VI
Naturalmente, hizo falta algo más que aquel episodio en particular para revelarnos lo que en adelante debíamos afrontar como pudiéramos: mi tremenda propensión a tener impresiones de la índole que había quedado tan patente y la conciencia al respecto —consternación a medias y a medias piedad— cobrada a partir de entonces por mi compañera. Aquella noche, después de la revelación que me había dejado tan abatida durante una hora, ninguna de las dos asistió a otro oficio que el de verter lágrimas y hacer votos, rezar y formular promesas, culminación de la serie de empeños y juramentos mutuos que vinieron a continuación, tras retirarnos al aula y encerrarnos en ella para ponerlo todo en claro. El resultado de aquel esclarecimiento fue, sencillamente, el de reducir —con el mayor rigor— nuestra situación a sus últimos elementos. Ella misma no había visto nada, ni la menor sombra, y nadie de la casa se encontraba en un apuro como el de la institutriz; aun así, aceptó —sin poner en entredicho mi cordura— la verdad que le transmití y acabó dándome, sobrecogida, muestras de cariño —en deferencia para con mi más que discutible privilegio— al respecto, cuyo mero hálito he atesorado como la más grata de las caridades.
Así, pues, el asunto que quedó zanjado entre nosotras aquella noche fue el de si podríamos sobrellevar juntas aquel trance y ni siquiera estaba yo segura de que, pese a haber quedado antes exenta, no fuese ella quien llevara la peor parte. En aquel momento yo sabía —creo, como también lo supe más adelante— lo que era capaz de arrostrar para proteger a mis pupilos; en cambio, tardé un poco en darme cuenta cabal de aquello a lo que mi buena compañera estaba dispuesta para cumplir las condiciones de un pacto tan severo. Yo ya era una compañía bastante rara, casi tanto como aquella con la que contaba, pero, al rememorar todo lo que hubimos de pasar, comprendo hasta qué punto debimos de compartir la única idea que, por ventura, podía tranquilizarnos. Fue la idea, el segundo paso, lo que me permitió salir sin vacilar, por decirlo así, de las profundidades de mi terror. Al menos pude respirar y a la señora Grose le ocurrió lo mismo. Ahora recuerdo perfectamente la forma peculiar en que recuperé las fuerzas, antes de separarnos hasta la mañana siguiente. Habíamos repasado una y otra vez todos los detalles de lo que yo había visto.
«¿Dice usted que buscaba a otro… no a usted?».
«Buscaba al pequeño Miles». De pronto me sentí dueña de una portentosa lucidez. «¡A él era a quien buscaba!».
«Pero ¿cómo lo sabe usted?».
«¡Lo sé, lo sé y lo sé!». Mi exaltación iba en aumento. «Y usted también, querida».
No lo negó, pero ni siquiera era necesario —me pareció— que me lo dijese. En cualquier caso, prosiguió al cabo de un momento: «¿Y si él lo viera?».
«¿El pequeño Miles? ¡Eso es lo que pretende!».
Volvió a poner cara de terror. «¿El niño?».
«¡Dios nos libre! El hombre. Quiere aparecérseles». La de que así fuera resultaba una idea atroz y, sin embargo, podía yo mantenerla —en cierto modo— a raya, cosa que, por lo demás, casi logré demostrar, mientras permanecimos allí. Tenía la absoluta certeza de que volvería a ver lo que ya había visto, pero algo en mi interior me decía que —si tenía el valor de ofrecerme como único objeto de semejante experiencia, si la aceptaba, si la incitaba, si la superaba— haría de víctima expiatoria y preservaría la tranquilidad de mis compañeros. Así ampararía en particular a los niños y los pondría totalmente a salvo. Recuerdo una de las últimas cosas que dije aquella noche a la señora Grose.
«Lo que me extraña es que mis pupilos nunca se hayan referido…».
Me quedé cavilando y ella, mirándome fijamente, me preguntó: «¿A que hubiera estado aquí y al tiempo que pasaron con él?».
«El tiempo que pasaron con él y su nombre, su presencia, su historia, de algún modo».
