XII

AL DÍA SIGUIENTE APARECIÓ en la carretera pegado al tronco de uno de los plátanos un burdo cartelón en el que había pintado un cráneo y un nombre: Rius. Los soldados del Parque de Artillería, al pasar junto al árbol, camino de la fábrica, advirtieron el pegote y el sargento lo arrancó. Al llegar a la fábrica y presentarse el sargento a Rius le entrego el cartel. Rius lo rasgó con un movimiento impulsivo. No le daba la gana de estar pendiente de las bravuconerías. Prefería lanzarse plenamente a la pasión de presidir la carga de las piezas en los carros militares. Los soldados hacían su trabajo alegremente. En el interior sonaba el estrépito de los telares. Las piezas eran trasladadas del almacén a los carros sobre los hombros de los reclutas. Media docena de soldados paseaban con sus fusiles en el exterior y por el patio. Rius había ordenado a Pedro que preparara para los muchachos un buen piscolabis. Con el cosquilleo del vino el movimiento se acrecentó. Rius entró en la sala de Máquinas y no advirtió la mezcla de frialdad e ironía que rasgaba en aquellos momentos la mirada de muchos trabajadores. Unas canciones baturras sonaron fuera. El personal de oficinas se asomaba a la ventana, curioseando. A lo lejos, en el pontón y escondidos tras la maleza de la acequia, una docena de ojos espiaban el desusado ajetreo en «Tejidos Joaquín Rius». Entre los espías estaban dos de los carreteros de la fábrica. Un tercer observador llevaba, en el rostro, ocultándole la mejilla derecha hasta la nuca, una larga tira de tafetán y había, agazapada y furiosa en su mirada, una expresión de odio, de desquite y de ira. De pie sobre el pontón estaba un antiguo conocido de Rius: Regás. Un pañuelo de seda blanca se anudaba en su cuello. Antes de que los carromatos emprendieran la ruta de regreso, ya cargados, el inquietante grupo se había diluido silenciosamente en el arrabal.

La operación fue repetida a lo largo de dos días.

El mes de enero se mantenía rutilante, frío y tranquilo. Al llegar la noche una tenue neblina difuminaba los perfiles de las casas y ocultaba, ateridos y como de algodón, los destellos lejanos de las estrellas. Al anochecer de un lunes presentase en la fábrica un agente, el agente Mario, que Joaquín ya conocía desde las indagaciones de Pamias. Inquirió Joaquín si se había sabido algo nuevo de su ex cajero. Algo se había sabido, repuso Mario, pero el motivo de su visita actual era otro. La Jefatura sabía que Joaquín estaba seriamente amenazado; la situación era peligrosa, había indicios de que la indignación en los sindicalistas por el reto de Joaquín había llegado a su colmo y en suma el jefe había decidido que el fabricante no quedara sin protección. «Menos mal —pensó Joaquín—, La protección se hace esperar, pero cuando ya se ha desesperado, llega».

Joaquín agradeció el interés. Estaba ya habituado a las amenazas, y. se consideraba revacunado contra ellas; no creía que estas pudieran pasar de tales. Los atentados producíanse en grande. No había más que contadísimos precedentes aislados del atentado personal. De todos modos, se sentiría ahora más seguro. Mario le garantizó que su compañía no le sería ingrata ni pesada. En Madrid había acompañado años atrás al hijo de un duque perseguido por dos maridos y había trabado tan buena amistad con él que al presente no pasaba cosa importante en su vida que no la comunicara por escrito a su ex guardián. Actualmente el amigo era ya duque y padre de familia, pero aún pasaba por alguna zozobra: siempre cosas de faldas.

El fabricante no pudo reprimir su sonrisa, aunque en el fondo Joaquín hizo votos porque la necesidad de una escolta no le atara en el futuro con vínculos de esa especie.

—Aquellos sí que eran tiempos —rememoraba el agente. Y desgranó una serie de sus recuerdos que hicieron sonreír nuevamente al fabricante—. Recuerdo en otra ocasión. Era en Sevilla…

—Oiga usted, Mario—interrumpió Joaquín—. No será necesario que me escolte más que a las horas de entrada y salida, creo.

