Capítulo 22

La banda ha empezado a tocar y la gente está reunida en el salón de verano.

—¿Motown? —pregunto, algo sorprendida, mientras Jesse tira de mí entre las pocas mesas que quedan montadas.

—Es una gran banda. ¿Quieres bailar? —Me mira con una media sonrisa y entonces recuerdo que mi hombre se mueve de maravilla.

—Después —digo, sin embargo. Soy consciente de que Kate debe de estar preguntándose qué ha pasado y dónde estoy. Él asiente y me acompaña hasta el bar.

Mi taburete está libre y me coloca sobre él.

Kate, Drew y Sam siguen ahí, y parece que el alcohol les está sentando bien.

—¿Dónde os habíais metido? —inquiere Kate, asegurándose de que mi hombre está distraído.

—En el despacho de Jesse, discutiendo sobre cierta mujer a la que llamó para que lo liberara cuando lo dejé esposado a la cama —suelto tranquilamente, vigilando a Jesse para comprobar que no está escuchando. Está demasiado ocupado pidiéndole a Mario las bebidas.

—¿Y lo dejaste ahí? —La cara de Kate es una mezcla de pasmo y diversión.

—Sí. —No se lo había contado—. Estaba muy enfadado.

—No me extraña. ¿Y llamó a Sarah para que lo soltase?

—Sí —digo con los dientes apretados—. Y se ha acostado con ella.

—Vaya. —Kate junta los labios—. ¿Y por qué la llamó a ella? —pregunta abriéndose un hueco entre Jesse y yo para estar delante de mí.

—No pudo encontrar a nadie más. John estaba aquí y Sam debía de estar ocupado también con otra cosa.

—¿Qué día fue?

—El miércoles. —Enarco las cejas y observo cómo retrocede mentalmente al miércoles por la mañana. De repente su cara adopta una expresión de culpabilidad y sé que ya ha caído. Ni siquiera voy a molestarme en preguntarle por qué Sam no podía ir a rescatar a Jesse—. Sarah se lo ha pasado en grande informándome. Eso, unido a la agradabilísima experiencia de oír cómo tres mujeres compartían impresiones sobre las habilidades de Jesse en la cama, han colmado mi vaso —refunfuño.

—Qué fuerte. —Kate me mira con compasión—. Pero eso ya es historia, Ava.

—Ya lo sé. —Sacudo la cabeza con disgusto—. Kate, tengo muchas cosas que contarte. ¿Salimos mañana por la noche? Necesito desahogarme un poco.

Ella asiente y de pronto suelta un grito cuando Jesse la levanta y la deja a un lado para tener acceso a mí. Kate le da una palmada juguetona en el hombro entre risas.

—Bebe. —Me pone un vaso de agua debajo de la nariz y me lo bebo sin rechistar. Veo cómo sonríe mientras lo hago y después le devuelvo el vaso. Él asiente sorprendido y sustituye el vaso vacío por otro que contiene un sublime de Mario—. ¿Ves lo fácil que es todo si haces lo que se te dice? —pregunta.

Lo miro con recelo y sacudo la cabeza ante semejante impertinencia. Sí, es verdad, pero sus exigencias no son siempre tan simples como beber un vaso de agua. Se vuelve para charlar con Drew y Sam, pero mantiene una mano firme sobre mi rodilla.

—Anda, mira —susurra Kate.

Sigo la dirección de su mirada y veo que Sarah está riendo con un grupo de hombres y acariciando, tocando y básicamente manoseando a cada uno de ellos a la menor oportunidad. Sus ojos pequeños y brillantes reparan en mí y me lanza una petulante mirada de satisfacción, hasta que siento los labios de Jesse sobre mi mejilla. La dejo muriéndose de rabia de ver que su plan no ha funcionado y centro la atención en Jesse. Él me guiña un ojo, me pone de pie, me levanta los brazos, los coloca sobre sus hombros, desliza las manos por mi espalda, me estrecha contra sí y apoya la frente contra la mía. Está intentando infundirme seguridad, cosa que agradezco.

—¿Estás bien? —pregunta.

Yo sonrío y me aparto un poco para ver su hermoso rostro.

—Perfectamente.

—Bien.