«Oh, la niña no se acuerda. Ni siquiera se enteró».
«¿De las circunstancias de su muerte?». Me puse a reflexionar. «Tal vez no, pero Miles se acordaría… Miles sí que se enteraría».
«¡Ni se le ocurra preguntárselo!», exclamó la señora Grose.
Le respondí con la misma mirada. «No tema». Seguí pensando. «Sí que es extraño».
«¿Que nunca haya hablado de él?».
«Nunca, ni la menor alusión, ¿y dice usted que eran “muy amigos”?».
«¡No! ¡Él, no!», declaró con énfasis la señora Grose. «Era a Quint a quien le encantaba: jugar con él… malcriarlo, en realidad». Hizo una breve pausa y después añadió: «Quint se tomaba demasiadas libertades».
Al oír estas palabras, justo después de haber visto su cara… —¡y qué cara!—, me embargó de pronto tal repugnancia, que sentí náuseas. «¿Demasiadas libertades con mi niño?».
«¡Con todo el mundo!».
Me abstuve por el momento de analizar más detenidamente aquella descripción, si bien no dejé de advertir que en cierto modo era aplicable a varios de los moradores de la casa: a la media docena de doncellas y criados que seguían formando parte de nuestra reducida colonia. Ahora bien, que, por fortuna, nunca se hubiese atribuido a la vieja y querida mansión leyenda inquietante alguna —ni siquiera un roce entre pinches— de la que quedara memoria parecía contribuir poderosamente a nuestra aprensión. Nada había que empañara su buen nombre ni le hubiese atribuido mala fama y lo único que la señora Grose deseaba era —resultaba más que evidente— aferrarse a mí y guardar, trémula, silencio. Incluso la puse —como recurso postrero— a prueba. Fue cuando, a medianoche, posó la mano en la puerta del aula para marcharse. «¿Debo considerar entonces —pues reviste gran importancia— que era una persona fehaciente y notoriamente mala?».
«No; notoriamente, no. Yo lo sabía… pero el señor, no».
«¿Y nunca se lo dijo usted?».
«Es que no le gustaba que le fuesen con cuentos… detestaba las quejas. Era tremendamente expeditivo con esas cosas y si alguien se portaba bien con él…».
«¿No le importaba nada más?». Aquello cuadraba bastante bien con la impresión que yo tenía de él: no le interesaban los problemas y tal vez no fuera demasiado exigente con algunas de sus compañías. Con todo, insistí a mi interlocutora: «¡Le aseguro que yo se lo habría dicho!».
Captó la alusión. «Supongo que debería haberlo hecho, pero la verdad es que tuve miedo».
«Miedo, ¿de qué?».
«De lo que aquel hombre habría sido capaz de hacer. Quint era tan astuto… tan misterioso».
Atribuí más importancia a este dato de lo que probablemente di a entender. «¿Y no temía usted nada más? ¿Las consecuencias…?».
«¿Las consecuencias?», repitió con expresión angustiada y esperó, mientras yo titubeaba.
«Para la vida de unas criaturas inocentes que estaban a su cargo».
«No. ¡A mi cargo, no!», replicó, rotunda y afligida. «El señor tenía confianza en él y lo colocó aquí, porque al parecer no estaba bien de salud y el aire del campo había de sentarle bien. De modo, que lo decidía todo él. Sí», me espetó, «incluso en lo atinente a ellos».
«¿Incluso en lo atinente a ellos…? ¿Semejante individuo?». Estuve a punto de lanzar un aullido. «¿Y usted pudo soportarlo?».
«No, no pude entonces… ¡ni puedo ahora!». Y la pobre mujer rompió a llorar.