—Oh, por mí no se apure. No le molestaré lo más mínimo. Sé que los fabricantes tienen ustedes los minutos contados. Yo siempre he tenido una gran admiración por el carácter catalán. Muchas veces discutía con mi amigo el duque sobre eso. Pues como le decía, en Sevilla…

Absorbido por el trabajo, hasta la noche no sentía Rius el agobio del peligro que corría. El viejo Llobet quedaba siempre hasta muy tarde, aguardándole. Cuando advertía que el jefe se disponía a recoger el gabán salía apresurado, anticipándose espontáneamente, sin pronunciar palabra, a vigilar por sí mismo el camino que Rius recorrería luego con el agente.

—¿Qué hace usted siempre con ese ir y venir, Llobet? Parece una ardilla. A sus años debiera usted pensar un poco. Ya no son horas de estar por aquí, con este frío.

Y chasqueaba con el paladar, exteriorizado su desagrado. Llobet salía entonces a toda prisa, sofocado por la advertencia.

Los periódicos extremistas se habían lanzado a una furiosa campaña contra el capitán general y contra el Ejército por el concurso que aquel había prestado a Rius y Basereny en lo concerniente a las partidas de «caqui». Se hablaba en ellas de la guerra en África, y, entre líneas, con lenguaje violentísimo, se acusaba al Gobierno, al rey, a los generales de preparar una tremenda orgía de sangre popular. Las excitaciones a la rebeldía eran constantes. Rius, que solo leía los periódicos conservadores, mientras desayunaba, descubría en ellos su nombre, evocado tímidamente y huyendo comprometerse, por los articulistas. El agente Mario le esperaba puntualmente en la calle.

Por las noches el presagio era más duro. Tal vez es la oscuridad, vacilante y como tenuemente arropada, en el alma, la que hace que los nervios crepiten de pronto como el tronco que se decide a prender, disparando mil chispas al vacío. Rius sentía a veces esa desagradable sacudida. No sabía por qué, pero la silueta escurridiza de dos figuras al doblar una esquina le hacía ahora detenerse en seco. El agente hablaba de sus recuerdos e impresiones, aparentemente ajeno a su misión, y Rius pensaba que si no acertase tal vez a salvarle de un peligro, por lo menos en el ínterin conseguía a menudo hacérselo olvidar.

—Ese Pamias era un tipo de cuidado —monologaba Mario mientras Rius se apresuraba en la penumbra de la calle de Viada.

Joaquín descubría, al fondo, avanzando por los mismos senderos, la figura ligeramente obesa del contable Llobet, que de vez en cuando se volvía intranquilamente para cerciorarse de que Rius y el agente le seguían.

Había visto ahora a Llobet, en la lejanía, parar en seco y Rius lo hizo a su vez. Mario seguía hablando de Pamias, sin advertir nada.

—¿Sucede algo? —inquirió al fin, mirando adelante.

Dos sombras acababan de cruzar a lo lejos, cerca de Llobet; se detuvieron un instante, charlando, y luego prosiguieron indiferentes su camino.

Llobet había vuelto a andar. Confuso por su injustificada excitación Rius hizo como que se abrochaba una de las botas.

—Pues sí… —proseguía el locuaz agente—. Estuve por causa de su expediente —se refería, claro es, al de Pamias— en el Moulin Rouge, un music-hall nuevo del Paralelo. ¡Qué mujeres, señor, qué mujeres!

Llobet había entrado por fin en la Plaza de Aleu y esperaba ya más tranquilo el tranvía.

—Había una… ¿No ha visto usted a esta… Raquel, Raquel Meller?

—No, no la he visto —respondía distraídamente Rius.

—¡Qué mujer más excitante! —y el agente canturreaba ahora:

El día que yo nací

oí decir a mi madre

tú eres el vivo retrato

de un amigo

de un amigo de tu padre…

—¿No ha oído nunca ese cuplé?

Rius no se preocupaba ya ni de negar.

—¡Ah, lo canta con una gran expresión! ¡Con una ingenuidad! Esa chica llegará lejos. Es una gran artista —concluía.

—¿Y no dieron con Pamias?

