Capítulo 1

San Francisco, Julio del 2014.

Era un viernes de mierda.

Nada había salido bien esa mañana, y ni siquiera era medio día. A las once en punto, Julia, caminaba por el largo corredor que la llevaba a la sala de juntas. El mutismo anegaba el lugar en un ambiente de calma infrecuente, solo roto por la sinfonía novena de Beethoven, que circulaba por las distintas estancias, culpa del equipo de sonido empresarial. Vaciló al llegar a la entrada, respiró profundo, tomó el pomo, la jornada no la había preparado para lo que encontraría detrás de esa puerta. “Mira tu correo, el nuevo Vice acaba de enviar una nota. Hay reunión a las once de la mañana con personal de hoteles Admiral-Garden”, le había dicho su secretaria una hora atrás.

—Esa reunión la iba a realizar Paul —había contestado ella.

—Pues ya no, insisten en que seas tú.

Desde que el nombre de la incipiente cadena de hoteles afloró en el panorama de la empresa, vivía en tensión. Era cuestión de tiempo el que se diera un encuentro, sino con él, con alguno de sus directivos y por lo visto, no había podido aplazarlo.

La puerta se abrió en silencio.

—Entra.

Fue la voz de Tom su jefe inmediato, que salió en ese momento.

—Ya vuelvo. —El profesional se alejó por el pasillo.

Julia se secó las palmas húmedas, tragó la piedra en la garganta y dio un par de pasos para entrar, la puerta se cerró de inmediato. Sus manos se apretaron a la tablet mientras observaba al hombre de pie al lado de la ventana. Él se volteó enseguida y la mirada celeste la atacó como una patada en el estómago. ¡Oh por Dios! Paso a paso se acercó a ella con su innata gracia a pesar de ser un hombre acuerpado y alto.

—Buenos días, chica Berkeley, es un placer volver a verte. —Se aproximó con la mano extendida.

Julia que se preciaba de dominar cualquier situación, quedó clavada en el suelo sin dejar de mirar al culpable que la arruinó para otros. Ese sonido de voz ronco y carnal, atravesó sus recuerdos y le oprimió el pecho. “Esto es ridículo”, caviló consternada, quedaría en evidencia, había pasado mucha agua bajo el puente. Siete años era mucho tiempo. Transcurrido el instante de aturdimiento; extendió la mano con una falsa confianza. Era cuestión de supervivencia.

—Buenas tardes, señor De la Cruz.

El apretón de manos fue rápido y breve, como en los negocios, la excusa perfecta para negarse a llamarlo por su nombre, pero Julia lo percibió íntimo. Rozó la cálida piel y se percató de su textura, a la vez que tuvo la sensación de que todo se desarrollaría en los términos que él impusiera. Se reprendió por tonta y por sus absurdos pensamientos.

Deseó haber pasado por el salón de belleza, haberse maquillado más los ojos, en fin, hubiese querido estar despampanante. No, como siempre, la suerte no estaba de su lado. Tenía ojeras hasta en las orejas, se sentía hinchada por el síndrome premenstrual y el cabello hecho un desastre.

“¡Ya Julia, basta!,” dijo reprendiéndose a sí misma. No se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración y eso la enojó. “Eres una mujer hecha y derecha y como tal te vas a portar.”

—Ha pasado un largo tiempo —dijo Nick, le regaló una media sonrisa y levantó la ceja en un gesto que decía que estaba esperando su siguiente movimiento.

—No tan largo —contestó Julia con aparente desenfado y se sentó a la mesa de la sala de juntas de color caoba oscura. “Respira, solo respira” “No lo arruines” Se protegió con una coraza de impasibilidad, se centró en su papel de profesional, dispuesta a comenzar la reunión. Aunque sus sentimientos estaban en una extraña colisión que no sabía cómo analizar, lo dejaría para más tarde.

Nick se acercó a la mesa y se sentó indolente en una silla frente a ella.

—Antes que nada, deseo aclararte que me acerqué al Grupo Dickinson por su reconocida trayectoria en el campo de recursos humanos. No sabía que tú estabas a cargo y espero que no haya ningún problema.

—No, en lo absoluto. El grupo Dickinson se caracteriza por brindar los mejores empleados que se puedan conseguir, altamente capacitados para desempeñar las labores que se requieran. Estoy segura de que estaremos a la altura de sus expectativas. —dijo Julia tratando de controlar sus nervios, pues sabía muy bien que la imagen de la empresa era lo primero.

—Yo me refiero a ti. ¿Cómo te sentirás Julia?

—Déjeme aclararle algo —replicó Julia casi gruñendo—, soy muy profesional en mi trabajo y me siento habilitada para realizarlo, no tengo ningún problema en desempeñarme para lo que estoy capacitada. Ahora la pregunta es: ¿Cómo se sentirá usted señor De la Cruz?

—Nick —se inclinó un poco hacia adelante con el ceño fruncido—, después de todo, no somos extraños.

—Perfecto.

—Dilo.

—¿Disculpe?

Julia lo miró sorprendida. El ambiente estaba tirante.

—Mi nombre. Te pedí que dijeras mi nombre.