A partir del día siguiente, iban a estar sometidos, como he dicho, a un estricto control y, sin embargo, ¡cuántas veces y con cuánta pasión volvimos, aquella semana, a abordar el mismo asunto! Pese a lo mucho que lo cavilamos aquel domingo por la noche, siguió rondándome, sobre todo durante las horas siguientes —pues fácil es de imaginar lo que dormí— la sospecha de que me había ocultado algo. Yo, por mi parte, no había callado nada, pero la señora Grose algo había omitido… y no —como comprendí sin duda alguna a la mañana siguiente— por falta de franqueza, sino porque ambas abrigábamos temores. Al rememorarlo ahora, no me cabe duda de que, cuando el sol del nuevo día alcanzó su zenit, yo ya había atribuido por fin —tras muchas cavilaciones— a tan enigmáticos hechos casi todo el significado que iban a cobrar con sucesos posteriores y más crueles. Lo que me hicieron ver sobre todo fue precisamente la siniestra imagen del hombre aún vivo —¡el muerto habría de esperar algún tiempo!— y de los meses en los que no se movió de Bly y que, sumados, representaban en total un lapso respetable. El límite de tan funesto período no llegó hasta que, en un amanecer de invierno, un jornalero que se dirigía al trabajo encontró el cuerpo sin vida de Peter Quint en el camino del pueblo: catástrofe debida —al menos en apariencia— a una brecha bien visible en su cabeza, como la que podría haberse hecho (y en realidad así fue, según quedó demostrado) tras dar un mal paso fatal en la obscuridad, cuando volvía —perdido totalmente el rumbo— de la taberna, en el repecho helado a cuyo pie yacía. La pendiente helada y el extravío provocado por la tiniebla y el exceso de alcohol lo explicaban en gran parte: de hecho, tras la investigación y las incesantes habladurías, al final explicaban casi todo, pero en su vida había habido circunstancias, extraños momentos y peligros, trastornos secretos, vicios más que sospechados, que habrían explicado mucho más.
No sé muy bien cómo expresar mi historia con palabras que den una idea verosímil de mi estado de ánimo, pero en aquellos días conseguí, literalmente, disfrutar con el extraordinario arrebato de heroísmo que la situación me exigía. Comprendí entonces que me habían encomendado una misión admirable y difícil y la grandeza que entrañaría por mi parte —cuando se supiese: ¡en las esferas apropiadas, desde luego!— salir airosa de un trance en el que tal vez muchas otras habrían sucumbido. Me fue de inmensa ayuda que me resultara tan sencillo —confieso que, al recordarlo, me siento no poco complacida conmigo misma— concebir una reacción tan enérgica. Tenía por cometido proteger y defender a las criaturitas más desvalidas y adorables del mundo, cuyo desamparo lanzaba de pronto una súplica más que explícita, constituía un tormento continuo para quien sentía ferviente afecto por ellas. Estábamos, en realidad, aislados y juntos corríamos el mismo peligro. Ellos sólo me tenían a mí y yo… yo los tenía a ellos. Era, en una palabra, una oportunidad magnífica y que se me representaba como una imagen muy real: yo era una pantalla y, como tal, debía ponerme delante de ellos. Cuanto más viese yo, menos verían ellos. Comencé a vigilarlos con una ansiedad contenida, una tensión disimulada, que, de haberse prolongado más de la cuenta, podría haber llegado a rayar en la locura. Lo que me salvó fue —así lo veo ahora— que llegó a ser algo totalmente distinto. Desapareció la ansiedad… substituida por certezas espantosas: certezas, digo bien… a partir del momento en que empuñé de verdad las riendas.
