Capítulo 18
De inmediato, montañas de fantásticos bolsos bendicen mis ojos, pero Jesse no me deja ni mirar. Camina con decisión y me arrastra detrás de él hacia el ascensor. Aprieta el botón del primer piso. Recorro con la mirada el plano de la tienda.
—Oye, quiero ir a la cuarta planta.
Preferiría evitar las colecciones internacionales de la primera planta: son carísimas. Sin embargo, no me hace ni caso.
—¿Jesse? —Lo miro, pero su rostro es impasible y me agarra firmemente de la mano. Se abren las puertas del ascensor y tira de mí.
—Por aquí —dice, y me guía entre expositores increíbles de ropa de alta costura y diseñadores famosos. Me alegro de que los estemos pasando de largo.
«¡Ay, no!»
Me hundo en la miseria cuando veo un cartel que reza «Asistente de compras».
—No, Jesse. No, no, no.
Intento detenerlo, pero tira de mí hacia la entrada de la sección.
—Jesse, por favor —le suplico, aunque él me ignora por completo.
Quiero inflarlo a patadas. Odio la atención y el revuelo de las tiendas. Te besan el culo y te dicen que todo te sienta fenomenal y al final te ves obligado a comprar algo. La presión será inmensa, y no quiero ni pensar en el precio.
—Tengo una cita con Zoe —le dice al dependiente bien vestido que nos saluda.
¿Por qué me ha preguntado adónde quería ir si ya tenía planes? Quiero retorcerle el pescuezo.
—¿El señor Ward? —pregunta el dependiente.
—Sí —responde Jesse ignorándome, a pesar de que sabe perfectamente que lo estoy mirando con odio y que me incomoda mucho todo esto.
—Por aquí, por favor. ¿Les apetece beber algo? ¿Una copa de champán? —ofrece con educación.
—No, gracias —contesta Jesse.
El joven nos conduce hasta una lujosa zona privada y Jesse me lleva a un enorme sofá de cuero. Me siento a su lado y retiro la mano. Ésta es mi peor pesadilla.
—¿Qué pasa? —Intenta volver a cogerme la mano.
Lo miro, acusadora.
—¿Por qué me has preguntado adónde quería ir si ya habías concertado una cita?
Se encoge de hombros.
—No entiendo por qué quieres vagar por decenas de tiendas si puedes comprarlo todo aquí.
¿De verdad no lo entiende? Es un hombre, ¿qué esperaba?
—¿Así es como compras tú?
Debe de tener más dinero que sentido común. No dejo de sudar.
—Sí, y pago por el privilegio, así que sígueme la corriente —dice, tajante.
Estoy alucinada, pero antes de que pueda contraatacar, una chica joven y rubia entra en escena y le dedica una sonrisa a Jesse. Es bonita y lleva un traje de color crema de Ralph Lauren.
—¡Jesse! —lo saluda—. ¿Cómo estás?
Él se levanta y le da dos besos. A juzgar por el intercambio, se conocen. ¿Cada cuánto viene?
—Muy bien, Zoe, ¿y tú? —le sonríe, es una de sus sonrisas arrebatadoras, de las que reducen a las mujeres a un saquito de hormonas a sus pies.
—Muy bien. Ésta debe de ser Ava, ¿no? Es un placer conocerte.
Me ofrece la mano y me levanto para estrechársela con una pequeña sonrisa. Es muy amable, pero no estoy cómoda aquí. Se sienta en la silla que hay enfrente.
—Ava, me ha dicho Jesse que estás buscando algo especial para una fiesta importante —dice, emocionada. «Algo especial» suena a que también va a tener un precio especial.
—Algo muy especial —reitera Jesse tirando de mí para que vuelva a sentarme en el sofá. Me está entrando un sofoco, creo que esta sala tan amplia me está dando claustrofobia.
—Bien, ¿cuál es tu estilo, Ava? Dame una idea de qué te gusta. —Deja las manos sobre el regazo y me mira expectante.
No sé cuál es mi estilo. Si me gusta algo y me sienta bien, lo compro. No puedo ponerle una etiqueta a mi estilo.
—La verdad es que no tengo un estilo concreto. —Me encojo de hombros y se le ilumina la cara. Debe de ser la respuesta correcta.
—Muchos vestidos —interrumpe Jesse—. Le gustan los vestidos.
—A ti te gustan los vestidos —musito, y me gano un pequeño rodillazo.
Zoe sonríe y muestra una dentadura tan perfecta como las de las estrellas de Hollywood.