—No, qué va… Se reunía en el Moulin Rouge. Es decir, se reúnen en todos lados. Parece que sean tipos diabólicos. Uno cree que ya los tiene en la trampa y ¡puf!…

Transcurrió febrero y las ventoleras precursoras de marzo azotaron la ciudad. Toda ella —una noche, inesperadamente, como crecen en un día los botones de los plátanos callejeros— fue un intenso repicar violento de persianas contra el quicial de los balcones.

Se había trabajado bien. La jornada había sido satisfactoria. Rius se disponía a marcharse —los obreros habían ido saliendo lentamente; luego los empleados de oficinas; y Pedro, luego, con sus cacharros y sus sacos, a dar el pienso a los caballos cuando se dio cuenta de que el agente Mario no había vuelto, desde que le despidiera al llegar, después de comer. Dudó un instante entre marcharse sin él o quedarse, pero decidió llamar a Jefatura.

En Jefatura no estaban muy bien enterados, y extrañaron esta comunicación. La pasaron al jefe de Servicio.

Sí, había olvidado advertírselo. Había tenido necesidad del agente Mario para un servicio especial, pero en el acto le mandaba un sustituto; no, no, le rogaba que no saliera; era solo cosa de esperar, máximo media hora. El agente llegaría en seguida, otro excelente agente.

Rius hubiera preferido salir en el acto, pero consideró más prudente aguardar. Aprovecharía para la revisión del asunto Bofill, entretenido desde hacía dos meses por falta de tiempo.

Buscó la carpeta y se enfrascó en la revisión.

Se abrió con lentitud la puerta de su despacho. Levantó la cabeza.

—No ha llegado el agente, ¿verdad?

Era Llobet, el contable.

—No; haga usted el favor, Llobet. Es tarde y no hay necesidad.

—Señor Rius, aprovecharía para…

—No, Llobet, le digo que no. Déjeme usted revisar esto. Márchese, haga el favor…

Se enfrascó nuevamente en la lectura, bajo la luz de miel de la lámpara de mesa, que parecía acariciar las páginas blanquísimas y suaves del «Diario».

Había escuchado cerrarse con indecisión la puerta del despacha. Llobet, tan competente, tan buena persona y tan fiel, era a veces molesto por su exceso de celo.

El asunto estaba mucho más embrollado de lo que creyera. Pero era necesario no ir a pleitear. Eso era culpa de los jóvenes. Si el viejo Bofill viviera…

Trasladaba todos los datos al bloc, para manipularlos luego desnudos. Había en su despacho en aquella hora un silencio absoluto, que parecía incluso destacar el tic-tac de su reloj de bolsillo. Aquellas paredes estaban impregnadas del bullicio incesante de las máquinas, año tras año. Ahora, un silencio absoluto… Daba gusto trabajar así.

Se trataba de ofrecer un descuento global de tres mil pesetas sobre la partida, para llegar a dar cuatro mil. Creía que aceptarían. Si no, que hicieran lo que quisieran. Además, tal vez una cierta razón sí habían tenido los Bofill al protestar el retraso. ¿Pero cómo se hubiera podido entonces cumplir con África?

Satisfecho de haber llegado a una conclusión, sacó el reloj de su chaleco y miró la hora. ¡Diablo con el agente y la jefatura! ¿Se creían que tenía que estar aguardando hasta mañana?

Había estado hora y media aguardando.

Trasladase al perchero y se enfundó el gabán y el sombrero. «No creo que haga frío», pensó. Sin embargo, había que precaverse y, sí, se puso al fin la bufanda.

Se sentía bien abrigado por dentro y por fuera. Descendió por las escalerillas, e iba encendiendo las luces al empezar los pasillos y apagándolas al salir.

La noche estaba oscura, negra. Además, venía deslumbrado aún por la luz de la lámpara de mesa. Era una noche fría, pero agradable. Cuando llegara a la salida ya habría un poco de luz.

Pisaba a tientas el conocido empedrado del patio. Se sentía el olor de heno de las cuadras, donde los caballos dormirían hundiendo sus poderosas panzas en la paja. El eco de sus pisadas se destacaba en el silencio y en la oscuridad.