Damos un brinco al ver un estallido de luz y nos volvemos. Kate está ahí apuntándonos con una cámara de fotos. Jesse me coge en brazos y yo echo la cabeza hacia atrás riendo, consciente de los continuos disparos y fogonazos de la cámara.

Me besa el cuello.

—Sonríe, nena.

Levanto de nuevo la cabeza y me encuentro con sus relucientes ojos verdes repletos de… felicidad. Lo hago feliz. Hago que tenga ganas de vivir. Que quiera dejar atrás esta clase de vida. Sonrío, hundo los dedos en su pelo y acerco sus labios a los míos.

—¡Vale! —exclama Kate—. ¡Ya es suficiente!

Jesse me tiene y me toma donde quiere, sin importarle en absoluto quién nos vea o dónde nos encontremos. Me baja de nuevo y me coloca sobre el taburete. Me da la bebida y vuelve a su conversación con los hombres, como si no acabara de silenciar a toda la sala con esa demostración de amor exagerada y fuera de lugar. Sin embargo, no me sonrojo. No me importa ni me avergüenza en lo más mínimo.

Miro al otro lado del bar y veo a Sarah echando humo.

—Me detesta, Kate.

—¡Que le den! —espeta mi amiga—. ¿A ti te importa?

—No. Pero me fastidia no tener más remedio que aceptar el hecho de que Jesse vendrá todos los días y que ella estará aquí. —¿La despediría si yo se lo pidiera?

Kate desaparece de delante de mí cuando Sam la agarra y se la lleva fuera del bar. Me yergo en el taburete y observo ansiosa si se la lleva hacia la izquierda, hacia la escalera, o hacia la derecha, hacia el salón de verano. Van hacia la derecha. Suspiro, tremendamente aliviada. No quiero ni imaginármelo.

—¡Ava, vamos a bailar! —grita mientras desaparece de mi vista. Iré con ella en seguida.

Llama mi atención un hombre que se acerca a Jesse y le tiende la mano. Su cara me suena. Jesse se la acepta y se la estrecha afablemente al tiempo que se vuelve y me mira de soslayo. Me he dado cuenta de que, según van bebiendo más, cada vez más gente se acerca a conversar con Jesse, sobre todo mujeres. Charlan brevemente y el tipo señala con su copa en mi dirección. Jesse me mira y se acerca con él. Estará a mitad de la cuarentena y se ha quitado la chaqueta. Parece algo achispado.

—Ava, éste es Chris. —El tono de Jesse me sugiere que preferiría no tener que presentármelo—. Era el agente inmobiliario en funciones del Lusso.

Claro. Sabía que lo conocía de algo. Él me ofrece una sonrisa babosa y le cojo manía al instante. Mi aversión por los agentes inmobiliarios no ha disminuido, ni siquiera tratándose de uno tan exclusivo. Todos son iguales, vendan chabolas o áticos de lujo.

—Hola. —Le tiendo la mano de mala gana y me la estrecha. Tiene la palma sudorosa y siento deseos de correr a los aseos para lavármela inmediatamente—. Me alegro de conocerte. —Finjo una sonrisa sincera y advierto que Jesse sonríe al ver que empiezo a juguetear con mi pelo.

—Es un auténtico placer —responde Chris. No me suelta, y lanzo una mirada nerviosa a Jesse cuando el tipo se aproxima más sosteniéndome con fuerza la mano—. Me encanta tu vestido. —Me mira de arriba abajo, y hace que me incline hacia atrás ligeramente.

Es un hombre muy atrevido. O eso, o tremendamente estúpido. Jesse está junto a él en un nanosegundo y los músculos de su mandíbula se mueven a toda velocidad. Está temblando físicamente. En serio, siempre son los agentes inmobiliarios. Chris desaparece pronto de mi espacio personal tras recibir un brusco tirón en el hombro. Permanece atrás, donde Jesse lo ha dejado, y observa cómo se acerca a mí, me levanta, se sienta en mi taburete y me coloca sobre sus muslos.

—Chris, te recomiendo que tengas cuidado con dónde pones las manos y los ojos. De lo contrario me veré obligado a partirte las putas piernas, ¿entendido? —dice Jesse tranquilamente, aunque el tono de su voz está cargado de tensión.

Chris retrocede con una expresión de inquietud justificada en el rostro.

—Jesse, discúlpame. Creía que era un blanco más —farfulla.