—Una talla 38, ¿verdad?
—Sí —confirmo.
—Nada demasiado corto —añade Jesse.
Lo miro boquiabierta. Sabía que iba a pasar. No suelo llevar vestidos cortos, pero de repente me apetece mucho gracias a su actitud de cavernícola.
Zoe se ríe.
—Jesse, tiene unas piernas fantásticas. Sería una pena desaprovecharlas. ¿Qué número de zapato, Ava?
Me cae bien.
—38 también.
—Estupendo. Ven conmigo. —Se levanta y la imito.
Jesse se pone a su vez en pie.
—No me puedo creer que me estés haciendo esto —gimoteo cuando me besa en la mejilla. Zoe me cae bien, pero preferiría ir de compras sola.
Suspira.
—Ava, quiero divertirme. —Me abraza—. Voy a disfrutar de un desfile de moda privado con mi modelo favorita. —Hace un mohín.
—¿Quién elige el vestido, Jesse?
Me da un beso de esquimal.
—Tú. Yo me limitaré a observar, te lo prometo. Corre, vuélvete loca. —Se sienta otra vez y marca un número en el móvil. Qué alivio. No creo que pudiera soportar que nos fuera siguiendo por la tienda criticando todo lo que me guste.
Zoe me conduce por la sección.
—¿Así que hoy te van a mimar? —pregunta con una sonrisa afable. Es encantadora, pero sus dientes están demasiado blancos.
—Bajo coacción. —Le devuelvo la sonrisa.
—¿No quieres que te mimen? —Se echa a reír y coge un vestido verde y largo para enseñármelo. Es precioso, pero es más el color de Kate.
Niego con la cabeza y pongo expresión de disculpa. Me imita.
—No. Estoy de acuerdo. ¿Qué tal éste? —Pasa la mano por un fantástico vestido estilo heleno.
—Es precioso —digo, aunque parece muy caro.
—Lo es. Nos lo probamos. ¿Y este otro?
—¡Vaya! —exclamo al ver un vestido crema entallado con un corte en la falda que arranca de la cadera—. A Jesse no le gusta que enseñe mucho… —Me río abriendo el corte. Con este vestido tendría que afeitármelo todo.
—¿En serio? —Me mira con curiosidad. Como me diga…— Pero si es un amor y se lo toma todo con mucha calma —añade.
«¡Que te lo has creído!»
Suelto el vestido y cojo uno rojo de satén.
—No es para mí —musito—. Éste me gusta.
Zoe sonríe.
—Buena elección. ¿Y éste? —Acaricia un impresionante palabra de honor de color crema. ¿Me dejará llevar escote palabra de honor?
—Es precioso. —Me lo puedo probar. Estoy segura de que me lo hará saber si no le gusta. Algo llama mi atención al otro lado de la sección. Mis piernas echan a andar sin darme cuenta.
Acaricio la parte delantera de un delicado vestido largo de encaje negro. Es una preciosidad.
—Tienes que probarte ése —dice Zoe acercándose. Lo coge y le da la vuelta con cuidado. Está sujeto por un cable de seguridad, lo que sólo puede significar una cosa—. ¿Verdad que es una maravilla?
Lo es. También debe de ser caro de morirse si la tienda cree necesario ponerle alarma. Tampoco lleva etiqueta, otra señal de que me desmayaría si supiera el precio. Recorro con la mirada la espalda del vestido ajustado, que se ensancha en la cadera y cae con delicadeza hacia el suelo. Es un diseño sencillo, con la espalda abierta en forma de pico, las mangas cortas que caen apenas más allá del hombro y un escote profundo delante. Está claro como el agua que es de alta costura.
—A Jesse le encanta que lleve encaje —señalo en voz baja. También le gusta que vista de negro.
—Entonces te lo tienes que probar —dice colgándolo de nuevo—. ¿Cuánto llevas con Jesse? —pregunta de manera informal.
Me pongo en guardia. ¿Qué le digo? La verdad es que llevo con él desde hace más o menos un mes, y que él se pasó una semana borracho y con el corazón roto. Un pensamiento horrible invade mi cerebro atontado.
—No mucho —intento sonar tan indiferente como Zoe, pero no cierro la boca—. ¿Trae aquí a todas las mujeres con las que sale?
Se echa a reír a mandíbula batiente. No sé si es buena señal.
—¡Por Dios, no! ¡Se arruinaría!
Es muy mala señal.
Se ve que me ha visto la cara porque palidece un poco.
