir culpable a mí.
—Y, ya que estamos, acabo de tener el placer de escuchar a tres mujeres que compartían impresiones sobre tus habilidades sexuales. Me ha encantado. Ah, y Zoe ha tenido la amabilidad esta mañana de informarme sobre lo frecuentada que está tu cama. ¿Y quién coño era esa mujer? —Intento recobrar un poco la compostura, pero me cuesta. No paro de imaginarme a Jesse entreteniendo a otras mujeres, y eso me está emponzoñando la mente. Es ridículo. Tiene treinta y siete años.
Se acerca a mí.
—Ya sabes que tengo un pasado, Ava —dice con impaciencia.
—Sí, pero ¿te has follado a todas las putas socias de La Mansión?
—¡Esa puta boca!
—¡Vete a la mierda! —Me acerco al mueble bar, cojo la primera botella de alcohol que encuentro (que parece ser de vodka) y me sirvo un chupito.
Con las manos temblorosas, levanto el vaso e ingiero todo el contenido de un trago. De repente me pregunto por qué tiene alcohol en su despacho si pretende evitar beber. Me arde la garganta y me estremezco mientras dejo el vaso de un golpe sobre el mueble de madera pulida. No soy tan idiota como para servirme otro. Me quedo ahí plantada con las manos sobre el armario mirando la pared.
Él tampoco dice nada.
Me duele la garganta y me siento totalmente fuera de control, consumida por los celos y el odio.
—¿Cómo te sentirías tú si otro hombre me viera totalmente desnuda y esposada a una cama? —pregunto con un tono imparcial.
La respiración pesada que recorre la corta distancia que nos separa hasta rozarme cálidamente la espalda me da la respuesta.
—¡Me darían ganas de matarlo! —ruge.
Me lo imaginaba.
—¿Y cómo te sentirías si oyeras a alguien comentando cómo es hacerlo conmigo y diciendo que no iban a dejar de intentar llevarme a la cama de nuevo?
—¡Basta!
Me vuelvo y lo veo observándome detenidamente, con la barbilla temblorosa.
—Aquí ya no tengo nada que hacer —digo, y me dirijo hacia la puerta.
El aparador parece pesado, pero no tengo ocasión de comprobarlo. Jesse se interpone en mi camino y detiene mi progreso. Respiro hondo y lo miro.
—Que sepas que no voy a irme, pero sólo porque no puedo. Voy a salir ahí y me voy a tomar algo, y mañana por la noche saldré de fiesta con Kate. Y tú no vas a impedírmelo.
—Eso ya lo veremos —responde, muy seguro de sí mismo.
—Por supuesto que lo veremos.
Empieza a mordisquearse el labio clavando su mirada en la mía.
—No puedo cambiar mi pasado, Ava.
—Lo sé. Y no parece que yo pueda olvidarlo tampoco. ¿Te importa apartar el mueble, por favor?
—Te quiero.
—Quita el aparador de ahí, por favor.
—Tenemos que hacer las paces —dice con expresión socarrona.
Se me salen los ojos de las órbitas.
—¡No! —grito, ofendida por su intención de que lo perdone echando un polvo rápido.
Avanza un paso y yo doy otro hacia atrás.
—No tienes escapatoria, Ava —me advierte con voz calmada. Yo retrocedo otro paso y observo cómo me mira detenidamente—. ¿Vas a resistirte? —Enarca una ceja admonitoria y yo sigo retrocediendo hasta que mi espalda choca contra el mueble bar y me agarro al borde.
Si me pone las manos encima estaré perdida, y quiero seguir enfadada. Necesito seguir estándolo. Pretende cegarme con su tacto una vez más.
Me alcanza y coloca las manos sobre las mías. Mi cara está a la altura de su cuello y de su mentón. Intento bloquear mi sentido del tacto, pero fracaso estrepitosamente. Sé que no me dejará salir de su despacho hasta que hayamos hecho las paces.
—Mañana volveré a casa de Kate —digo, desafiante. Necesito tiempo para superar estos celos irracionales. Por lo visto, Jesse Ward también ha despertado en mí cualidades bastante desagradables.
—Sabes que no vas a hacer eso, Ava. Pero el hecho de que lo digas me pone furioso.
—Sí lo voy a hacer —respondo. Sé que lo estoy provocando, pero necesito que sepa que esto me afecta.
Se inclina hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
—Muy furioso, Ava —me advierte suavemente—. Mírame —me ordena a continuación.
