II
Lo comprendí con toda claridad cuando, dos días después, fui en el coche con Flora a recoger al señorito, como lo llamaba la señora Grose, y sobre todo por algo que había sucedido la segunda noche y que me había desconcertado profundamente. Como ya he dicho, el primer día había sido, en conjunto, tranquilizador, pero en el ocaso iba a sentir una gran aprensión. Al anochecer —y más tarde de lo habitual— el correo me trajo una carta que, pese a proceder del señor, sólo contenía unas líneas de su puño y letra y adjuntaba otra, dirigida a él, con el lacre intacto. «Aquí tiene esto que me envía —según veo— el director del colegio, un pelmazo insoportable. Tenga la bondad de leerlo y entenderse con él, pero sobre todo no me cuente nada: ni una palabra. ¡No me interesa!». Me costó mucho romper el lacre… tanto, que tardé un buen rato en decidirme; al final, me llevé la misiva sin abrir a mi alcoba y no me animé a leerla hasta el momento de acostarme. Más me habría valido esperar a la mañana, pues su lectura me deparó otra noche de insomnio. Al día siguiente, no teniendo a nadie a quien pedir consejo, me sentí acongojada y llegué a ser presa de tal angustia, que decidí confiarme, al menos, a la señora Grose.
«Y esto, ¿qué significa? El niño abandona la escuela». Me lanzó una mirada que me llamó la atención, pero en seguida trató, a todas luces, de disimularla con expresión impasible. «Pero ¿no abandonan todos…?».
«¿La escuela? Sí, pero sólo durante las vacaciones. En cambio, Miles no podrá volver nunca más».
Mi atenta mirada la hizo enrojecer. «¿No van a readmitirlo?».
«Se niegan en redondo».
Al oír aquello, alzó la mirada, que había desviado; vi que se le llenaban los ojos de lágrimas sinceras. «¿Qué ha hecho?».
Vacilé; después me pareció mejor pasarle la carta simplemente, pero, en lugar de cogerla, se limitó a llevarse las manos a la espalda. Movió, desolada, la cabeza en señal de rechazo. «Esas cosas no son para mí, señorita».
¡Mi consejera no sabía leer! Contrita por mi error, que atenué como pude, abrí la carta otra vez para leérsela; después, tras titubear y volver a doblarla, me la guardé de nuevo en el bolsillo. «¿Tan mal se porta?».
Tenía aún húmedos los ojos. «¿Lo dicen esos señores?».
«No dan detalles. Simplemente lamentan no poder mantenerlo allí por más tiempo. Eso sólo puede significar una cosa». La señora Grose me escuchaba, muda de emoción; se abstuvo de preguntar a qué me refería, por lo que, acto seguido, para explicármelo a mí misma con cierta lógica y sin más ayuda que su presencia, añadí: «Que sea pernicioso para los demás».
Al oír aquello, en uno de esos raptos propios de las personas sencillas, se exaltó de repente. «¿Que el señorito Miles es pernicioso?».
Había tal derroche de buena fe en sus palabras, que, pese a no haber visto aún al niño, mis propios temores me impulsaron a considerar descabellada semejante idea. Por coincidir aún más con mi amiga, me apresuré a manifestar con sarcasmo: «¡Para sus pobres e inocentes compañeritos!».
«¡Qué crueles!», exclamó la señora Grose. «¿Cómo pueden decir tales atrocidades? Pero ¡si apenas tiene diez años!».
«Sí, sí: sería increíble».
Estaba claro que me agradecía una manifestación tan terminante. «Hasta que lo conozca, señorita, ¡no lo crea!». De inmediato sentí una nueva impaciencia por conocerlo; así nació una curiosidad que no cesó de agudizarse en las horas siguientes hasta volverse casi dolorosa. A la señora Grose no le pasó inadvertida —colegí— la impresión que me había causado y volvió a la carga con aplomo. «Sería tan absurdo como pensarlo de la señorita. ¡Dios la bendiga!», añadió al instante. «¡Mírela!».
Volví la cabeza y vi que Flora, a quien, diez minutos antes, había dejado muy atareada en el aula con una hoja de papel blanco, un lápiz y una copia de preciosas «oes redonditas», había aparecido en la puerta. Manifestaba, modosita, un extraordinario desapego por las tareas ingratas y, sin embargo, me dirigía una mirada cuyo inocente fulgor parecía brindarme como fruto del afecto que había concebido por mi persona y que le había hecho sentir la ineludible necesidad de seguirme. No necesité nada más para apreciar en toda su magnitud la comparación de la señora Grose y, tras coger en brazos a mi pupila, la cubrí de besos, acompañados de un sollozo reparador.