—¿Perdona? —le espeto. ¿Está de broma?

Jesse se tensa detrás de mí y el pánico me invade. Si no lo retengo en el taburete, Chris morderá el polvo antes de dos segundos. Le pongo la mano sobre la pierna y se la aprieto ligeramente. Su cuerpo emana un intenso calor y los latidos de su corazón me golpean la espalda. Me encantaría ver cómo pone en su sitio a este cerdo impertinente, pero también me gustaría acabar la noche sin tener que cubrirle la mano con una bolsa de hielo.

Se levanta ligeramente del taburete y me aprieta contra su pecho.

—¡Te aconsejo que te largues ahora mismo! —ruge.

Yo me pego contra él y le lanzo a Chris una mirada de «vete o sabrás lo que es bueno». Él retrocede sin apartar la mirada, y no creo que vuelva en una buena temporada.

Giro la cabeza y observo a Jesse con una mirada interrogativa.

—¿Tienes ganas de matarlo? —pregunto.

Me mira con el ceño fruncido y después con una expresión de agobio.

—Muchas.

—¿Todas las mujeres son «blancos»? —Esto es nuevo.

Él se encoge de hombros.

—Los socios de La Mansión son sexualmente muy abiertos.

Ah, genial. Miro a mi alrededor y veo que cada vez hay menos multitud en el bar desde que la banda ha empezado a tocar y que han abierto arriba. Las personas que me rodean parecen normales y corrientes, pero todos están aquí por un motivo, y no tiene nada que ver con las pijas instalaciones deportivas que alberga La Mansión. Una cosa está clara, a juzgar por los cochazos que suele haber aparcados fuera: todos son tremendamente ricos.

—¿Cuánto cuesta ser socio? —pregunto. Mi curiosidad está sacando lo mejor de mí.

Me hunde la cara en el cuello.

—¿Por qué? ¿Quieres apuntarte?

—Puede —respondo a la ligera.

Me muerde el cuello.

—No te pega ser sarcástica, señorita. —Me sube un poco más sobre su regazo—. Cuarenta y cinco.

—¿Al mes? No está mal.

Se echa a reír.

—No, cuarenta y cinco mil al año.

«¡¿Qué?!»

—¡Joder!

Me atrapa el lóbulo entre los dientes y empieza a mover las caderas contra mi culo.

—Esa boca.

Yo gimo un poco al notar su dura erección. Cuarenta y cinco mil libras al año es una cantidad absurda de dinero. Esta gente debe de ser idiota o estar muy desesperada pero, si miro a mi alrededor, lo cierto es que no hay nadie especialmente feo. Todos tienen pinta de poder acostarse con quien quieran.

—Oye, ¿y Kate paga eso? No es que ande justa de pasta, pero es muy cuidadosa con su dinero.

—¿Tú qué crees? —pregunta con una sonrisita.

No lo sé. ¿Le habrá perdonado la cuota anual por ser amiga mía? ¿Haría algo así?

De repente caigo en la cuenta.

—Sam —digo—. Lo ha pagado Sam.

—A precio de amigo, claro.

¿Cobra cuotas especiales a los amigos que se unen a su club sexual? Me siento como si fuera de otro planeta en estos momentos. No concibo ese tipo de cosas, y aquí estoy, comiendo y bebiendo con esta gente y saliendo con el propietario. ¿Quién lo habría imaginado?

—Habría preferido que te hubieras negado —refunfuño. Puede que Kate sea una persona bastante centrada, pero no puedo evitar pensar que va directa al desastre.

—Ava, lo que Sam y Kate hagan es cosa suya.

Me enfurruño.

—¿Cuántos socios hay? —Siento un auténtico interés por saber cómo funciona La Mansión y por el estilo de vida que ha escogido esta gente.

Me apoya la palma de la mano en la frente y tira de mí hacia atrás hasta que mi cabeza descansa sobre su hombro.

—Estás siendo muy cotilla para detestar este lugar. —Me besa la mejilla.

Yo me encojo de hombros como sugiriendo que me da igual si me responde o no, pero lo cierto es que estoy sorprendentemente interesada. Se ha hecho muy rico con esto, incluso a pesar de que lo consiguiera gracias a su tío Carmichael.

—No soy cotilla.

Se ríe ligeramente.

