El amanecer los sorprendió desnudos y abrazados. Se habían amado y también hablado hasta hacía un rato. Julia deslizó la mano por el hombro y le acarició la piel. Era suave, perfecta y bronceada, seguro por sus actividades al aire libre. Aún en sueños su barbilla mostraba gesto de obstinación. Quería tocarlo, pero no deseaba despertarlo todavía. Se levantó despacio sin hacer ruido y se encerró en el baño para darse una ducha. Se metió debajo del chorro de agua y se humedeció el cabello. La puerta se abrió de pronto y entró Nick, con toda su masculinidad, invadió su espacio, como siempre ocurría.
—Quiero acompañarte —ronroneó en el oído al entrar. Se puso detrás de ella y tomó el frasco de jabón—. Buenos días preciosa, déjame ayudarte.
Julia se dio la vuelta y lo recibió con un largo beso. El agua los salpicó. Nick llenó la palma de la mano con jabón líquido y con suaves caricias fue resbalando por su cuello, los hombros, la espalda. Después, acarició los pezones y ese gesto le arrancó un gemido. Continúo con el abdomen y el centro de las piernas. La friccionó con ritmo suave. Lo que alteró su respiración. Le masajeó las nalgas.
—¿Te gusta?
—Sabes que sí. Eres muy meticuloso —dijo en cuanto él metió un dedo dentro de ella.
Nick soltó una risa seca que convirtió en jadeo cuando ella empezó el mismo ritual.
Nick tomó la ducha de mano, con suavidad comenzó a lavarla y cuando terminaron, le dio de lleno con el agua en la cara, ella escupió y tosió.
—Con que esas tenemos, eres un tramposo —Julia soltó la carcajada. Cerró la llave de agua caliente, dejó solo la fría y salió como un gato escurriéndose de las manos de Nick con suma agilidad—. No te invité a compartir mi ducha.
Salió detrás de ella.
—Hace dos minutos no te quejabas —Julia tomó una toalla para secarse. Nick se la quitó—. No señorita, estoy disfrutando mucho de la vista.
—Eres un pervertido. Si me resfrío será tu culpa— Nick botó la toalla al piso y empezó a acariciarla.
—Asumo las consecuencias.
—No, no me tocaras más —Él empezó a hacerle cosquillas. Julia reía como loca.
—Eso lo veremos.
Salieron del baño dejando un estropicio detrás. No les importó. Empezaron a besarse de nuevo. Julia lo tumbó en la cama y se sentó a horcajadas sobre él. Nick le acariciaba el cuello, los pezones, las nalgas. La miraba arrobado.
—Es tanta el hambre que he sentido todos estos años, que no te voy a dejar salir de esta cama en un buen tiempo.
—Vaya, tenemos que hacer algo para alimentarte.
Y empezó a besarle el pecho, siguió bajando a su ombligo. Nick tenía un abdomen duro, musculoso. Recorrió la tira de vello que iba del ombligo y se ensanchaba más abajo, le empezó a acariciar los testículos y puso sus labios en la punta del pene que ya estaba erguido. Empezó a besarlo de la punta a la base para luego subir y meterlo en su boca. Nick gimió y se estremeció. Julia lo tomó de nuevo en su boca y succionó varias veces. Nick gruñó con deleite. Hasta que sus manos agarraron la cabeza y la separó.
—Para amor, o la que va a terminar alimentada serás tú.
Julia reía cuando se levantó, Nick le dio la vuelta y se puso encima de ella. Le acarició el cabello con ternura.
—No quiero lastimarte ahora, estás adolorida amor.
—No me importa, quiero sentirte otra vez, por favor.
Nick se puso un condón, volvieron a hacer el amor y a revivir la magia que los encerró en una burbuja de la que no deseaban salir jamás.
Julia se despertó más tarde y se encontró sola en la cama. Se puso la camiseta de Nick, esa con la que la había recibido anoche. Tenía sed, seguro era la resaca de lo consumido la noche anterior. Encontró un vaso con agua helada y una rodaja de limón en la mesa de noche. Mientras bebía, merodeó por la habitación. La noche anterior no había podido observar gran cosa. Era un lugar cómodo, elegante y práctico a la vez. Se acercó a la pequeña biblioteca que tenía en el cuarto y con curiosidad observó sus libros. Encontró el libro que le había regalado esa lejana navidad, lo acaricio con ternura, se le aguaron los ojos. Se reprendió por tonta, se secó las lágrimas y bajó a la cocina, donde escuchaba el ruido de sartenes.