—Ava, lo siento. No ha sonado nada bien. —Se tensa sobre los tacones—. Lo que quería decir es que si trajera a todas las mujeres con las que se ha acostado… —Deja de hablar y se pone lívida. Quiero vomitar—. ¡Mierda! —exclama.
—Zoe, no te preocupes. —Me centro en otro vestido. ¿A quién trato de engañar? Mi hombre ha conocido mucho mundo.
—Ava, la verdad es que nunca ha salido con nadie. Al menos, no que yo sepa. Es un partidazo. Vas a tener que espantar a todas las mujeres de La Mansión, eso seguro.
—Ya. —Me río un poco. Necesito cambiar de tema. La imagen de Jesse con otra mujer aparece de nuevo en mi mente. Está claro que Zoe sabe a qué se dedica él—. ¿Adónde vamos ahora?
Pongo cara de que no me afecta y de que no soy celosa, si es que esa cara existe. Sin embargo, la sangre me hierve por dentro, y se me han puesto los pelos como escarpias. ¿Por qué Jesse ha sido tan putero?
—¡A por zapatos! —exclama Zoe llevándome hacia los ascensores egipcios de Harrods.
Una hora más tarde, volvemos a la zona pija privada con un chico empujando un enorme perchero cargado de vestidos y zapatos. Jesse sigue en el sofá con el móvil en la oreja.
Sonríe y cuelga.
—¿Lo has pasado bien? —me pregunta levantándose y dándome besos en la cara—. Te he echado de menos.
—Sólo he tardado una hora. —Me río y me cojo a sus hombros cuando me echa hacia atrás.
—Mucho tiempo —gruñe—. ¿Qué has encontrado?
Vuelve a incorporarme.
—Demasiado donde elegir.
He conseguido convencer a Zoe de dejar el vestido largo de encaje. De hecho, he evitado todo lo que estaba conectado a una alarma.
—Venga, pruébatelo todo. —Me da una palmada en el trasero, y me vuelvo para seguir a Zoe y al perchero hacia un espacioso probador.
Paso mucho tiempo entrando y saliendo de un vestido tras otro, bajo la mirada de admiración de Zoe. Cuento veinte vestidos, todos son impresionantes y todos cumplen con los criterios de Jesse.
La dependienta desaparece durante un rato y me deja para que medite acerca de qué puñetero vestido voy a escoger. Son todos demasiado bonitos. Doy un salto al verla acercarse con otro perchero repleto de vestidos, aunque éstos son de día, no de noche. La miro, muy confusa.
Se encoge de hombros.
—Tengo órdenes estrictas de hacerte probar muchos vestidos, así que te he traído éstos —dice de vuelta al probador. Aparece de nuevo con el vestido largo de encaje negro—. Y también éstos.
—¿Qué? —Intento recobrar la compostura. Estoy en ropa interior y con la boca abierta de par en par como un pez dorado.
—Bueno. —Se me acerca—. Jesse no ha dicho que te pruebes este vestido en concreto, pero sí que debías tener lo que quisieras. —Me mira sonriente—. Y sé que éste lo quieres de verdad.
—Zoe, no puedo —tartamudeo intentando convencer a mi cerebro de que ese vestido es horrible, espantoso. Feísimo. No funciona.
—Si lo que te preocupa es el precio, no sufras: está dentro del presupuesto. —Cuelga el vestido de una percha en la pared.
—¿Hay un presupuesto? ¿De cuánto? —pregunto, titubeante.
Se vuelve y sonríe.
—El presupuesto es que no hay presupuesto.
Refunfuño y me dejo caer en la silla.
—¿Puedo preguntar cuánto cuesta?
—No —me responde, muy contenta—. Ponte esto.
Me pasa un corpiño de encaje negro. Empiezo a colocármelo y Zoe me ayuda a abrocharme los corchetes de la espalda. Mi reticencia queda en segundo plano cuando pienso en la cara que pondrá Jesse cuando me vea. Se correrá en el acto.
Zoe me ayuda a meterme en el vestido y me miro al espejo.
—¡Joder! —exclama, y de inmediato se tapa la boca con la mano—. Lo siento. Eso ha sido muy poco profesional.
«Joder», digo yo también. Me vuelvo para ver la espalda y trago saliva. Se ajusta a todas mis curvas a la perfección y roza el suelo cuando me pongo de puntillas. El forro es mate y le da al delicado e intrincado encaje un efecto brillante. El escote profundo es perfecto con las mangas cortas que apenas pasan de mis hombros, y deja al descubierto mi clavícula. Zoe sale un momento y vuelve en seguida.