No quería pronunciarlo. Quería soltar cualquier frase desenfadada, algo que le impidiera obedecerle. Las palabras se le enredaron en la garganta; le respondió:

—Nick.

Carraspeó y se concentró en la tablet.

Tom volvió en ese instante y pudo detectar la tensión en el aire

—Ahora que rompimos el hielo, podemos seguir adelante con la reunión.

Las duras líneas de su rostro se suavizaron y exhibió una deslumbrante y blanca sonrisa, que hizo que a Julia se le encogieran los dedos de los pies.

—Bien —dijo Tom—, podemos empezar a trabajar.

Tom miraba al uno y al otro con la curiosidad pintada en el rostro. Una mujer entró con una bandeja en la que había café y agua. Tom tomó enseguida las riendas de la situación.

Nick presentó las demandas del grupo Admiral, y Julia, lo que ofrecería el grupo Dickinson. La reunión duró aproximadamente dos horas. A un nivel profesional, ambos estaban sorprendidos de sus capacidades. A un nivel subliminal la cosa era diferente. Julia observaba a Nick. Su manera de llevar las cosas y los gestos que recordaba. Era un hombre muy sexual. De cabello grueso y negro como el carbón, tenía un corte mucho más sofisticado que el de su época universitaria. Decir que estaba guapo sería quedarse corta. El rostro denotaba firmeza y astucia, pómulos marcados, nariz con una ligera desviación a la izquierda, producto de una lesión en un partido de fútbol en la época universitaria. La boca era una delicia, bien delineada y hecha para quebrantar a besos cualquier voluntad. Donde Dios no escatimó su obra, era en los ojos, que variaban del azul claro al azul grisáceo según su estado ánimo. Él la estudió con aire apreciativo y con falta de sutileza. De repente, siete años de su vida se borraron de golpe y volvió a ser la joven insegura y nerviosa que bebía los vientos por él. Se sintió vulnerable bajo el halo de su penetrante mirada, capaz de ver cosas que ninguna mujer revelaría. Imaginaba el día a día de las mujeres que trabajarían a su lado. Era difícil sustraerse a su encanto y a sus gestos, como el de llevarse la mano a la barbilla. “Eres una mujer comprometida Julia Lowell” le susurró una vocecita al oído. Llevó la mano al anillo, con un solitario de varios quilates. La mirada dura y punzante que le destinó Nick a la joya no pasó desapercibida. No supo por qué escondió la mano debajo de la mesa, se sonrojó ante el gesto de burla del empresario.

Para Nick la situación no era diferente. Observaba a Julia y trataba de reconciliar la imagen que tenía de ella, con la de la mujer actual, hermosa, eficiente y contenida que ahora se le presentaba. La vio más bella que nunca, los ojos del color de una copa de jerez vista a contraluz, con una mirada clara y cálida. El cabello recogido en una moña, no dejaba adivinar el largo. Sus facciones eran más talladas, la línea del cuello elegante y ¡esos labios!, que prometían cosas no aptas para una sala de juntas. ¡Dios! ¡Ah, cuánto ansiaba probarlos, disfrutar de la suavidad de su piel! Siempre había ejercido una fascinación en él, era una incómoda sensación y el maldito anillo que atizó sus negros pensamientos. No le pertenecía, aún.

—Bien, creo que es todo por hoy. Podemos realizar otra reunión en dos días. Ya con esta información podré empezar a seleccionar el personal que se necesitará —concluyó Julia, al tiempo que recogía la tablet de la mesa.

—Me parece perfecto, el miércoles a las dos de la tarde estará bien.

—Permiso señores. —Se levantó, le dio la mano a Tom y después a Nick tratando de disimular el torrente que atravesó su mano hasta la muñeca sin lograrlo del todo. Se dio cuenta que Nick algo debió sentir, pues se miraba la mano dándole vuelta con una expresión entre sorprendido y disgustado al mismo tiempo. Julia salió como alma que lleva el diablo.

Tom lo llevó hasta su oficina. Nick caminaba nervioso de un lado a otro. Tom se acercó a un mueble de madera de dónde sacó una botella de whisky.

—Lo necesitas.

Nick lo miró con gesto interrogante.

—Es necesario. De vez en cuando, claro está. No te preocupes, no me ha dado por empinar el codo todavía. Pero creo que tú lo necesitas más que yo.

Tom sirvió dos vasos, Nick aferró el suyo sin tomar asiento. Distraído, observaba el fondo de la bebida. Bebió un trago y se sentó.

—No sé qué te traes. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que pasa?

—¿En este momento? —Nick, le miró algo perplejo— Ni yo mismo lo sé.

—Todo lo que puedo decir es que en esa sala, había suficiente fuego para una hoguera, de ambas partes por supuesto.

Los labios de Nick se elevaron en una sonrisa sin pizca de alegría.

—¿Tú crees? —Lo miró escéptico.

—A excepción de que a veces te miraba como sí quisiera retorcerte el cuello y otras como si fueras una golosina, sí, creo que sí.

Nick bebió otro trago.

—Debes estar mal de la vista.