—En el último recuento, creo que Sarah dijo que eran unos mil quinientos, pero no todos participan de manera activa. Algunos sólo vienen una vez al mes, otros conocen a alguien e inician una relación, y otros se dan un descanso de vez en cuando.

«¡Joder!»

Hago cálculos y eso asciende a una barbaridad de millones.

—¿Y el restaurante y el bar están incluidos?

—¡No! —dice, escandalizado. No entiendo por qué. Por cuarenta y cinco mil libras al año yo querría algo más que una invitación a practicar sexo con cualquiera—. El bar y el restaurante son una sociedad distinta. Algunos socios desayunan, comen y cenan aquí cuatro o cinco veces a la semana. No ganaría mucho dinero si las comidas y las bebidas estuvieran incluidas en la cuota. Tienen cuentas que saldan mensualmente. Vuélvete, quiero verte.

Me insta a levantarme y me pone entre sus muslos. Me lleva el pelo hacia atrás, me coloca bien el diamante y me coge las manos.

—¿Quieres ver el piso de arriba? —pregunta, y empieza a mordisquearse el labio.

Yo retrocedo un poco. Sé que no se refiere a las suites. Ya las he visto, o al menos una de ellas. Se refiere al salón comunitario, y también lo he visto, pero estaba vacío y lo estaban limpiando cuando entré en él por accidente. ¿Quiero verlo?

«¡Joder!»

La verdad es que sí. No sé si es que el sublime de Mario me ha infundido valor o si es por pura casualidad, pero quiero saberlo todo.

—Vale —digo en voz baja antes de arrepentirme, y él asiente ligeramente, como si cavilara.

Se levanta y dejo que me guíe hasta la escalera del vestíbulo. Alzo la vista hacia el inmenso descansillo y oigo cómo la gente entra y sale de las habitaciones. Dejo que Jesse tire de mí hacia arriba. Sé que me está dando tiempo para retractarme, y quiero decirle que se dé prisa antes de que termine haciéndolo. Llegamos arriba y empezamos a recorrer el descansillo hasta que llegamos a la vidriera. Hay gente pululando por todas partes, todos completamente vestidos; algunos están de pie fuera de las habitaciones, otros sólo están charlando. Es extraño.

—Tenemos que seguir con eso la semana que viene —dice Jesse señalando a la ampliación del pasillo abovedado. Y ahora entiendo por qué—. ¿Lista? —pregunta.

Se vuelve hacia mí y sé que está observando si miro la doble puerta que da al salón comunitario. Sus ojos atraen los míos como si fueran imanes. Y lo son. Y su mirada verde y profunda me atraviesa. Sabe que todo lo relacionado con este lugar hace que me sienta tremendamente incómoda. ¿Cómo no iba a saberlo? Se lo he dejado bastante claro, pero no parece molestarle que encuentre su establecimiento sórdido y oscuro. No lo ofende. Es como si aprobara mi reacción y mi aversión.

Se acerca a mí, sin interrumpir el contacto visual, hasta que estamos frente a frente.

—Sientes curiosidad —murmura.

—Sí —confieso sin vacilar—. Así es.

—No tienes por qué sentirte tan inquieta. Estaré contigo y te guiaré. Si quieres marcharte, dilo y nos iremos.

Para mi sorpresa, su intento de infundirme seguridad está funcionando. Me aprieta la mano y me siento más tranquila y más cómoda mientras tira de mí suavemente hacia la escalera. Pongo los pies en marcha y me dejo llevar. Mi corazón se va acelerando poco a poco conforme nos acercamos.

—Habrán empezado ya varios actos. Algunos serán moderados y otros no tanto. Es importante que recuerdes que todo lo que tiene lugar aquí es porque ambas partes han accedido. El hecho de que estés en esta sala no implica necesariamente que desees participar en ninguno de esos actos. —Baja la vista y sonríe con malicia—. Y nunca lo vas a hacer. Me he propuesto dejar claro a todos los hombres cuáles serán las consecuencias si se acercan a ti. —Vuelve a mirarme—. Puede que tenga que enviar una nota para recordárselo —masculla.

Una pequeña carcajada escapa de mis labios. No me cabe duda. Esboza una leve sonrisa socarrona y mi amor por él se intensifica aún más.

Dejo que me guíe a través de la puerta doble de madera oscura abierta hacia el salón comunitario.