Gimo.
—No. —Si lo hago, estaré perdida y Jesse se anotará un tanto.
—He dicho que me mires.
Niego ligeramente con la cabeza y él exhala un suspiro.
—Tres —empieza a contar claramente.
Mis ojos ascienden hacia los suyos de manera instintiva, pero no porque haya empezado la cuenta atrás y no quiera que llegue hasta cero. Es porque no entiendo nada. He cumplido su orden de manera involuntaria, y ahora estoy mirando de lleno esos ojos verde oscuro cargados de lujuria.
—Bésame —me exhorta.
Aprieto los labios, niego con la cabeza e intento liberar mis brazos.
—Tres… —empieza de nuevo, y yo me quedo helada y abro inmediatamente la boca. Roza mis labios con los suyos levemente—. Dos…
No es justo. Podría besarme, pero sé que no va a hacerlo. Quiere que me rinda y yo intento resistirme desesperadamente, aunque mi cuerpo traicionero desea tenerlo.
—Uno… —Sus labios vuelven a rozar los míos.
Aparto la cabeza y me retuerzo intentando zafarme de él.
—No, no vas a liarme, Jesse.
Deja escapar un gruñido de frustración y me suelta. Yo levanto las manos y lo empujo. Empezamos a forcejear y lo golpeo para apartarlo de mí mientras él intenta agarrarme de las muñecas.
—¡Ava! —chilla mientras me sujeta con fuerza y me da la vuelta. No sé por qué me molesto. Sé que tengo las de perder, aunque él me está tratando con mucho cuidado—. ¡Para de una puta vez!
No le hago caso, la rabia y la adrenalina alimentan mi tenacidad para seguir resistiéndome contra él.
—¡Joder! —grita. Me obliga a echarme al suelo y me retiene debajo de su cuerpo—. ¡Basta ya!
Jadeo debajo de él. Me duelen todos los músculos y el corazón se me va a salir del pecho. Abro los ojos y veo que me observa perplejo. No sabe qué hacer conmigo. Estoy perdiendo el control.
Nos quedamos mirándonos, jadeando tras el esfuerzo de nuestro combate físico. Y entonces los dos nos inclinamos hacia adelante hasta que nuestras bocas se unen con fuerza y nuestras lenguas batallan con urgencia.
Jesse gana. Gime, me suelta las muñecas y me agarra del pelo mientras me toma la boca con tanta fuerza como yo a él. Es un beso posesivo. Yo refuerzo mi reclamo e intento hacerle entender que mis sentimientos hacia él son tan fuertes que el hecho de imaginármelo con otras mujeres hace que me vuelva tan loca de celos como él. Posa una mano sobre mi pecho y me lo agarra con fuerza por encima de la tela del vestido. Me lo pellizca y me lo aprieta entre gruñidos.
La lengua y los labios empiezan a dolerme, pero ninguno de nosotros tiene intención de parar. Ambos estamos tratando de dejar algo claro. Deslizo las manos desde sus bíceps hasta su cabeza, lo agarro del pelo y lo presiono todavía más contra mí. Estoy ardiendo completamente mientras me retuerzo en el suelo debajo de él, marcando con éxito mi propiedad. Y entonces rodamos, mis labios se apartan de los suyos y descienden hacia su torso trajeado hasta que alcanzo la cremallera de sus pantalones. Se la bajo, me apresuro a liberarlo y, una vez libre, le envuelvo la verga con la mano sin demora.
Estoy embriagada de frenesí, le cubro el miembro con la boca y lo absorbo entero, sin cuidado, sin suaves lametones ni caricias juguetonas. Lo ataco de manera frenética y desesperada.
—¡Joder! —exclama cuando siento que me toca el final de la garganta—. ¡Joder, joder, joder!
No me dan arcadas y me lo meto en la boca una y otra vez, sin parar, apretando en la base de su miembro y agarrándole con firmeza los testículos.
—¡JODER! —Levanta las caderas—. ¡Ava! —Me agarra del pelo. No sé si me suplica o me reprende.
Me concentro en reforzar mi desesperación por él y continúo lo más de prisa y crudamente que puedo, sintiendo la sedosidad de su piel dentro de mi boca. La fricción de la velocidad de mis movimientos nos calienta a ambos.
—No dejes que se salga, Ava —me ordena, y recibe con sus caderas cada embate de mi cabeza. Me duelen las mejillas, pero no paro.