—En el tiempo que te conozco, nunca te he visto anteponer tus sentimientos al trabajo, pero hoy estabas más concentrado en mirarla embobado que en lo que te presentamos. Podría estar contando un cuento o pedirte que regalaras tu hotel y ni te habrías enterado —dijo Tom, señalando la propuesta que había sobre la mesa.

—Ni lo pienses por un momento —acotó Nick—. Mi trabajo es lo primero y el hecho de estar mirándola no me impidió concentrarme en lo mío. Hay ciertos puntos que quiero discutir contigo.

Volvieron al trabajo nuevamente.

Nicolás de la Cruz salió del conglomerado tratando de darle explicación a sus turbias emociones. ¡Mierda! Esto era mucho más complicado de lo que pensaba, ¿qué diablos esperaba?, él mismo se había metido en esto. Había organizado todo por simple curiosidad. Deseaba saber en quién se había convertido la hermosa muchachita que había amado años atrás y la negociación le venía al guante. No esperaba el rugido que pugnó por salir tan pronto la vio caminar hacia él. La ropa típica de la ejecutiva, vestido sastre azul oscuro, los labios, el dichoso pañuelo en el cuello, que hizo volar su mente sobre los usos que podría darle y los zapatos con tacón delgado que imaginó clavados a su espalda, todo el conjunto se confabuló para acelerarle el cuerpo o solo porque era ella, su preciosa chica Berkeley. No, él no había venido a ella por simple curiosidad. Él había venido para recuperarla. Soltó una carcajada irónica, mientras el motor de su Porsche negro, aceleraba y salía del lugar. Recordó la maldita joya en el dedo y sin querer aumentó la presión del pie en el acelerador. Se había convertido en una mujer de armas tomar… Siempre lo fue. Dominaba el trabajo a la perfección y ante sus preguntas, nunca perdió el equilibrio. Cada matiz de su expresión pedía que la mirara pero que no se atreviera a tocarla. El olor de su perfume herbal y cítrico a la vez le golpeó las fosas nasales y se encontró rastreándolo como un perro en cuanto salió ella de la sala de juntas. El tono de voz, hizo que recordara lo que era tenerla entre las sábanas. Sabía que ella se estaría preguntando que hacía el dueño de los hoteles contratando personal, cuando su director de ese departamento podría hacerlo con los ojos cerrados. Solo sus empleados sabían que se tomaba una semana cada seis meses en un departamento de la empresa. La inauguración del Admiral de San Francisco sería en tres meses y al coincidir con Peter Stuart, su antiguo compañero de universidad y hablar de los buenos tiempos, se le ocurrió que podría hacerlo. Nick sabía que seguía soltera, sabía todo de ella y entonces, pudo más la curiosidad, el anhelo. Aquí estaba, desconcertado y molesto por la actitud de ella. Todavía lo culpaba, pudo percibirlo bajo la apariencia de mujer indiferente. A él no lo engañaba. La conocía. Pensó por un instante en cancelar todo, darle el contrato a otra empresa. Seguir adelante. Una mujer como Julia le traería dolores de cabeza. No, él no corría ante los desafíos que le presentaba la vida. Quería sacarla de sus papeles, despojarla de la superficie de contención y revelar al mundo la verdadera mujer que sabía que era, alegre, tierna y apasionada. Encendió el equipo de música del auto y Ray Charles inundó con su voz el ambiente. ¿Cómo sería tenerla en su cama de nuevo? Aprendería a conocerla. ¿Qué la excitaría? ¿Cómo derrumbar sus barreras? Sería interesante verla perder el control. ¿Y si salía igual de lastimado que años atrás? La respuesta llegó a él en uno de los crescendos de la melodía y como por arte de magia o como si de una película se tratara, las escenas más importantes de ese amor pasaron ante sus ojos.

Después de una jornada tensa y agotadora Julia desistió de seguir trabajando y se fue para su casa temprano. Llegó al apartamento, soltó la cartera en un mueble de la entrada, se quitó los zapatos en el camino y dejó la chaqueta en cualquier parte, algo impensable en cualquier otra circunstancia. Fue hasta la cocina sin dejar de pensar en Nick. “¿Cómo te sentirás tú? Imbécil ¿Qué se estaría creyendo?” Soltó un bufido poco femenino, abrió la nevera y tomó una botella de vino que tenía empezada. Había que reconocerlo, lo habían tratado bien los años. ¿Por qué no tenía calvicie incipiente y barriga? No, don perfecto, jamás. Julia siempre estuvo segura de que alcanzaría todo lo que se propusiera. Ojalá hubiera tenido esa misma tenacidad en su relación. Revolvió en un armario y bajó una copa de cristal, se sirvió e hizo un brindis imaginario “Bien por ti Señor Perfecto. Si piensas que me afectas de alguna manera déjame decirte, ¡vete a la mierda!” El sabor a frutos rojos del vino, le bailó en la boca. Hubiera querido beber algo más fuerte, pero no tenía nada en ese momento. Sirvió otra copa, se sentó en el inmaculado sofá y corrió el espeso velo del pasado para recordar ese amor que había terminado tan mal ocho años atrás.