Estaba preparando un delicioso desayuno. Lo supo por el aroma que saturaba el espacio.
Se acercó por detrás y lo abrazó, tenía un pantalón de pijama y estaba sin camiseta. Decir que estaba guapo era poco.
—Es para no creer, estoy tan feliz. —Julia se dirigió a los armarios para ayudar a arreglar la mesa.
—No preciosa, siéntate, hoy quiero atenderte yo. Eres mi princesa no quiero que hagas nada.
—Me has atendido muy bien —dijo Julia en tono de broma pero de forma insinuante.
Nick levantó la vista y la miró con sensualidad y lujuria. Julia le sostuvo la mirada. Él elevó la comisura de los labios en una risa sensual.
—Cuando quieras, chica Berkeley, cuando quieras.
Dispuso el comedor auxiliar de la cocina, que daba a un pequeño jardín, con individuales, cubiertos y puso en varios platos: tortillas de huevos con pimentón y queso, picado de frutas, jugo café y tortitas, beicon. Se sentaron a desayunar.
Charlaron de naderías, pero más que todo se miraban a los ojos buscando esa conexión que los hizo tan felices años atrás y allí estaba, enredada entre dudas, resentimientos y cosas aún sin resolver.
—Debemos hablar de lo que nos pasó —dijo Nick al ver el rostro de Julia con señales de duda—. No quiero suspicacias ni malos entendidos.
—¿Cómo fue? Necesito saber que pasó ese día.
Nick le relató los hechos, desde su llegada a la fiesta, hasta donde se acordaba. Retiró el plato furioso. Le molestaba haber perdido el control de su vida por una noche y lo que ello conllevó. Aunque no era culpable, al presente, lo mortificaba.
—Me debiste odiar —dijo Julia con tristeza y mirándolo arrepentida.
—Sí Julia. Te amaba y te odiaba.
—Te he echado mucho de menos —susurró Julia con un hilo de voz.
—Yo también, mi amor —dijo Nick que levantó a Julia de la mesa y la sentó en sus piernas, mientras con los dedos le acariciaba los muslos—. No podemos atarnos al pasado, por eso, te voy a pedir algo; no quiero ver más dudas en tu mirada. Si queremos un futuro juntos debemos olvidar lo que sucedió y seguir con nuestras vidas. Mirar para adelante.
—Lo haré, mi amor. Tampoco quiero atarme al pasado, aunque no te niego que me da tristeza haberme perdido todos estos años —Lo abrazó. Sabía que el futuro con Nick dependería de la superación del pasado. Nick no era una persona fácil y todavía estaba resentido. Necesitaba ayudarlo a sanar—. No es fácil cambiar el chip que te ha sostenido por largo tiempo, tenme paciencia.
—No quiero volver a escuchar el nombre de Beth, si nombras lo que pasó, me darás a entender que no puedes superar el pasado y entonces será muy difícil que estemos juntos.
Julia lo miró pensativa, con ganas de preguntarle si hubo alguien importante para él en ese tiempo, pero no era el momento. Terminaron de desayunar.
—¿Qué método de planificación sigues?
—Las pastillas me sentaron mal, las suspendí hace un mes.
—¿Y cómo te cuidabas con Frank?
Julia frunció los hombros.
—No había estado con él, hacía dos meses.
—Vaya, problemas en el paraíso…
—Nick, no deseo hablar de eso.
—Está bien. Discúlpame.
—Me encargaré yo de la protección, mientras evaluamos nuevos métodos ¿Te parece?
—Me parece. —Julia se levantó y empezó a recoger los platos—. Tengo que ir a mi casa a cambiarme.
—¿Por qué no pasamos juntos el fin de semana? Te quiero para mí estos dos días. —Nick terminó de levantar la mesa.
—Está bien.
Julia se vistió nuevamente y se dirigieron al apartamento. Al llegar allí, Nick se dedicó a observar curioso su espacio, fisgoneó la cocina, el estudio y la habitación.
Julia sonreía, solo le faltaba abrir los cajones.
—Me gusta tu casa es muy hogareña y tienes muy buen gusto.
—Gracias.
Julia se cambió ante la mirada de Nick y planearon ir al parque de bellas artes a disfrutar el día. Almorzarían en algún restaurante.
—¿Me acompañas al hotel un momento? Tengo que supervisar algo, no demoraremos.
—Claro amor, vamos.