Y entonces siento que se expande en mi boca, su respiración se vuelve irregular y me agarra el pelo con más fuerza. Gimo a su alrededor, le aprieto con más firmeza las pelotas y deslizo la mano por debajo de su camisa para agarrarle el pezón y pellizcárselo con fuerza.
Brama. Eleva la pelvis y me aprieta la cabeza contra él. La punta de su verga me golpea la pared de la garganta.
Y entonces se corre.
Yo me lo trago.
Ambos gemimos.
—Joder, Ava —jadea retirándose de mi boca y pegándome contra su cuerpo—. Joder, joder. —Me toma los labios de nuevo y me pasa la lengua por la boca para compartir su esencia salada—. Deduzco que eso quiere decir que lo sientes —resuella mientras me lame con la lengua.
¿Acaso cree que esto ha sido un modo de pedir disculpas? ¿Que si siento el qué? ¿Ser una loca irracional y posesiva… como él?
—No —afirmo. Y es verdad.
Nuestras lenguas permanecen pegadas y seguimos jadeando y acariciándonos el uno al otro.
Vuelvo a bajar el brazo y le agarro el miembro semierecto sin dejar de acariciarlo mientras ambos seguimos comiéndonos la boca… de manera agresiva. No estoy preparada para parar. Él se aparta, jadeando, con el pecho agitado, pero yo no me detengo. Pego mis labios doloridos de nuevo contra los suyos y hundo la lengua en su boca mientras continúo ordeñándole frenéticamente la polla.
—Ava, para. —Me quita la mano de su entrepierna y aparta la cara para romper nuestro contacto.
Pero esta vez tampoco paro. Forcejeo con él cubriéndolo de besos con urgencia. Nunca antes me había rechazado.
—¡Ava! ¡Por favor! —Pierde la paciencia, me pega de nuevo al suelo y me aprisiona bajo su cuerpo.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Estoy más desesperada que todas esas mujeres. No llevo esto nada bien. Un sollozo escapa de mis labios y aparto la cara muerta de vergüenza.
—Cariño, no llores —me ruega con suavidad, tirando de mi cara de nuevo hacia la suya y apartándome el pelo. Después me mira casi con compasión—. Lo he entendido —susurra, y me pasa el pulgar por debajo del ojo—. No llores. —Me acaricia los labios con los suyos—. Para mí sólo existes tú.
Parpadeo para evitar que me caigan más lágrimas.
—No puedo con esto —digo, y estiro la mano para tocarle la cara—. Me siento violenta —admito. No puedo creer que acabe de confesarle eso, y me sorprende el hecho de que sea cierto—. Eres mío —digo con un hilo de voz.
Él asiente. Lo ha entendido.
—Soy sólo tuyo. —Se lleva mi mano a los labios y me besa la palma con firmeza—. No les hagas caso. Sólo están sorprendidas. Se sienten despechadas al ver que les ha ganado la partida una belleza joven y despampanante de ojos oscuros. Mi belleza.
—Y tú eres la mía —afirmo bruscamente.
—Siempre, Ava. Cada milímetro de mi cuerpo es tuyo. —Mueve un poco el cuerpo y deja caer todo su peso sobre mí, cubriéndome por completo. Me agarra la cara con las palmas de las manos y me mira fijamente con esos ojos verdes que tiene—. Ava, tú me perteneces. —Posa los labios sobre los míos—. ¿Entendido?
Afirmo con la cabeza, aunque me siento débil y necesitada.
—Buena chica —susurra—. Eres mía, y yo soy tuyo.
Asiento de nuevo, por miedo a llorar si abro la boca. Pensaba que ya no podía quererlo más.
Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos y recorre con la vista cada milímetro de mi rostro.
—Sé que esto te resulta muy difícil.
—Te quiero. —No sé ni cómo he conseguido articular las palabras.
—Lo sé. Y yo a ti. —Se sienta y luego me ayuda a incorporarme—. Más tarde haremos las paces como es debido. No quiero estropearte el vestido. —Sonríe levemente y me da la vuelta—. Hemos de tener paciencia, y ambos sabemos que tengo muy poca en lo que se refiere a ti. —Me da la vuelta otra vez y me frota la nariz con la suya—. ¿Te sientes mejor?
—Sí.
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y me dirige hacia la puerta. Me la suelta brevemente para colocar el aparador en su sitio, luego la reclama de nuevo y me lleva de regreso a la fiesta. Me siento mucho mejor. Lo ha entendido.