He de remontarme, pues, a una tarde en la que tuve ocasión de estar a solas en el parque con el menor de mis pupilos. Miles se había quedado dentro, sentado en el cojín rojo de un amplio alféizar; quería acabar de leer un libro y con mucho gusto alenté tan loable propósito en un niño cuyo único defecto era cierta propensión al desasosiego. Su hermana, por el contrario, había estado al instante dispuesta a salir y durante media hora deambulamos en busca de sombra, pues era un día excepcionalmente caluroso y el sol estaba aún alto. Mientras paseábamos, volví a advertir cómo se las ingeniaba —igual que su hermano: los dos niños mostraban la misma delicadeza al respecto— para dejarme sola sin parecer abandonarme y para hacerme compañía sin darme sensación de agobio. Nunca resultaban importunos y, sin embargo, indiferentes tampoco. En realidad, yo centraba toda mi atención en verlos divertirse al máximo sin mí: era un espectáculo que parecían preparar con el mayor entusiasmo y en el que yo me recreaba con fervor. Me movía en un mundo de su invención… sin que ellos necesitaran recurrir a la mía, con lo cual me limitaba a ser alguien o algo excepcional para ellos, según lo requiriera el juego del momento, lo que —gracias a mi superioridad, a mi enaltecimiento— equivalía a una mera —y venturosa y eminente— sinecura. He olvidado lo que era en aquella ocasión; tan sólo recuerdo que se trataba de algo muy importante y quedo y que Flora ponía mucho empeño en el juego. Nos hallábamos a orillas del lago y, como poco antes habíamos empezado a dar Geografía, el lago era el mar de Azov.
De pronto, en aquellas circunstancias, cobré conciencia de que, allende el mar de Azov, teníamos un espectador muy atento. Ese conocimiento se fue concretando en mí de la forma más extraña del mundo… la más extraña, mejor dicho, si exceptuamos otra mucho más extraña con la que no tardó en fundirse. Yo me había sentado a hacer unas labores —pues quienquiera que yo fuese podía estar sentado— en el antiguo banco de piedra que dominaba el estanque y en aquella posición empecé a percibir con certeza —aunque sin verla directamente— la presencia —a respetable distancia— de una tercera persona. Los ancianos árboles y el espeso macizo de arbustos daban amplia y grata sombra, si bien quedaba todo bañado por la luminosidad de aquella hora, tan cálida y apacible. No había ambigüedad en nada: ninguna en absoluto, al menos en la convicción que fui adquiriendo por momentos sobre lo que vería ante mí y allende el lago cuando levantara los ojos. En aquel momento los tenía clavados en el bordado en el que estaba enfrascada y ahora vuelvo a sentir una vez más el espasmo que me sobrevino al procurar no moverlos hasta que me hubiera calmado lo suficiente para saber cómo actuar. Había algo a la vista ajeno a nosotras: una figura cuyo derecho a estar presente me apresuré, indignada, a impugnar. Recuerdo haber repasado todas las posibilidades, sin olvidar que la aparición, por ejemplo, de alguno de los empleados de la casa o incluso de un recadero, un cartero o un repartidor del pueblo era la cosa más natural del mundo, si bien afectó tan poco a mi certeza en la práctica como a la idea que ya me había hecho —aun sin mirar todavía— del carácter y la actitud de nuestro visitante. No era de extrañar que cosas así se presentaran como lo que en modo alguno eran.
De la verdadera identidad de la aparición me aseguraría en cuanto sonara el segundo oportuno en el reloj de mi arrojo; entretanto, mi mirada se trasladó como un rayo —y con un esfuerzo ya bastante intenso— hasta la pequeña Flora, que en aquel momento estaba a unos diez metros de mí. Mi corazón había dejado de latir por un instante, presa de la duda —¿vería ella también?— y del terror, y contuve la respiración, mientras esperaba lo que un grito o alguna señal inocente y repentina por su parte —ya fuera de interés o de alarma— me revelaría. Esperé, pero nada hubo; después —y hay en este lance algo más siniestro, creo, que en todo el resto de mi relato— salí de dudas —primero— al notar que, al cabo de un minuto, se había quedado callada y —segundo— gracias a que en ese mismo minuto el juego la había hecho volverse de espaldas al agua. En esa postura estaba cuando por fin la miré… y lo hice con la firme convicción de que alguien seguía observándonos, a las dos, atentamente. Ella acababa de recoger una tablilla que por casualidad tenía un pequeño agujero, con la idea, sin duda, de introducir en él un palito para que hiciera las veces de mástil y formar, así, un barco. La vi completamente absorta en el intento de encajar el palito en su sitio. Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, cobré ánimo y, unos segundos después, me sentí capaz de seguir adelante, conque una vez más desvié la mirada… y afronté lo que había de afrontar.