Llegaron al hotel. Nick, la dejó a su aire mientras supervisaba algo con un arquitecto. Julia lo observaba en su faceta de jefe dando órdenes a sus empleados, le encantaba su don de mando, la manera en que manejaba sus cosas, lo acertado de sus decisiones. La buscaba con la mirada cada tanto. Se había convertido en un magnifico hombre, afiló las cualidades que le asegurarían el éxito en sus empresas. Siempre sería un hombre que conseguiría lo que se propusiera.
Salieron del hotel y llegaron al parque, buscaron un sitio tranquilo. Nick se acostó y Julia se apoyó en su pecho, entre dormida, lo escuchaba hablar de un viaje que había hecho a Colombia hacia unos años, para conocer la familia de su padre.
—¿Te gustó Colombia?
—Sí, me encantó es un país muy hermoso —dijo con entusiasmo—, la familia de mi padre es muy alegre, cariñosa, me sentí muy bien. Deseo llevarte pronto, quiero que los conozcas.
—Sí, también a mí me gustaría —contestó ella soñadora.
—Tienen una carta de comidas maravillosa y hermosos paisajes y a pesar de sus problemas la gente no deja de sonreír.
Julia se imaginó todo eso, él acompañado de alguna bella chica
—¿Fuiste con alguna mujer? —se sentó quedando frente a él.
—No, cómo se te ocurre —soltó Nick escandalizado— ¿Estás celosa?
—Sí, estoy celosa —Julia, lo miró seria—, celosa de todas esas mujeres que compartieron esos años contigo, perdóname no puedo evitarlo.
Nick iba a replicar, pero ella lo silenció con un gesto.
—Tendrás que darme tiempo.
—Está bien, tranquila. —La acarició con ternura, él también se moría de celos por las anteriores parejas, pero no seguiría ese camino. No valía la pena—. Lo superaremos.
—¿Dónde más has estado? —Quería cambiar de tema, empezaba a avergonzarse de su arrebato.
—Estuve en Cartagena, es una ciudad preciosa, mágica, fui invitado por un grupo financiero hace dos años para invertir en un hotel.
El parque se estaba llenando de gente. Era una hermosa mañana de cielo azul, a pesar del verano hacía algo de frío.
—¿Cómo te pareció la ciudad?
—Me transporté a una de tus novelas favoritas, bueno, no sé si lo sigue siendo. El amor en los tiempos del cólera.
—Claro que sigue siendo mi favorita. Te acordaste.
—No he olvidado nada tuyo, es más, me identifico plenamente con Florentino Ariza. Él vivió cincuenta años lo que yo he vivido durante siete.
—Dijiste que no te inspiraba mucho respeto.
—Fue antes de vivir en carne propia la pérdida de tu amor—señaló Nick con voz ronca.
—Pero nunca perdiste mi amor. —Julia le acariciaba las mejillas con ternura.
—No lo sabía —sonrió tristemente y sin mirarla—. Era tan prepotente en esa época, pensaba que tenía el mundo en mis manos. No sabía lo que era el dolor de tu perdida, por eso me siento identificado con él.
—Oh, Nick —Julia lo besó y en esa caricia evocó lo vivido años atrás. El primer beso, los que siguieron, la excitación, la primera vez de todo. Era un sentimiento intenso y eléctrico que la turbaba.
—Te amo Julia no sabes cuánto. Te he esperado tanto tiempo —musitó Nick sobre su boca.
Le contó de otros viajes con gesto concentrado, el fuerte magnetismo que no lo abandonaba y una voz profunda y modulada. En medio del paisaje, la gente, los niños que corretean por el parque y mientras le hablaba de su familia y de la sobrina que adoraba se volvió a derretir por él, estaba locamente enamorada de ese hombre, pero lo percibió con la emoción de años atrás, sin dudas y resentimientos. Después, fueron a caminar por el parque alrededor del lago. Almorzaron en uno de los restaurantes del puerto, sopa de almejas. Al atardecer decidieron volver a casa.
—Pasemos la noche en mi casa, en mi cama —dijo Julia.
A Nick esa petición le supo a gloria y con un gruñido la abrazó y con la mano le abarcó el trasero.
—Tus deseos son órdenes para mi preciosa.
Llegaron a la casa, bromeando y riendo. Julia soltó unos paquetes de unas compras hechas en el supermercado, en el mesón de la cocina.
—Tengo ganas de comer helado —dijo Julia yendo a la nevera.