Se arrodilla delante de mí.
—Póntelos —me indica.
Aparto la mirada del espejo y veo un par de zapatos negros de tacón de Dior con el talón descubierto. Creo que voy a desmayarme. Me los pongo y Zoe da un par de pasos atrás.
—Ava, tienes que quedarte este vestido. —Lo dice muy seria—. Corre a que te vea Jesse.
—¡No! —digo con muy poca educación—. Sé que le va a encantar.
Es negro, es de encaje, se va a derretir a mis pies. Lo sé. Pero ¿le parecerá bien que lleve la espalda al aire? ¿O eso hará que mi neurótico controlador me tire al suelo para taparme con su cuerpo y que nadie vea mi piel? Y, por último, ¿cuánto cuesta?
Libro una batalla con mi conciencia por el puñetero vestido mientras Zoe me pasa un bolso a juego con los zapatos. Quiero llorar. Sabía que no debía probármelo.
—¿Lo ha visto Jesse? —pregunto volviéndome hacia Zoe, que me mira sin comprender—. El vestido, ¿lo ha visto Jesse cuando has vuelto con él?
—No. Creo que ha ido al servicio —contesta.
Me llevo la mano a la boca y empiezo a golpearme los dientes con la uña como una posesa.
—Vale, me lo quedo, pero no quiero que él se entere. —Sé que me estoy arriesgando. Zoe da una palmada y sonríe con deleite—. ¿Qué es todo eso? —digo señalando el otro perchero.
—Quiere que te compres muchos vestidos —contesta encogiéndose de hombros.
Qué risa. Está llevando la regla del acceso fácil demasiado lejos. Me quito el vestido y siento otra punzada de incertidumbre cuando Zoe se lo lleva, se lo da a una joven y le indica que Jesse no debe verlo. Me pongo con el resto. Voy a comprar tres como máximo, y más le vale no discutir conmigo.
Gasto un millón de calorías poniéndome y quitándome un sinfín de vestidos. Hacemos tres montones: cosas que quiero, cosas que no quiero y cosas que tengo que pensar. Estoy pasándomelo bien, lo que me pilla por sorpresa. Jesse vuelve a sentarse en el sofá y me ve aparecer y desaparecer cada vez con un vestido distinto.
—Todo le sienta bien, ¿verdad? —le dice Zoe a Jesse cuando aparezco con un vestido gris, muy corto, de Chloé. Me encanta pero, al igual que todos los que valen más de trescientas libras, va directo al montón de cosas que no quiero.
Pone cara de horror.
—¡Quítatelo! —escupe, y vuelvo muerta de la risa al probador.
Tiene razón. A mí me encanta pero es muy corto. Parece ropa interior.
Estoy molida cuando termino de probármelos todos. Me he cambiado más veces en dos horas que en todo el mes. Reviso el montón de cosas que quiero con Zoe y me pongo un poco nerviosa al ver la de vestidos que hay. Tengo que intentar reducir el número.
—¿Qué nos llevamos? —oigo que dice Jesse, acercándose.
—Ha escogido unos vestidos fabulosos. Me da mucha envidia —comenta Zoe—. Voy a envolverlos.
«¡No!»
Todavía lo paso peor cuando Jesse le da a Zoe una tarjeta de crédito. La coge y nos deja solos.
—Jesse, de verdad que no me siento cómoda con esto. —Le cojo las manos y me pongo delante de él para que me preste toda su atención.
Deja caer los hombros, decepcionado.
—¿Por qué? —Parece muy dolido.
Zoe desaparece con todos los vestidos del montón de cosas que me gustan.
—Por favor, no quiero que te gastes todo ese dinero en mí.
—Tampoco es tanto —intenta convencerme, pero he visto las etiquetas. Es demasiado, y ni siquiera sé cuánto cuesta el vestido de noche.
Miro al suelo. No quiero que discutamos por esto en Harrods. Lo miro otra vez.
—Cómprame solamente un vestido para esta noche. Puedo vivir con eso.
—¿Sólo un vestido? —pregunta, muy disgustado—. Otros cinco vestidos y trato hecho.
Es una agradable sorpresa.
—Dos —regateo.
—Cinco. —Es inflexible—. Eso no era parte del trato.
No, pero ya me da igual la edad que tenga, y ya hemos pasado por lo de intentar que no sea ni para ti, ni para mí. Jesse no cede nunca.
Lo miro enfurruñada.