Entonces un momento antes de correr el pestillo de la puerta de madera que comunicaba al patio con el exterior y en el instante en que palpaba la fría llave, pensó en lo propicia que sería aquella noche para los asesinos. No iba acompañado y, por los alrededores, no había nadie. Hoy sí le podrían matar como a un perro. Hizo un ademán de desagrado al recordar la promesa de Jefatura. En aquel instante surgió una sombra. Su corazón aceleró rápido su ritmo.

Pero era una voz conocida. Era Pedro.

—Perdone, señor Rius, no le había reconocido —y se quitó la gorra—. ¿Quiere usted que le acompañe hasta la parada?

—No, gracias, Pedro. Fuera ya hay luz.

Sin embargo, pensaba, ya en la calle, tal vez hubiera sido más prudente aceptar el ofrecimiento del portero.

La luz era tan lejana que apenas servía para marcarle los baches del camino, tachonando de leves sombras la superficie desigual del terreno. Si cambian al Ayuntamiento propondría a mitad de gastos el arreglo del pavimento.

Notó con pavor que alguien le seguía. Aceleró su paso.

—Señor Rius, señor Rius —susurraba la voz del contable Llobet, a su espalda.

Se paró en seco.

—¿Qué diablos hace usted aquí a estas horas, Llobet?

—Estaba esperándole.

—¿No le había dicho que no era necesario?

—Sí que lo es, señor Rius —imploraba el otro.

—Lo que usted ha conseguido es darme un susto como una casa. Eso es todo.

Estaba uno frente a otro. Llobet le miraba compungido, pero al mismo tiempo alarmado y tembloroso. ¡Ah, si el amo supiera, si el amo pudiera mesurar un instante las proporciones de su imprudencia!

—Señor Rius, no ha sido con el ánimo de llevarle la contraria.

—No tiene usted perdón, Llobet.

—Me he marchado, don Joaquín; me he marchado y he llegado hasta la calle de Viada, y le aseguro que he vuelto porque tenía que volver.

—¿Qué quiere usted decir con esto? ¿Quiere usted hacerme entrar todavía más susto en el cuerpo?

La voz de Llobet era llorosa, suplicante. Su pelo blanco era la única mancha que se destacaba de la casi completa penumbra que los envolvía. En la lejanía sonó agudamente, ondulante con el vaivén de la brisa, el silbido de una locomotora.

—Don Joaquín, le suplico que me crea, le suplico que me escuche. Hay dos hombres que rondan por estas esquinas, hay dos tipos que rondaban por allá —y señalaba un punto en la oscuridad—, hace tres cuartos de hora. No conde usted en que por un día puede usted salir sin el agente, señor Rius. Estos hombres hace meses que le siguen, y aprovecharán cualquier momento de descuido. No se arriesgue usted, señor Rius, no se arriesgue.

—¿Y qué tengo que hacer, quedarme a dormir en la fábrica?

—Esto antes que salir esta noche.

Rius estaba pensativo.

—¿Dónde ha visto usted a estos tipos?

—Allí, allí a tres minutos de aquí.

—Creo que con los años ve usted visiones, Llobet.

De todos modos hizo marcha atrás, seguido por el contable, que había dado un suspiro de tranquilidad.

—Para tranquilizarle a usted llamaré a Jefatura de nuevo; esperaremos a ese agente.

Ahora Llobet parecía risueño, en la oscuridad.

—Y no es que crea que por ir acompañado de un agente me tiene que dejar de ocurrir lo que deba ocurrirme, si está en el designio de Dios.

Llamó con el picaporte a la puertecilla.

El sereno miró por la rejilla y preguntó quién era. Luego abrió la puerta.

—¿Ocurre algo, señor Rius?

Rius entró sin detenerse.

—No, Pedro. Me he olvidado de telefonear a alguien. Subió nuevamente a su despacho y pidió a la Central le comunicara con Jefatura.

Tardaron algún rato en ponerle de nuevo con el jefe de Servicio. Este se extrañó sobremanera que el agente no hubiera llegado. Hacía ya dos horas largas que había salido de Jefatura.

—Se habrá extraviado —supuso Rius, atentamente—. Si no se conoce el camino es fácil no dar con la fábrica.

—¿Es que ocurre algo? —preguntó el jefe de Servicio.