No obstante, durante el resto del día esperé, impaciente, una nueva oportunidad para abordar a mi colega, sobre todo porque, hacia el atardecer, empecé a tener la sensación de que procuraba evitarme. Recuerdo que la alcancé en la escalera; bajamos juntas y, al llegar abajo, la detuve sujetándola del brazo. «Por lo que me ha dicho usted al mediodía, entiendo que nunca lo ha visto portarse mal».
Echó atrás la cabeza; era evidente que ya había tomado una decisión con toda sinceridad. «Hombre, que nunca lo haya visto… ¡yo no diría tanto!».
De nuevo me embargó la preocupación. «Entonces, ¿sí que lo ha visto usted…?».
«Sí, desde luego, señorita, ¡gracias a Dios!».
Tras reflexionar, convine con ella. «¿Quiere usted decir que un niño que nunca…?».
«Para mí, ¡no es un niño!».
La sujeté con más fuerza. «¿Le gusta que sean de carácter travieso?». Después, en consonancia con su respuesta, exclamé con vehemencia: «¡A mí también! Pero sin llegar al extremo de contaminar…».
«¿Contaminar?». Una palabra tan altisonante la dejó perpleja. Se la expliqué: «Corromper».
Se quedó mirándome, mientras asimilaba su significado, pero le provocó una risa extraña. «¿Le da miedo que la corrompa a usted?». Lo preguntó con un tonillo tan fino y atrevido, que yo, tras soltar una risa, algo tonta sin duda, en respuesta a la suya, me dejé vencer de momento por el miedo al ridículo.
Pero al día siguiente, poco antes de salir en el coche, me le aparecí de repente en otro lugar. «¿Cómo era la señorita que estuvo aquí antes?».
«¿La última institutriz? También era joven y guapa… casi tan joven y tan guapa como usted, señorita».
«Pues en ese caso, ¡espero que su juventud y su belleza le sirvieran de ayuda!», recuerdo que le solté. «¡Parece preferirnos jóvenes y guapas!».
«Ya lo creo», asintió la señora Grose: «¡Así le gustaban todas!». Pero, en cuanto lo dijo, se interrumpió. «Quiero decir que así le gustan… al señor».
Me quedé de piedra. «Pero ¿a quién se refería antes?». Puso cara inexpresiva, pero se sonrojó. «Pues a él».
«¿Al señor?».
«¿A quién iba a ser, si no?».
Era tan evidente que no podía tratarse de nadie más, que, al cabo de un momento, se disipó mi impresión de que hubiese hablado demasiado sin querer y me limité a preguntar lo que deseaba averiguar. «¿Y ella? ¿Acaso vio en el niño…?».
«¿Algo impropio? Nunca me dijo nada».
Vacilé un instante, pero no cedí. «¿Era meticulosa… exigente?».
Me pareció que la señora Grose procuraba ser muy precisa. «Para algunas cosas… sí».
«Pero ¿no para todo?».
De nuevo se paró a pensar. «Mire, señorita… ya no está entre nosotros y a mí no me gusta cotillear».
«Comprendo muy bien su actitud», me apresuré a responder, pero, al cabo de un instante, me pareció que, no por haber hecho esa concesión, me estaba vedado insistir: «Pero ¿murió aquí?».
«No… se marchó».
En la lacónica respuesta de la señora Grose había un no sé qué que me resultaba ambiguo. «¿Se marchó para no morir aquí?». La señora Grose miró por la ventana, pero consideré que, en teoría, yo tenía derecho a saber qué se esperaba de las jóvenes contratadas en Bly. «Es decir, ¿que enfermó y se fue a su casa?».
«No enfermó, a lo que parecía, estando aquí. Nos dejó, al cumplirse el año, para ir a su casa, según dijo, a pasar unas cortas vacaciones, a las que le daba derecho —qué duda cabe— el tiempo que nos había dedicado. Por aquel entonces teníamos a una joven —una niñera que seguía con nosotros, buena muchacha y capaz— y fue ella quien se ocupó por entero de los niños entretanto, pero nuestra señorita no regresó y, en el preciso momento en que yo la esperaba, me enteré por el señor de que había muerto».
Eso me hizo cavilar. «Pero ¿de qué?».
«¡No me lo dijo! Pero disculpe, señorita», dijo la señora Grose, «debo continuar con mis tareas».