—Me da igual la edad que tengas. Guárdate tu secretito.
—Vale, pero siguen siendo cinco vestidos.
Sospecho que no iba a cumplir su parte del trato de todas formas.
—Tengo que hacer una llamada —dice, y me da un pico—. Ve a escoger cinco vestidos. Zoe tiene mi tarjeta. La clave es uno, nueve, siete, cuatro.
Doy un paso atrás.
—No puedo creer que acabes de decirme la clave de tu tarjeta.
—No más secretos, ¿recuerdas?
¿No más secretos? ¿Me toma el pelo? Se va y tengo una repentina y maravillosa epifanía. Hago un rápido cálculo mental.
—¡Sí que tienes treinta y siete años! —le grito mientras se va.
Se detiene.
—Es tu número secreto. Naciste en el setenta y cuatro. —No puedo evitar mi tono triunfal. Lo he descubierto. Los hombres son tan predecibles—. ¡Me dijiste la verdad!
Se vuelve de nuevo muy despacio y me dirige su sonrisa característica, la que se reserva sólo para mí, y me lanza un beso. Ahora, a escoger mis cinco vestidos.
Salgo de la zona de compras personalizadas y veo que Jesse ya me está esperando. No he tardado nada en escoger mis cinco vestidos favoritos.
Le devuelvo la tarjeta de crédito y le doy un beso en la mejilla.
—Gracias. —No estoy segura de si estoy más agradecida por los vestidos o por el pequeño desliz que me ha confirmado que de verdad tiene treinta y siete años. Lo mismo da: soy una chica feliz.
—De nada —dice cogiéndome las bolsas—. ¿Me harás otro pase? —Arquea las cejas.
—Por supuesto. —No puedo decirle que no, ha sido muy razonable—. Aunque no puedes ver el vestido de noche.
—¿Cuál has elegido? —pregunta con curiosidad. A él le gustaban todos, pero no ha visto el vestido que está lejos de su vista en una bolsa para trajes.
—Ya lo verás. —Inhalo su fragancia cuando hunde la cara en mi cuello—. Así que mi hombre está rozando los cuarenta —lo pincho.
Se aparta y pone los ojos en blanco antes de cogerme de la mano para sacarme de la tienda.
—¿Te molesta mucho? —pregunta con indiferencia, pero sé que le preocupa.
Ni me molestaba antes, ni me molesta ahora.
—En absoluto, pero ¿por qué te molesta a ti?
—Ava, ¿te acuerdas de una de las primeras cosas que me dijiste?
¿Cómo olvidarlo? Todavía no sé de dónde salió.
—¿Por qué me mentiste?
Se encoge de hombros.
—Porque no me lo habrías preguntado si no fuera un problema.
Sonrío.
—Tu edad no me molesta para nada —digo mientras bajamos por las escaleras mecánicas egipcias. Él se queda un escalón más abajo que yo, por lo que estamos más o menos a la misma altura—. ¿Eso que tienes ahí es una cana? —pregunto, muy seria.
—¿Te crees muy graciosa? —repone, volviéndose. No le ha gustado mi broma. No debería burlarme, está claro que tiene un problema con el tema de la edad.
No puedo mantenerme seria cuando me coge y se me echa al hombro, pero logro contener un grito. ¡No puede actuar así en Harrods! Rectifico: a Jesse le importa un bledo lo que opinen de él o de su comportamiento. Me cogerá, me hará suya o se cabreará conmigo cuando le dé la gana. Lo demás le importa un pimiento, y la verdad es que a mí también.
Salimos a Knightsbridge, me deja en el suelo, me arreglo el vestido y acepto la mano que me ofrece. Caminamos hacia el coche. Ni siquiera me molesto en regañarlo. Ya es habitual que me coja en brazos o se me eche sobre el hombro cuando le viene en gana, ya sea en público o en privado.
—Podemos comer en La Mansión —dice guardando las bolsas en el maletero. Se sienta a mi lado en el coche y me regala la sonrisa que reserva para mí antes de ponerse las gafas de sol—. ¿Lo estás pasando bien?
Lo estaba, hasta que me ha recordado que tenemos que ir a La Mansión. También tengo que soportar una noche entera allí.
—De maravilla. —No puedo quejarme, no mientras esté con él.
—Yo también. Ponte el cinturón —dice, y arranca el coche y se lanza rugiendo al tráfico del mediodía.
Luego pone la música a todo volumen y baja la ventanilla para que todo Knightsbridge escuche Dakota de Stereophonics.