—No. Nada. Todo está en orden. Pero solo quería saber qué es lo que se había hecho del agente.

—Si quiere le mando a usted otro —ofreció la voz.

—No; muchas gracias. Ya le digo que si no se conoce el camino, por la noche es casi imposible dar con la fábrica. No se molesten ustedes.

Agradeció las atenciones y colgó el auricular.

Llobet había vuelto a angustiarse.

—¿Qué va usted a hacer, señor Rius?

—Para darle a usted gusto y para su tranquilidad, haré que salga el portero a dar una vuelta por los alrededores; que se llegue hasta la parada y así nos avisa si nota algo sospechoso.

Descendieron por las escalerillas. Atravesaron nuevamente los pasadizos.

—Llobet, es usted pesado, a veces, con sus recelos y temores. ¿Sabe usted la hora que es, con estas historias? Son las nueve menos cuarto. Yo no sé si su mujer está muy satisfecha cuando llega usted a estas horas.

Llobet estaba compungido.

Llegaron al patio y se presentó Pedro.

—Vaya usted con atención a la parada y vea si nota algo sospechoso. El señor Llobet está empeñado en que ha visto a dos tipos raros.

El sereno se descubrió, se envolvió con una gruesa bufanda y salió.

Tardó cerca de un cuarto de hora en regresar.

—No, señor Rius. Por más que he mirado y remirado no he visto nada especial. ¿Qué tipos eran?

—Dos hombres parados; no sé, dos tipos que no me hacían ninguna gracia.

—Debían ser los de la «bóbila» del cruce, que encienden el horno a las siete y media.

Don Joaquín miró a Llobet, sonriendo.

—Ande, Llobet, vamos, que es tarde. No sea usted miedoso.

Caminaban ahora apresuradamente. Llobet se daba más prisa de la que sus años le autorizaban. Pero el paso de don Joaquín era rápido.

Rius estaba malhumorado. El lío del agente le había descompuesto el horario. Intentó pensar en algo agradable.

—He revisado el asunto Bofill. He llegado a la conclusión de que no tendremos más remedio que hacer una concesión importante. Por otro lado hay una parte de culpa nuestra.

Para llegar a la parada tenían que remontar la pequeña cuesta llamada del «Gat Mort», limitada por unas tapias de ladrillo que cerraban un solar, utilizado a la vez como vertedero de basuras y campo de ferias de la barriada. Luego, siguiendo por el mismo torrente, se llegaba al principio de la calle Viada, donde, ya ganada, se levantaban, dos docenas de metros más allá las primeras edificaciones, modestas moradas de dos pisos, con su menguada acera y sus escalerillas. Allí se encontraba ya en el arrabal vivo y, de trecho en trecho, ofrecía su luz exigua una bombilla, en las encrucijadas. Finalmente tenían que torcer por otra calleja del mismo estilo, que daba a la plaza de Alcu, con la parada del tranvía.

—¿Qué hace usted, Llobet? ¿Le ocurre algo? No me atiende usted.

—Sí, señor Rius.

Pero era evidente que no las tenía todas consigo. Parecía escudriñar en la oscuridad.

—Le está bien empleado por meterse en lo que no le importa.

—Su seguridad personal me importa, señor Rius.

—Ya lo sé, Llobet. Pero sabiendo que estoy amenazado, y no siendo usted un héroe, como yo mismo no lo soy, si pasa esos malos ratos es porque le da la gana. Yo le aseguro que será la última vez que me acompaña.

Habían ganado ya el camino del «Gat Mort» y avanzaban por él. Era aquí donde el nerviosismo de Llobet pareció alcanzar su cenit. Un instante apretó, sin darse cuenta, el brazo del amo.

Don Joaquín, apercibido de la intranquilidad mortal del contador, le cogió tranquilamente con su mano por el brazo.

—No tenga usted miedo, Llobet. Todo está tranquilo. Oscuro, pero tranquilo.

Dando algún que otro traspiés alcanzaron el último tramo de la cuestecilla, y luego la terminación de la calle Viada, despoblada aún. Ahora, al pisar la tierra plana, Llobet pareció tranquilizarse. Pero al instante de avanzar por ella se detuvo de pronto, agarrando por el brazo, bruscamente, a su acompañante.