—Yo te voy a dar algo mejor que el helado. —Nick la atajó y la miró con excitación, no podría aguantar mucho más.
—No creo que haya algo mejor que el helado. —Julia sonrió, tratando de escabullirse de sus caricias.
—Oh sí. Sí creo que lo hay y vas a repetir varias veces, te lo prometo. —Nick la llevó a la cama y cumplió su promesa.
Las semanas siguientes fueron de acople en su vida de pareja. Se veían después del trabajo, cenaban en casa y compartían todos sus tiempos libres juntos. Nick no había viajado, había delegado en Mike esa parte de su trabajo.
Julia se enteró que él era el benefactor anónimo del refugio una noche que llegó a la casa de Nick antes de que él llegara. Quería darle una sorpresa. Recibió una llamada y buscó un lapicero en uno de los cajones del escritorio del estudio. Encontró los papeles de la beca con los nombres de los participantes al concurso.
Cuando Nick llegó a la casa, se sorprendió al ver la luz tenue del estudio encendida. La visión le cortó la respiración y le secó la garganta. Carraspeó nervioso.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —señaló Julia los papeles. Lo esperaba desnuda sentada en la silla del escritorio y con las piernas enfundadas en unas medias a medio muslo con ligueros negros, apoyadas en la superficie. Llevaba unos tacones Louis Vuitton de varios colores y por lo menos quince centímetros.
—La verdad no había pensado en eso.
Nick se acercó a ella, se quitó la chaqueta y se desanudó la corbata.
—Pero hace años que ayudas con el refugio.
—Sé lo importante que era el refugio para ti o mejor dicho que seguía siéndolo —señaló Nick mientras miraba y acariciaba las piernas.
—Pero, ¿por qué?
—¿No te das cuenta? —Nick alzó la mirada—. Todo lo tuyo me interesaba. Deseaba sentirme cerca de ti, que tuviéramos algo en común. Aunque tú no lo supieras. ¡Dios Julia! Hubiera sabido que me estabas esperando así, hubiera venido antes.
Julia se levantó imponente en su desnudez y ante la mirada hambrienta del hombre, lo obligó a que se sentara en la silla que antes ocupaba ella. Se puso a horcajadas sobre él. Se dispuso a desvestirlo.
Le quitó la corbata, le desabotonó la camisa y su pecho surgió entre la tela azul de la camisa. Lo acarició con un dedo de arriba abajo y luego lo besó.
—Me excitas mucho —musitó ella sobre su piel.
Percibió su erección a través de la tela del pantalón, su respiración agitada y el escalofrío que lo embargó. Le desabrochó el cinturón.
—Eres jodidamente hermosa y me estás volviendo loco.
Julia le regaló una de sus sonrisas cuando liberó su miembro y lo acarició de arriba abajo. Nick le devoró el gesto en un beso hambriento. Amaba su entrega, su sensualidad irreverente, su vagina húmeda y caliente que se moría por saborear y penetrar.
—Levántate un momento mi amor, quiero desvestirme.
Julia se sentó en el escritorio frente a él. Nick no se aguantó y con los pantalones en las rodillas, la aferró de nuevo a él. Le succionó los pezones, le mordisqueó el cuello. Nick acariciaba el cuerpo de Julia con deleite. La tendió en el escritorio. Deslizó las manos en la apertura de su sexo. Gruñó satisfecho al ver la humedad que lo embargó. Sí, caviló, calidez, humedad y belleza, el paraíso existía en medio de las piernas de su mujer. Nick acercó la cabeza a su regazo y con la lengua saboreó los labios, el sexo, el clítoris. Las manos de Julia le acariciaban el cabello mientras los gemidos se escuchaban en el lugar. Era una delicia, su sabor lo emborrachaba, era una esencia más dulce que el vino y más exquisita que el mejor whisky. Tiró de ella y la acomodó de nuevo sobre él. Ella se puso a horcajadas, se aferró a sus hombros mientras lo miraba fijamente.
—No tengo condón — bramó él.
—No estoy en esos días.
—Dijo la madre de trillizos.
La carcajada de Julia quedó ahogada, cuando Nick se introdujo dentro de ella. La sensación al contacto de las pieles desnudas sin un plástico que se interpusiera, desató en Nick una fuerte tormenta que lo llevó a eyacular enseguida en medio de gruñidos satisfechos, “Ojala estuviera en esos días” “Ojalá le hiciera un hijo”.