—¿Qué le sucede ahora?

—¿No ha oído?

Joaquín se asustó.

—Están allí, allí… —gritó.

Joaquín fue empujado por Llobet, con todas sus fuerzas. El viejo contable había entrado contra él de improviso. Se tambaleó, Sí, eran dos las sombras. Dispararon. Llobet estaba en medio de la calle. La bombilla lejana iluminaba levemente su escorzo. Al caer lo hizo como una piedra, sin un gemido. Rius advirtió los tres fogonazos, y luego, otros dos; fue una cuchillada que le quemó la mejilla al rojo vivo y en su pierna sintió aplastarse una roca de plomo. El muro le sostenía.

Lanzó un gemido, lento y áspero, de bestia moribunda, que se perdió sin respuesta. No había nadie. Nadie. El cuerpo del contable yacía en el centro de la calleja, sobre un charco oscuro.

Quedó cegado, retorciéndose.

No podía aguantar el dolor; la sangre le manaba hasta por los ojos; se arrastró, atontado. Se arrastró con denuedo. No más que un segundo, nada, casi nada, y Llobet, el viejo, había caído sin chistar.

El contable suspiraba de bruces, con un estertor apresurado, bronco. Todavía tenía luz en los ojos, un destello.

—¡Oh, Llobet, Llobet!… —y le alcanzó, sin fuerzas.

No conseguía darle la vuelta. Y paso, jadeando, gimiendo como un loco, su brazo fatigado por debajo del cuello del malherido.

—Llobet!

Lloraba de dolor y de rabia, de desesperación. El contable dirigía aún oblicuamente su mirada, un postrer destello, hacia él, sin verle. Decía algo, balbucía algo, quería hablar.

Pero su estertor lo ocultaba.

—Sí, Llobet… Estoy aquí, Llobet —gritaba.

No podía hablar.

Hizo un último esfuerzo. Fue volviendo el pesado cuerpo del contable. La cabeza, venerable aún, quedó como deslavazada, y Rius la recogía, la sostenía, desesperado.

—Estoy aquí, Llobet, estoy aquí…

El moribundo abría de nuevo los labios.

—Mi hijo —decía con una voz apenas perceptible, como un aliento.

Rius, olvidado de su dolor, derrochaba palabras con un murmullo precipitado, sin control, cosas inconexas, en voz baja, cosas inútiles.

—Llobet, perdóneme, diga, diga; yo le atiendo sí, su hijo, siga, Llobet; yo le atiendo. ¡Llobet, Llobet! —gemía, escupiendo sangre, llorando.

—Confíe —y el viejo sacaba fuerzas de flaqueza, las últimas—, confíe… —decía— Arturo…

Y de pronto casi sonrió, por última vez; fue un resabio triste de sus sonrisas de empleado. Sonrisa ínfima, falta de luz. Su voz era ahora, por última vez, perceptible. Dijo:

—… es… un buen… —y no podía hablar— buen… contable.

Dios, ¿era posible que los padres de familia murieran, así, sin nadie, fulminados sobre la tierra de un arrabal, en silencio?… ¿Que los viejos tranquilos murieran así, Señor, desangrados en un instante? Sollozaba con un grito agudo y tembloroso, arrastrándose de nuevo para alcanzar la orilla, allí, aquel poco de muro donde apoyarse al menos, unos ladrillos que le abrigaran, que mitigaran el dolor. Porque este se había enfurecido de nuevo. Y allí, tal vez, le oiría alguien, uno solo en esta ciudad gigantesca. ¡Uno solo! El estertor de Llobet había cesado ya.

Sí, notó que llegaban, al fin. Las mujeres se agrupaban en torno; los hombres hablaban apresuradamente, se retiraban un instante. Allí estaba, brumosa ya, sosteniendo un farol, la figura de Pedro, el sereno. Se llevaba las manos a la frente, pasmado.

—Es el amo, es el amo…

Luego ya, voces inconexas.

—Un coche.

—No, no; del otro lado…

—Muerto.

Y dolor, dolor.

Fantasmas blancos, desvarío: Llobet, Llobet, Llobet…